Mujeres en Roma

Pandataria, la isla romana del destierro

Ubicada frente a las costas de Nápoles, Pandataria, una pequeña isla de origen volcánico, fue la preferida por los emperadores romanos para desterrar a sus esposas acusadas de adulterio. Llamada en la actualidad Ventotene, durante la Segunda Guerra Mundial en la isla fueron encarcelados los opositores a Mussolini, y sus aguas son asimismo un vasto cementerio de barcos hundidos en la Antigüedad.

Isla de Pandataria, frente a las costas de Nápoles, en el mar Tirreno.

Isla de Pandataria, frente a las costas de Nápoles, en el mar Tirreno. Foto: iStock

Aquella noche el cielo parecía haberse abatido sobre una pareja en una villa del Aventino, uno de los barrios más exclusivos de Roma. La mujer permanecía sentada en una silla, cabizbaja, mientras el hombre yacía en el suelo con signos evidentes de haber recibido una paliza por parte de los esclavos de confianza del domine de la villa. Con la mirada perdida en el carísimo mosaico con escenas de caza que adornaba el jardín, el señor de la casa esperaba pacientemente el regreso de sus esclavos, a los que había encomendado que encontrasen a cualquier ciudadano de Roma que, antes de que transcurrieran veinte horas (el tiempo máximo que podía retener al amante de su mujer, según la ley), pudiera corroborar el adulterio de su esposa con aquel hombre. Esta historia, de hecho, pudo haber sucedido de este modo en alguna casa de la antigua Roma, puesto que según dictaba la Lex Iulia, promulgada por el emperador Augusto, y por la que cualquier ciudadano romano debía regirse, los acusados de adulterio no solamente podían sufrir un castigo físico y pecuniario, sino también uno mucho peor para cualquier romano: el destierro.

Solas y olvidadas

Una de las muchas frases que se atribuyen a Julio César fue que "la mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo". No está claro que el dictador pronunciara esa frase, pero sí que este principio fue llevado a su máxima expresión en forma de ley por su sucesor Augusto en el año 18 a.C. El emperador promulgó la Lex Iulia de Adulteriis Coercendis por la cual se castigaba a cualquier esposa que cometiera adulterio y a su amante con el destierro. El objetivo de la ley era ser ejemplarizante, sobre todo para las clases altas de la Urbe. Pero lo que entonces no sabía el emperador es que la ley que él mismo promovió se volvería en su contra un tiempo después.

Una novia es llevada a la casa de su marido en la antigua Roma. Grabado. 1881. 

Foto: Cordon Press

Augusto promulgó la Lex Iulia de Adulteriis Coercendis por la cual se castigaba a cualquier esposa que cometiera adulterio y a su amante con el destierro. El objetivo de la ley era ser ejemplarizante, sobre todo entre las clases altas de la Urbe.

Esta ley no solamente iba dirigida a las mujeres (aunque sí eran las únicas que podían ser acusadas de adulterio), sino que los hombres que se acostaban con una mujer casada también eran castigados (si la mujer era soltera, el hecho no estaba penado). Mientras que a las mujeres se les confiscaba la mitad de la dote y la tercera parte de sus bienes, al hombre se le confiscaban igualmente la mitad de sus bienes. Si no perdían la vida a manos del marido ultrajado (algo que también estaba contemplado), se los desterraba a ambos de por vida a una isla, naturalmente de manera separada. Una de estas islas donde acabaron sus días muchas mujeres de clase alta acusadas de adulterio era un islote volcánico, de tan solo un kilómetro y medio de extensión, situado frente a las costas de Nápoles, en el archipiélago de las islas Pontinas. Se llamaba Pandataria, topónimo latinizado de la palabra griega que significa "cinco bestias" y que desde la Edad Media hasta nuestros días se ha conocido con el nombre de Ventotene.

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Mujeres imperiales

Julia, la hija de Augusto, conocida como Julia la Mayor, fue una de las primeras mujeres de la familia imperial en dar con sus huesos en la isla de Pandataria. Cuando era una joven de dieciocho años, Julia se casó con el general Marco Vipsanio Agripa, mano derecha de su padre y mucho mayor que ella. Los cargos que ostentaba Agripa lo obligaban a ausentarse en reiteradas ocasiones de Roma (lo que no impidió que el general engendrase con Julia cinco vástagos), con lo que la infelicidad de la joven iba en aumento. A la muerte de Agripa, Julia se casó con Tiberio Claudio Nerón, el hijo de Livia, la esposa de Augusto. Pero su flamante esposo la ignoraba totalmente, por lo que Julia buscó el amor en brazos de otros hombres. Algunas crónicas de la época cuentan que el desenfrenó de Julia llegó a tales extremos que dejó de ser un secreto a voces en toda Roma y llegó a oídos de su padre, que cuando se enteró montó en cólera y, roto de dolor, se vio obligado a desterrarla a la minúscula Pandataria.

Julia la Mayor, hija de Augusto y desterrada a Pandataria acusada de adulterio.

