El engaño que cambió la historia

La Operación "Mincemeat" en la Segunda Guerra Mundial

Al más puro estilo de las novelas de espionaje, la Operación Mincemeat se convirtió en uno de los episodios más decisivos de la Segunda Guerra Mundial, una operación arriesgada que, gracias a su éxito, cambió el curso de la contienda al engañar los aliados a Hitler sobre las operaciones militares que tenían pensado realizar en el mar Mediterráneo.

Targeta de identidad del mayor Martin

Foto: CC

Justo el 30 de abril de 1943, se encontró un cadáver en la playa de La Bota, en Punta Umbría, Huelva. Un joven pescador llamado José Antonio Rey María vio un bulto que flotaba en el agua y tras lanzarse al mar lo llevó al bote en el que estaba faenando y de ahí a la orilla. No sabía que aquella acción se convertiría en una de las historias de espionaje más fascinantes del convulso y bélico siglo XX.

El comandante William Martin

Tras la exitosa campaña de los aliados en el norte de África, que culminó con la derrota del general alemán Erwin Rommel, el zorro del desierto, el siguiente objetivo era avanzar hacia el centro de la Europa ocupada y, para ello, Sicilia se convirtió en un objetivo clave. Para llevar a cabo la invasión de la isla italiana se diseñó la llamada Operación Husky.

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Pero los aliados tenían que engañar a los alemanes respecto a sus planes en el Mediterráneo. Con ese objetivo diseñaron otra operación paralela, a la que bautizaron con el nombre de "Operación Carne Picada" (Mincemeat en inglés). El proyecto fue encargado a dos oficiales de la inteligencia británica: el capitán de la RAF Charles Cholmondeley y el oficial de inteligencia naval Ewen Montagu. La idea era hacer llegar a manos de los alemanes unos documentos que les indicaran que la invasión aliada iba a producirse en Cerdeña y en Grecia en lugar de en Sicilia. Para ello necesitaban un cadáver. Y el cadáver en cuestión fue el de Glyndwr Michael, un vagabundo galés de 34 años que había fallecido tras ingerir matarratas. A aquel cadáver, al que se había mantenido en un congelador desde finales de 1943 (el tiempo suficiente hasta que empezara la operación) le dieron una nueva identidad: se trataría del comandante William Martin.

La idea era hacer llegar a manos de los alemanes unos documentos que les indicaran que la invasión aliada iba a producirse en Cerdeña y Grecia en lugar de en Sicilia.

Huelva, una protagonista involuntaria

Alrededor de aquel nombre, construyeron la historia del personaje: le adjudicaron una novia, algunas deudas y disputas familiares, entre otras cosas, y todo para dar más verosimilitud al engaño. El siguiente paso era crear los documentos falsos necesarios en los que basar la trampa. Para no levantar las sospechas de los alemanes, se decidió incluir una carta redactada por el teniente general sir Archibald Nye, segundo jefe del Estado Mayor General Imperial, dirigida al general sir Harold Alexander, comandante británico en el norte de África. En dicha misiva se podía leer entre líneas que el ataque aliado se iba a producir en Cerdeña y en Grecia, e incluso, para rizar e rizo, se pudo interpretar que los aliados estaban intentando engañar a los alemanes haciéndoles creer que iban a invadir Sicilia.

En otra carta personal enviada por lord Mountbatten al almirante sir Andrew Cunningham, comandante en jefe del Mediterráneo, también se incidía en la idea de la invasión de Cerdeña. Ambas cartas, junto con otros documentos, fueron incluidas en un maletín que sería atado en el último momento al cadáver de Glyndwr Michael (comandante Martin).

Junto al cadáver de Michael, los aliados incluyeron una carta en la que se podía leer entre líneas que el ataque aliado se iba a producir en Cerdeña y en Grecia.

¿Por qué los aliados eligieron las costas onubenses para desarrollar el plan? Muy sencillo. España, que se encontraba entonces bajo la dictadura de Francisco Franco, guardaba muy buenas relaciones con el Tercer Reich de Adolf Hitler. Es más, en Huelva residía Adolf Clauss, un espía alemán muy bien situado entre los dirigentes de régimen y que iba a ser uno de los primeros en saber de la aparición del oficial inglés muerto en el mar. La aparición de un cadáver flotando en las aguas de un pequeño pueblo de pescadores no pasaría desapercibida para las autoridades locales y tampoco lo ser��a para Clauss. Si lograban que el espía se tragara el señuelo y trasladara la información sustraída al cuerpo al alto mando alemán, la misión habría sido un éxito.

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Preparando el "señuelo"

Los aliados metieron el cadáver en un contenedor estanco dentro del submarino HMS Seraph. El traslado por mar evitaría, así, atravesar territorio enemigo. La idea era que los alemanes creyeran que el muerto había sido víctima de un accidente de aviación. El deterioro que sufriría el cuerpo dentro del agua posiblemente también evitaría que la autopsia revelara el tiempo transcurrido desde que se produjo la muerte, lo que podría poner en peligro la trama. Un cuerpo flotando en el mar puede tardar varios días en ser recuperado y su proceso de deterioro complica el diagnóstico de los motivos reales de la muerte. Los vuelos entre Inglaterra y el norte de África eran frecuentes, sobre todo entre los oficiales británicos que actuaban como enlaces. Esto se sabía en Berlín, por lo que la posibilidad de que uno de esos vuelos hubiese sido derribado por las baterías antiaéreas que vigilaban la costa resultaba perfectamente creíble.

Oficiales a bordo del HMS Seraph, el submarino escogido para la operación, en diciembre de 1943.

