República Romana

Publio Clodio, el enemigo más implacable de Cicerón

A mediados del siglo I a.C., Roma se encontraba en crisis. La expansión imperial que tanto enriqueció a las élites había generado una enorme cantidad de pobres, que eran presa fácil para los políticos populistas. Uno de los más infames fue Publio Clodio, un hombre que desató el terror en el Foro en una loca carrera por convertirse en amo y señor de la ciudad.

Durante los últimos siglos de la República la política se vio dominada por los demagogos y la violencia. Muerte del tribuno Tiberio Graco en un grabado de Lodovico Pogliaghi.

Foto: Wikimedia Commons

Ya desde su juventud Clodio destacó por sus infames hazañas, que le granjearon una cierta reputación entre las clases más bajas de la ciudad. Su irreverencia y atrevimiento lo convirtieron en una especie de noble renegado para el pueblo, y por tanto afín a sus aspiraciones de conseguir una sociedad más justa.

El escándalo que le permitió dar el salto a la fama fue la profanación de los ritos de la Bona Dea. Estos estaban reservados a las mujeres de clase alta, pero con ayuda de su hermana Clodio se infiltró en la ceremonia disfrazado de flautista, sin embargo el joven fue descubierto y echado a la calle. Esta blasfemia causó una tremenda indignación entre los senadores, que lo llevaron a los tribunales.

Clodio escapa de la casa donde se celebraban los ritos disfrazado de mujer.

Foto: Wikimedia Commons

Durante el proceso el famoso orador Marco Tulio Cicerón intervino en contra de Clodio, tirando por los suelos su falsa coartada de que la noche de los hechos no se encontraba en Roma. Si a eso añadimos que Cicerón justo había rechazado la oferta de matrimonio de la hermana de Publio, resulta comprensible que el amargado Publio jurara vengarse de él. Finalmente el disoluto patricio fue absuelto de toda culpa, gracias a los sobornos repartidos entre el jurado por su protector Marco Licinio Craso.

La defensa de leyes y costumbres que hacía Cicerón lo convertían en el enemigo natural del populista Clodio.

Foto: Wikimedia Commons

Tras este suceso Clodio intentó labrarse una carrera política pero sus escándalos y aventuras le habían granjeado la enemistad del Senado, que cerró filas para impedirle ascender en el escalafón. Sin embargo aún le quedaba un camino alternativo: renunciar a su apellido patricio para convertirse en plebeyo y poder así acceder al Tribunado de la Plebe, magistratura en la que podría proponer leyes para ganarse al pueblo y apoderarse de la ciudad. Siempre polémico, Publio eligió a un hombre más joven que él para hacerle de “padre” adoptivo, y se saltó la mayoría de requisitos legales ante la indignación de los senadores más tradicionalistas.

Tribuno de la plebe

Sabedor de que su reputación no bastaría para atraerse a los votantes Clodio se alineó con Cayo Julio César, quien necesitaba un tribuno que protegiera el paquete de reformas que acababa de introducir mientras él se iba de campaña al norte. Gracias al apoyo de César y los sobornos de Craso consiguió ser elegido tribuno para el año 58 a.C.

Creados como defensores del pueblo ante el Senado los tribunos se habían convertido en una herramienta para manipular a la plebe en la lucha por el poder. Grabado de Vecellio Cesare 1860.

Foto: Wikimedia Commons

Clodio pronto dio muestras de su populismo radical. Primero compró al pueblo con la entrega de grano gratuito a los ciudadanos pobres, medida inaudita y ruinosa para el estado en un momento de subida de precios. Seguidamente, impulsó en el Foro un paquete de medidas destinadas a coartar el poder del Senado. Por un lado impidió a los censores quitar el derecho de ciudadanía a nadie, y por el otro negó a estos magistrados el derecho de expulsar a ningún senador de la cámara, con lo que aseguraba su escaño ante futuras represalias de la élite.

Tras su exitoso consulado del año 59 a.C. César marchó a la Galia para rehacer su fortuna con la conquista de las actuales Suiza, Francia y Bélgica. Museos Vaticanos.

Foto: Wikimedia Commons

Al mismo tiempo ofreció al pueblo algo más de carnaza al anexionar a Roma por decreto la estratégica isla de Chipre, con lo que engrandecía a su vez el Imperio y su propia reputación. Finalmente y a fin de consolidar el capital político que había adquirido restauró los collegia, asociaciones populares que en muchos casos eran la fachada legal de organizaciones criminales. Así tras granjearse el favor de la plebe se rodeó de un poderoso ejército urbano con el que controlar las votaciones futuras.

Mientras el demagogo conquistaba al pueblo en el foro, otro movimiento similar ocurría en las altas esferas de la política. Tres hombres (César, Pompeyo Magno y Craso) se habían conjurado para hacerse con el control de la política, uniendo sus recursos y popularidad para controlar votaciones y nombramientos. Para no perder su recién adquirido poder el demagogo se alió con los nuevos hombres fuertes de Roma, defendiéndolos de ataques políticos y proponiendo sus leyes en la Asamblea. Así bloqueó los intentos senatoriales de derogar las progresistas leyes de César, para luego enviar a Catón el Joven a Chipre como su primer gobernador, privando a la oposición de su principal líder.

Venganza consumada

Tras convertirse en uno de los principales agentes políticos de Roma Clodio pudo dedicarse a acabar con Cicerón. Para ello llevó una nueva medida ante la asamblea popular que condenaba al exilio a todo aquél que hubiera ejecutado a un ciudadano romano sin juicio previo. Dado que el único caso reciente era la sangrienta represión de la revuelta del patricio Lucio Sergio Catilina, protagonizada por Cicerón, la medida era un ataque directo al orador.

