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Peste negra

Foto: Istock
Peste negra

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Curiosidades de la Historia: Episodio 52

La peste, la lucha de los médicos contra la epidemia

Durante siglos se creyó que la peste se transmitía a través del aire y que podía prevenirse o curarse ingiriendo extrañas pócimas, haciendo sangrías, purificando el ambiente mediante aromas o vigilando que no entrara en las ciudades ningún infectado. Durante una epidemia, los médicos quedaban directamente expuestos al contagio y eran muchos los que sucumbían.

Durante siglos se creyó que la peste se transmitía a través del aire y que podía prevenirse o curarse ingiriendo extrañas pócimas, haciendo sangrías, purificando el ambiente mediante aromas o vigilando que no entrara en las ciudades ningún infectado. Durante una epidemia, los médicos quedaban directamente expuestos al contagio y eran muchos los que sucumbían.

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Durante largo tiempo, las epidemias de peste fueron consideradas como un efecto de la cólera divina: Dios era el origen de todas las calamidades y castigaba con dureza las malas acciones del hombre. Así lo testimoniaba el poeta francés Guillaume de Machaut a propósito de la peste de 1348: «Cuando Dios en su morada vio la corrupción del mundo, hizo salir a la Muerte de su jaula, llena de locura y de rabia, sin freno, sin bridas, sin discernimiento, sin fe, sin amor, sin medida, tan altiva y orgullosa, tan ávida y tan hambrienta que nada de lo que engullía conseguía hacerla saciarse. Recorrió todo el mudo matando y destrozando los corazones de todos los que encontraba». Contra este flagelo sólo cabía rogar por la misericordia divina e invocar la intercesión de la Virgen María o de los santos, principalmente san Sebastián y san Roque. Los tiempos de mortandad se traducían en proximidad a Dios, y los actos públicos de piedad pretendían aplacar la ira divina y obtener el perdón.

Sin embargo, ¿podía hacerse, frente a la peste, algo más que rezar y resignarse? Durante la gran epidemia de 1348, los médicos de la Universidad de París se plantearon justamente esta pregunta. Reconocían como los demás que la pestilencia provenía de la voluntad divina, pero no querían renunciar a su monopolio sobre la salud de los hombres. Así, defendieron su posición basándose en un pasaje de la Biblia (Eclesiástico, 38, 1-15): «Dios creó la medicina y es el único capaz de sanar, pero no ha olvidado enseñar la ciencia de la curación a los temerosos de Dios».

Desde luego, durante la Edad Media y en siglos posteriores los médicos carecían de los conocimientos mínimos para tratar a los enfermos y tomar medidas eficaces de prevención. Hasta finales del siglo XIX no se supo que la bacteria de la peste anida en las ratas y que son las pulgas de estos roedores las que la transmiten a los humanos. Lo único que se veía eran los efectos de la infección: inflamación de los ganglios linfáticos, necrosis y supuración que producen los característicos bubones, ovalados o redondos, que se desarrollan con preferencia en la ingle, el cuello y las axilas, así como las lesiones purulentas y hemorrágicas causadas por la peste septicémica cuando las bacterias pasaban a la sangre. Entre un 50 y un 75 por ciento de los afectados morían en pocos días, y prácticamente la totalidad fallecía en el caso de peste pulmonar.

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El miedo al contagio

Pese a esta insuficiencia de conocimientos, sí se tenía la intuición de que la peste era resultado de un contagio. Se suponía que la peste era una materia venenosa, originada por las exhalaciones de materias orgánicas en descomposición, que flotaba en el aire y entraba en el cuerpo de las personas al respirar o por los poros de la piel. El autor de un tratado de epidemia escrito en 1349 suponía que el contagio también podía realizarse a través de la mirada: «El momento de mayor virulencia de esta epidemia, que acarrea la muerte casi instantánea, es cuando el espíritu aéreo que sale de los ojos del enfermo golpea el ojo del hombre sano que lo mira de cerca, sobre todo cuando aquél se encuentra agonizando; entonces, la naturaleza venenosa de ese miembro pasa de uno a otro y mata al individuo sano».

