Las momias de Llullaillaco

Los niños congelados de los Andes

En lo alto del volcán Llullaillaco, en Argentina, los arqueólogos hallaron en 1999 las momias congeladas de tres niños, sacrificados en una ceremonia inca hace 500 años

imperio inca

Cartografía: eosgis.com

Finales del siglo XV. A los pies del volcán Llullaillaco (Salta, Argentina), de 6.739 metros de altitud, dos niñas y un niño acompañados por una comitiva de personas adultas se preparan para ascender al volcán donde les espera su final. Han caminado más de mil kilómetros; hace seis meses que abandonaron Cuzco en una larga travesía que les ha conducido hasta el pie de este nevado cruzando valles y montañas. Están cansados y soñolientos por los efectos de la altura y consumen hojas de coca para superar el último esfuerzo. Llevan mucho tiempo preparándose para esta ocasión, habiendo sido elegidos para ello como mínimo un año atrás. Empieza la ascensión, pero deben pararse para reponer fuerzas y preparan un campamento temporal a 5.200 metros en el que descansar. Se detendrán de nuevo en varias ocasiones a medida que aumente la altitud, esta vez construyendo simples parapetos que les permitan resguardarse del viento. Cuando llegan a pocos metros de la cima se realiza el ritual y los niños son sacrificados como ofrenda a los dioses, para descansar, al fin, en un sueño eterno.

Cronología

Auge y caída de un imperio

1200

Manco Capac, el legendario primer Inca, funda la ciudad de Cuzco, que se convertirá en la espléndida capital de su Imperio.

1350

Inca Roca se convierte en el primer gobernante que adopta el título de Inca, nombre que llevarán sus sucesores desde entonces.

1438

Pachacuti sube al trono. Bajo su reinado el Imperio alcanzará su máxima expansión. En 1450 empieza a erigir Machu Picchu.

1471

Tupac Yupanqui, sucesor de Pachacuti, sigue la política expansionista de su padre. El Imperio inca llegará hasta Quito, en Ecuador.

1532

El Inca Atahualpa cae prisionero de Francisco Pizarro en Cajamarca. Es ejecutado por los españoles un año después.

1536

Manco Inca inicia una rebelión contra el dominio español. Sus sucesores resistirán en la ciudad de Vilcabamba.

1572

El último Inca de Vilcabamba, Tupac Amaru, es capturado y decapitado en Cuzco por los españoles.

Quinientos años más tarde, en marzo de 1999, a los pies del volcán Llullaillaco, un equipo de arqueólogos de alta montaña encabezados por Johan Reinhard y Constanza Ceruti se dispone a ascender hasta la cima del volcán siguiendo las huellas de los antiguos incas. Empiezan su andadura desafiando las inclemencias del tiempo y la falta de oxígeno. Por el camino encuentran los restos de un campamento temporal y algunos parapetos de factura antigua que parecen evidenciar algún breve descanso por parte de los caminantes del pasado. Pero será a los 6.715 metros de altitud donde una plataforma ceremonial de diez metros de largo por seis de ancho llamará especialmente su atención, pues permite intuir que ahí se celebró un ritual. Cuando excavan la estructura, construida por los incas desafiando la naturaleza, hallan tres cuerpos humanos en perfecto estado de conservación. Acaba de producirse un descubrimiento arqueológico que maravillará al mundo entero: las momias de Llullaillaco, que constituyen una excepcional ventana al pasado.

Congelados en el tiempo

La excavación permitió recuperar numerosas ofrendas de gran calidad que demuestran la importancia del ritual que tuvo lugar allí, pero, sin lugar a dudas, las momias son el hallazgo de mayor repercusión. La primera de ellas corresponde a un niño de siete años que fue enterrado mirando hacia la salida del Sol. Llevaba un penacho de plumas blancas en la cabeza y un brazalete de plata. Su cadáver fue sentado sobre una túnica y junto a él se depositaron diversos objetos, como unas sandalias, dos hondas y varias bolsas textiles. La perfecta conservación del cabello permite saber que tenía piojos, pues aún se conservan las liendres. La segunda momia es la de una niña de seis años, peinada con dos trenzas. Es el cuerpo peor conservado, puesto que un rayo impactó sobre ella. Se la conoce como «La niña del rayo» y llevaba una placa de metal plateado en la frente. Entre su ajuar se encontraron ollas, vasos y platos en miniatura, así como restos de maíz, coca, y papa y carne deshidratadas.

