Otón I: el fundador del Sacro Imperio Romano Germánico

Tras vencer a sus ambiciosos hermanos y aplastar a húngaros y eslavos en el campo de batalla, Otón I de Sajonia fue coronado en 962 soberano de un Imperio que pervivió durante casi mil años

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Otón I rodeado por las cuatro provincias de su imperio. Manuscrito iluminado del siglo XI, Museo Condé, Chantilly.

Cordon Press

En Aquisgrán, aclamado por un gentío que, con la mano derecha alzada, gritaba «Sieg und Heil» –«victoria y salvación»–, Otón I fue coronado rey de la Francia Oriental el 7 de agosto del año 936. Su padre había muerto el mes anterior, pero antes le había nombrado heredero. Su hermano Enrique, que se había opuesto a este nombramiento, permanecía retenido. Otón recibió en el palacio, sentado sobre el trono de Carlomagno, el juramento de lealtad de los nobles; y después, en la antigua capilla palatina, convertida en catedral, las insignias de su rango: la espada, el báculo y el cetro.Vestía una túnica franca, que fue cubierta con una capa, y le colocaron unos brazaletes. Así ataviado, los arzobispos de Colonia y Maguncia lo ungieron con aceite sagrado y lo coronaron. En su bendición, el arzobispo de Colonia le instó a mantenerse firme en la fe y le pidió que persiguiera a los adversarios de Cristo. 

Todos los elementos que acompañaron la coronación de Otón I tenían una fuerte carga simbólica. La aclamación con la mano alzada había sido una costumbre romana. El aceite sagrado y la corona, a la que las crónicas llaman diadema, se utilizaron siguiendo el mismo ritual que el que se empleaba para coronar a los reyes del Antiguo Testamento. Tras la ceremonia se celebró un banquete en el que le sirvieron los cuatro duques germanos, simbolizando su sumisión. Por último, y quizá lo más importante, la elección de Aquisgrán para celebrar la ceremonia pretendía vincular a Otón con el primer emperador coronado en Occidente tras la caída de Roma en el siglo V: Carlomagno, cuyos dominios se habían disgregado en el año 843, cuando fueron divididos entre sus tres nietos. 

Hacía más de un siglo que no se veía un acto similar. Otón había decidido conscientemente unir elementos crisitanos y paganosun halo de tradición y perpetuidad

; evocar a los reyes antiguos, a los emperadores y a Carlomagno; ofrecer una imagen de sí mismo impactante y majestuosa, y unir diversos rituales destinados a rendir culto al gobernante. Con ello hacía que un título relativamente reciente, y heredado de modo un tanto irregular, se revistiese de

; y anunciaba los avances militares y los pasos hacia la restauración imperial que marcaron sus casi cuatro décadas de gobierno. 

Austria 03371   Imperial Crown

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La corona de Otón I. De forma octogonal, estaba compuesta por ocho placas de oro decoradas con perlas y piedras preciosas, en grupos de doce en alusio´n a los apo´stoles. Se elaboro´ para la coronacio´n. Palacio Hofburg, Viena.

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Cuando Otón se hizo coronar, su herencia, la llamada Francia Oriental o Reino de los Francos del Este, estaba compuesta por aquellos territorios al este del Rin que habían pertenecido al antiguo Imperio de Carlomagno y comprendía una serie de ducados germanos

que mantenían su independencia en tiempos de paz, pero se unían cuando los amenazaba un peligro externo. En el año 919, los duques habían decidido que uno de ellos ejerciese como líder y habían elegido a Enrique, duque de Sajonia. Se dice que la noticia de su elección le llegó cuando se encontraba colocando unas redes para cazar aves, por lo que en adelante fue conocido como Enrique el Pajarero. 

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El hijo de Enrique el Pajarero 

Bajo el dominio de este nuevo «rey», cuya autoridad se extendía por primera vez sobre sajones, francos, suevos, bávaros y turingios, se anexionó Lorena, se evangelizó gran parte de Bohemia y se fortificó el sur del territorio germano. En realidad, la principal función del nuevo monarca era la guerrera, pues de él se esperaba que comandase las tropas para asegurar las fronteras e impedir los ataques que llegaban, sobre todo, del este. Enrique puso en marcha una política de colonización de tierras hoy conocida como Drang nach Osten («marcha hacia el este») destinada a poblar las áreas orientales, y organizada, sobre todo, a partir de monasterios. También hizo frente a eslavos y carolingios con un ejército de caballería pesada cuyos componentes, cubiertos con gruesas cotas de malla metálica, constituían una fuerza casi imbatible. 

