Guerras de religión en Francia

París 1572, La matanza de la noche de San Bartolomé

La espiral de violencia entre católicos y protestantes desencadenada por las guerras de religión en Francia culminó con una terrible matanza de protestantes en la capital del reino, de la que se culpó a la reina madre Catalina de Médicis.

Masacre de San Bartolomé por Francois Dubois, 1572 Museo del Louvre. En el cuadro se puede ver junto a otras crueldades la muerte y decapitación Coligny, cuyo cadáver desnudo es arrastrado por las calles.

Foto: Wikimedia Commons

El domingo 24 de agosto de 1572, día de San Bartolomé, París se despertó –si es que alguno de sus habitantes pudo dormir– en medio de un baño de sangre. A lo largo de la noche se había desencadenado una espantosa carnicería que continuaría durante las siguientes tres jornadas y que pronto se contagiaría a otras ciudades del reino. Fueron muchos los episodios sangrientos de este tipo que jalonaron las guerras de religión, el largo conflicto que entre 1562 y 1598 enfrentó en Francia a dos comunidades religiosas, los católicos y los protestantes (llamados en Francia hugonotes). Pero la matanza de la Noche de San Bartolomé fue el más grave y el que mayor impacto tuvo, hasta convertirse, con razón, en icono del fanatismo y la brutalidad homicida que una comunidad puede desplegar contra una minoría religiosa, un ejemplo de cómo una sociedad puede partirse en dos, desencadenar procesos de exterminio y convencerse de que la eliminación física de los rivales es la única forma de garantizar la propia supervivencia.

Las guerras de religión en Francia fueron una consecuencia de la división religiosa de toda Europa que trajo consigo la irrupción de la Reforma protestante a partir de 1517. Inicialmente, la monarquía francesa de Francisco I no dudó en ayudar a los protestantes alemanes en su rebelión contra el emperador Carlos V, archienemigo de los franceses, pero no por ello estaba dispuesta a permitir que la nueva religión se expandiera en sus dominios. Así lo demostró la violenta represión que se desencadenó en 1534, tras el escándalo de los placards, unos pasquines anticatólicos que los protestantes colgaron por los muros de París e incluso en la puerta del palacio del rey en Amboise. Pese a ello, en la década de 1550 el protestantismo, en la variante calvinista que dirigía desde la ciudad suiza de Ginebra un reformador de origen francés, Juan Calvino, se expandió rápidamente entre la nobleza francesa, parte de las élites urbanas y el mundo campesino hasta convertirse en una amenaza para la monarquía.

Escalada de tensión

En 1559, la muerte de Enrique II, el hijo de Francisco I, en un torneo –un contrincante le atravesó un ojo de un lanzazo y falleció tras diez días de agonía– debilitó repentinamente el poder de la monarquía. Frente a un rey fuerte se sucedieron dos reyes niños –Francisco II (1559-1560) y su hermano Carlos IX (1560-1574)– bajo la regencia de su madre, la florentina Catalina de Médicis. En esas circunstancias se formaron dos partidos nobiliarios, decididos cada uno de ellos a tomar las riendas del gobierno y que hicieron bandera de la religión: por un lado estaba la facción católica liderada por la poderosa familia de los Guisa, decidida a purgar el reino de la herejía protestante; enfrente, el bando calvinista que se agrupaba en torno a Antonio de Borbón y Gaspard de Coligny. A partir de 1561, lo que hasta entonces había sido una disputa por el favor real en la corte se convirtió en un enfrentamiento armado, una auténtica guerra civil en la que pronto las formas caballerescas dieron lugar al más puro salvajismo, con ejecuciones de prisioneros y asesinatos políticos.

Monjes y soldados se arman antes de inciar la matanza de San Bartolomé, óleo de Claudius Jacquand pintado en 1837, Nationalmuseum, Estocolmo.

Foto: Wikimedia Commons

En este ambiente de violencia desatada, Catalina de Médicis quería evitar, por encima de todo, convertirse en una simple marioneta en manos de la nobleza, fuera católica o protestante. Para ello puso en práctica diversas políticas: desde ponerse al frente de los católicos partidarios de la aniquilación de los protestantes, hasta buscar formas de tolerancia que permitieran la convivencia entre ambos grupos, como intentó el canciller Michel de L’Hopital mediante diversos edictos de pacificación y tolerancia. Sin embargo, la guerra se prolongó con diversas alternativas, sin que ni unos ni otros lograran una ventaja decisiva.

