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Olimpia presentando Alejandro Magno a Aristóteles (1733), por Gerard Hoet.

Curiosidades de la Historia: Episodio 107

Olimpia, la madre de Alejandro Magno

Los autores antiguos la acusaron de ser cruel y vengativa, pero lo cierto es que los actos de Olimpia no difirieron en nada de los de otros gobernantes de su tiempo. Y lo poco que sabemos de ella responde a arraigados prejuicios de género.

Los autores antiguos la acusaron de ser cruel y vengativa, pero lo cierto es que los actos de Olimpia no difirieron en nada de los de otros gobernantes de su tiempo. Y lo poco que sabemos de ella responde a arraigados prejuicios de género.

Olimpia presentando Alejandro Magno a Aristóteles (1733), por Gerard Hoet.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

La imagen más habitual de Olimpia es la de una mujer de carácter impulsivo que, movida por la cólera y el resentimiento, suscitó la desconfianza y el recelo de su hijo hacia su padre Filipo, urdió el asesinato de este último, y eliminó después con extremada saña y crueldad a todos los rivales que se interponían en su camino. Dicha imagen es más bien el resultado de una serie de prejuicios culturales y de género, así como de los ecos de la propaganda hostil orquestada contra ella tras la muerte de Alejandro Magno y la desaparición del último descendiente directo del conquistador. Su condición de mujer casi bárbara también pesó lo suyo. No sólo provenía de Epiro (un territorio situado entre las actuales Grecia y Albania), sino que su esposo era rey de Macedonia, lo que suponía un doble estigma a ojos de los griegos del sur, como los atenienses, que nunca aceptaron del todo en su órbita cultural a los pueblos más septentrionales de la península balcánica.

Por otra parte, algunas acciones crueles de Filipo y Alejandro no han recibido las mismas reprobaciones morales que las de Olimpia. Dentro de la imaginación griega, la reina se convirtió en la viva recreación de mujeres fatales del mito como Clitemnestra, que asesinó a su esposo Agamenón, o Medea, que dio muerte a sus hijos movida por el rencor hacia Jasón, quien la había abandonado.

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El grueso de informaciones disponibles sobre la reina son sólo habladurías y anécdotas, la mayoría sin fundamento. La Olimpia real vivió la mayor parte de su vida a la sombra de su esposo, Filipo II de Macedonia, y de su hijo Alejandro, y apenas poseemos informaciones solventes sobre su persona. Ni siquiera conocemos su aspecto físico, dado que no existen descripciones al respecto ni se han conservado imágenes contemporáneas. No ha llegado hasta nosotros su estatua del Filipeo, el edificio circular que Filipo II hizo construir en Olimpia como testimonio de la gloria casi divina de su dinastía. Sus únicas imágenes son una que figura en uno de los grandes medallones de oro hallados en Aboukir (Egipto), datados en época del emperador Caracalla, y las de dos célebres camafeos. Tampoco poseemos la extensa correspondencia que mantuvo con su hijo, de la que se hacen eco autores como Plutarco, si bien lo más probable es que se trate de cartas ficticias que circularon en su momento en el marco de la leyenda del conquistador macedonio.

Una vida trepidante

Polixena, Mirtale, Olimpia y Estratónice son los nombres que tomó, y revelan de forma evidente las circunstancias de una biografía agitada y excepcional. Polixena fue su primer nombre. Huérfana temprana del rey de Epiro, Neoptólemo, la joven se vio convertida en moneda de cambio para tejer alianzas exteriores en manos de su tío Aribas, que ocupó el trono. Polixena se casó con Filipo II, que hizo de Macedonia una de las grandes potencias de su tiempo gracias a una continuada expansión territorial, en la que las alianzas matrimoniales desempeñaban un papel destacado. Tomó entonces otros dos nombres: el de Mirtale, cuando contrajo matrimonio, y el de Olimpia, cuando un caballo de su marido ganó en los Juegos Olímpicos.