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La capilla palatina. Este recinto, hoy en el interior de la catedral de Aquisgrán, fue erigido por Carlomagno en 805. Aquí fueron coronados Otón I y sus sucesores.

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Enrique el Pajarero murió repentinamente, de un derrame cerebral, cuando se dirigía a Italia con la pretensión de que le nombrasen emperador. Había tenido un hijo con su primera esposa, llamado Thankmar, y otros tres –Otón, Enrique y Bruno– con la segunda, Matilde de Ringelheim, hija del duque de Westfalia. Antes de morir, Enrique hizo saber que nombraba a Otón su único heredero, lo que contradecía las costumbres sajonas, pues se esperaba que dividiese sus posesiones entre todos sus vástagos. Además, la decisión parecía arbitraria, dado que no había elegido al vástago de mayor edad y tampoco al primero nacido tras la coronación del rey, su homónimo Enrique. Otón tuvo, por ello, que enfrentarse a sus hermanos. Thankmar murió en batalla en 936 y Enrique –en un intento por conseguir que se apaciguase– fue prometido en matrimonio a una rica heredera, Judith, hija del duque de Baviera; en 947, cuando se hizo definitivamente con este ducado, Enrique dejó de constituir un problema. 

El pecho de un león 

Otón había decidido que su reinado tendría la misma majestuosidad de su coronación, algo a lo que contribuyó su imponente aspecto personal. Lucía una espesa barba y mostraba su peludo pecho, que fue calificado como una «desgreñada melena de león». Avanzaba con firmeza, lanzando miradas que, según se decía, destellaban como relámpagos. Solía mostrar clemencia con sus adversarios, consciente de que ello podía ser una muestra mayor de poderío que la crueldad. Resolvió algunas revueltas aristocráticas evitando las penas físicas y sometiendo a los nobles a algo que temían mucho más: la humillación pública. Atajar estos problemas internos le entretuvo durante las dos primeras décadas de su reinado. Cuando murió uno de sus mayores opositores, el duque Eberhard de Franconia, se nombró a sí mismo su sucesor; de este modo unió Franconia con Sajonia (el territorio que Otón había heredado de su padre). Cuando su propio hijo, Liudolfo, comenzó a organizar una revuelta en Baviera, le acusó de haberse aliado con los húngaros

Kulturdenkmaeler Annweiler am Trifels Burg Trifels (Denkmalzone) 013 2016 04

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La santa lanza. Oto´n deposito´ gran confianza en la Santa Lanza, relacionada con la pasio´n de Cristo. Se guardaba en el travesan~o de esta cruz, adornada con piedras preciosas y perlas.

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Éstos habían sido durante décadas el gran azote de la Francia Oriental. Paganos y seminómadas, en el año 896 habían cruzado los montes Cárpatos y se habían instalado en la llanura de Panonia, desde donde atacaban, saqueaban y quemaban constantemente aldeas y ciudades alemanas. Enrique el Pajarero se vio obligado a pagarles un tributo anual hasta que en 933, en Merseburgo, sus tropas, en formación cerrada, lograron la primera victoria. Con todo, en tiempos de Otón la amenaza seguía latente, y se agravó cuando, mientras el rey trataba de frenar a los eslavos, su hermano Enrique, desde Baviera, lanzaba contra las aldeas húngaras ataques tan crueles y desalmados como los que los propios húngaros solían perpetrar. 

En el verano de 955, mientras Enrique agonizaba, Otón decidió encaminarse a la frontera oriental para frenar lo que parecía ser el comienzo de una invasión húngara en toda regla. La seguridad que mostraba Otón a la hora de dirigirse al combate tenía mucho que ver con la confianza que el monarca depositaba en su fortaleza y en su destino. En el año 926, Enrique el Pajarero había comprado a Rodolfo II de Borgoña, su hermano, una lanza que, según se decía, había pertenecido al emperador Constantino. Se decía que se trataba de la lanza con la que el centurión Longino había atravesado el costado de Cristo en la cruz; pero, aunque no fuese así, se creía que en su punta estaban los clavos de la crucifixión, que santa Elena (la madre de Constantino) la había traído a su regreso de Tierra Santa y que había pertenecido, entre otros, a Carlos Martel, abuelo de Carlomagno. Para Otón, la lanza representaba el triunfo perpetuo; la garantía de la victoria sobre sus enemigos visibles e invisibles. 

