Expresiones populares

El origen de la conocida expresión "mantenerse en sus trece"

El origen de la popular expresión "mantenerse en sus trece" muy posiblemente ha de buscarse en la terquedad de Benedicto XIII, conocido como el Papa Luna, quien durante el Cisma de Occidente ejerció como papa en Aviñón. Incapaz de renunciar a su pontificado, al final se retiró al castillo de Peñíscola donde murió afirmando que él era el legítimo pontífice.

Foto: Cordon Press

Muchos de nosotros hemos utilizado en algún momento frases o expresiones que nos parecen de lo más habituales. Pero posiblemente nunca nos hemos parado a pensar cuál es el significado y origen de muchas de ellas. Un buen ejemplo de ello es la expresión "mantenerse en sus trece", que en nuestro idioma aplicamos a aquella persona que se aferra tercamente a sus opiniones a pesar de que se le demuestre con argumentos irrebatibles que está equivocada. Pero ¿sabemos cuál es su origen?

Juicios, barajas y renuncias

Existen tres teorías sobre el origen de la expresión "mantenerse en sus trece". La primera hace referencia a los juicios a que fueron sometidos los judíos conversos, que tuvieron lugar en los años posteriores a los terribles pogromos del año 1391. De hecho, la fe judía se sustenta en trece principios fundamentales a los que muchos judíos no estaban dispuestos a abjurar y tal vez fuera ese el motivo por el cual la Santa Inquisición acuñase la expresión para aplicarla a los judíos que iban a ser condenados a la hoguera por "mantenerse en sus trece (principios)". La segunda hipótesis cuenta que el origen ha de buscarse en un juego de cartas medieval, muy parecido al juego de las Siete y Media, en el cual la puntuación máxima era de quince puntos. Muchas veces uno de los jugadores, temiendo perder, se plantaba en el número trece, desoyendo el consejo de los demás jugadores que le aconsejaban arriesgar y pedir otra carta que podría hacerle ganar la partida.

La fe judía se sustenta en trece principios fundamentales a los que muchos judíos no estaban dispuestos a abjurar y tal vez fuera ese el motivo por el cual la Santa Inquisición acuñase la expresión para aplicarla a quienes eran condenados a la hoguera por "mantenerse en sus trece (principios)".

La tercera teoría sobre el origen de esta popular expresión, y quizá la que parece más plausible, nos remite a Benedicto XIII, el famoso Papa Luna (1328-1423). El cardenal Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor fue nombrado papa durante el conocido como Cisma de Occidente. Creyéndose legitimado en Aviñón, el "antipapa" (es decir, un papa que no había sido elegido canónicamente) puso en jaque a todos aquellos que querían hacerle renunciar a su pontificado. Así, en un momento dado llegó a haber hasta tres papas en liza, Juan XXIII, Gregorio XII y el propio Benedicto XIII o Papa Luna, al que Francia retiró su apoyo político y financiero para que renunciara a su cargo. Pero Benedicto XIII no solamente no renunció a su pontificado, sino que se refugió en el castillo de Peñíscola, en la provincia de Castellón, hasta su muerte, acaecida el 23 de mayo de 1423. Se dice que en su retiro alicantino no cesaba de repetir la frase Papa sum et XIII (papa soy y el decimotercero), lo que podría haber dado lugar a la expresión que conocemos en la actualidad.

El llamado Cisma de Occidente tuvo lugar entre finales del siglo XIV y principios del XV y supuso una de las mayores crisis en la historia del poder de la iglesia católica. Esta miniatura del siglo XV representaba el enfrentamiento entre los diferentes bandos.

El llamado Cisma de Occidente tuvo lugar entre finales del siglo XIV y principios del XV y supuso una de las mayores crisis en la historia del poder de la iglesia católica. Esta miniatura del siglo XV representaba el enfrentamiento entre los diferentes bandos.