En Llullaillaco también fue enterrada una joven de 15 años, conocida como «La doncella». Llevaba el pelo peinado con múltiples trenzas pequeñas que fueron trenzadas poco tiempo antes del sacrificio. Como «La niña del rayo», iba acompañada de vasos y recipientes en miniatura y bolsitas con comida, además de un peine, una cuchara y una túnica hecha con un tejido de alta calidad. La presencia de niños sacrificados en las montañas de los Andes ya era conocida por los investigadores, pues se habían encontrado otras momias con anterioridad, como el Niño del Cerro del Plomo, en Santiago de Chile, o la Dama de Ampato, en Arequipa (Perú), y gracias a las crónicas de los siglos XVI y XVII conocemos los detalles de la ceremonia que tuvo lugar en la cima del Llullaillaco: la capacocha.

imperio inca

imperio inca

Este mapa de América del Sur muestra la extensión territorial que alcanzó el Imperio inca en su época de apogeo.

Cartografía: eosgis.com

Elegidos por los dioses

La capacocha era un ritual de sacrificio que consistía en ofrendar a niños y niñas por todo el territorio del Imperio inca para que ejercieran como mediadores entre la comunidad y las divinidades. Se realizaba sólo en ocasiones especiales, como la elección de un nuevo gobernador, una victoria militar importante o durante un período de sequía prolongada que ponía en peligro la supervivencia de los habitantes del Imperio. Según las crónicas, una vez que los niños eran elegidos para participar en el ritual se celebraba una fiesta en la capital, Cuzco, con abundantes banquetes y bailes. Finalizada la celebración, los niños, acompañados de una comitiva que incluía a los especialistas religiosos, emprendían un largo peregrinaje a pie hasta el lugar donde debían reposar eternamente.

Por el camino eran bien alimentados y se les permitía beber chicha (una bebida alcohólica elaborada a partir de la fermentación del maíz) y mascar hoja de coca, alimentos sagrados sólo consumidos en ocasiones especiales. Llegados a su meta, los niños eran sacrificados. Algunas momias infantiles encontradas en los últimos años permiten demostrar que se les dio muerte con algún tipo de fuerza, como un golpe en la cabeza o el estrangulamiento, pero en el caso de Llullaillaco no se observa evidencia de violencia en su muerte, por lo que es probable que murieran por la exposición al frío. A continuación eran enterrados en los glaciares andinos, donde las condiciones climáticas favorecían su congelación.

Los niños escogidos emprendían un largo peregrinaje a pie hasta el lugar donde debían ser sacrificados. Por el camino eran bien alimentados y podían beber chicha.

Las fuentes escritas explican que los sacrificados debían ser «de diez años abajo», en palabras de fray Martín de Murúa (1616), con el objetivo de asegurar su virginidad. Por otra parte, el hecho de que los niños ofrecidos a los dioses se convirtieran en sus intermediarios les otorgaba una condición sagrada, semidivina, que era muy bien valorada por la comunidad. Los cronistas revelan que eran los propios gobernantes regionales del Imperio quienes ofrecían a sus propios hijos al Inca gobernante para que fueran sacrificados. A cambio, el Inca reconocía su esfuerzo en beneficio de la comunidad otorgándoles reconocimiento y privilegios, por lo que normalmente los niños sacrificados formaban parte de las élites provinciales del Imperio.

Figurilla inca

Figurilla inca

Figurita inca envuelta en telas descubierta junto a las momias de Llullaillaco.