La batalla del destino 

El ejército que Otón había conseguido reunir para enfrentarse a los húngaros era, a todas luces, insuficiente para la batalla que se preparaba. El rey lo sabía de antemano, pero no pudo dejar de pensarlo cuando, el 9 de agosto, avanzaba siguiendo el cauce del río Lech, un afluente del Danubio. Los húngaros habían detenido el asedio a Augsburgo al saber que las tropas reales se aproximaban y habían marchado a su encuentro. Al amanecer, Otón avanzó hacia el campamento enemigo pensando que lo tomaría por sorpresa, pero se equivocó y fue él quien cayó en una emboscada

Lechfeld 955 Hektor Mülich 1457

Lechfeld 955 Hektor Mülich 1457

Combate entre alemanes y húngaros. Miniatura de 1457, Biblioteca Estatal, Augsburgo.

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En medio de la lucha, cuando parecía que todo estaba perdido, alzó su talismán, la Santa Lanza, y gritó a sus hombres: «¿Quiénes somos para rendirnos ante un enemigo como éste? ¡Nosotros, que deberíamos avergonzarnos sólo de pensarlo! ¡Nosotros, que somos dueños de toda Europa!». No hablaba de Sajonia, ni de la Francia Oriental, sino de la Cristiandad. Tras esta arenga, los guerreros le siguieron y cargaron con enorme ímpetu contra sus oponentes. Ante el empuje de estos hombres cubiertos de hierro, los húngaros comenzaron a caer, a huir y a ahogarse en el río. Los relatos hablan de una matanza atroz. Cuando la batalla acabó, los jefes húngaros capturados fueron llevados a Regensburgo y ahorcados en público. 

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Victoria de Otón en Lechfeld, crónica de Augsburgo 1457.

Bridgeman

La batalla de Lechfeld supuso para Otón un triunfo definitivo. Acabada la contienda, los hombres que le acompañaban le proclamaron imperator, un título que en la Antigüedad había servido para aclamar a los generales victoriosos, pero que en la propia Roma había pasado a significar mucho más. Desde el año 924 no había ningún emperador, y a Otón no se le escapaba este dato, pues su propio padre había querido reclamar para sí la diadema imperial. No mucho después de Lechfeld, en octubre, Otón protagonizó una victoria similar contra los eslavos que amenazaban Sajonia, y tras ello se centró en ganar la dignidad imperial

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Abadía de Santa María Laach. Desde Otón I, los soberanos del Sacro Imperio devinieron paladines de la Cristiandad, y levantaron iglesias y monasterios majestuosos, como esta abadía alemana, erigida en 1093.

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Para lograrlo tenía que intervenir en tierras italianas. En Roma, la principal familia de la ciudad, los Teofilactos, elegía desde hacía décadas a los papas. Su último candidato, Juan XII, era un adolescente de 16 años aficionado a las juergas y a las orgías, con escasas inclinaciones religiosas. Enfrentado a los príncipes italianos, en el año 960 pidió auxilio a Otón y, como recompensa por su ayuda, dos años más tarde, en Roma, le colocó la diadema que lo consagraba como emperador. El papa esperaba a cambio sumisión pero, contra todo pronóstico, Otón convocó un sínodo en la basílica de San Pedro y sometió a Juan XII a un juicio por inmoralidad. Fue hallado culpable y depuesto. El soberano fue claro: en adelante los papas deberían ser elegidos con la aprobación imperial. A Benedicto V, por no tenerla, se le rompió el báculo sobre la cabeza. Juan XIII, en cambio, se sometió por completo al emperador. 

Desde entonces, y hasta Carlos V, todos los emperadores alemanes recibieron su dignidad del papado. Esta alianza, que hacía del papa el dirigente espiritual de la Cristiandad y del emperador su brazo defensivo, se mantuvo durante toda la Edad Media; desde Otón, pues, la Cristiandad pasó a tener dos grandes cabezas. Del mismo modo, la base política y territorial de Alemania quedó asociada para siempre a su persona: el 7 de mayo de 973, cuando murió, dejaba una Francia Oriental muy distinta a la que había recibido, mucho más extensa y con sus fronteras pacificadas.