Camino a Tierra Santa

Pedro el Ermitaño, el predicador de las Cruzadas

Piedro de Amiens, llamado "el Ermitaño", instigó el comportamiento violento del que los cruzados hicieron gala en muchas ocasiones. Poco antes del inicio oficial de la Primera Cruzada, este clérigo francés intentó una marcha suicida para capturar Tierra Santa.

Pedro el Ermitaño

Foto: CC Jean-Pol Grandmont

En noviembre de 1095, el papa Urbano II lanzó un llamamiento a capturar Tierra Santa, en manos de los musulmanes desde hacía cuatro siglos. Antes de que la nobleza europea respondiera tomando las armas, un hombre intentó una marcha suicida acompañado de miles de personas comunes. Se trataba de Pedro de Amiens, un clérigo sin recursos -de ahí su apodo “el Ermitaño”- pero dotado de un gran carisma, que se convirtió en uno de los principales predicadores de las Cruzadas, así como el responsable de la brutalidad que en muchas ocasiones mostraron los combatientes.

Pedro, que había estado anteriormente en Jerusalén como peregrino, recibió entusiasmado el discurso de Urbano y empezó de inmediato a transmitirlo por pueblos y ciudades. Pero al contrario que los nobles, que preferían tomarse su tiempo para preparar la guerra inminente, él creía que debía hacerse de inmediato para librar a los cristianos de oriente de los abusos -seguramente exagerados por el papa- a los que los sometían los gobernantes musulmanes.

Los sermones del clérigo sirvieron como un preludio de lo que iba a ser la Cruzada real: en ciudades como Colonia y Maguncia estallaron violentas persecuciones contra los judíos, a los que se veía como enemigos más próximos y accesibles que los musulmanes. A medida que los ánimos se encendían, muchos decidieron no esperar a que los nobles dieran la orden de marchar hacia Tierra Santa.

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La Cruzada de los Pobres

Habiendo obtenido permiso del patriarca ortodoxo de Jerusalén, Simeón II, para reclutar gente para su causa, en abril de 1096 Pedro había reunido 40.000 personas dispuestas a marchar hacia Levante. El nombre que se dio a esta “Cruzada de los Pobres” es perfectamente descriptivo: la gran mayoría era gente sin recursos, armados solo con las herramientas de trabajar el campo o ni siquiera eso, y no tenían la más mínima idea del viaje que iban a afrontar.

Como era de esperar por la falta de preparación, la expedición fue un desastre. Su primer destino era Constantinopla, pero las provisiones se terminaron mucho antes antes de llegar allí y los peregrinos empezaron a saquear las poblaciones que encontraban por el camino. Aunque mal preparados, eran muchos miles de personas; a veces las ciudades preferían entregarles comida y agua para que continuasen su camino sin detenerse, otras veces se las proporcionaban las autoridades eclesiásticas, que temían los encendidos discursos de Pedro y los disturbios que podían causar.

La Cruzada de los Pobres fue un desastre. La mayoría no llegaron siquiera a Constantinopla, muertos por el camino o capturados por los bandidos

La mayoría no llegaron siquiera a Constantinopla: los que no dieron media vuelta al darse cuenta de la dureza real de aquel viaje, murieron por el camino o fueron capturados y vendidos como esclavos por los bandidos. Aun así, Pedro no renunció a su objetivo: en la capital bizantina se reunió con Walter el Indigente, otro predicador que, como él, había convencido a miles de personas sin recursos para marchar a la captura de Tierra Santa, y se dispusieron a partir hacia Jerusalén.

El emperador Alejo I Comneno les había aconsejado esperar al ejército cruzado, que ya estaba en camino, pero los seguidores de Pedro y Walter presionaron para partir de inmediato. Temiendo que pudieran producirse episodios de violencia, el emperador les facilitó transporte marítimo hasta el otro lado del Bósforo, pero ese fue el paso final hacia el desastre. Una vez en suelo enemigo no tuvieron ninguna oportunidad contra el ejército selyúcida, que masacró o esclavizó a la mayoría.

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El predicador del ejército

Pedro y unos pocos miles de supervivientes consiguieron escapar y volver a Constantinopla. En mayo de 1097 llegó el ejército cruzado y pidió unirse a él como capellán; los líderes de la Cruzada aceptaron pensando que les podía ser útil para levantar la moral de las tropas, pero cuidándose de que no destacara demasiado y abocara también esta expedición al desastre.

A pesar de mantenerse en segundo plano y del fracaso de su aventura anterior, su carisma y elocuencia le hicieron muy popular entre los soldados, especialmente los pobres, puesto que su aspecto humilde les generaba más confianza que sus ricos comandantes. En más de una ocasión sus sermones fueron decisivos para motivar a las tropas a lanzar un último ataque contra las ciudades asediadas.

Pedro el Ermitaño

Pedro el Ermitaño

Pedro el Ermitaño predicando a los cruzados. Ilustración por Paul Gustave Doré

Foto: CC

El más célebre fue el que dio en el Monte de los Olivos, en las afueras de Jerusalén, pocos días antes de la caída de la ciudad: en él animó a los soldados a saquear la ciudad y aniquilar a los “infieles”, tanto musulmanes como judíos, con la promesa de que tales acciones les valdrían la entrada al Paraíso. El resultado no se hizo esperar y el 15 de julio de 1099 los cruzados entraron en la ciudad, masacrando indiscriminadamente a sus habitantes.

Tras la captura de Jerusalén, el Ermitaño se quedó un tiempo en la Ciudad Santa repartiendo limosnas entre los pobres, pero al cabo de poco decidió regresar a Europa. Se instaló en la ciudad de Huy (en la actual Bélgica), donde fundó el monasterio de Neufmoustier. A pesar de la popularidad que le había dado su papel en las Cruzadas, a partir de ese momento prácticamente desapareció de la historia: pasó el resto de su vida retirado en su monasterio, donde murió en 1115.