Modas de la antigüedad

Peinados y tintes: los secretos de belleza de las mujeres romanas

Desde la época de Augusto, las damas romanas lucieron peinados cada vez más llamativos y espectaculares mediante toda clase de artificios: tintes, pelucas, peines, aceites perfumados y demás.

Wall painting   mistress and three maids   Herculaneum (insula orientalis II   palaestra   room III)   Napoli MAN 9022

Wall painting mistress and three maids Herculaneum (insula orientalis II palaestra room III) Napoli MAN 9022

Una joven peinada por una ornatrix, esclava especializada en peinados. Fresco de Herculano. Siglo I d.C. Museo Arqueológico, Nápoles.

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«Cierra, atasca la puerta de tu habitación. No muestres la obra aún burda e imperfecta». Esto aconsejaba Ovidio a las matronas romanas de la época de Augusto, quienes, ocultas en su cámara y ayudadas por sus sirvientas, se preparaban para mostrarse en público, ocultando sus defectos y realzando sus encantos mediante toda clase de artificios: tintes, pelucas, postizos, peines, agujas para el pelo, aceites perfumados, blanqueadores de dientes... 

Para las mujeres romanas, el maquillaje, la perfumería y el peinado eran el último paso de la higiene cotidiana. Primero se lavaban brazos y piernas –pues el resto del cuerpo se limpiaba, por lo general, cada nueve días, coincidiendo con los días de mercado, las nundinae–; se blanqueaban los dientes con soda, bicarbonato o incluso con orina; se depilaban y, por último, se entregaban a la elaboración de un peinado más o menos complejo. Éste solía ser una copia de los que lucían las grandes damas de la aristocracia romana o bien adaptaciones personales que favorecían la forma del rostro. 

El mismo Ovidio escribía en su Arte de amar: «Que cada una elija el [peinado] más apropiado consultando a su espejo. Una cara alargada pide cabellos separados sobre la frente y sin adorno [...]. Una cara redonda estará mejor con un pequeño copete sobre la frente, dejando libres las orejas. Otra dejará flotar los cabellos sobre sus hombros, como Febo cuando toca la lira; o los anudará por detrás al estilo de Diana cazadora». 

TINTES Y RIZOS PARA LAS CASADAS 

Durante la infancia y la adolescencia, las jóvenes romanas llevaban sus cabellos al natural, lisos o rizados. Separados por una raya central, solían recogerlos en un nudo en la nuca o los trenzaban en torno a la cabeza. Para el día de la boda se reservaba un peinado especial, de tradición griega y etrusca: se dividía la melena en seis partes (sex crines), ligadas por cintas, que se recogían en un moño alto y puntiagudo llamado tutulus. Durante la ceremonia nupcial, el futuro esposo partía las sex crines con la punta de una lanza, la hasta coelibaris, y la novia, con el cabello desatado, cubría su rostro con un velo de color azafrán, el llamado flammeum. Con el tiempo, este tipo de peinado quedó reservado a la flamínica, sacerdotisa que simbolizaba el matrimonio sagrado. 

Bronze mirror MET DP251316

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Espejo romano de bronce procedente de Etruria, siglo III a.C. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

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Convertidas en dominae, señoras de la casa, las mujeres romanas ya podían cambiar a su antojo el color y la forma de sus cabellos. Desde la llegada a Roma de las primeras cautivas germanas se puso de moda el pelo rubio y brillante. Para cambiar el color negro o castaño de la melena recurrían a tintes o a pelucas postizas de pelo natural montado sobre una fina piel de corzo. Estas pelucas estaban a la venta «ante los ojos de Hércules y del coro de las Musas en el Campo de Marte», según informa Ovidio, es decir, en el circo Flaminio. 

Para teñirse las mujeres podían recurrir a diversas preparaciones llegadas de diferentes partes del Imperio. La más común era la pila mattiaca, procedente de la ciudad de Mattium (actual Marburgo), que daba al cabello un color rubio encendido, a veces potenciado con polvos de oro espolvoreados por encima de la cabeza. Se la conocía también como spuma batava o sapo, y se trataba de un compuesto de sebo de cabra y de ceniza de haya en forma de jabón sólido o líquido. Para teñir el pelo de rojo se hacía uso de la henna, una sustancia vegetal procedente de Egipto y de las provincias orientales. Se importaban también los indici capilli, cabellos negros de la India, ideales para ocultar las canas. 

iStock 1191411540

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Una dama romana es peinada por su esclava. Fresco de la Villa de los Misterios, siglo I d.C. Pompeya.

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Además de cambiar el color del pelo era posible convertir una cabellera lisa en una melena rizada y repleta de tirabuzones. Para ello se recurría al calamistrum, un instrumento formado por dos tubos: uno hueco de metal, que se calentaba al fuego, y otro de menor tamaño en el que previamente se enrollaba el pelo que se quería rizar y que se introducía en el interior del tubo caliente. En muchos casos, el uso continuo de tintes abrasivos y del calamistrum estropeaba sin remedio el cabello. 