Una noche sangrienta

Cuando en 1570, las fuerzas protestantes al mando del almirante Gaspard de Coligny se aproximaron a París y forzaron al gobierno a aceptar una nueva paz, la de Saint-Germain-en-Laye, Catalina intentó una nueva maniobra: acordó el matrimonio de su hija Margarita de Valois con el joven líder protestante Enrique de Borbón, rey de Navarra. De este modo, la reina esperaba restablecer la concordia de la alta nobleza y dar estabilidad a la Corona. Sin embargo, Coligny adquirió una influencia creciente sobre el rey Carlos IX, y empezó a hablarse de que su objetivo era lanzar una intervención militar en los Países Bajos en auxilio de los protestantes que se habían rebelado allí contra el dominio de Felipe II de España. La posibilidad de una guerra a gran escala entre Francia y España era considerada por muchos con preocupación.

Grabado contemporáneo en el que se ve el atentado contra Coligny (abajo a la izquierda) y su muerte durante la masacre de San Bartolomé.

Foto: Wikimedia Commons

El matrimonio de Enrique de Borbón y Margarita de Valois se celebró el 18 de agosto de 1572 en París. Con ese motivo acudió a la capital francesa un número muy considerable de gentileshombres hugonotes, lo que creó una visible tensión con la población de la capital del reino, mayoritariamente católica. En ese clima enrarecido, el día 22 Coligny fue víctima de un atentado: cuando volvía de una reunión del Consejo del rey, un francotirador le disparó desde una ventana, y aunque el almirante salvó la vida gracias a que se había agachado en ese momento para atarse un zapato, resultó gravemente herido en un brazo y se le trasladó rápidamente a su residencia. Carlos IX se apresuró a visitar al almirante, para prometer justicia y tranquilizar a sus seguidores, pero se encontró con la ira de los protestantes que responsabilizaban del intento de magnicidio al entorno regio, particularmente a Catalina de Médicis y a los Guisa. La reina madre y su consejo vieron en esta movilización y en la rabia de los hugonotes una agresión intolerable contra la autoridad y la dignidad real, y al día siguiente por la noche, en una reunión con el rey, lograron convencerlo de que era necesario tomar una medida drástica: eliminar a todos los líderes del movimiento protestante reunidos en París antes de que éstos se organizaran y atacaran la corte.

La operación –una ablación quirúrgica preventiva, la ha denominado la historiadora Arlette Jouanna– se llevó a cabo esa misma noche. Tras cerrar las puertas de la ciudad y convocar a la milicia municipal, a las tres de la madrugada tocaron a rebato las campanas de una iglesia de París, señal del inicio de la matanza. El joven duque Enrique de Guisa se encargó de ir a la casa donde yacía Coligny, a quien acusaba de haber ordenado la muerte de su padre en 1563, para asesinarlo junto a su séquito. Los asesinos entraron en el patio y el almirante, desde su lecho, pidió a sus compañeros que huyeran, lo que hicieron saliendo por una ventana. El herido pidió a un oficial alemán del duque de Guisa: «Joven, respeta mis cabellos grises y mi vejez», pero éste no dudó en hundir su espada en el pecho del líder protestante, que fue rematado por otros soldados. Su cadáver fue decapitado, arrojado por la ventana y arrastrado por las calles.

Noche de terror

En el palacio del Louvre, los guardias reales sacaron a los hugonotes de la cama para degollarlos, sin dejarles opción de defenderse. Muchos, tratando de escapar, se vieron atrapados en el gran patio del palacio, donde los remataron alabarderos suizos. En el resto de París, los ciudadanos armados se lanzaron a la caza de los protestantes, fácilmente identificables por el vestido negro que llevaban. Convencidos de obedecer un mandato divino, asesinaron a hombres, mujeres y niños con una brutalidad extrema. El embajador español, Diego de Zúñiga, decía en una carta a Felipe II:
«Mientras escribo, los están matando a todos, los desnudan, los arrastran por las calles, saquean las viviendas y no perdonan ni a los niños. ¡Bendito sea Dios, que ha convertido a los príncipes franceses a Su causa! ¡Quiera él inspirar sus corazones para que continúen como han empezado!».