Para asegurarse de que la ley saliera delante Clodio desplegó a sus matones, que zarandearon e intimidaron a los ciudadanos durante toda la votación. Los otros tribunos poco pudieron hacer al respecto, ya que su derecho al veto no servía de nada frente a las dagas y garrotes de estos facinerosos a sueldo. De este modo Cicerón fue condenado al exilio, y sus propiedades confiscadas y saqueadas por la turba. Para echar sal en la herida Clodio convirtió la casa de su enemigo en un tiempo a la diosa Libertad, convirtiéndola así en terreno sagrado y público.

Con el Foro dominado por el las bandas de Clodio de nada le sirvió a Cicerón su famosa oratoria e ingenio.

Foto: Cordon Press

Dueño de las calles de Roma Clodio decidió cortar sus lazos con los triunviros a fin de disputarles el control de la política. Dando una vuelta de timón, se alineó ahora con los senadores más conservadores e inició una campaña contra el más débil de sus antiguos aliados: Pompeyo. Tras secuestrar uno de sus clientes más importantes, el hijo del rey de Armenia, el tribuno incitó al pueblo para que se volviera en contra de los triunviros.

Ensombrecido por los logros de César el presigio de Pompeyo sufrió un nuevo revés cuando fue sitiado en su propia casa por los matones de Clodio. Museo Arqueológico Nacional Venecia.

Foto: Wikimedia Commons

Acosado por los secuaces de Clodio Pompeyo se refugió en su casa, donde permaneció bajo asedio durante meses. Allí creó su propia fuerza de choque callejera liderada por uno de sus amigos, Tito Annio Milón. Las bandas de ambas facciones se formaron con elementos muy heterogéneos: entre sus filas uno podía encontrar esclavos, libertos, ciudadanos pobres o violentos y gladiadores, que por su experiencia en combate solían ser los líderes de la cuadrilla.

Clodio se enfrentó a continuación con César e intentó ilegalizar sus reformas con la excusa de que iban contra la religión romana. Sin embargo y aunque se había enemistado con dos de los triunviros, no mostró animadversión alguna hacia Craso que seguía siendo su protector y financiero. De hecho con Pompeyo asediado y César luchando en la Galia, Craaso se convirtió ahora en el gobernante de facto de la ciudad, que controlaba gracias a las bandas de Clodio.

El retorno de Cicerón

Decidido a recuperar su prestigio Pompeyo acordó con César la rehabilitación de Cicerón. La medida fue propuesta al pueblo, pero con las calles anegadas de sangre estaba claro de que no se trataría de un proceso legislativo normal. Efectivamente, en los días previos a la votación los esbirros de Clodio y Milón se enfrentaron por el control del Foro. Las fuerzas de los triunviros lograron al fin la victoria, y bajo su amenazadora mirada el pueblo votó a favor del retorno del exiliado orador y de la restitución de su patrimonio, incluida su casa que sería reconstruida con fondos públicos.

Agradecido, Cicerón dedicó todos sus esfuerzos a la caída de Clodio. Por un lado consiguió que el Senado otorgara a Pompeyo el control de la distribución de grano durante cinco años, y por el otro garantizó a César la inviolabilidad de sus reformas. Al mismo tiempo arrinconó políticamente a Craso, castigándolo por su traición y su apoyo al turbulento demagogo.

Retorno de Cicerón del exilio, fresco de Franciabigio 1520, villa medicea de Poggio a Caiano.

Foto: Wikimedia Commons

Naturalmente todas estas medidas no hicieron sino acrecentar el odio que Publio sentía hacia Cicerón, quien volvía a ser su peor enemigo en la lucha despiadada por el poder. Así el orador tuvo que sufrir repetidos intentos de asesinato, la interrupción de las obras de su casa por los facinerosos, y la quema de la mansión de su hermano Quinto donde vivía temporalmente. Pese a ello el poder de Clodio menguaba día a día, expulsado del Foro ya no podía influir en las votaciones y además como su tribunado había llegado a su fin no podía proponer nuevas leyes para conseguir capital político.

El golpe definitivo llegó cuando Craso le retiró su apoyo, abandonando una causa perdida para reconciliarse con César y Pompeyo, quienes lo recompensaron con un mando extraordinario en la lejana provincia de Asia a fin de que probara suerte contra los partos.

Muerte de un demagogo

Aunque había caído en desgracia Clodio mantuvo su lucha durante algunos años más, en los que actuó como agente de la minoritaria oposición a los triunviros. Al ver que la victoria por las armas no era factible, Publio intentó enjuiciar a Milón con el ridículo pretexto de que era el responsable de iniciar la espiral de violencia. A pesar de todo, el caso nunca llegó a los tribunales, dominados por la influencia de Pompeyo y las amenazas de sus sicarios.

Muerte de Clodio a las afueras de Roma, Silvestre David Mirys 1809.

Foto: Wikimedia Commons

El episodio final de la ajetreada vida de Clodio llegó el 18 de enero del 52 a.C. Ese día, el populista político regresaba a Roma por la Vía Apia cuando se encontró por casualidad con Milón. Los séquitos de ambos se enzarzaron inmediatamente en una cruenta escaramuza, en el transcurso de la cual un lanzazo acertó a Publio. Al ver caer a su líder los esbirros del demagogo huyeron y el antiguo tribuno fue rematado en el suelo, quizás por el mismo Milón.

El cadáver de Clodio fue llevado más tarde hasta su casa, donde su histérica mujer Fulvia azuzó a lo que quedaba de sus seguidores para que lo quemaran dentro de la Curia en la que se reunía el Senado. La muerte de Publio se unía a la de Craso el año anterior, lo que dejaba la política romana en manos dos hombres: César y Pompeyo, que se enfrentarían al cabo de pocos años en una sangrienta guerra civil por el poder supremo.

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