Una esposa peculiar

Desconocemos casi por completo las relaciones personales que Olimpia mantuvo con Filipo. Plutarco menciona el temprano encuentro de ambos durante los misterios de Samotracia, donde se enamoraron, pero resalta también su distanciamiento afectivo posterior, debido inicialmente a las extrañas prácticas de la reina con serpientes domesticadas en su lecho conyugal (la serpiente se vinculaba con los cultos orgiásticos en honor a Dioniso que llevaban a cabo las bacantes). La distancia entre ambos se amplió por el resentimiento y el odio que provocaban en Olimpia los devaneos amorosos de su esposo.

Seguramente el palacio real no era el escenario más propicio para la exhibición de afectos familiares, dadas las reiteradas ausencias de Filipo durante sus constantes campañas de conquista y la inevitable dispersión de atenciones que implicaba la poligamia. Olimpia se convirtió en una esposa más, obligada a compartir espacio con el resto de cónyuges reales, dentro de una corte donde imperaba la competición por engendrar un varón capaz de convertirse en heredero legítimo al trono. Con todo, su situación era ventajosa debido a la esterilidad de otras esposas o al hecho de que sólo habían engendrado hijas.

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No está ni mucho menos clara la responsabilidad de Olimpia en la idea del origen divino de Alejandro como hijo de Zeus-Amón (quien lo habría engendrado tomando la forma de una serpiente), idea que tanta importancia tendría para Alejandro. Plutarco ofrece dos versiones contradictorias al respecto. Según una de ellas, cuando Alejandro partió a enfrentarse con el Imperio persa, Olimpia le comunicó en secreto la verdad acerca de su nacimiento, al tiempo que le exhortaba a mostrar un carácter digno de su auténtico origen. Pero, a renglón seguido, el mismo Plutarco refiere que otros eximían a Olimpia de estas fabulaciones y ella misma las rechazaba. Su responsabilidad en el asunto aparece así difuminada en una confusa mezcla de sus propias actividades orgiásticas y los intereses propagandísticos de Filipo y Alejandro. De Filipo, mediante el sueño del rey en el que él mismo sellaba el vientre de su esposa con un sello que ostentaba la imagen de un león; y de Alejandro, por las predicciones hechas a posteriori acerca de su nacimiento.

El único varón que amenazaba la posición de Alejandro como heredero del trono era Arrideo, hijo de la tesalia Filina y de una edad similar, pero quedó enseguida descartado a causa de su manifiesta incapacidad mental para dicho cometido. La acusación a Olimpia de haber provocado la enfermedad de Arrideo mediante la ingestión de drogas posiblemente forma parte de la campaña de desprestigio en su contra, pero refleja la tensión entre las esposas del monarca para conseguir la primacía. Como la sucesión en la monarquía macedonia no seguía el principio de primogenitura, el heredero elegido en un principio podía no serlo finalmente si las circunstancias cambiaban. La posible implicación de Olimpia en el asesinato de Filipo (aún con todas las incertidumbres del caso) revela la aparente hostilidad de Olimpia hacia su esposo y la urgente necesidad de dar paso a su hijo como nuevo monarca frente a las amenazas que se cernían sobre su condición de heredero.

La madre dominante

Las relaciones de Olimpia con Alejandro tampoco se hallan exentas de sombras e incertidumbres, a pesar del aparente afecto y de la estrecha colaboración que los unían. Les ataba una obligada complicidad, dado que la posición de la reina en la corte dependía de la condición de su hijo como heredero y éste tenía su mejor valedor en su madre, la persona más interesada en favorecer tales aspiraciones. Su estrecha relación también se vio favorecida por las frecuentes ausencias de Filipo durante sus campañas y por la inevitable dispersión del rey en sus obligaciones paternas y conyugales, dada la existencia de otras esposas capaces de engendrar nuevos retoños.

A Olimpia y Alejandro les ataba una obligada complicidad, dado que la posición de la reina en la corte dependía de la condición de su hijo como heredero

Olimpia intervino activamente en la educación de su hijo mediante el nombramiento de su pariente Leónidas como tutor que controlaba al resto de los implicados en la formación del joven príncipe. Plutarco atribuye a Olimpia una influencia decisiva en la actitud recelosa de su hijo hacia Filipo, movida por los celos y la cólera que suscitaban la política matrimonial de su esposo y sus continuas relaciones amorosas.

