Antiguo Egipto

Ramsés II, la grandiosa coronación de un faraón

Bañado en agua del Nilo y ungido con los siete óleos sagrados, ya purificado, el príncipe Ramsés recibe las coronas del Sur y del Norte. Ahora los dioses inscribirán su nombre en el mítico árbol de la persea, concediéndole un reinado de millones de años.

Ramsés II, tocado con la corona azul jeperesh, ante los dioses.

Foto: Cordon Press

Amanecía en Tebas, y en las calles de la ciudad se palpaba el nerviosismo. Los sacerdotes pugnaban por ser especialmente escrupulosos en el cumplimiento de sus deberes, pues había muerto el rey Seti I y en el país se había instalado la incertidumbre. Los mensajeros habían partido hacia todos los rincones de Egipto para informar de lo ocurrido en la corte. En el recuerdo de todos, aún resonaba la voz que, después de indicar el año, el mes, la estación y el día en que se encontraban, había anunciado: "El dios Men Maat Re [Seti I] ha ascendido a su horizonte, el rey se ha elevado al cielo, se ha unido al disco solar, se ha fundido con quien lo creó".

El silencio de los cortesanos, con los corazones henchidos de tristeza, resultaba perturbador. Pero también era motivo de esperanza el saber que el heredero del reino, el príncipe Ramsés, había asumido sus deberes y estaba cumpliendo los ritos que asegurarían la inmortalidad del soberano difunto, aquel que, aunque había gobernado con mano férrea, supo proporcionar la paz y el orden que requerían los dioses y los hombres.

El peligro acecha

El cuerpo de Seti I se hallaba en las experimentadas manos de los embalsamadores, cuya labor debía abrir las puertas de la inmortalidad al faraón difunto, puesto que la momificación permitía el renacimiento del soberano como Osiris, el dios del Más Allá. Ahora Ramsés subiría al trono de Egipto como nueva encarnación en la tierra del dios Horus, hijo de Osiris. Todo lo que debía hacerse tras la muerte del rey-dios estaba determinado de antemano.

Ramsés subiría al trono de Egipto como nueva encarnación en la tierra del dios Horus, hijo de Osiris.

Ramsés II, tocado con la corona atef, ante el dios Amón entronizado.

Foto: iStock

Pero la desaparición del monarca suponía inevitablemente una alteración del orden cósmico, de la maat. Egipto se debilitaba y, en consecuencia, podían acecharlo fuerzas hostiles: desde los enemigos del país hasta peligros sobrenaturales que se manifestaban en forma de plagas, hambrunas y desgracias que podían sumir a Egipto en el caos. Y aunque el príncipe heredero satisfacía todos los ritos necesarios para que su padre, el faraón, se uniera a los dioses con los que iba a vivir durante toda la eternidad, aún no había tenido lugar la ceremonia de coronación. Con ella, el futuro soberano se convertiría en el restaurador y garante de la maat, y el equilibrio del universo quedaría restablecido.

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La coronación

Para asegurar la estabilidad del Estado y el orden natural de Egipto entre uno y otro reinado, nobles, sacerdotes y dioses preparaban la coronación del nuevo monarca, que le daba legitimidad para gobernar. Los textos egipcios relativos a esta ceremonia son pocos, pero nos permiten imaginar su desarrollo. La coronación no tenía lugar en un lugar concreto, sino que cada rey escogía un escenario de especial significación religiosa o política: Tebas, Menfis, Heliópolis, Sais...

Coloso yacente de Ramsés II en Menfis.

Foto: iStock

Al parecer, los egipcios preferían el primer día del año nuevo o el primer día de la estación de peret (la estación de la siembra, entre noviembre y marzo) para llevarla a cabo. Los ritos comenzaban al alba de la primera jornada y se extendían al menos durante cinco días. Todos se llevaban a cabo en el templo y comenzaban con un baño ritual que tenía por objeto la purificación del futuro rey. Entre himnos y alabanzas, dos sacerdotes cubiertos con máscaras de halcón y de ibis (que encarnaban, respectivamente, a los dioses Horus y Thot) llevaban a cabo esta especie de "bautismo" vertiendo sobre el faraón agua del Nilo, para purificarle de las impurezas humanas.

Entre himnos y alabanzas, dos sacerdotes cubiertos con máscaras de halcón y de ibis llevaban a cabo una especie de "bautismo" vertiendo sobre el faraón agua del Nilo.