Frente a esta amenaza, la recomendación más socorrida fue la expresada por el médico griego Galeno muchos siglos atrás: «Huir deprisa, lejos, y regresar tarde» (fugere cito, longe, et tarde redire). Si no se podía partir a un lugar remoto, preferiblemente de montaña, los médicos aconsejaban al menos alejar la residencia de lugares que generaban putrefacciones abundantes, como pantanos, zonas fangosas y fétidas o aguas estancadas. Se recomendaba asimismo ventilar las casas abriendo las ventanas a los vientos del norte, pues se creía que los del sur traían la pestilencia. Un consejo más extremo era el del médico catalán Jacme d’Agramont: meterse bajo tierra en caso de necesidad extrema, y en todo caso buscar refugio en montañas y zonas altas. Asimismo, como se creía que la corrupción del aire generaba mal olor, para purificarlo se recomendaba fumigar las dependencias con humo de plantas aromáticas, quemando madera de áloe, ámbar y almizcle, productos de alto precio que podían sustituirse por mejorana, ajedrea o menta.

Barreras frente al mal

El mejor remedio contra la peste, en todo caso, era la prevención. Cuando llegaban noticias de brotes más o menos cercanos, las autoridades de cada población debían tomar medidas para evitar que el contagio les alcanzara. Por ejemplo, había que mantener las calles limpias, para que los malos aires no pudieran difundirse. «Cada día al amanecer se barran y limpien todas las calles», escribía un médico español del siglo XVI, el doctor Mercado. El mismo autor proponía que se construyera una cerca en torno a la población y alrededor de ella «una o dos veces en la semana se quemen cosas olorosas, como es romero, aciprés, laurel, enebro y otras semejantes. Que dentro del pueblo, si no se pudiere regar, se echen hierbas de olor, como rosas, espadañas, hierba de Santa María, romero, tomillo, cantueso y retama».

Por otro lado, había que impedir que entraran en la ciudad personas infectadas, para lo que se construían lazaretos extramuros donde los visitantes pasaban su cuarentena (el período de observación por si se les manifestaban los síntomas de la epidemia), así como hospitales para acoger a los enfermos. Existían igualmente patrullas de vigilantes en cada parroquia que visitaban las casas para verificar que no hubiera enfermos de peste. Todas estas medidas se aplicaban con el máximo rigor, incluida la pena de muerte para los infractores. Como escribía el citado doctor Mercado, las autoridades debían tener como máxima «oro, fuego y castigo. Oro, para no reparar en costa ninguna que se ofrezca. Fuego, para quemar ropa y cosas, y que ningún rastro quede. Castigo público, y grande, para quien quebrare las leyes y orden que se les diere en la defensa y cura destas».

Si pese a todo la enfermedad penetraba en una población, los médicos asistían a los afectados aplicando los conocimientos de la ciencia médica de la época, de eficacia más que incierta. Contaban con medicamentos simples o compuestos, casi todos conocidos por los autores clásicos: eran los apreciados antídotos, fármacos de admirables efectos que intentaban eliminar el veneno de la peste. Entre los medicamentos simples se encontraban el bolarménico, la terra sigillata y el agárico; y entre los compuestos sobresalían la triaca, el mitridato, la esmeralda y las píldoras de áloe, azafrán y mirra. Había también compuestos que servían para prevenir el contagio. Por ejemplo, otro médico español del siglo XVI, Andrés Laguna, recetaba una pócima con ingredientes de lo más variopinto: sándalo, coral, rosas rojas, aljófar, polvo de piedras preciosas (rubíes, esmeraldas, zafiros...), marfil y cuerno de ciervo, semilla de grana y algodón, especias, lengua de buey... «Tomada una tabletica de ésta en ayunas cada mañana –aseguraba el doctor–, con un trago de vino blanco, de tal suerte fortifica y establece todos los interiores miembros que ningún veneno ni aire infecto es bastante para los ofender». Otro médico, inglés en este caso, George Thomson, proponía matar un sapo, colgarlo de una pierna para secarlo y luego molerlo, con lo que se obtenía un antídoto infalible frente a la peste, pues «la presencia de este animal odioso y terrorífico aniquila completamente la imagen del veneno pestilente».

