Atentado fallido

Operación Valquiria, el día en que Hitler se creyó indestructible

El 20 de julio de 1944, en la "inexpugnable" Guarida del Lobo, Hitler salió ileso de un atentado liderado por altos mandos militares con el que se pretendía acabar con la guerra, pero una serie de catastróficos errores acabaron con los conjurados ante el pelotón de fusilamiento.

Así quedó la sala de reuniones donde estalló la bomba que había colocado Claus von Stauffenberg con el objetivo de matar a Adolf Hitler.

Foto: CC

"Aquí fue. Aquí, junto a esta mesa, estaba yo de pie. Así me hallaba, con el brazo derecho apoyado en la mesa, mirando el mapa, cuando de pronto el tablero de la mesa fue lanzado contra mí y me empujó hacia arriba el brazo derecho. Aquí, a mis propios pies, estalló la bomba". Con estas palabras, Adolf Hitler alardeaba de haber salvado la vida, sentado en un cajón colocado del revés, en un edificio completamente devastado tras una enorme explosión. Frente a él, un Mussolini asombrado escuchaba aquel 20 de julio de 1944 las explicaciones del Führer tras haber salido ileso de un atentado contra él que ha pasado a la historia como Operación Valkiria.

¡Hitler es un peligro!

El impulsor de la fallida Operación Valkiria fue el conde Claus Schenk von Stauffenberg, un militar que abogaba por que fuese una élite intelectual quien dirigiese los destinos de la sociedad alemana. Al ser ascendido a teniente coronel, Von Stauffenberg fue trasladado al Afrika Korps, el cuerpo de élite comandado por el mariscal Erwin Rommel. En una misión, el vehículo en el que viajaba Von Stauffenberg fue alcanzado por un cazabombardero británico. Las consecuencias del accidente fueron terribles para el militar: perdió el ojo izquierdo, parte del brazo derecho y dos dedos de la mano izquierda. Tras su recuperación, y dado que ya no podía utilizar armas, fue relegado a funciones burocráticas bajo el mando del general Friedrich Olbricht, en realidad un opositor como él.

Friedrich Olbricht en una imagen tomada en 1938.

Friedrich Olbricht en una imagen tomada en 1938.

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En una misión en África, el vehículo en el que viajaba Von Stauffenberg fue alcanzado por un cazabombardero británico. El accidente le causó graves heridas: perdió el ojo izquierdo, parte del brazo derecho y dos dedos de la mano izquierda.

Aunque con el transcurso de la guerra los territorios conquistados por el ejército alemán iban disminuyendo cada vez más deprisa, la oposición estaba cada vez más desmoralizada al ver a Hitler salir indemne atentado tras atentado (se cree que sufrió más de cuarenta). El Führer se había convertido a ojos de Stauffenberg (y de otros como él) en un peligro para Alemania. Tenía que ser eliminado y tras su muerte era necesario construir una "democracia a la alemana". El tiempo apremiaba y se hacía necesario actuar con determinación y, lo más importante, no podía haber más fallos o de lo contrario no tendrían nada que ofrecer a los aliados.

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La hora de los generales

Para que su plan de matar a Hitler tuviera éxito, los conjurados debían jugarse el todo por el todo. En el operativo jugaría un papel fundamental la sociedad civil la cual, una vez alcanzado el objetivo, sería indispensable a la hora de formar un gobierno que encontrase una salida pactada del conflicto, mientras que los militares se harían cargo del atentado propiamente dicho y del posterior control del Reich. El problema era cómo conseguirlo. Para ello adaptaron un operativo ya existente, creado por los nazis, llamado Plan Valquiria. Dicho plan estaba ideado para movilizar al Ejército de Reserva en caso de que fuera necesario reprimir disturbios ocasionados por los millones de trabajadores forzados que existían en Alemania. Pero, en el nuevo plan ideado por Von Stauffenberg y los suyos, estas tropas se emplearían para neutralizar a las muchas unidades adictas al régimen que aún habían en Alemania, en especial las SS y la Gestapo.

El coronel Claus von Stauffenberg fue el encargado de acercarse el máximo posible a la silla de Hitler para colocar el maletín con la bomba dentro que debía matar al Führer. Aquí en una imagen de 1941.

El coronel Claus von Stauffenberg fue el encargado de acercarse el máximo posible a la silla de Hitler para colocar el maletín con la bomba dentro que debía matar al Führer. Aquí en una imagen de 1941.

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La sociedad civil ayudaría a formar un gobierno que encontrase una salida pactada del conflicto, mientras que los militares se harían cargo del atentado propiamente dicho y del posterior control del Reich.

Las líneas generales de la conspiración se expusieron a algunos altos mandos. Sus respuestas fueron dispares. Mientras Erich von Manstein, autor de la conquista de Francia en 1940 y de muchas otras victorias durante la Operación Barbarroja y en el Frente Oriental, afirmó indignado: "Los mariscales de campo prusianos no se amotinan", Günther von Kluge, especialista en la táctica militar conocida como Guerra Relámpago (Blitzkrieg), procuró pasar inadvertido. A día de hoy se debate si el mariscal Rommel participó o no en la operación. Pero a pesar de los desacuerdos entre los distintos miembros del complot, la decisión ya estaba tomada y la conspiración seguía adelante. Esta frase del propio Stauffenberg resulta bastante elocuente: "Puesto que los generales no han hecho nada hasta ahora, tendrán que entrar en acción los coroneles".

