Una tradición que desaparece

El origen del afilador, una profesión olvidada

Con su característica llamada: "El Afiladooor", este peculiar artesano ambulante iba de pueblo en pueblo y de casa en casa con su rueda de amolar, afilando las melladas herramientas de los vecinos.

Francisco de Goya y Lucientes el afilador

Cuando muchos de nosotros éramos niños habíamos escuchado el "pito del afilador" o "chiflo", una pequeña "flauta de pan" hecha de cañas, recorrer las calles de nuestra ciudad o de nuestro pueblo entonando su clásica y breve melodía que combinaba graves y agudos y viceversa como si de una escalerilla musical se tratara. En bicicleta o en motocicleta, el afilador llevaba montada en la parte trasera de su vehículo un esmeril mecánico con una piedra de afilar con la que daba nueva vida a los filos romos de los viejos cuchillos.

¡Afiladoor!

Pero ¿cuál es el origen de tan antiguo oficio hoy en día prácticamente desaparecido? Para saberlo hemos de viajar en el tiempo y trasladarnos al siglo XVII y más concretamente, como cuenta una leyenda, a Nogueira de Ramuin, un municipio de la provincia de Orense. Allí, un afilador ambulante, algunos dicen que era austríaco, otros inglés, alemán o italiano, traía su rueda de afilar deteriorada y buscaba a un carpintero para que la reparara. Sigue diciendo la leyenda que el afilador encontró al carpintero en la población de Luintra. Éste era tan buen profesional que arregló los desperfectos de aquella rara herramienta y no sólo eso, sino que tomó medidas y dibujo aquel extraño artefacto para poder hacer una replica en su taller. De ahí que Orense sea conocida por ser terra de chispas, debido a los centelleos que salían de la rueda al afilar.

Orense es conocida por ser terra de chispas, debido a los centelleos que salían de la rueda al afilar.

El afilador empujaba una especie de carrito de madera, en el que se encontraba la roda de afiar, es decir, una rueda de piedra o "tarazona", que en un principio era acarreada por el propio afilador a sus espaldas o la hacía rodar. En dicho carro, este profesional llevaba todo tipo de utensilios: paraguas viejos, varillas, mangos o cachabas de paraguas (el afilador también los reparaba), clavos, tachuelas y, como no, un recipiente con agua, necesaria para un buen afilado. Todos los vecinos se enteraban de su presencia cuando se anunciaba con el "pito de afilador" o "chiflo" (más tarde éstos se sustituyeron por otros de plástico). Éste consistía primeramente en una pequeña flauta de pan, un instrumento de viento compuesto por tubos huecos hechos de caña y tapados por un extremo que al soplar producían un sonido aflautado de notas graves y agudas, al que seguía el típico grito "El afilador...", aunque cada afilador solía adoptar una melodía propia con la que anunciaba su presencia para distinguirse de los demás y atraer a sus propios clientes.

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Épocas tristes

Los afiladores, en épocas de miseria eran figuras imprescindibles e insustituibles. Eran tiempos en los que todo se guardaba y nada se tiraba, todo se arreglaba, se remendaba o se remachaba. Eso sucedía con los pucheros, tarteras y sartenes de porcelana cuando se agujereaban por el exceso de uso, y cuando eso sucedía, ahí estaba el afilador que, con su maña, tapaba el agujero y dejaba el utensilio como nuevo. Además de arreglar los útiles de cocina, los afiladores afilaban cuchillos, navajas, tijeras... y por supuesto los paraguas que el viento giraba rompiendo las varillas.

Un afilador callejero trabajando en Buenos Aires, Argentina, hacia 1870.

Un afilador callejero trabajando en Buenos Aires, Argentina, hacia 1870.

Foto: CC

Cuando los pucheros, tarteras y sartenes de porcelana se agujereaban por el exceso de uso, ahí estaba el afilador para tapar el agujero y dejar el utensilio como nuevo.

Con el paso del tiempo, ya en pleno siglo XX, la vieja "tarazana" fue sustituida por equipos más modernos, que eran transportados primero en bicicleta y más tarde en motocicleta o furgoneta. La larga tradición del oficio de afilador en el mundo rural gallego hizo inevitable el surgimiento de un lenguaje gremial propio, o "barallete", el argot utilizado entre los afiladores en tierras de Galicia.

Como suele ocurrir con los oficios antiguos, que pasaban de padres a hijos, el de afilador no iba a ser menos. Considerado un arte por quienes lo practicaban y aún lo practican, afilar cuchillos y tijeras requiere gran destreza y precisión en el manejo del esmeril. Incluso en la ficción hallamos referencias a este antiguo oficio. Por ejemplo, en La Corte de Carlos IV, una novela de Benito Pérez Galdós, podemos encontrar un breve apunte sobre los afiladores: "Pacorro Chinitas, el amolador, personaje que tenía establecida su portátil industria en la esquina de nuestra calle. Me parece que aún estoy viendo la piedra de afilar que en sus rápidas evoluciones despedía por la tangente, al contacto del acero, una corriente de veloces chispas, semejantes a la cola de un pequeño cometa; y como era mi costumbre no apartar la vista de la máquina mientras hablaba con el Júpiter de aquellos rayos, el fenómeno ha quedado vivamente impreso en mi imaginación".

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