El antipapa aragonés

Papa Luna: el pontífice excomulgado de Peñíscola

Elegido papa en 1394 por uno de los bandos en que se dividía la Cristiandad, el aragonés Benedicto XIII se negó hasta el final a renunciar a su cargo

Estatua del Papa Luna en su castillo de Peñíscola

Foto: Wikimedia Commons

Las leyendas dicen que el Papa Luna volaba. Cuentan que una noche quiso viajar de su refugio de Peñíscola a Italia y para ello construyó una escalera de piedra que llevaba a su nave, la SantaVentura. Hablan de cómo extendió su manto sobre las aguas y así cruzó el mar para llegar a la Península antes de que amaneciese. Aseguran que en ese momento perdió su anillo, sepultado para siempre bajo las aguas. Relatan cómo en otra ocasión detuvo una plaga de arañas utilizando tan sólo la palabra. Transmiten historias de rayos que desviaban su camino y de nubes que se enfrentaban en el cielo. Se recrean en la figura de un papa mago, que poseía los tesoros de los Templarios, custodiaba los secretos del Pontificado y guardaba consigo algunos de los principales misterios de la Cristiandad.

Estos extraños relatos se difundieron desde muy poco después de la muerte de Pedro Martínez de Luna, el aragonés que ejerció como papa entre 1394 y 1423. Reconocido como tal tan sólo por Aragón, Castilla, Navarra y Escocia, a lo largo de esas tres décadas se le opusieron el resto de los reinos cristianos, disputaron su titulación cuatro papas más y muchos le tacharon de hereje, de sacrílego y de causante de la división de la Iglesia. Para unos fue el Sumo Pontífice y para otros «el antipapa», pero nadie puede negar que fue uno de los principales protagonistas del largo y complejo Cisma que dividió a la Iglesia a fines de la Edad Media. Hoy su recuerdo pervive, cuando menos, en la expresión «seguir en sus trece», en alusión a la tozuda negativa de Benedicto XIII –el nombre que adoptó como papa a renunciar a su cargo cuando todos le habían abandonado.

ENTRE ROMA Y AVIÑÓN

Los orígenes del Cisma de Occidente hay que buscarlos a principios del siglo XIV, cuando el clima de inseguridad que se vivía en Roma hizo que, en 1309, la Iglesia trasladase provisionalmente la sede papal a la ciudad francesa de Aviñón, una medida en principio temporal pero que se mantuvo largos años. En 1370, el cardenal diácono Pierre Roger de Beaufort fue elegido papa con el nombre de Gregorio XI. En su juventud había hecho una promesa: de conseguir el pontificado lo haría regresar a Roma. Unos años después, en 1377, la monja dominica Catalina de Siena le recordó esa promesa y el papa, sorprendido por lo que juzgó una revelación, retornó por fin a la antigua sede acompañado por su corte, de la que formaba parte el protagonista de nuestra historia, don Pedro Martínez de Luna, cardenal de Aragón.

Entre 1309 y 1377 en el palacio de Aviñon fueron elegidos seis papas.

Foto: Wikimedia Commons

Pedro Martínez de Luna pertenecía a una de las principales familias del reino de Aragón. Sus antepasados habían participado en batallas, habían emparentado con la casa real y protagonizaron importantes acontecimientos políticos. Siguiendo las costumbres de la época, y siendo como era el segundo hijo varón, a Pedro se le consagró a la vida religiosa. Estudió derecho canónico en la Universidad de Montpellier, en donde destacó primero como alumno y después como profesor. Nombrado cardenal por el papa Gregorio XI, se trasladó con él a Roma y vivió a su lado los meses de disturbios que empujaron al papa a decidir regresar a Aviñón. En plena preparación del viaje la muerte sorprendió a Gregorio XI encontrándose aún en Roma, el 27 de marzo de 1378. Este suceso repentino e inesperado fue el detonante de una cadena de acontecimientos que acabó desembocando en el Gran Cisma de Occidente, una compleja y traumática división de la Iglesia que se prolongaría a lo largo de casi cuarenta años.

DOS PAPAS EN LA CRISTIANDAD

A la muerte de Gregorio XI, se reunió el cónclave para elegir al nuevo papa. Como faltaban algunos cardenales, los romanos, temiendo que fuera elegido un extranjero y que el papado se trasladara de nuevo a Francia, echaron la puerta abajo y amenazaron con cortarles a todos la cabeza si no votaban a un romano o, cuando menos, a un italiano. Precipitadamente fue nombrado el napolitano Bartolomeo de Prignano, arzobispo de Bari, que pasó a la historia como Urbano VI.

Meses más tarde los cardenales franceses y Pedro de Luna se reunieron cerca de Roma y declararon que la elección de Urbano era inválida, por haber tenido lugar mediante coacciones y violencia. Los mismos cardenales declararon la sede vacante y nombraron nuevo papa a Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII y se asentó en Aviñón. Urbano VI, por su parte, se negó a abdicar, manteniendo su corte en Roma y nombrando a sus propios cardenales.

Gracias al apoyo de los reinos de la península Ibérica el Papa Luna pudo desafiar a los otros pontífices de Europa sin temor a ninguna represalia militar. Estableció su sede en la ciudad valenciana de Peñíscola, en la imagen su castillo.