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La cartera

Fecha clave: 20 de julio de 1944. Lugar: la Guarida del Lobo, uno de los cuarteles generales del Führer en Prusia. El lugar de la reunión con Hitler había cambiado. El calor era sofocante en el refugio subterráneo donde se iba a llevar a cabo la reunión, por lo que se cambió por un barracón de madera en el exterior. Hitler debatía con sus oficiales la desesperante situación del ejército alemán en el Este cuando hizo acto de presencia VonStauffenberg, que iba acompañado de su ayudante de campo, el teniente Werner von Haeften. Von Stauffenberg alegó un problema de sordera para poder sentarse junto al Führer. Minutos antes, había intentado preparar en una sala privada dos explosivos que llevaría en su maletín, pero con las prisas solo tuvo tiempo de activar uno de ellos. Con el temporizador del artefacto activado en diez minutos, Stauffenberg, ya junto al Führer, dejó su cartera con el explosivo en el suelo y la empujó con el pie hasta situarla a los pies del líder nazi. Después, con la excusa de que tenía que hacer una llamada urgente, Von Stauffenberg abandonó la cabaña y junto a su asistente emprendió la huida en un coche oficial.

A las 12:42 el artefacto estalló, y solo el aplomo del militar permitió a él y a su acompañante salvar los controles hasta llegar al aeródromo, convencidos de que Hitler había muerto. Pero lo que desconocía el coronel es que en su ausencia alguien había movido la cartera que contenía la bomba, situándola de manera que la gruesa pata de madera en la que estaba apoyada actuó como pantalla, enviando la onda expansiva hacia el lado contrario al que ocupaba Hitler.

Tras su huida, Von Stauffenberg no podía saber que en su ausencia alguien había movido la cartera que contenía la bomba situándola en una posición en la que la gruesa pata de madera en la que estaba apoyada actuaría como pantalla.

Siguiendo con el plan acordado, el general Fritz Erich Fellgiebel, jefe de la oficina de cifrado, bloqueó cualquier comunicación con el resto del Reich, pero la recepción de un mensaje confuso y lleno de medias palabras provocó entre los conspiradores una sensación de desasosiego por lo que decidieron esperar la absoluta confirmación de la muerte del Führer. Pero eso no pasaría hasta que que llegara Stauffenberg, con lo que se perdió un tiempo precioso. La verdad es que Hitler tan solo había sufrido unos rasguños. Transcurridos los primeros minutos en los que se pensó que la explosión había sido causada por una bomba de la aviación, la ausencia de Von Stauffenberg lo convirtió en el principal sospechoso. Los nervios de Fellgiebel le obligaron a restablecer las comunicaciones para no delatarse. El complot recibía un nuevo contratiempo.

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¡Indemne!

"Después de librarme hoy de este peligro de muerte tan inmediato, estoy más convencido que nunca que mi destino consiste en llevar a cabo felizmente nuestra gran causa común", le comentaría Hitler a Mussolini en su posterior reunión. Con esa seguridad, el Fhürer dio órdenes precisas para aplastar el golpe que ya estaba en marcha en Berlín y castigar a los culpables de la conspiración. La verdad es que estos no se lo pusieron nada difícil. A pesar de que Von Stauffenberg hizo lo imposible para reconducir la situación, a última hora de la tarde, el régimen nazi, en la persona del ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, informó de que el Führer aún vivía. Las posibilidades de que la conspiración triunfase se habían desvanecido por completo.

Hitler muestra orgulloso a Mussolini el aspecto de la sala de la Guarida del Lobo tras sufrir el atentado de la Operación Valkiria.

Hitler muestra orgulloso a Mussolini el aspecto de la sala de la Guarida del Lobo tras sufrir el atentado de la Operación Valkiria.

Foto: CC

A última hora de la tarde el régimen nazi en la persona del ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, informó de que el Führer aún vivía.

Uno de los conjurados, el general Friedrich Fromm, comandante del Ejército de Reserva en Berlín, se desdijo en cuanto se enteró de que Hitler seguía con vida. Se negó a ayudar a sus cómplices y fue encerrado en una habitación del Bendlerblock, mientras los generales Beck y Von Witzleben intentaban tomar el mando del Ejército de Reserva. Pero aquella misma noche, Fromm fue liberado por algunos de sus hombres y de inmediato ordenó la detención de todos los conjurados. Durante la reyerta se produjo un tiroteo en el que Von Stauffenberg resultó herido. A pesar de que muchos aprovecharon la confusión para huir, los principales líderes del golpe de Estado fueron conducidos hasta el patio donde fueron fusilados de inmediato. Con este acto, Fromm quería borrar cualquier duda de connivencia con los arrestados. Stauffenberg murió al grito de "¡Viva la Santa Alemania!". Al general Beck se le permitió el suicidio, pero tras dos intentos fallidos fue rematado por un oficial.

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Mientras tanto, Heinrich Himmler, recién nombrado jefe del Ejército de Reserva, aterrizaba en Berlín y su primera medida fue la detención del propio Fromm y su posterior condena a la horca. En las siguientes horas se apresó a casi todos los conjurados que aún quedaban en libertad. El golpe había fracasado en Berlín. Los más de 5.000 detenidos en aquellas semanas dan fe de que el atentado fue utilizado por el régimen para proceder contra cualquier opositor y mandar un claro mensaje a la población. Con el fracaso de la Operación Valquiria acababa cualquier posibilidad de eliminar a Hitler y, con ello, de terminar con la guerra.

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