Después se ungía al nuevo rey con siete óleos sagrados, que lo protegían del mal y lo vinculaban a sustancias mágicas: perfume de festival, aceite sagrado, resina, aceite nejnem, aceite uaut, aceite de cedro de primera calidad y aceite libio, los cuales provenían de la tierra primordial que había dado origen al mundo. El baño con agua del Nilo, fuente de vida, y la aplicación de los óleos sagrados perseguía un doble propósito. Por una parte, crear las condiciones de un nacimiento que abriera a Ramsés las puertas a una nueva existencia (de naturaleza divina y poderosa) como soberano de Egipto; por otra parte, unir al nuevo rey con los orígenes mismos del mundo y del cosmos. Finalmente, otro pasaje de la coronación consistía en una carrera ritual en torno a un muro o a un terreno delimitado por mojones, cuya área evocaba el "muro blanco" que rodeaba Menfis, la primera capital de Egipto y simbolizaba el territorio sobre el que iba a gobernar. Con esta carrera, el nuevo monarca consagraba su dominio del país y le otorgaba su protección.

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Nuevos nombres

Puesto que el soberano había nacido a una nueva existencia, debía recibir nuevos nombres. Como se hacía con todos los niños de Egipto, ya se le había impuesto un nombre al venir al mundo, pero los reyes adoptaban cinco, precedidos por títulos que los unían a conceptos divinos. Estos nombres debían ser registrados en los frutos del árbol de la persea, hecho que se relacionaba directamente con el destino. Según el mito, la persea crecía en el cielo, morada de los dioses, lo que quizás implicaba que, al tiempo que se desarrollaba la coronación en la tierra, tenía lugar una coronación celestial, con el beneplácito de las divinidades. Esta ceremonia, especialmente importante, se realizaba en la intimidad del templo, lejos de miradas extrañas. Quienes según la mitología inscribían los nombres eran tres divinidades: Atum, el dios creador, y los dioses de la escritura Thot y Seshat, quizá representados terrenalmente por dos sacerdotes y una sacerdotisa, aunque sólo en el momento puntual de la ceremonia.

Los reyes adoptaban cinco nombres, precedidos por títulos que los unían a conceptos divinos. Estos nombres debían ser registrados en los frutos del árbol de la persea.

Ramsés II es amamantado por Anuket, diosa de las cataratas de Asuán.

Foto: iStock

Tras haber recibido sus nombres, y como sucedía con los niños después de nacer, el futuro rey debía ser alimentado con leche materna. Pero él se nutría mágicamente del seno de una diosa de carácter maternal, gracias a cuya leche adquiría cualidades divinas. Esta diosa podía ser Isis o uno de los otros aspectos con los que en determinados momentos se identificó a esta divinidad: Nekhbet, Uerethekau, Mut, Hathor...

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Las coronas reales

Era imprescindible que el faraón cumpliera los ritos de coronación de forma dual, una vez como rey del Alto Egipto (el territorio que se hallaba al sur de Menfis) y otra como soberano del Bajo Egipto (el país que se extendía al norte de aquella ciudad). Mientras permanecía sentado en un estrado era investido con las coronas reales, quizás ofrecidas por los dioses Horus y Seth como representantes del norte y el sur respectivamente; y luego recibía los cetros. En la ceremonia de coronación de la reina Hatshepsut, por ejemplo, las coronas fueron impuestas a la soberana en el orden siguiente: primero, el pañuelo nemes; luego, el casco ceremonial jepresh; después, el tocado ibes, y, a continuación, una tras otra, la corona roja, la atef, la hennu, la corona de Re, la corona blanca y la corona doble.

Ramsés II es bendecido por el dios Amón. Relieve del Ramesseum, templo funerario del faraón en Tebas.

Foto: iStock

De todas las coronas, las más importantes eran la roja, la blanca y la doble, que eran impuestas al nuevo monarca por el dios Atum, representado por un sacerdote con la máscara del dios. Como rey del norte se le vestía en la capilla Per-ur "la casa grande" con la corona roja, protegida por la diosa cobra Uadyet. Acto seguido, como rey del sur, se imponía al soberano la corona blanca o pschent, lo que se hacía en la capilla Per-neser, "la casa de la llama", asociada a la diosa buitre Nekhbet. Sabemos que ambas coronas se empleaban desde el IV milenio a.C. y que, más allá de su significado político, tenían otras connotaciones: la roja encarnaba el potencial femenino de la vida, y la blanca, el principio vital masculino.

De todas las coronas, las más importantes eran la roja, la blanca y la doble, que eran impuestas al nuevo monarca por el dios Atum, representado por un sacerdote con la máscara del dios.

La reunión de las coronas roja y blanca daba lugar a la doble corona, que desde el período tinita, en el III milenio a.C., se empleó para mostrar al rey como soberano del Egipto unificado. Los egipcios la llamaban sejemty, "las Dos Poderosas". Según se quisiera destacar su papel como soberano del Alto o el Bajo Egipto, la corona roja se reproducía sobre la blanca o viceversa. Esta doble corona estaba vinculada al poder terrenal del rey, en contraposición a la corona atef, asociada con el mundo del más allá por ser la corona de Osiris.

