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Una imagen exaltante del asalto al palacio de Invierno, obra de Nikolai Kochergin, que lo presenta como una lucha heroica del pueblo. Galería Regional de Arte,  Cheliabinsk.

Foto: Fine Art / Album
Una imagen exaltante del asalto al palacio de Invierno, obra de Nikolai Kochergin, que lo presenta como una lucha heroica del pueblo. Galería Regional de Arte,  Cheliabinsk.

Foto: Fine Art / Album

Episodio 43

La revolución rusa de 1917

En febrero de 1917, la guerra y el hambre abrieron las puertas a la caída del régimen zarista. ocho meses después le siguió la conquista del poder por los bolcheviques.

En febrero de 1917, la guerra y el hambre abrieron las puertas a la caída del régimen zarista. ocho meses después le siguió la conquista del poder por los bolcheviques.

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La Revolución de 1917 dio vía libre al nacimiento de la Unión Soviética. Su legado marcó la política del siglo XX y ha dejado una huella indeleble en el mundo contemporáneo. Pero cuando dio sus primeros pasos en el gélido mes de febrero de aquel año, no fueron pocos los revolucionarios que la despreciaron.

El primer indicio de que estaba sucediendo algo importante se vio en la celebración del Día Internacional de la Mujer, el 23 de febrero de 1917 (según el calendario ruso entonces en vigor; 8 de marzo en el calendario gregoriano*). En el centro de la capital imperial, Petrogrado –la antigua San Petersburgo–, se concentraron las masas de mujeres trabajadoras de las fábricas. A pesar de que se les unió una multitud de obreros descontentos y hambrientos, algunos revolucionarios se mostraban escépticos sobre lo que podía suceder. Alexander Shlyapnikov era una figura destacada dentro del movimiento bolchevique, cuyo líder, Lenin, estaba exiliado desde 1905. El 25 de febrero, Shlyapnikov comentaba: «Dadles a los trabajadores medio kilo de pan y el movimiento se desvanecerá».

Las raíces del descontento ruso eran muy profundas. Bajo el zar Nicolás II, en el trono desde 1894, hubo hambrunas en el campo y se agravó la explotación y la miseria en las ciudades a causa de la incipiente industrialización. La revolución de 1905, desencadenada tras la sangrienta represión de una manifestación en San Petersburgo, fue seguida por una cierta liberalización política, con la introducción de un parlamento o Duma, una Constitución y partidos políticos.

Una década después, la conflictividad había aumentado y las tensiones sociales y económicas se magnificaron con la entrada de Rusia en la Gran Guerra, en 1914. Petrogrado, próxima a la frontera alemana, era un hervidero de soldados y de trabajadores hambrientos que soportaban sus padecimientos junto a lujosos palacios. A principios de 1917, la ciudad, agotada por la guerra y la escasez de alimentos, era un polvorín; la ira y la desesperación se dirigían contra quienes ostentaban el poder.

La revolución de febrero

Lo que sucedió entonces no fue sólo una revolución, sino una multitud de revoluciones; un rechazo no sólo del Estado, sino de todas las autoridades: jueces, policías, cargos públicos, oficiales de las fuerzas armadas, sacerdotes, profesores y terratenientes, todos los padres y maridos de mentalidad patriarcal. Al contrario de lo que había predicho Shlyapnikov, las protestas no se desvanecieron, sino que a finales de febrero crecieron como una bola de nieve y empezaron a aparecer las pancartas y banderas rojas que llamaban a derrocar a la monarquía.

A pesar de los desórdenes, las autoridades podrían haber contenido la situación simplemente evitando el choque directo con las masas, pero las fuerzas zaristas abrieron fuego y hubo muertos entre los manifestantes. Las protestas se convirtieron en una auténtica revolución cuando los participantes irrumpieron en el cuartel del regimiento Pavlovski. Los soldados, en vez de atacar a los manifestantes, se unieron a ellos, y algunos incluso llegaron a disparar contra sus propios mandos. Muy pronto, las autoridades se quedaron privadas de capacidad militar en la capital.
La difusión de la revuelta hizo que algunos pensaran que eran los partidos socialistas quienes se encontraban detrás de las protestas, pero lo cierto es que estaban lideradas por soldados, obreros y estudiantes cuyos nombres no aparecen en los libros de historia.

