Descubrimiento de las enfermedades infecciosas

Pasteur, el héroe de la medicina que no fue médico

"Louis Pasteur no fue médico ni cirujano, pero nadie ha hecho tanto como él en favor de la medicina y de la cirugía". Henri Mondor, escritor y médico francés, describió así a uno de los grandes nombres de la ciencia moderna, cuyo trabajo supuso grandes avances en la lucha contra los patógenos causantes de muchas enfermedades.

Louis Pasteur

Foto: World History Archive / Cordon Press

El 27 de diciembre de 1822, en la pequeña localidad de Dole, al este de Francia, empezó la historia de uno de los grandes nombres de la medicina moderna: Louis Pasteur, el hombre que contribuiría a salvar millones de vidas gracias al estudio de las formas de vida microscópicas causantes de las enfermedades.

Sin embargo, el joven Louis no parecía destinado a emprender el camino de la medicina y, en un principio, ni siquiera el de las ciencias: de hecho, en la escuela su desempeño en ciencias naturales era más bien malo y, en cambio, demostraba un talento para la pintura, por lo que en su juventud su aspiración era convertirse en profesor de arte. Incluso cuando sus intereses cambiaron y, a los 19 años, se licenció en ciencias matemáticas, sus calificaciones en química seguían siendo malas.

Louis Pasteur no parecía destinado a emprender el camino de las ciencias: en su juventud su aspiración era convertirse en profesor de arte.

Nada parecía pronosticar que, en 1847, se doctoraría en ciencias precisamente con una tesis de físico-química; y mucho menos que, en 1854, sería nombrado decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Lille. Desde entonces la química fue su ámbito de estudio y el camino por el que alcanzaría todos sus éxitos: puesto que, aunque sus descubrimientos tendrían una gran repercusión en el mundo sanitario, nunca fue médico de formación ni de profesión. Buena parte de su interés derivaba de una tragedia personal: de sus cinco hijos, tres murieron de tifus en su infancia.

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La batalla contra los gérmenes

El primer gran logro de Pasteur fue el desarrollo del proceso que lleva su nombre: la pasteurización. Desde 1856, cuando empezó a estudiar la fermentación aplicada a la conservación del vino y la leche, tenía la teoría de que la contaminación por microorganismos era el factor responsable de que estas bebidas se deterioraran rápidamente cuando eran abiertas. Resolvió, por lo tanto, que calentándolas una vez envasadas hasta una temperatura que matara estos microorganismos, no solo se impediría su rápido deterioro, sino también se evitarían las enfermedades provocadas por ellos.

Después de casi una década de experimentos, demostró y patentó su método, que sería conocido como pasteurización. Esto abría un nuevo mundo de posibilidades en el sector de la alimentación ya que, por ejemplo, permitía conservar la leche durante más tiempo y hacerla llegar con facilidad a los lugares alejados de las granjas. También el sector vinícola y de la cerveza se vio muy beneficiado, pues un problema habitual era que las bebidas se avinagraran si por descuido entraban en contacto con el aire, a causa de los gérmenes presentes en él.

Pasteur desarrolló la teoría germinal de las enfermedades infecciosas, según la cual los contagios se deben a la capacidad de los microorganismos para transmitirse de una persona a otra a través del aire o del contacto físico.

Sin embargo, sus descubrimientos no tuvieron una buena acogida inicial, ya que en aquellos tiempos prevalecía en los grandes círculos científicos la idea de que los microorganismos aparecían por generación espontánea: Pasteur recibió duras críticas de académicos de las ciencias naturales, que finalmente tuvieron que darle la razón. La idea de que todo organismo proviene de otro (omne vivum ex vivo) supuso una revolución no solo en el mundo de la microbiología, sino de la biología en general; y le llevó a formular la teoría germinal de las enfermedades infecciosas, según la cual los contagios se deben a la capacidad de los microorganismos para transmitirse de una persona a otra a través del aire o del contacto físico.