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Tocados, sandalias y cetros

Otro tocado que se colocaba sobre la cabeza del rey era el nemes. En realidad, se trataba de un cubrepeluca confeccionado con una pieza de tela que cubría la cabeza cayendo a ambos lados del rostro y que se anudaba por la parte posterior. En su origen tenía un sentido práctico: permitía sujetar y mantener limpio de arena e impurezas el cabello; pero desde el período tinita devino un símbolo para identificar al monarca con las fuerzas divinas y lograr de ellas un poder que no ha podido determinarse con precisión.

El faraón se prepara para disparar su arco. Relieve del Ramesseum.

Foto: iStock

Entre la indumentaria que vestía el soberano durante la coronación destacaban las sandalias blancas, el calzado de los dioses. Su color era signo de pureza y con ellas el faraón dominaba simbólicamente el mundo que hollaban sus pies. También se le entregaban joyas propias de su función en forma de pectorales y collares mágicos, así como diversos cetros. Entre estos figuraban el nejej y el heqa, cuyo origen podría remontarse a los primeros estadios de la civilización faraónica.

Al rey se le entregaban joyas propias de su función en forma de pectorales y collares mágicos, así como diversos cetros. Entre estos figuraban el nejej y el heqa.

El flagelo o mayal nejej quizá fue en su origen un instrumento empleado por los nómadas para conducir el ganado, y luego derivó en emblema de poder y autoridad, convirtiéndose en una guía mágica para gobernar a los hombres. De forma similar, en el cayado heqa se ha visto un antiguo útil de pastor, aunque puede que fuese también (como ha sugerido el historiador Josep Cervelló) una antigua arma de cazadores, luego empleada por comunidades de pastores y que adquirió una función protectora, para dirigir a los hombres. El heqa fue uno de los cetros más importantes y poderosos de todos los hallados en Egipto, y aparece en los enterramientos privados a modo de amuleto, como símbolo de protección real.

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Aclamado por su pueblo

La falta de textos con detalles relativos a la coronación posiblemente se deba al carácter de la misma, que debió de ser una ceremonia mágica y muy poderosa, por lo que no podía referirse lo que acontecía en ella. Tras complejos pasajes y diversos ritos, durante los cuales el faraón se presentaba ante los dioses (que concurrían a la ceremonia a través de sus estatuas) para lograr su aceptación, y en los que se realizaba todo tipo de ofrendas, se soltaban aves y se lanzaban cuatro flechas en la dirección de los cuatro puntos cardinales para conjurar el mal y para que el cosmos supiera del ascenso del nuevo rey.

Busto colosal de Ramsés II conocido como El joven Memnón. Museo Británico, Londres.

Foto: CC

Tras complejos pasajes y diversos ritos, durante los cuales el faraón se presentaba ante los dioses se soltaban aves y se lanzaban cuatro flechas en la dirección de los cuatro puntos cardinales.

Éste era el momento glorioso en el que el soberano se mostraba a sus súbditos, la parte pública de la ceremonia durante la que se quemaba incienso y se realizaban ofrendas de bueyes y animales del desierto, mientras los dignatarios entonaban himnos en honor del "señor de gracia, rico en atenciones". A él, proclamaban, "su pueblo le quiere más que a sí mismo, están más contentos con él que con sus dioses; los hombres ignoran a las mujeres cuando le aclaman. Él es el rey, ha ganado ya en la infancia, se ha encaminado a ello desde su nacimiento. Es quien incrementa los nacidos con él. Es un regalo de dios".

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Egipto tiene un nuevo faraón

Una vez concluidos los rituales de coronación, los enviados parten hacia todos los confines del país para proclamar los nombres y títulos del nuevo monarca, que a partir de ahora se tendrán que incluir en los documentos. Muy al sur, más allá de Asuán, dirán al virrey de Kush (Nubia): "Su majestad ha aparecido como rey de Egipto sobre el trono de Horus de los que están vivos, sin que pueda haber nunca jamás su repetición". Le informarán de que "la casa del rey está próspera y floreciente" y terminarán su mensaje con una fecha: "Año 1, tercer mes de la estación de shemu, día 27, día de la ceremonia de la aparición oficial", esto es, de la coronación.

Los enviados parten hacia todos los confines del país para proclamar los nombres y títulos del nuevo monarca, que a partir de ahora se tendrán que incluir en los documentos.

A Ramsés, ya convertido en soberano, le espera una ardua tarea, pues –al igual que sus predecesores– deberá actuar como gobernante, como sumo sacerdote de todos los templos, como estratega y como soldado, funciones para las que se ha preparado durante largos años como corregente de su padre. A ellas se entregará con pasión, aunque para desempeñarlas tenga que relegar su vida privada a un segundo plano. En efecto, al engrandecimiento de Egipto dedicará los sesenta y seis años de su reinado, uno de los más longevos de la historia del país del Nilo.