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Purgar el cuerpo

Un tratamiento en el que se confiaba para lograr la curación de los afectados eran las sudoraciones prolongadas. Por ejemplo, un médico inglés famoso en su época, Thomas Sydenham, tras hacer ingerir al enfermo un brebaje compuesto de polvo de patas de cangrejo, azafrán, cochinilla y otros ingredientes, lo «hacía sudar durante 24 horas, y durante este tiempo no lo secaba en absoluto, ni permitía el cambio de camisa, por sucia o rota que estuviera». Lo mismo recomendaba un galeno francés, el doctor Ozanam, en 1628: «Entonces se ponía a los enfermos en una cama caliente, donde se les hacía tomar agua o zumo de cardo, camedrio, maravilla o escabiosa y un poco de triaca para provocar la transpiración y un sudor abundante; a continuación se los secaba bien, se los cambiaba de cama si era posible y se les daba un caldo acidulado con achicoria o zumo de limón o vinagre». Era peor el remedio que la enfermedad, pues hoy sabemos que las sudoraciones excesivas tampoco propiciaban ningún beneficio, sino más bien una deshidratación general, alteración de la concentración de electrolitos en la sangre y, en casos extremos, alteraciones del ritmo cardíaco, un shock hemodinámico que precipitaba la muerte.

Los tratadistas de la peste coincidían en prescribir la práctica de sangrías o flebotomías como medida preservativa de refuerzo, absolutamente imprescindible si aparecía el bubón, pues se consideraba que la sangre era portadora de vida y que la alteración o presencia de seres maléficos en ella podía causar enfermedades, lo cual justificaba su extracción con fines curativos. Durante los siglos XV-XVII esta práctica fue muy habitual y estaba muy bien considerada; sin embargo, sorprende que en los tratados no aparezcan comentarios explícitos sobre sus efectos en la población, que tenía verdadero pánico a las sangrías, por el dolor que comportaban, por el «asco de ver la sangre correr a borbotones» y porque además existía el riesgo de sufrir complicaciones fatales.

Como ejemplo, el citado Sydenham relataba un hecho ocurrido en el fuerte del castillo de Dunster (Somerset, Inglaterra), donde la peste había atacado un gran número de soldados de la guarnición: «Un cirujano sangró a todos desde que se iniciaron
los primeros síntomas. Las sangrías fueron muy abundantes y no las detenía hasta que el paciente empezaba a tambalearse, pues los sangraba de pie, al aire libre y sin disponer de ningún recipiente que midiera la cantidad de sangre extraída, que caía libremente al suelo. Después los mandaba acostarse a sus aposentos sin administrar ningún otro remedio».

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Cirugía sin anestesia

Se consideraba como imprescindible la extirpación del bubón para salvar la vida al apestado; pero al ser extremadamente doloroso al tacto, el espanto del afectado era terrible. Al tratar sobre la peste de Londres de 1665, Daniel Defoe lo describía de una manera desgarradora: «Cuando los bubones se endurecían y no reventaban, se hacían tan dolorosos que eran como el más refinado de los tormentos; y algunos, no pudiendo soportar estos dolores, se arrojaban por la ventana, o se disparaban un tiro o se daban muerte a sí mismos de algún otro modo. Otros, incapaces de contenerse, desahogaban su dolor lanzando incesantes lamentos y se oían gemidos sonoros y lastimeros mientras se andaba por las calles. Cuando estos bubones se endurecían se aplicaban fortísimos emplastos o cataplasmas para hacerlos reventar, y en caso de no conseguirlo, los abrían o sajaban de una manera terrible y los cirujanos los quemaban con ayuda de cáusticos, de modo que muchos murieron rabiando como locos por el dolor, y otros durante la misma operación».

En 1720, medio siglo después que en Londres, estalló en Marsella y su entorno un nuevo brote de peste. Murieron en total más de 100.000 personas, lo que representó en algunas poblaciones más de la mitad del total de habitantes. Impotentes, las autoridades repitieron las mismas consignas que en el pasado: implorar la asistencia de Dios y los santos, alimentarse bien, evitar el aliento de los otros, tomar tazas de té en ayunas... Por fortuna, y sin que se sepa muy bien las razones de que fuera así, se trató de la última gran epidemia de peste que sufrió el continente.

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