Literatura barroca española

Pedro Calderón de la Barca, el gran poeta de la Edad de Oro

Poeta, dramaturgo, soldado y archienemigo de Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca fue el máximo exponente del Barroco en el Siglo de Oro español. Los restos del insigne autor fueron enterrados y desenterrados seis veces, hasta que el incendio de la Iglesia donde finalmente había sido enterrado, durante la guerra civil, hizo que se perdiera para siempre la ubicación de su paradero.

Pedro Calderón de la Barca

foto: iStock

El bibliógrafo, cervantista y crítico Emilio Cotarelo y Mori retrató al célebre escritor barroco Pedro Calderón de la Barca, nacido el 17 de enero de 1600 en Madrid, con las siguientes palabras: "Acostumbrados a ver en el retrato de Calderón el sacerdote anciano y en sus obras el decoro y gravedad del hombre maduro, nos cuesta trabajo imaginarlo joven, calavera y duelista, y persona, en fin, cuya mocedad fue de las más sueltas y borrascosas". Y es que, efectivamente, en su juventud Calderón de la Barca vivió en primera persona un "suceso trágico" que acabó con la vida de un tal Nicolás Velasco, hijo de un criado de Bernardino Fernández de Velasco y Tovar, duque de Frías, del cual se culpó al propio Calderón y a sus hermanos.

Por si esto fuera poco, en otro suceso, más típico de las novelas de capa y espada, Calderón se vio envuelto en una reyerta callejera en la que uno de sus hermanos resultó herido. Su atacante, el actor Pedro de Villegas, era un comediante de la compañía de Antonio de Prados, que, tras cometer la agresión, salió por piernas y se refugió en un convento de las religiosas Trinitarias que por aquel entonces estaba ubicado en la madrileña calle de Cantarranas (la actual calle Lope de Vega). Ni corto ni perezoso, al ver que su agresor se había refugiado en el convento, Calderón irrumpió en el edificio saltándose todo protocolo religioso por lo que a la clausura se refería. Acompañado por varios vecinos, ministros de la Justicia y otros cómicos, en la airada búsqueda de su contrincante, parece ser que no se trató con el debido respeto a las monjas, entre las que se encontraba sor Marcela de San Félix, la hija de Lope de Vega.

Calderón de la Barca, vivió en primera persona un "suceso trágico" que acabó con la vida de Nicolás Velasco, hijo de un criado de Bernardino Fernández de Velasco y Tovar, duque de Frías y del cual se culpó al propio dramaturgo y a sus hermanos.

El espíritu del Barroco

En el siglo XVI, España se llenó por completo de la vida y la obra de Pedro Calderón de la Barca. En sus obras, el dramaturgo reflejaba el espíritu del hombre del Barroco, al que retrató no como un ser inquieto y emocional, sino de una forma sosegada y equilibrada. Calderón jamás dejó de escribir, día y noche, y gracias a ello han llegado hasta nosotros cientos de sonetos y comedias, así como novelas, epopeyas y novelas cortas surgidas de su intelecto privilegiado. Algunas de sus creaciones más emblemáticas –como La vida es sueño, El alcalde de Zalamea, El mágico prodigioso, El príncipe constante o La dama duende– son por todos conocidas y han pasado a engrosar el elenco de grandes obras de la literatura universal.

En el siglo XVI, España se llenó por completo de la vida y la obra de Pedro Calderón de la Barca. En sus obras, el dramaturgo reflejó el espíritu del hombre del Barroco, al que retrató no como un ser inquieto y emocional, sino de una forma sosegada y equilibrada.

