De policía política a celda de tortura

El origen de las "checas"

Tomando el nombre de la policía política soviética, en España las checas fueron creadas como cárceles controladas por grupos radicales de izquierdas y anarquistas donde se torturaba y asesinaba sin ningún tipo de garantía a todos los rivales políticos.

Félix Dzerzhinski, creador de la policía secreta bolchevique, la Checa.

Foto: Wikimedia Commons

Vladimir Uliánov, más conocido como Lenin, su nombre de guerra, fue el fundador de la llamada Comisión Extraordinaria para la Lucha contra la Contrarrevolución y Sabotaje de Toda Rusia, más conocida como "Cheka". Creada como una especie de policía bolchevique o brazo armado del nuevo gobierno instaurado en Rusia tras la caída de los zares, la Cheka se hizo tristemente célebre por liderar en 1918 el llamado "Terror Rojo", un período en el que la represión acabó costando la vida a miles de sospechosos de no simpatizar con el nuevo régimen.

Poder con violencia

El origen de la Cheka hay que buscarlo en las palabras del propio Lenin, cuando aseguraba que el poder se mantenía mediante "la violencia y la falta de conciencia". Éste afirmaba lo siguiente: "¡A menos que apliquemos el terror a los especuladores, una bala en la cabeza en el momento, no llegaremos a nada!". Algo similar a lo que dijo en su momento el revolucionario Grigory Zinoviev: "Para deshacernos de nuestros enemigos necesitamos nuestro propio terror socialista". Con la Revolución de Octubre de 1917 en marcha, Lenin, junto con uno de sus colegas, León Trotsky, apostó por hacer de la amenaza un medio de represión eficaz contra sus enemigos. Trotsky afirmaba que "el terror es eficaz contra la clase reaccionaria que no se decide a abandonar el campo de batalla. La intimidación es el medio más poderoso de acción política".

Con la Revolución de Octubre de 1917 en marcha, Lenin, junto con León Trotsky, apostó por hacer de la amenaza un medio de represión eficaz contra sus enemigos.

El 6 de octubre de 1917, el Sóviet de Comisarios del Pueblo, un organismo dirigido por el propio Lenin, solicitó al bolchevique polaco Félix Dzerzhinsky, famoso por ser el fundador de la policía revolucionaria comunista, que redactara una serie de propuestas que ayudaran a combatir a "los saboteadores y a los contrarrevolucionarios" que querían destruir el nuevo régimen instaurado tras la Revolución de Octubre. Al día siguiente, el 7 de octubre, el Sóviet de Comisarios del Pueblo convirtió las ideas de Dzerzhinsky en la Comisión Extraordinaria para la Lucha contra la Contrarrevolución y Sabotaje de Toda Rusia, más conocida como Cheka (Chrezvichainaya Kommisiya).

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Cheka: muerte y terror

La Cheka se convirtió, de este modo, en el brazo armado del gobierno de Lenin, encargada de suceder a la vieja Ojrana (la terrible policía secreta zarista, ideada para que sus miembros se infiltrasen en los grupos contrarios al zar y, llegado el caso, ejecutar a los líderes más peligrosos). Aunque en los inicios de la Revolución Rusa, la Cheka no tenía potestad para detener de forma preventiva a cualquier ciudadano, inspeccionar todas y cada una de las instituciones del país, crear campos de concentración o firmar condenas a muerte, en el futuro se convirtió en un sinónimo de muerte y terror.

Varios dirigentes nazis, entre los que se encuentra Heinrich Himmler, visitan la checa barcelonesa de Vallmajor en el año 1940, una de las más duras y atroces de la época.

Varios dirigentes nazis, entre los que se encuentra Heinrich Himmler, visitan la checa barcelonesa de Vallmajor en el año 1940, una de las más duras y atroces de la época.

Foto: Archivo fotográfico de Barcelona.

Años despúes, durante la Guerra Civil Española, la palabra "checa" se usó en nuestro país para definir un tipo de prisión que algunos grupos revolucionarios vinculados con diversos partidos de izquierdas y anarquistas utilizaron durante el conflicto para encerrar y torturar a sus oponentes políticos sin ningún tipo de garantía legal. El 19 de julio de 1936, el entonces jefe del Gobierno republicano, José Giral, decidió armar al pueblo pero, al final, en muchas zonas leales a la República se dio una auténtica situación revolucionaria y el poder acabó cayendo en manos de los elementos más radicales que conformaban las milicias.

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El cubículo del horror

La Causa General que se instruyó al final de la contienda para investigar los crímenes perpetrados durante la guerra, estableció que sólo en la ciudad de Madrid se construyeron 225 checas, aunque recientes estudios establecen que el número de checas en la capital podría elevarse hasta 345. Las detenciones realizadas por los responsables de las checas en buena medida se debían a denuncias anónimas, pero había casos en que no era así. En todas ellas se torturó y asesinó a los detenidos de manera atroz; para un preso, el mero hecho de saber que iba a ser trasladado a una checa ya era la peor de las torturas porque de todos era sabido que quien entraba en una no salía con vida.

Las detenciones realizadas por los responsables de las checas en buena medida se debían a denuncias anónimas, pero había casos en que no era así.