El 27 de febrero, una multitud entró en el palacio de Táuride, sede de la Duma, en busca de líderes. Allí se eligió un consejo de trabajadores o sóviet. La mayoría de líderes del sóviet de Petrogrado no tenía la intención de hacerse con el poder. Lo que querían era que los dirigentes de la Duma –demócratas burgueses– formasen un gobierno, en la línea de lo que pensaba Karl Marx, para quien la revolución burguesa debía ser la antesala de la revolución proletaria.

El 1 de marzo se formó un gobierno provisional. El sóviet se comprometió a darle su apoyo siempre y cuando asumiera una larga lista de principios democráticos que ponían en cuestión la autocracia zarista. Estaba claro que el régimen sólo se podría mantener con la fuerza de las armas. Pero ante el curso desfavorable de la guerra para Rusia, tanto el estado mayor como la Duma instaron al zar a abdicar. El 2 de marzo de 1917, Nicolás II, que se había quedado sin apoyos, renunció al trono. El fin de la monarquía fue recibido con muestras de júbilo a lo largo de todo el Imperio, y sus símbolos fueron destruidos: blasones, escudos, águilas bicéfalas y estatuas de zares.

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El país más libre del mundo

El gobierno provisional se consideraba a sí mismo un ente interino destinado a conducir el país durante la guerra, pero llevó a cabo reformas de gran calado. El ejecutivo dirigido por el primer ministro, el príncipe Lvov
–un reformista liberal–, y por el ministro de Justicia Alexander Kerenski –el único socialista del gobierno, y el único que también era miembro del sóviet–, abolió las leyes zaristas relativas a la libertad de expresión y reunión. En palabras de Lenin, Rusia se convirtió en el «país más libre del mundo».

El líder bolchevique, desde su exilio en Suiza, seguía el trepidante curso de los acontecimientos de Petrogrado lleno de frustración. Por fin volvió a Rusia en un tren sellado facilitado por los alemanes, que tenían la esperanza de que la oposición de Lenin a la guerra socavaría el esfuerzo bélico ruso. El día 3 de abril Lenin llegó a la estación de Finlandia de Petrogrado con su decálogo de propuestas, las llamadas Tesis de abril, para reclamar «todo el poder para los sóviets».

Los escritos de Lenin, entonces dirigente de los bolcheviques –la antigua facción revolucionaria del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso– contradecían la teoría marxista, puesto que rechazaban la necesidad de pasar por la primera etapa, la revolución «democrático-burguesa», antes de acometer la revolución del proletariado. Aun así, Lenin consiguió que el partido se adhiriera a sus ideas, y su carisma favoreció la incorporación masiva de obreros y soldados al partido bolchevique. Estos nuevos militantes sabían poco de teorías marxistas, pero valoraban la eficacia de Lenin: ¿Por qué alcanzar el socialismo en dos etapas cuando se podía conseguir en una sola?

El descontento se extendía por toda Rusia, desde las ciudades hasta el campo. Las expectativas de los trabajadores se habían disparado: los huelguistas reclamaban jornadas laborales de ocho horas y la toma de control de las fábricas por los obreros. En aquel contexto de crisis de autoridad, el sóviet tenía un control limitado sobre las revueltas que se producían en las provincias y en el campo. Los gobiernos regionales y municipales actuaban como si fueran independientes, y las comunidades campesinas funcionaban como focos de la revolución a medida que incautaban tierras y ganado. Los soldados tenían sus propios comités para supervisar las relaciones con los oficiales, y algunos se negaban a luchar durante más de ocho horas al día, pues reclamaban los mismos derechos que los obreros.

Los líderes del gobierno provisional temían que una derrota frente a las potencias centrales en la guerra trajera consigo el retorno al antiguo régimen y la restauración de la dinastía de los Romanov. Después de que Alemania rechazara una ofensiva rusa a mediados de junio, el ejecutivo movilizó el Primer Regimiento de Ametralladoras, compuesto por los soldados más probolcheviques de la guarnición de Petrogrado, que debían partir al frente.
El regimiento acusó al gobierno de aprovechar la contraofensiva alemana como excusa para dispersar a los elementos bolcheviques y amenazó con destituir al ejecutivo en caso de que éste siguiera adelante con aquella orden
«contrarrevolucionaria».