Madre e hijo se exiliaron voluntariamente a raíz de los insultos proferidos por el tío y protector de una nueva esposa de Filipo, que tildó a Alejandro de bastardo; a pesar de la aparente reconciliación que siguió, los recelos continuaron. Así, se señala a Olimpia como una de las principales instigadoras en la intromisión de Alejandro en los planes de Filipo. Éste pretendía casar a Arrideo con la hija de Pixodaro, el poderoso sátrapa o gobernador persa de Caria, y Olimpia instó a su hijo a que reemplazase a su hermanastro como candidato a la mano de la noble persa.

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Olimpia intrigó también con su hermano, rey del Epiro, para que hiciera la guerra a Macedonia, si bien Filipo desbarató el intento casando a Cleopatra –hija suya y de Olimpia (y hermana, por tanto, de Alejandro)– con el monarca epirota, que se convirtió de este modo en yerno y cuñado del soberano macedonio. En cuanto a la posible implicación de Alejandro en el asesinato de Filipo, ocurrido durante la ceremonia nupcial, resulta difícil imaginar que se hallara completamente al margen de las intenciones de su madre, ya fuese por acción o por omisión.

Alejandro mostró devoción filial hacia su madre en el curso de la larga campaña asiática, tal y como revela el envío continuado de regalos procedentes del botín de guerra, su frecuente correspondencia o su propósito de convertirla en divinidad al final de sus días.

Pero Plutarco también se hace eco de la constante interferencia de Olimpia en la labor de gobierno a través de su enfrentamiento con el general Antípatro, a quien Alejandro había dejado al frente de los asuntos de Grecia durante sus conquistas, y que se quejaba por carta al rey sobre la actitud de su madre. El historiador griego también recoge la intromisión de Olimpia en las relaciones personales de su hijo, hasta entrar en conflicto con su más íntimo amigo, Hefestión. Y aunque Alejandro siempre la mantuvo al margen de la dirección de los asuntos políticos y militares, no dejó de ser sensible a algunas de sus quejas, tal y como revela el supuesto comentario que hizo a Antípatro sobre el poder de una sola lágrima de Olimpia para borrar toda una serie de cartas en su contra.

Las inscripciones y algún testimonio de la época avalan la posición hegemónica de Olimpia en Grecia mientras Alejandro combatía en Asia. En el año 333 a.C., por ejemplo, la reina hizo ofrendas en Atenas a la diosa Hygeia (la personificación de la salud), seguramente a favor de su hijo, y un poco más tarde, en 331/330 a.C., realizó espléndidas dedicatorias en el santuario de Delfos.

Al lado de esta constante implicación religiosa, aparecen indicios de su papel político. Su nombre aparece junto al de su hija Cleopatra entre los receptores de donaciones de trigo hechas desde Cirene en momentos de escasez. Las dos mujeres son mencionadas tan sólo con sus nombres y Olimpia en dos ocasiones, por lo que parece que actuaban como auténticas representantes del Estado. El orador Hipérides también la menciona en un discurso contemporáneo en el que declara su completo dominio sobre el país de los molosos, patria natal de la reina, y la menciona cuando acusa a determinados políticos atenienses de estar en connivencia con el enemigo macedonio.

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Olimpia fue una mujer excepcional en su tiempo, que emerge con fuerza en un contexto histórico hostil, incapaz de contemplar con simpatía u objetividad sus intervenciones. A pesar de los prejuicios y las tergiversaciones, la grandeza de su figura sobresale todavía con fuerza en escenas memorables como la que la enfrenta, vestida como bacante, contra su rival, Adea Eurídice, la esposa de Arrideo e hija de otra esposa de Filipo, armada a la macedonia causando el abandono de sus tropas a la vista de la reina, o la de su muerte que afrontó noblemente sin dejar escapar ningún lamento, traicionando de este modo las expectativas de su condición de mujer.

Finalmente, tras el fallecimiento de su hijo, defendió con ahínco los intereses dinásticos de su nieto dentro de un contexto nada favorable: el de las ambiciones desmedidas de los generales supervivientes de Alejandro, que aspiraban a ocupar su lugar de forma más o menos declarada. Su eliminación, inducida por uno de estos despiadados contendientes, Casandro, marca el final de una vida repleta de aparentes frustraciones que culminó de manera épica y trágica entregándose sin temor en manos de sus asesinos.

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