Oficiales a bordo del HMS Seraph, el submarino escogido para la operación, en diciembre de 1943.

El deterioro del cuerpo dentro del agua posiblemente también evitaría que la autopsia revelara el tiempo transcurrido desde que se produjo la muerte, lo que podría poner en peligro la trama.

A las 4,30 h. del 30 de abril, se dispuso el cadáver de Glyndwr Michael en la cubierta del submarino, tras colocarle un tipo de chaleco salvavidas al que apodaban Mae West (como la diva norteamericana del cine de la época), se le esposó a la muñeca el maletín donde guardaría los documentos confidenciales que debían ser interceptados por la Abwehr, la inteligencia alemana. En su cuello pusieron una cadena con una cruz de plata y placas de identificación en las que podía leerse su nueva identidad, William Martin: "Major Martin, R.M., R/C", y cuyo significado era: "Mayor Martin, Royal Marine, Católico Romano". Si todo salía como estaba previsto, la identificación garantizaría que fuera enterrado en el cementerio católico de Huelva y no en el de la colonia inglesa de Gibraltar por lo que las tareas de investigación de los espías alemanes, que actuaban libremente y con el beneplácito de las autoridades españolas en el cementerio onubense, serían coser y cantar. En el maletín también se incluía una carta de su padre, algunas llaves y recibos bancarios atrasados que explicaban los movimientos de Martin los días previos a su partida. Era fácil deducir, por los objetos que portaba, que era un hábil especialista en organizar maniobras militares anfibias, motivo por el que había sido destinado al frente del norte de África.

En el maletín también había una carta de su padre, algunas llaves y recibos bancarios atrasados que explicaban los movimientos de Martin los días previos a su partida.

¡Empieza la función!

A las 7,30 h., el cuerpo fue avistado por José Antonio Rey, el pescador que se encargaría de rescatar el cadáver. Tras avisar rápidamente a las autoridades locales, estas informaron del hallazgo a la Comandancia de Marina y, desde allí, ordenaron el traslado del cuerpo a Huelva para que fuera analizado. El juez instructor de la Marina de Huelva encargado del levantamiento del cadáver fue Mariano Pascual del Pobil, el cual se hizo cargo del maletín recuperado y se dispuso a entregárselo a su amigo personal, el vicecónsul británico Francis Haselden, el cual estaba al tanto de la operación.

Haselden rechazó el maletín, solicitando a Mariano Pascual que siguiera el trámite legal con las pertenencias del ahogado y se las entregara a las autoridades españolas. Eso quería decir que en poco tiempo caerían en manos de los espías alemanes. El informe de la autopsia señaló que Martin había fallecido aproximadamente entre cinco y diez días atrás. A pesar de que el informe también reflejaba la extrañeza del forense al no observar las típicas mordeduras de los peces, características de alguien que lleva días en el mar, los espías alemanes no prestaron atención a estos datos ni a ningún otro ya que estaban más interesados en acceder a la documentación rescatada del maletín. De haberlo hecho tal vez se hubieran dado cuenta de que entre los objetos hallados había unas entradas de teatro al cual, supuestamente, habría asistido Martin con su prometida en la víspera de su misión, el 22 de abril.

A pesar de que el informe también reflejaba la extrañeza del forense al no observar las típicas mordeduras de los peces, los espías alemanes no prestaron atención.

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"Se han tragado toda la carne picada"

Adolf Clauss, el espía alemán afincado en Huelva, tenía acceso a la Comandancia de Marina y, por lo tanto, a la documentación incautada. Después de fotografiarla, envió las imágenes a los servicios secretos alemanes antes de que los británicos solicitaran al embajador del Reino Unido en España, sir Samuel Hoare, que mediara ante el Gobierno español para que éste devolviera los documentos. Cuando finalmente llegaron a Inglaterra, Ewen Montagu pudo comprobar que los alemanes los habían estado manipulando y que, por lo tanto, el contenido había llegado precisamente a donde tenía que llegar.

Adolf Claus tenía acceso a la Comandancia de Marina y por lo tanto a la documentación incautada. Después de fotografiarla, envió las imágenes a los servicios secretos alemanes.

Cuando el embajador británico Haselden recibió el cuerpo del comandante Martin, organizó el entierro el día 2 de mayo. Se le rindieron todos los honores militares y se procuró que no faltara ningún detalle, incluida una corona de flores enviada por su prometida, Pamela, y también por su familia.

Imagen de Pam, la novia ficticia, que llevaba consigo el comandante William Martin.

Imagen de Pam, la novia ficticia, que llevaba consigo el comandante William Martin.

Para comunicar el final de la operación, Montagu envió un mensaje cifrado a Winston Churchill, que en ese momento se encontraba de viaje oficial a los Estados Unidos, con el texto: "Mincemeat Swallowed Whole" ("Se han tragado toda la carne picada"). La invasión de Sicilia se llevó a cabo desde el sur, cuando todas las defensas alemanas estaban orientadas hacia el norte. Los aliados sorprendieron a italianos y alemanes, que aún mantenían centrada su atención en Cerdeña. El 17 de agosto, el general Patton del Séptimo Ejército y el mariscal de campo Montgomery del Octavo Ejército tomaron la isla. Gracias al éxito de la operación Mincemeat, el coste de vidas humanas tanto en el bando aliado como en el alemán se se vio ampliamente reducido.

A día de hoy, el comandante William Martin sigue enterrado en el cementerio de Huelva convertido, sin saberlo, en el principal testigo de una de las operaciones más famosas del contraespionaje.

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