Enrique de Navarra es salvado por su mujer Margarita de Valois durante la caza de protestantes en palacio. Alexandre-Évariste Fragonard, 1835, Museo del Louvre.

Foto: Wikimedia Commons

En la tarde del día 24, Carlos IX, horrorizado, intentó parar una acción que se les había ido claramente de las manos, pero sus intentos fueron infructuosos. Los homicidios no sólo se prolongaron varios días en París, sino que se contagiaron a otras ciudades de Francia. En total en todo el reino murieron asesinadas unas diez mil personas, unas dos mil tan sólo en la capital, aunque las cifras son siempre de difícil verificación.

Carlos IX de Francia durante la masacre según Paul Emil Jacobs, 1839. Colección Real, Londres.

Foto: Wikimedia Commons

Cuando pasó la tormenta, cada uno de los bandos hizo su propia lectura de los hechos. Para los protestantes, la matanza había sido el resultado de una conspiración urdida durante largo tiempo por la siniestra reina «italiana» y el no menos oscuro rey de España, Felipe II; por ello, muchos rompieron con la monarquía de los Valois y defendieron el derecho del pueblo a resistir contra un rey tirano. Para el papado, en cambio, el suceso fue un triunfo espectacular, una nueva muestra del favor de Dios a la Iglesia católica, un año después de la gran victoria de la Cristiandad frente al Imperio otomano en la batalla de Lepanto. Para el rey de España y su gobernador en Flandes, el duque de Alba, era simplemente un alivio que les permitía centrar sus esfuerzos en reprimir a los rebeldes en los Países Bajos.

Violencia purificadora

De lo que no cabe duda es del carácter enormemente popular que tuvo la matanza. Por supuesto, la de San Bartolomé no fue la primera ni sería la última de las masacres que en nombre de la religión perpetraron católicos y protestantes. Antes y después de 1572 se produjeron hechos semejantes no sólo en Francia, sino también en otras partes de Europa como Flandes, Irlanda, Escocia, Inglaterra o Alemania. En todos esos casos, la violencia se entendía como una manera de purgar el cuerpo social de los elementos que se veían como una amenaza, como una peste. La masacre adquiría así, en el imaginario de los asesinos que la perpetraban, una función urgente, preventiva y terapéutica. De ahí el ensañamiento de los católicos parisinos con los cadáveres de los hugonotes, a los que se destripaba para mostrar sus entrañas, clavadas en picas, como símbolo de su pecado. Este tipo de deshumanización de las víctimas por parte de los verdugos fue una constante de las guerras de religión.

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Catalina de Médicis sale del Louvre a la mañana siguiente para contemplar el resultado de la masacre. Edouard Debat-Ponsan, 1880, Museo de Arte Roger-Quilliot, Clermont Ferrand.

Foto: Wikimedia Commons

Por otro lado, la movilización del pueblo católico de París fue también expresión de su propia cultura urbana, una respuesta a lo que consideraban una amenaza a sus tradiciones, encarnada por los gentileshombres protestantes que durante aquellos días campaban armados por la ciudad. El inicio de la matanza en el Louvre se interpretó como una autorización regia para que la comunidad local se activara, tomara su destino en sus manos y eliminara lo que veía como una agresión.

Acabar con las cabezas del protestantismo militar no hizo desaparecer a los hugonotes, que siguieron luchando empecinada y valientemente por defender su derecho a existir. De hecho, fue un superviviente de la Noche de San Bartolomé, Enrique de Navarra, quien al término de una guerra que parecía interminable haría su entrada triunfal en París, en 1594, como Enrique IV de Francia, no sin antes convertirse al catolicismo. Cuatro años más tarde el monarca promulgaría el Edicto de Nantes, una ley de tolerancia religiosa que tenía como objetivo, mediante la reafirmación del poder absoluto de la monarquía, impedir que en el futuro volviera a producirse un estallido de violencia como el que ensangrentó París en 1572.

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