La celda estándar en una checa consistía en un espacio de unos seis metros cuadrados donde había un murete inclinado, a modo de cama, adosado a una pared. Éste estaba inclinado en un ángulo de 20 grados, para que el preso pudiera mantener el equilibrio mientras permaneciera despierto, pero que en cuanto se durmiese cayera al suelo, que estaba sembrado de ladrillos colocados en forma de arista para evitar que pudiera tumbarse allí a descansar y dificultar así los movimientos. En algunas paredes había un reloj, cuya hora era alterada desde el exterior para evitar que los presos pudieran tener la más mínima noción del tiempo. Otras celdas tenían forma de armario, donde tan sólo se podía estar en cuclillas. Y algunas de ellas estaban pintadas con alquitrán tanto por dentro como por fuera para que en verano se sobrecalentasen de tal forma que el calor resultara asfixiante para su ocupante.

Algunas checas estaban pintadas con alquitrán por dentro y por fuera para que en verano se sobrecalentasen y el calor resultara asfixiante para su ocupante.

De preso a "diseñador" de checas

En aquella época, uno de los más "ingeniosos" torturadores de checas hizo su aparición en Barcelona. Su nombre era Alfonso Laurencic. Este hombre alto, de buena planta y exquisitos modales, se presentaba a sí mismo como director de orquesta y pintor, pero también como arquitecto y oficial de la Legión Extranjera y del ejército yugoslavo. El mismo Laurencic fue a parar dos veces a la checa situada en la barcelonesa Puerta del Ángel por vender pasaportes falsos y robar dinero de la Administración del Servicio de Investigación Militar (SIM). Más tarde fue encerrado en la durísima checa de Santa Úrsula, en Valencia, donde consiguió que lo trasladaran a la checa situada en la calle Vallmajor, de Barcelona, el antiguo Convento de las Magdalenas Agustinas. Una vez allí, Lurencic, que no era político, ni tenía ningún sentimiento patriótico, sino que se sentía más bien un apátrida, ofreció sus "servicios" como arquitecto (aunque en realidad sólo tenía algunas nociones como dibujante) para diseñar unas checas que fueran mucho más terroríficas. Laurencic proyectó la "decoración" de las paredes de manera que crearan mayor ansiedad en el recluso: techos de color negro negro y paredes grises, muros pintados con líneas amarillas oblicuas, incluso algunas paredes se pintaban con círculos de colores de diferente tamaño.

Lurencic, que se sentía más bien un apátrida, ofreció sus "servicios" como "arquitecto" para diseñar unas checas que fueran mucho más terroríficas.

En las checas se llevaban a cabo las más diversas técnicas de tortura, que tenían nombres tan singulares como "La banderilla", "El empetao", "La ratonera" o "El echar a los cerdos", entre otras. Los pistoleros que llevaban a los presos a las checas no hacían diferencias entre estatus social, religión ni partido político. Cuando un recluso caía exhausto tras ser torturado y no se le había podido extraer toda la información, era conducido a la enfermería donde le inyectaban un estimulante a base de cloruro de cocaína, lo que le provocaba una euforia que a los torturadores les permitía proseguir con su "trabajo". A todas estas técnicas hay que añadir las palizas y las violaciones. Se calcula que en estas prisiones, murieron alrededor de 10.000 personas, aunque es imposible de confirmar dada la escasa documentación al respecto.

A todas estas técnicas hay que añadir las palizas y las violaciones. Se calcula que en estas prisiones, murieron alrededor de 10.000 personas.

El final de un vividor

Cuando las tropas sublevadas ya estaban a la vista, Barcelona se rindió. Muchos responsables de las checas como Santiago Garcés, jefe de la SIM (Servicio de Investigación Militar); un tal Walter, uno de los más terribles torturadores, del que se desconoce el apellido, o Manuel Escorza, responsable de la checa de la calle Sant Elies, huyeron de la ciudad. Laurencic también escapó, pero fue detenido en El Collell (Girona), y entregado al ejército alemán por tener la nacionalidad austríaca. Devuelto de nuevo a la justicia española, Laurencic fue juzgado el 12 de junio de 1939.

Con Barcelona rendida, muchos responsables de las checas como Santiago Garcés, un tal Walter, o Manuel Escorza huyeron de la ciudad.

Durante el juicio, y después escuchar los terribles relatos de algunos supervivientes, Laurencic, sin ningún atisbo de arrepentimiento, le dijo al fiscal que sus checas eran mejores que otras porque tenían servicios "más higiénicos". Laurencic, que en realidad era un vividor que siempre se arrimaba al sol que más calienta, al final quiso hacerse pasar por franquista, y declaró que había sido una "víctima de las circunstancias". Tras finalizar el juicio, aquel "decorador" de checas gritó un sorprendente "¡Viva el Generalísimo Franco!". El 9 de julio de 1939 fue conducido al Campo de la Bota, en Barcelona, y ante el pelotón de fusilamiento fue abatido con el brazo en alto haciendo el saludo fascista. Sus restos fueron trasladados a la fosa común del Fossar de la Pedrera, en Montjuïc.

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