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Un papa tras otro

Pero ¿cómo comenzó el Cisma de Occidente? En 1378, y al grito de "romano, romano lo volemo, o almanco italiano" ("romano, lo queremos romano, o al menos italiano"), una airada muchedumbre consiguió entrar hasta las estancias pontificias donde se estaba celebrando la votación para escoger a un nuevo papa. Una vez allí amenazaron a los cardenales presentes y les conminaron a votar a un papa cuya sede no estuviera en la ciudad francesa de Aviñón, sino en la Ciudad Eterna, como creían que debía ser. Se desconoce si fue fruto de esta amenaza, pero lo cierto es que fue elegido papa el arzobispo de Aceranza, en Nápoles, Bartolomeo de Prignano, quien, a pesar de no ser cardenal, fue ordenado papa con el nombre de Urbano VI. De temperamento conciliador y reformista, Urbano VI muy pronto tuvo que hacer frente a sus detractores, que convocaron un nuevo cónclave ese mismo año para elegir a otro papa. El escogido fue Roberto de Ginebra, que fue proclamado papa con el nombre de Clemente VII, y que acabó convirtiéndose en antipapa. Enfrentado al ejército pontificio de Urbano VI, Clemente al final no tuvo más remedio que refugiarse en Avinón, donde estableció su corte pontificia en 1379.

Al grito de 'romano, romano lo volemo, o almanco italiano' ('romano, lo queremos romano, o al menos italiano'), la muchedumbre consiguió entrar hasta las estancias pontificias donde en aquel momento se estaba celebrando la votación en 1378.

Tras la muerte de Urbano VI en 1389, Clemente intentó ser reconocido en Roma, pero el cónclave de cardenales reunido en la Ciudad Eterna escogió a Piero Tomacelli como nuevo papa con el nombre de Bonifacio IX. Clemente VII murió en Aviñón en 1394, y Benedicto XIII fue nombrado su sucesor. Mientras Benedicto XIII veía cómo se iban sucediendo los papas, Gregorio XII, que era por aquel entonces el sumo pontífice en Roma, quiso acercar posturas con el papado de Aviñón. Los dos pontífices se citaron para ello en la ciudad italiana de Savona, donde se acordó una abdicación conjunta para que después fuera elegido un nuevo papa de consenso. Pero nada de eso ocurrió: al final, ambos se arrepintieron y no estuvieron dispuestos a renunciar al cargo. Reconocido únicamente por Aragón, Navarra, Castilla y Escocia, Benedicto XIII se trasladó primero a Barcelona y finalmente se instaló en el castillo de Peñíscola.

La fortaleza del Castillo de Peñíscola fue el lugar que escogió Benedicto XIII para refugiarse.

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El Papa Luna se "mantiene en sus trece"

El 25 de marzo de 1409 se celebró el Concilio de Pisa, pero, aunque habían sido convocados, ninguno de los dos papas, ni Benedicto XIII ni Gregorio XII, hizo acto de presencia. El 5 de junio del mismo año fueron depuestos y acusados de herejes y cismáticos. Tras estas graves acusaciones fue elegido papa Pedro Philargés, ordenado con el nombre de Alejandro V. Pero aquella ordenación no trajo consigo la solución al problema, sino todo lo contrario, ya que ahora en realidad había tres papas. A la muerte de Alejandro V, en 1410, mientras Benedicto XIII estaba en Peñíscola y Gregorio XII en Rímini, fue ordenado sumo pontífice Juan XXIII.

El 25 de marzo de 1409 se celebró el Concilio de Pisa, pero, aunque habían sido convocados, ninguno de los dos papas, ni Benedicto XIII ni Gregorio XII, hizo acto de presencia. El 5 de junio del mismo año fueron depuestos y acusados de herejes y cismáticos.

Unos días antes de que se celebrara el Concilio de Constanza, que tuvo lugar en esta ciudad alemana en 1415, y en un intento por solucionar el cisma, el rey de Aragón Fernando I y fray Vicente Ferrer se reunieron con Benedicto XIII en la ciudad de Morella, en la provincia de Castellón, para convencerlo de que renunciara al pontificado. Pero nada iba a cambiar la firme decisión de Benedicto XIII. Las negociaciones y el empecinamiento se mantuvieron hasta que llegó la noticia dela muerte del rey Ladislao de Nápoles, momento en el cual el monarca aragonés tuvo que dejar la ciudad y las negociaciones, y Benedicto regresó de nuevo a Peñíscola donde murió afirmando que él era el legítimo papa, y "manteniéndose en sus trece" hasta el final.

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