Corsarios de los mares

Los piratas berberiscos, el terror del Mediterráneo

Los marineros del Mediterráneo vivieron durante siglos bajo el terror de los piratas y corsarios berberiscos, que desde el norte de África atacaban los barcos cristianos para obtener botín, esclavos o rescates.

Barbarroja

Foto: Herzog Anton Ulrich-Museum

Aunque la imagen clásica del pirata se asocia a menudo con el Caribe, lo cierto es que siglos antes el Mediterráneo ya era un paraíso para la piratería. Desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, este mar fue el territorio de los piratas y corsarios berberiscos, tripulaciones musulmanas que atacaban a los barcos cristianos para hacerse con botín y prisioneros, bien para venderlos como esclavos o para obtener un rescate por ellos.

Ni la piratería ni la esclavitud eran algo nuevo en la cuenca mediterránea: la esclavitud existía como mínimo desde el segundo milenio a.C. y la piratería era un peligro endémico al que todos los marineros se enfrentaban. Sin embargo, con la expansión del Islam la práctica de estas actividades adquirió características particulares y una protección más o menos encubierta.

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Un mar peligroso

Con el nombre de berberiscos los europeos designaban indistintamente a los habitantes de la costa africana noroccidental, desde el actual Marruecos hasta Túnez, conocida como Berbería, la tierra de los bereberes, su población nativa. También se usaba el término sarracenos, que significaba “habitantes del desierto” y acabó usándose para los musulmanes en general; o mauros, en referencia a la antigua provincia romana de Mauritania, lo que derivó en la expresión “no hay moros en la costa” para indicar una situación tranquila por la ausencia de naves enemigas.

Los piratas berberiscos eran por lo general marineros o agricultores empobrecidos que se ponían bajo la protección de un capitán, que disponía de su propia nave para dedicarse al pillaje marítimo. Aunque algunos eran piratas en el sentido estricto del término, es decir, que no respondían ante nadie más que sí mismos, la propia naturaleza de su actividad hacía que la mayoría puedan definirse como corsarios. La diferencia era que estos últimos recibían permiso de las autoridades del lugar desde el que operaban para atacar las naves de países enemigos, generalmente a cambio de una parte del botín camuflada como impuesto o de un trato preferente en la compra de los productos y prisioneros.

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Esto no solo les facilitaba enormemente los ataques, sino también la venta de los cautivos en los mercados de esclavos, la reparación de las naves y el abastecimiento de víveres y de armas. Muchos tenían incluso bases fijas: Argel en particular era famosa como el gran nido de piratas del Mediterráneo y como el mayor mercado de esclavos del norte de África. Sus objetivos preferentes eran las poblaciones de la costa y el miedo a los ataques hizo que amplias franjas del litoral ibérico y de las islas mediterráneas quedaran despobladas: a pesar de la construcción de torres de vigilancia para avistar barcos enemigos, las naves berberiscas solían ser relativamente pequeñas, por lo que era fácil ocultarlas en costas escarpadas.

Los abordajes a los navíos tenían como finalidad hacerse con la mercancía, mientras que los ataques a tierra firme eran generalmente expediciones de saqueo para capturar prisioneros, bien para pedir un rescate o para venderlos como esclavos en los mercados del norte de África. Un objetivo prioritario eran las mujeres, como esclavas sexuales y domésticas: algunos grupos llegaron a internarse hasta las costas septentrionales del Mar Negro y recorrer la costa atlántica hasta Irlanda para hacerse con mujeres “exóticas” que pudieran vender por grandes sumas.

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Guerra total

La piratería fue un asunto de gran preocupación para los territorios que más se dedicaban al comercio marítimo, como la Corona de Aragón, el reino de Francia y especialmente las repúblicas marítimas de Italia y Dalmacia. Estas potencias, a menudo rivales, crearon poderosas flotas de guerra y llegaron a treguas temporales con el propósito de hacer retroceder a los piratas y proteger sus rutas de comercio.

Con la expansión del Imperio Otomano, muchos capitanes corsarios se pusieron oficialmente a las órdenes del sultán como parte de su flota de guerra, recibiendo a cambio títulos y el control sobre ciudades y en ocasiones islas enteras: es el caso de uno de los más famosos de la historia, el temido Hayreddín Barbarroja, que en el siglo XVI se hizo amo y señor de Argel, capital histórica de la piratería berberisca, y fue nombrado almirante de la marina otomana.

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Esta protección oficial aumentó la preocupación de muchos estados por la amenaza de los berberiscos, que ya no eran vistos como simples piratas sino como una vanguardia del “Gran Turco”, especialmente después del trauma que supuso en el mundo cristiano la caída de Constantinopla en 1453: en algunos casos tuvo consecuencias drásticas, como la expulsión de los moriscos por orden de Felipe III de España, por temor a que pudieran facilitar un ataque turco.

Ante la imposibilidad de frenar completamente los ataques corsarios, algunos países optaron por pagar un tributo que les garantizaba la incolumnidad de sus barcos y tripulaciones. Así fue hasta el siglo XIX, cuando diversas potencias decidieron que la mejor defensa era un buen ataque y se lanzaron a la conquista del norte de África. El objetivo prioritario fue Argel, capturada por los franceses en 1830: su caída asestó un golpe mortal a la actividad corsaria en el Mediterráneo, que fue menguando a medida que perdía sus bases, aunque no cesó completamente hasta el siglo XX.