Demostrar que su teoría era correcta cimentó una de las grandes luchas de Pasteur: la higiene en la medicina. Al probar que las enfermedades se contagiaban por la transmisión de patógenos, la esterilización del material médico y la limpieza de los profesionales tras tratar a un paciente enfermo cobraron una importancia crucial. Pero una vez más sus afirmaciones no fueron recibidas con mucho entusiasmo, ya que algunos médicos sentían que indirectamente les acusaba de causar la muerte de sus pacientes.

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La vacuna: mejor prevenir que curar

El otro gran logro por el que es recordado Louis Pasteur fue el desarrollo de las vacunas. Este no era un descubrimiento nuevo: a finales del siglo XVIII, el médico inglés Edward Jenner ya había creado un primer fármaco inmunológico para la viruela a partir del virus de la viruela bovina (motivo por el cual recibió el nombre de vacuna). Sin embargo, el procedimiento consistía en exponer a una persona a una enfermedad similar pero más débil y, por lo tanto, estaba limitado a aquellas enfermedades humanas de las que se conocía un “pariente” en otros animales.

En cambio, Pasteur revolucionó el método al crear una vacuna a partir del propio patógeno causante de la enfermedad en humanos. El descubrimiento fue en parte fruto de la casualidad. En 1880, antes de irse de vacaciones, su ayudante Charles Chamberland dejó olvidado un cultivo de bacterias causantes del cólera aviar. Cuando volvió al cabo de unas semanas, descubrió que el cultivo se había debilitado: al inyectarlo en algunos pollos, estos desarrollaron una sintomatología leve; y al exponer de nuevo las aves al cólera, no enfermaron.

El médico inglés Edward Jenner ya había creado un primer fármaco inmunológico para la viruela, pero Pasteur descubrió que este podía fabricarse a partir del propio patógeno causante de la enfermedad en humanos.

Durante los años siguientes Pasteur siguió realizando pruebas con animales, hasta que en 1885 se presentó la ocasión para hacer el primer ensayo en humanos, aunque fue de nuevo a causa de un accidente: un niño fue mordido por un perro afectado por la rabia, una enfermedad nerviosa cuya letalidad es casi del 100%, por lo que si había sido infectado -lo cual no era del todo seguro-, probar a vacunarlo era su única posibilidad de salvación. Pasteur tomó una decisión muy arriesgada, ya que no era médico ni su vacuna estaba suficientemente probada; para su suerte y para la del niño, el tratamiento funcionó, abriendo un nuevo mundo de posibilidades en el campo de la medicina.

Pasteur Le Grelot

Portada de la revista satírica Le Grelot, el 13 de julio de 1884, ridiculizando a Pasteur y sus experimentos de vacunación en animales.

Foto: Rue des Archives / Tal / Cordon Press

Un legado controvertido

Pasteur siguió investigando durante los años siguientes y en 1888 se fundó, gracias a fondos privados y un amplio apoyo internacional, el Instituto que lleva su nombre, dedicado al estudio y prevención de las enfermedades infecciosas. En 1894 sufrió un ataque de uremia del que nunca se recuperó y murió un año más tarde, el 28 de septiembre de 1895. Francia le dio un funeral de Estado y fue enterrado en la Catedral de Notre-Dame; más adelante sus restos fueron exhumados y enterrados de nuevo en el Instituto Pasteur.

Aunque Pasteur ha sido siempre elogiado como un héroe de la medicina, el examen posterior de sus cuadernos de laboratorio reveló una faceta controvertida: en más de una ocasión falseó los datos experimentales para tirar adelante proyectos que no le hubieran sido permitidos de otro modo. Así, por ejemplo, para vacunar a Joseph Meister, el niño que había sido mordido por un perro rabioso, debía obtener la aprobación de un médico puesto que él carecía de una licencia: para conseguir su visto bueno, declaró que había vacunado con éxito a cincuenta perros con rabia, pero el examen de sus cuadernos reveló que fueron solo once; sin embargo, decidió mentir y arriesgarse para salvar al niño. Como en otras tantas ocasiones, una diferencia crucial para el mundo de la medicina no dependió solo del talento, sino también de la suerte.

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