Foto: Wikimedia Commons

Pedro de Luna se mantuvo en la obediencia del papa Clemente y viajó por Europa tratando de obtener el apoyo de los distintos reinos. Su actuación como legado hizo crecer su fama y su carisma. Intercedió en las disputas entre Portugal y Castilla y medió también entre los reyes de Francia e Inglaterra, enfrentados en la guerra de los Cien Años. En septiembre de 1394, cuando se encontraba en la localidad catalana de Reus, le llegó la noticia de la muerte de Clemente VII. Por consejo de los doctores de la Universidad de París, los cardenales de Aviñón decidieron no elegir nuevo papa hasta haber agotado las posibilidades de reconciliación con la sede romana.Todos se comprometieron a seguir este consejo y firmaron una cédula en la que juraban renunciar al pontificado de ser elegidos.

Pese a ello, un lunes víspera de San Miguel, a la hora de tercia, los cardenales aviñoneses se reunieron y nombraron a Pedro de Luna como nuevo papa.Tenían razones de peso para hacerlo, pues se trataba del cardenal que mejor conocía las leyes de la Iglesia, los orígenes del Cisma y los conflictos políticos del momento en los reinos cristianos. Sin embargo, sus orígenes ibéricos ponían en su contra tanto a los romanos como al rey de Francia.Tras unas iniciales reticencias, el aragonés acabó aceptando y adoptó el nombre de Benedicto XIII. Mientras tanto, en Roma ocupaba la sede el sucesor de UrbanoVI, el también napolitano Bonifacio IX.

LA CURIA DE PEÑÍSCOLA

Durante dos decenios Pedro de Luna ejerció como Sumo Pontífice sobre los territorios que le eran fieles, en medio de constantes negociaciones para poner fin al Cisma. Residió primero en Aviñón, en el palacio de los Papas, que abandonó en 1403 para vivir a caballo de diversas ciudades de Francia e Italia. En 1415 fijó su residencia en Peñíscola, en el antiguo castillo templario, que convirtió en un palacio de leyenda. Rodeado de reliquias y obras de arte, creó una de las bibliotecas más importantes de su época, compuesta por obras de teología, filosofía, arquitectura, medicina, alquimia y magia. Figuraban en ella también tratados bélicos, de astrología y astronomía y obras sobre las propiedades de las plantas. Las piezas más controvertidas de su colección, los «libros ocultos», llevaron a que se arrojasen sobre el papa acusaciones de hechicería y cultos demoníacos.

Benedicto XIII, el Papa Luna. Supuesta representación del pontífice en una tabla aragonesa del siglo XV. MNAC, Barcelona

Foto: Cordon Press

Se dijo, por ejemplo, que poseyó el legendario Códice Imperial, un pergamino escrito por el emperador Constantino, del que se decía que, quien lo leyese, sentiría cómo se helaba su sangre y cómo se tambaleaba su fe. Se custodiaba como el gran secreto de la Cristiandad; el misterio que, una vez desvelado, haría tambalearse los cimientos de la Iglesia. Guardado en una cánula de oro, sólo los papas y sus cancilleres tenían acceso a él, y al parecer Benedicto XIII se lo había llevado tras su salida de Aviñón.Ambicionado por los otros papas, desapareció tras la muerte de Pedro de Luna y, por mucho que fue buscado, nunca apareció, quedando para siempre su paradero oculto entre los muros de Peñíscola.

HOMBRE DE CULTURA

Benedicto XIII se rodeó de doctos hombres de letras. Él mismo compuso numerosas obras, la mayoría referidas a la polémica sobre el Cisma, junto a otras de contenido más personal, como De las consolaciones de la vida humana, donde explica cómo hacer frente a la soledad y el abandono por parientes y amigos. Se distinguió asimismo por su mecenazgo artístico e incluso por la composición de pócimas medicinales. Entre sus amistades se contaron los hermanos Ferrer: el cartujo Bonifacio y el dominico y después santo,Vicente.

Benedicto XIII encargó numerosos libros para completar su colección. Sobre estas líneas un retrato del papa en su edición de las cartas de Plinio.

Foto: Wikimedia Commons

Desde Peñíscola, Benedicto se enfrentó a los romanos Inocencio VII y Gregorio XII y, tras el Concilio de Pisa, también a AlejandroV y Juan XXIII. Sobrevivió a varios intentos de envenenamiento y siempre se negó a abdicar, incluso tras la renuncia de los otros papas y el nombramiento de Martín V en el Concilio de Constanza en 1417. Años antes, en Perpiñán en 1415, justificaba su legitimidad con las siguientes palabras: «Aseguráis que soy un papa dudoso; lo acepto. Pero antes de ser papa fui cardenal, y cardenal indiscutible de la Santa Iglesia de Dios, ya que fui investido antes del Cisma... Como los cardenales son los que nombran o eligen papa, sólo yo, pues, puedo designar o elegir un papa auténtico». Pedro Martínez de Luna murió el 17 de mayo de 1423, convencido hasta el fin de que él era el único papa legítimo. Se dijo que sus últimas palabras fueron: Papa sum.

Para saber más

papa luna benedicto xiii

El origen de la conocida expresión "mantenerse en sus trece"

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