Foto: CC

A la muerte de Agripa, Julia se casó con Tiberio Claudio Nerón, el hijo de Livia, la esposa de Augusto. Pero su flamante esposo la ignoraba totalmente, por lo que Julia buscó el amor en brazos de otros hombres.

Hubo, no obstante, otras islas que cumplieron la función de presidio para las mujeres de la familia de Augusto acusadas de adulterio. Desde luego no faltaban islotes en el Mediterráneo. Por ejemplo, Julia la Menor, una de las hijas de Julia la Mayor, fue condenada, como su madre, al exilio en el año 8 d.C. tras haber tenido una aventura con el senador Décimo Junio Silano, quien tras la condena de su amada marchó voluntariamente al exilio (aunque regresó durante el reinado de Tiberio). Julia fue enviada a una isla en el pequeño archipiélago de Tremiti, la isla Trimerus (la actual San Domino), un islote donde al parecer dio a luz a un niño fruto de su relación con Silano.

Fresco en la villa Farnesina, la que fue residencia de Agripa y Julia la Mayor.

Foto: Cordon Press

Acusadas de traición

Pero no solo fueron mujeres acusadas de adulterio las que acabaron sus días en la infausta Pandataria. Agripina la Mayor, hija de Julia la Mayor y de Marco Agripa, y casada con uno de los hombres más queridos de Roma, Germánico, murió también allí. Agripina acompañó a su esposo en todas y cada una de las campañas militares en las cuales participó como general. Cuando Germánico murió en Antioquía, capital de la provincia romana de Siria, posiblemente envenenado, Agripina acusó a Cneo Calpurnio Pisón, el gobernador, de la muerte de su marido. La doliente esposa no dudó en acusar incluso al propio emperador Tiberio de estar detrás del asesinato. Y esa acusación marcaría su destino. Tiberio la desterró a Pandataria acusada de traición. Pero la ira del emperador no acabó allí, enfurecido por una carta acusatoria que le había enviado la propia Agripina. Antes de desterrarla, Tiberio ordenó que la azotaran con tanta contundencia que la nieta de Augusto perdió un ojo. Una vez en su solitario exilio, Agripina decidió dejarse morir de hambre.

Agripina y Germánico. Retrato por Pedro Pablo Rubens. 1614. Galería Nacional de Arte. Washington.

Foto: PD

Agripina no dudó en acusar incluso al propio emperador Tiberio de estar detrás del asesinato de Germánico. Y esa acusación marcaría su final. Tiberio la desterró a Pandataria acusada de traición.

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Tan solo unos años más tarde, Pandataria recibiría a dos de las hijas de Agripina: Julia Livila y Agripina la Menor. Las dos fueron desterradas a la isla acusadas de formar parte de una conspiración para derrocar al entonces emperador Calígula, su hermano. Tras la muerte de este, Julia Livila y Agripina la Menor volvieron a Roma, pero allí se toparon con Mesalina, cada vez más furiosa por el afecto que les empezó a demostrar su marido Claudio, el nuevo emperador de Roma (que era tío de ambas mujeres). Tras una serie de maquinaciones urdidas por la propia Mesalina, Julia Livila fue acusada de adulterio con el filósofo Lucio Anneo Séneca (que fue desterrado a Córcega), y volvió a ser desterrada a Pandataria donde murió asesinada un año después (al parecer por orden de Mesalina).

La emperatriz Mesalina. Obra de Paul Rouffio. 1875. 

Foto: Cordon Press

Con el paso del tiempo...

Dos mil años después, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el dictador fascista Benito Mussolini continuó la antigua tradición y convirtió la isla en un presidio. Allí encerraría a algunos disidentes políticos como Altiero Spinelli, Ernesto Rossi y Eugenio Colorni, los cuales tuvieron el tiempo justo de redactar en papeles de fumar, en 1941, uno de los textos fundacionales del federalismo europeo, el llamado Manifiesto de Ventotene. Pero no fueron los únicos. Otro ilustre famoso que acabaría en la antigua Pandataria sería el futuro presidente de Italia, Sandro Pertini.

Benito Mussolini convirtió Pandataria en un presidio y encerró allí a algunos disidentes, como Altiero Spinelli, Ernesto Rossi y Eugenio Colorni.

En época romana, la isla de Pandataria, aparte de prisión, había sido asimismo un lugar de paso donde las embarcaciones se guarecían cuando las violentas tormentas que azotaban el Mediterráneo las amenazaban con zozobrar. Fue precisamente en estas aguas donde un grupo de arqueólogos submarinos hizo un importante descubrimiento en el año 2008: cinco barcos romanos de entre los siglos I a.C. y V d.C. cargados con ánforas iberas, itálicas y africanas que transportaban vino, garum (la famosa salsa de pescado tan apreciada por los romanos) y lingotes de metal. Las nave más antigua medía unos dieciocho metros de eslora, y el resto, entre trece y veinticinco metros. Todos estos pecios fueron localizados en un banco de arena a un centenar de metros de profundidad. Al parecer, la pequeña (y de infausta memoria) isla de Pandataria tiene aún muchos misterios que revelar...