El mes más corto y variable

¿Por qué febrero dura menos días? Descubre la superstición romana detrás del mes más corto del año

Las legendarias historias de Rómulo y Numa, difíciles de creer, sirvieron a los romanos para explicar la estructura de un calendario que se mantuvo vigente durante siglos, con meses de 31 días y de 29.

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Enero, febrero (de solo 28 días) y marzo en un calendario de 1897.

World History Archive / Cordon Press

Treinta días trae septiembre, con abril junio y noviembre... Es el inicio de una tonada usada como regla nemotécnica para recordar cuántos días tiene cada mes del año. "De 28 solo uno, y los demás, 31", termina. ¿Por qué hay 12 meses? ¿Por qué febrero es tan corto y no hay siete meses de 30 días y cuatro de 31?

La respuesta rápida sería porque así lo hacían ya los romanos a causa de una combinación de observaciones astronómicas, elementos prácticos y supersticiones que han hecho que se mantenga la "anomalía" del febrero de 28 días, o 29, durante miles de años y se extienda a todo el mundo.

Calendarios solares y lunares

Las sociedades agrarias que crearon los primeros calendarios a lo largo del planeta –ya fuera en China, Egipto o Mesoamérica– se basaban en los ciclos de la Luna y del Sol, que ordenaban de forma "natural" los trabajos en el campo.

Pero estos ciclos no coinciden entre sí ni son exactos: la Tierra tarda 365 (y poco menos de un cuarto) vueltas sobre su eje en dar una vuelta alrededor del Sol, tiempo durante el que la Luna da 12 vueltas y media a la Tierra. Los calendarios "humanos" debían buscar la corrección de estos desajustes que a la larga llevarían a desfases que impedirían la organización racional de las sociedades.

Roma no fue una excepción y su adaptación a esa realidad científica, física, en el contexto del Mediterráneo de hace más de 2.000 años ha condicionado nuestro calendario gregoriano actual, heredero directo de los calendarios romanos, que ya recogían un febrero de 28 días.

¿De dónde provenía ese calendario con un mes tan corto? Ni los propios romanos lo tenían muy claro. La tradición –en la que es imposible distinguir leyenda de realidad– atribuía a Rómulo, fundador y primer rey de Roma, la creación de un calendario de 304 días divididos en 10 meses.

El mítico soberano "estableció que el tiempo suficiente para cumplir este año era hasta cuanto tardaba un niño en salir del vientre de su madre", escribía el poeta Ovidio en época de Augusto. En el siglo III d.C. Censorio daba la relación de esos meses, de marzo a diciembre, con 30 o 31 días cada uno. Enero y febrero eran un tiempo en el limbo que se dejaba pasar hasta el inicio de la primavera.

Esta historia era asumida por muchos eruditos romanos, pero no todos. Plutarco, coetáneo de Ovidio, sostenía que Roma había gozado de un calendario de 12 meses desde sus inicios, aunque "los romanos contaban los meses desordenadamente y sin regla alguna, no dando a unos ni veinte días y dando a otros treinta y cinco".

La superstición de los romanos

Sea como fuere, ese calendario debía suponer tal desbarajuste que, como señalaba el historiador Tito Livio, el segundo rey de Roma, Numa Pompilio, "dividió el año en doce meses, correspondientes a las revoluciones de la Luna". Este soberano, otro personaje entre la realidad y el mito, habría sido el responsable de agregar los dos meses que "faltaban", al inicio (enero) y al final (febrero).

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Las legendarias historias de Rómulo y Numa, difíciles de creer, sirvieron a los romanos para explicar la estructura de un calendario que se mantuvo vigente durante siglos, con meses de 31 días y de 29. Numa Pompilio mantuvo los meses de 31 días igual, pero restó un día a los de 30 para que tuvieran 29, igual que los dos de "nueva creación".

Se daba respuesta de esta manera a una superstición romana desde tiempos remotos, que consideraba los números impares como un signo de buena suerte. Así, Numa (o quien fuera el inventor del calendario republicano) habría transformado los meses "huecos" (de 30 días) en "plenos" (de 29, número impar, de buen augurio, igual que el 31).

Numa Pompilio redujo los meses de 30 días a 29 para acomodarlos a la superstición que consideraba los números impares de buen agurio.

Ese calendario tan acorde con los buenos augurios se enfrentaba una limitación matemática insalvable, que tendría un número par de días –cualquier suma de números impares multiplicados por un número par da como resultado un número par–. Para solucionarlo se restó un día a un mes, y el elegido fue febrero, seguramente por ser el último entonces. 

comodín para el desajuste

Mejor un mes gafe que todo un año gafe, pensarían. Esa sería la explicación de por qué febrero –que a mitad del siglo V a.C. fue reubicado como segundo mes del año– tiene menos días que el resto. En cualquier caso, febrero se utilizaría desde entonces para compensar los desajustes de un calendario mejor que el anterior, pero que estaba lejos de ser perfecto.

El calendario republicano romano tenía 355 días, por lo que cada año se "perdían" todavía 10 días respecto al año sideral, lo que llevaba a añadir cada dos años un mes de febrero extraordinario, mercedario, que acomodaba por así decirlo los meses lunares al año solar.

El encargado de contabilizar el calendario y decretar este mes extraordinario era el Pontifex Maximus, pero la dejación de funciones y la corrupción (acortar el mandato de los magistrados rivales) creó desfases que llegaron a trastocar el inicio de las estaciones y las tareas agrícolas.

La reforma de Julio César

En el año 46 a.C., el calendario republicano iba tres meses adelantado respecto al año solar, lo que obligó a Julio César a abandonar los remilgos supersticiosos y abrazar el pragmatismo del que también hizo gala el pueblo romano durante toda su historia.

El dictador estableció un nuevo calendario de 365 días repartidos en 11 meses de 30 o 31 días y otro de 28. Se inspiró en el calendario solar egipcio, el más perfecto creado en el Mediterráneo, no en vano desde hacía milenios "el ciclo de las estaciones siempre aparece en la misma época para ellos", explicaba maravillado Heródoto en el siglo V a.C.

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Con el objetivo de ajustar las casi seis horas de más del año sideral respecto al año "humano", César hizo repetir un día cada cuatro años. En la nomenclatura romana se denominaba bis sextus dies ante kalendas Martias ("sexto día antes de las calendas [día 1] de marzo bis"), de ahí el término bisiesto. El equivalente a repetir el actual 23 de febrero.

Este calendario regiría los imperios romanos y la Europa cristiana durante 1.600 años hasta que el papa Gregorio XIII introdujo un nuevo ajuste que mejoraría todavía más la precisión del mismo y que ha llegado hasta nuestros días. Aprovechó para cambiar el día repetido por un 29 de febrero cada cuatro años –con ciertas excepciones–, manteniendo eso sí, la denominación de bisiesto y la anomalía del mes que siempre ha tenido menos de 30 días por una superstición pagana.