EL IMPERIO DE LA MODA 

Para acomodar los mechones y las trenzas en moños o en círculos alrededor de la cabeza, o para ajustar los postizos, había que utilizar agujas para el cabello (acus crinalis), fabricadas en madera, hueso, marfil o metal. Al estar, por lo general, huecas en su interior podían rellenarse de perfumes, aceites o incluso de veneno. Servían también como arma ofensiva. En una ocasión Fulvia, la mujer de Marco Antonio, arrancó una aguja de su cabellera y, sujetando la cabeza cercenada de Cicerón, le atravesó la lengua en mitad del Foro

Durante los primeros cinco siglos de la República los peinados femeninos eran muy sencillos, pues los tintes y rizadores se consideraban propios de cortesanas y extranjeras. Las mujeres casadas salían a la calle cubiertas por un velo. Sin embargo, la moda y los gustos cambiaron en los primeros años del Imperio y los peinados, ahora al descubierto, se multiplicaron hasta el infinito. «Tal como no se pueden contar las innumerables bellotas de una frondosa encina, ni las abejas sobre el Hibla o sobre los Alpes las fieras, así tampoco puedo abarcar el número de peinados, pues cada día nace alguno nuevo», escribía Ovidio. 

Marble portrait of a young woman MET

Marble portrait of a young woman MET

Julia, hija de Tito y esposa de Domiciano, puso nombre a un tipo de peinado ti´pico de la e´poca Flavia. Sobre la frente de la dama se colocaba una corona postiza de rizos, cuya altura se incremento´ progresivamente. El cabello, trenzado, se enroscaba por detra´s a modo de turbante (in orbem). Busto del siglo I d.C., MET, Nueva York.

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El peinado «tipo Octavia», caracterizado por un tupé frontal (nodus) y dos trenzas laterales anudadas en la nuca, fue el primero típicamente itálico. Lo adoptaron, además de Octavia (la hermana de Augusto), Livia y Fulvia, mujer de Marco Antonio. En la tercera década del siglo I d.C. apareció el peinado tipo salus, símbolo de elegancia y realeza, que se diferenciaba del anterior principalmente en la acumulación de rizos junto a las sienes. 

El gusto por los rizos se fue incrementando durante la segunda mitad del siglo I d.C. En tiempos de Nerón y durante la dinastía Flavia se incorporó el uso de un tupé postizo de rizos que se colocaba a modo de corona en la parte alta de la frente. Se utilizaba una cinta de cuero cubierta de cabello para ocultar la línea de unión entre ambos.

Marble portrait bust of a woman MET

Marble portrait bust of a woman MET

Julia Domna, segunda esposa de Septimio Severo, recuperó la moda del peinado tipo «melón», de procedencia helenística. Una peluca, con ondulaciones artificiales en paralelo a la raya central, dejaba asomar por debajo, a la altura de las mejillas, unos pequeños mechones de pelo natural.

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El resto de la melena se recogía en trenzas, que se reunían en torno a la cabeza a modo de rosca escalonada (in orbem). «¡Tantas vueltas dan las trenzas sobre su cabeza! ¡Tantos pisos levantan sobre su erguida testa!», cantaba Juvenal a fines del siglo I d.C. En tiempos de Trajano y Adriano, el peinado con tupé frontal de rizos alcanzó el grado más elevado de artificiosidad y la rosca trasera, compuesta por numerosas trenzas y postizos, se convirtió en una especie de turbante. 

EL CRISTIANISMO, CONTRA LA MODA 

Para levantar todo el andamiaje de cabellos y para ajustar debidamente cada rizo y bucle que adornaba la cabeza, las matronas de las familias más ricas contaban con algunas sirvientas expertas en peluquería, las ornatrices. Según el jurisconsulto Marciano, para aprender el oficio era necesario acudir a un maestro peluquero durante al menos dos meses.

Al menor fallo o si la señora no quedaba satisfecha con su aspecto, era frecuente que sufrieran malos tratos, tal como refiere Ovidio: «Por nada la araña y le arranca de las manos los alfileres del pelo y se los clava rabiosa en los brazos; y aquella peina y maldice a la patrona y al mismo tiempo, sangrando, llora sobre los odiados cabellos». 

Mummy portrait of a bearded man from er Rubayat   Berlin AS 31161 5 (01)

Mummy portrait of a bearded man from er Rubayat Berlin AS 31161 5 (01)

Los jóvenes se afeitaban por primera vez a los 22 años, y consagraban la primera barba a Apolo, a Júpiter o a Venus, ritual que marcaba su paso definitivo a la madurez

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Los Padres de la Iglesia criticaron duramente la adopción por los cristianos de estos artificios, propios del mundo pagano. Clemente de Alejandría, por ejemplo, censuraba de este modo el uso de pelucas y de postizos: «No adornéis vuestras cabezas santas y cristianas con los despojos de algunas cabezas extranjeras que son quizás impuras, corrompidas y condenadas a las penas del infierno. [...] Todos esos pliegues, todas esas trenzas, esos bucles que ellas enlazan unos con otros, las hacen parecerse a las cortesanas y las afean en lugar de embellecerlas. [...]. Todas esas molduras, todas esas redes de formas y colores diferentes con que sujetan y envuelven su cabellera, todas esas innumerables trenzas que entrelazan unas a otras en mil cuidados e invenciones, todos esos espejos de hechura y de materia magnífica, con cuyo servicio componen su rostro y su aspecto para seducir mejor a los que, como niños abobados, se dejan perder por sus encantos engañosos [...] todas estas invenciones proclaman su vanidad y su corrupción».