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La insurrección de julio

El 4 de julio, multitudes de soldados y obreros prestos a derrocar al gobierno provisional desfilaron armados por las calles de Petrogrado. Se agolparon frente al cuartel general bolchevique esperando instrucciones,
pero en aquel momento decisivo Lenin vaciló. No hizo ningún llamamiento a la rebelión. Tras esta fracasada «insurrección de julio» llegaron las represalias. La policía asaltó la sede del POSDR, detuvo a cientos de militantes y Lenin tuvo que exiliarse de nuevo, esta vez a Finlandia.

Alexander Kerenski, el único socialista del gobierno provisional, fue aclamado como la persona capaz de reconciliar el país y detener la deriva hacia la guerra civil. Era el único político que gozaba de apoyo popular y a la vez era ampliamente aceptado por los líderes militares y la burguesía. Al final, el 8 de julio, sustituyó al príncipe Lvov como primer ministro.

El gobierno de Kerenski

La actuación de Kerenski se volvió más autoritaria en cuanto accedió al cargo. Decretó nuevas restricciones a las reuniones públicas, restauró la pena de muerte en el frente de guerra
y se decidió a recuperar la disciplina militar. El programa del nuevo gobierno de coalición ya no estaba sometido a los principios del sóviet.

Entretanto, el recién nombrado comandante en jefe del ejército, el general Lavr Kornilov, quiso erigirse como «salvador de la nación» y exigió medidas que en la práctica equivalían a la imposición de la ley marcial. Kerenski accedió, pero pronto cambió de idea y acabó recurriendo al sóviet y liberando a los líderes bolcheviques encarcelados para hacer frente a las fuerzas del general, que iban camino de la capital para
imponer el orden. La Guardia Roja (la milicia bolchevique) organizó la defensa de las fábricas, pero no hizo falta luchar porque los agitadores soviéticos convencieron a los cosacos de Kornilov para que depusieran las armas, y éste fue encarcelado junto con otros 30 oficiales. Declarados mártires por los conservadores, estos «kornilovistas» se convirtieron en el núcleo fundacional del futuro Ejército Blanco, las fuerzas que se enfrentarían al Ejército Rojo durante la guerra civil que siguió al triunfo de la revolución bolchevique, entre 1918 y 1921.

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El momento de Lenin

El golpe de Kornilov acabó debilitando a Kerenski y al gobierno provisional. Si la derecha condenaba a Kerenski por haber traicionado a Kornilov, el jefe del ejecutivo también levantaba muchas suspicacias
entre la izquierda por haber actuado en connivencia con el general –por lo menos al principio–. Muchos soldados sospechaban que sus oficiales habían apoyado a Kornilov, y se produjo un fuerte deterioro de la disciplina en el seno del ejército. La consecuencia fue un proceso de radicalización que se extendió por las principales ciudades industriales. Sus grandes beneficiarios fueron los bolcheviques, que a principios de septiembre obtuvieron sus primeras mayorías en los sóviets de Petrogrado, Moscú, Riga y Saratov.

Desde Finlandia, Lenin urgió a sus partidarios a una insurrección inmediata, antes de que se celebrara en Petrogrado un Congreso de los sóviets de toda Rusia previsto para el 20 de octubre. «Si esperamos, echaremos a perder la revolución», escribió el 29 de septiembre. Sabía que, si la transmisión del poder del parlamento a los sóviets se producía con una votación en aquel Congreso, el resultado sería un gobierno de coalición formado por los partidos políticos presentes en ese órgano, entre ellos sus rivales izquierdistas: los mencheviques (el ala moderada del POSDR) y el Partido Social-Revolucionario. Lenin vio entonces la oportunidad de tomar el poder, y esta vez la aprovechó. Volvió de incógnito a Petrogrado, y el 10 de octubre convocó una reunión del Comité Central de su partido y forzó la resolución (que ganó por diez votos contra dos) para preparar una sublevación inminente.

El 16 de octubre, el Comité Central fue informado por sus activistas locales de que los soldados y los obreros de Petrogrado necesitaban incentivos más sólidos para lanzarse a la rebelión y que tendrían que espolearlos con algo «como la disolución de la guarnición» para que apoyasen una insurrección. Esto le resultaba indiferente a Lenin, ya que creía que lo único que hacía falta era un pequeño contingente bien armado y organizado. Su opinión se volvió a imponer en el Comité Central: el golpe se realizaría en el futuro inmediato.