Obras emblemáticas

La vida es sueño, tal vez su obra más conocida, se caracteriza por un planteamiento filosófico sobre la vida. Destaca en ella el uso de la escenografía (para poner en contraste ideas antagónicas) y la importancia que confiere el autor a la civilización por encima de la barbarie. La obra está escrita en verso y se divide en tres actos. El argumento es el siguiente: Basilio, rey de Polonia, cree que su hijo Segismundo está destinado a ser un gobernante despótico y cruel, y que finalmente le arrebatará el trono. Por eso decide encerrarlo en una torre solitaria, donde Clotaldo, el noble y leal servidor de Basilio, lo encadena y donde debe vivir como un animal. Al final, el padre, pensando que tal vez se ha equivocado, decide poner a prueba a Segismundo y lo lleva dormido a palacio donde despierta convertido en príncipe. Allí Segismundo se muestra soberbio, brutal y cruel, por lo que su padre, el rey Basilio, decide encarcelarlo de nuevo. Cuando despierta, Segismundo está convencido de que todo cuanto vivió en la corte no ha sido sino una ilusión, como lo es la vida entera. Al final del dramático primer acto, Segismundo reflexiona sobre la vida y la muerte: "Sueña el rey que es rey, y vive / con este engaño mandando, / disponiendo y gobernando / y este aplauso, que recibe / prestado, en el viento escribe, / y en cenizas le convierte / la muerte, ¡desdicha fuerte! / ¿Que hay quien intente reinar, / viendo que ha de despertar / en el sueño de la muerte? / Sueña el rico en su riqueza, / que más cuidados le ofrece; / sueña el pobre que padece / su miseria y su pobreza; / sueña el que a medrar empieza, / sueña el que afana y pretende, / sueña el que agravia y ofende, / y en el mundo, en conclusión, / todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende. / Yo sueño que estoy aquí / destas prisiones cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi. / ¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño: / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son".

Por su parte, la trama de otra de sus obras más emblemáticas, El Alcalde de Zalamea, transcurre en un pueblo extremeño llamado Zalamea de la Serena, justo en el momento en el que tiene lugar la guerra de Restauración portuguesa (1640-1668), por lo que por esta localidad desfilan militares españoles que están a punto de entrar en combate. Es éste un drama de honor en el que Calderón contrapone la libertad del individuo ante el poder y el Estado. En la obra, un labrador llamado Pedro Crespo aloja en su casa al capitán don Álvaro Ataid, el cual secuestra y viola a la hermosa hija de don Pedro. Cuando éste se entera, intenta remediar la situación ofreciendo bienes al capitán para que se case con su hija, a la que el militar rechaza por ser de clase inferior. Ante tal afrenta a la familia de Pedro Crespo, éste es elegido por el pueblo nuevo alcalde de Zalamea y siguiendo con la denuncia interpuesta, y aun sin tener jurisdicción sobre el militar, Crespo prende, juzga y hace ajusticiar a don Álvaro dándole garrote. La trama se resuelve cuando el rey Don Felipe revisa la decisión del alcalde y la ratifica, y ademas premia su decisión nombrándole alcalde perpetuo de Zalamea.

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Una curiosa leyenda surgida en torno a Calderón de la Barca cuenta que cuando nació parecía estar muerto y lo introdujeron en un caldero de agua caliente. Entonces, al entrar en contacto con el agua a elevada temperatura, el recién nacido prorrumpió en sus primeros gritos. Su vida también tuvo algunos episodios dignos de una obra teatral, como cuando recibió una cuchillada en el tumulto que se organizó durante el ensayo de una de sus comedias. El gran dramaturgo murió el 25 de mayo de 1681, dejando inacabado un auto sacramental: La divina Filotea. Fue enterrado el 27 de mayo en la iglesia de San Salvador. Pero ni la muerte significó el descanso para el autor. Los huesos de Calderón de la Barca tampoco han podido reposar demasiado desde su fallecimiento: se han enfrentado a seis entierros, con sus respectivos desentierros. Esto obedece a que en su época, las autoridades, organismos o hermandades tenían la potestad de hacerse cargo de los restos de personajes celebres y también de las reformas que iban a acometer en los distintos espacios donde se pretendía que reposaran.

La vida de Calderón de la Barca también tuvo algunos episodios dignos de una obra teatral, como cuando recibió una cuchillada en el tumulto que se organizó durante el ensayo de una de sus comedias.

Finalmente, en el año 1936, los restos de Calderón de la Barca se perdieron para siempre. En ese momento, y desde 1902, sus restos estaban enterrados en la madrileña iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en la calle de San Bernardo 101, donde hoy una placa reza: "Calderón de la Barca, capellán mayor de la congregación de San Pedro apóstol, 1666. Sus restos mortales depositado en esta iglesia desaparecieron en el incendio y saquero de 1936". Su desaparición provocó que se barajaran dos teorías: la que afirma que fue escondido en otro lugar del templo para evitar saqueos –y cuando la iglesia se quemó, el cuerpo ardió con el edificio– y otra que dice que fue el mismo párroco quien trasladó el cuerpo del insigne escritor a otro emplazamiento y que cuando murió se llevó consigo el conocimiento del lugar definitivo de descanso de Calderón de la Barca. Sea como fuere, y estén donde estén los restos del dramaturgo, en su testamento el autor declara lo siguiente: "Dispongan mi entierro, llevándome descubierto, por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi mal gastada vida con públicos desengaños de mi muerte".

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