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La toma del palacio de Invierno

Con la conspiración bolchevique ya convertida en un secreto a voces, los mencheviques y socialistas revolucionarios decidieron posponer el Congreso de los sóviets hasta el 25 de octubre. Necesitaban más tiempo para recabar el apoyo de las provincias, y esta demora suscitó las sospechas de que el Congreso no se iba a convocar. Por otra parte, se intensificaron los rumores de contrarrevolución cuando Kerenski anunció su intención de trasladar el grueso de la guarnición de Petrogrado al frente del norte. Para impedirlo, el 20 de octubre el sóviet de Petrogrado constituyó el Comité Militar Revolucionario, la vanguardia organizativa de la insurrección bolchevique. Cuatro días más tarde, el Comité ya controlaba la guarnición de la capital. Entonces Lenin, camuflado con una peluca, salió de su escondite y llegó al cuartel general bolchevique, el Instituto Smolny, donde dio orden de empezar el levantamiento.

Tras una serie de contratiempos y demoras, durante la madrugada del 25 de octubre (7 de noviembre en el calendario gregoriano) se produjo el legendario asalto al palacio de Invierno, sede del Gobierno provisional. Por la mañana se anunció la detención de los ministros de Kerenski ante el Congreso de los sóviets, cuyos 670 delegados –en su mayoría obreros y soldados ataviados con sus uniformes– decidieron formar un gobierno con el apoyo de todos los partidos con presencia en ese órgano. Pero la mayoría de delegados mencheviques y socialistas revolucionarios se marcharon en señal de protesta por el golpe de los bolcheviques, lo que permitió a éstos monopolizar el nuevo poder.

Pocos pensaban que los bolcheviques pudieran aguantar mucho tiempo. Tenían una fuerte implantación en la capital, donde la toma de poder desencadenó en su contra las huelgas del funcionariado, de los servicios de correos y telégrafos y de la banca. Y tuvieron que luchar por controlar Moscú, mientras que su apoyo en las provincias era débil.
A pesar de que la toma del poder se había llevado a cabo en nombre del sóviet, Lenin no tenía intención de gobernar por medio de esa asamblea en la que otras facciones actuarían como freno parlamentario frente al nuevo órgano de gobierno que había creado, el Consejo de Comisarios del Pueblo o Sovnarkom. El 4 de noviembre, el Sovnarkom se atribuyó la capacidad de legislar sin la aprobación del sóviet.

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Una paz deshonrosa

A finales de noviembre se celebraron las elecciones a la Asamblea Constituyente, que habían sido convocadas por el depuesto gobierno provisional. Si los comicios se consideraban un referéndum sobre el gobierno bolchevique, el partido de Lenin perdió. Los socialistas revolucionarios obtuvieron el 38 por ciento de los votos, frente al 24 por ciento de los bolcheviques. Pero Lenin no seguía las reglas del juego democrático: cuando la Asamblea Constituyente inició sus sesiones el 5 de enero de 1918, los guardias bolcheviques la clausuraron menos de 13 horas después.

Lenin llegó al poder prometiendo pan,
tierra y paz, pero poner fin a la guerra no era fácil. Muchos bolcheviques creían que firmar la paz con una potencia imperialista como Alemania sería una traición a la causa internacionalista. Pero Lenin, a la vista de que el ejército ruso se estaba desintegrando rápidamente –en febrero de 1918 la propia Petrogrado fue atacada por los alemanes–, no tuvo más remedio que buscar un acuerdo de paz.

El 3 de marzo de 1918 se firmaba el tratado de Brest-Litovsk en unos términos ruinosos para Rusia: Polonia, Finlandia, Estonia y Lituania lograban la independencia nominal para quedar bajo la protección alemana. La nueva República Soviética perdió el 34 por ciento de su población, el 32 por ciento de su suelo agrícola, el 54 por ciento de sus instalaciones industriales y el 89 por ciento de sus minas de carbón. Pero aquellos sacrificios garantizaron a Lenin su posición de vencedor de las revoluciones de 1917. Una vez superada la guerra en el extranjero, podría centrarse en consolidar su poder dentro del país con vistas a la guerra civil que estaba por llegar.

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