Foto: Maria Stenzel / NG Image Collection

Cuando el equipo de Reinhard y Ceruti halló las momias de Llullaillaco, sabía que se hallaban frente a los vestigios de una capacocha inca, pero pronto se dieron cuenta de que estaban ante un hallazgo excepcional debido a su estado de conservación. El hecho de haber permanecido enterradas durante siglos en condiciones de frío extremo, ausencia de viento y sin microorganismos a su alrededor hace que estas momias se cuenten entre las mejor conservadas en el mundo. Esto ha permitido someterlas a todo tipo de análisis científicos para comprobar la veracidad de la información recopilada en las fuentes escritas en época colonial. Por ejemplo, el análisis de la dieta demuestra una sobrealimentación en sus últimos meses de vida, lo que confirma la información proporcionada por los cronistas, quienes cuentan que en el momento de su elección e inicio de la caminata tenía lugar una gran fiesta y enormes banquetes.

Haber permanecido enterradas durante siglos en condiciones de frío extremo, ausencia de viento y sin microorganismos alrededor hace que estas momias se cuenten entre las mejor conservadas en el mundo.

De la misma manera, se ha podido comprobar que los niños de Llullaillaco nunca sufrieron malnutrición. Esto es importante si lo sumamos al hecho de que tanto el niño como la niña presentan deformación craneal. Esta práctica era un símbolo de distinción entre la élite andina. La deformación se realizaba durante los primeros meses de vida, atando en la cabeza placas de madera y turbantes para modelar el cráneo aún blando. Puesto que no se puede deformar la cabeza a las personas adultas, la práctica de la deformación craneal implicaba un estatus heredado. Que los niños de Llullaillaco presenten esta distinción y que no hubieran sufrido malnutrición demuestra que su estatus social era alto, confirmando que los escogidos para el ritual procedían de familias nobles.

Por otra parte, como hemos visto, los cronistas explican que las criaturas que iban a ser sacrificadas tenían que ser menores de diez años, lo cual se cumple en dos de las momias de Llullaillaco. Sin embargo encontramos también a una joven de 15 años, algo que se repite en otras capacochas. Esto implica que podría tratarse de una aclla (elegida, en quechua). En el Imperio inca existía una institución exclusivamente femenina que era el acllahuasi o «casa de las escogidas», una residencia en la que se confinaba a las mujeres más hermosas del Imperio, elegidas por funcionarios que recorrían el territorio por mandato del Inca. En sus casas de reclusión se dedicaban a la producción de chicha y textiles y se consagraban al culto a los dioses. Vivir en castidad dentro del acllahuasi (al que entraban siendo vírgenes) permitía a las jóvenes ser ofrendadas como si fueran niñas, pues aseguraba su pureza sexual.

machu picchu

machu picchu

Aunque se ha descartado la teoría de Bingham de que Machu Picchu era un inmenso acllahuasi habitado por mujeres, es probable que alguno de sus edificios (como los de la imagen) tuviera esta función.

Foto: Alamy / ACI

La edad y las condiciones físicas de «La doncella de Llullaillaco» (que sólo presenta una imperfección: un lunar en el brazo) la convierten en candidata a ser una de esas acllas. Sin embargo, no se había podido demostrar esta hipótesis hasta que los análisis bioquímicos de la momia demostraron que unos años antes de ser sacrificada su dieta cambió, pasando de ser íntegramente vegetal (basada en patatas) a consumir maíz y proteína animal, lo cual es sinónimo de una dieta rica y exclusiva. Este cambio demuestra que la joven fue reclutada años antes para entrar al acllahuasi, donde cambió su dieta, hasta que fue escogida para formar parte de la ceremonia de la capacocha.

Gracias a la ciencia, las momias de Llullaillaco han respondido muchas preguntas sobre la antigua ritualidad incaica. Estamos seguros de que aún tienen muchas cosas que contar, pero mientras la ciencia no avance las dejaremos descansar en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, donde el visitante podrá observar cómo parecen seguir durmiendo congeladas en el tiempo quinientos años después de su muerte.

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dama de ampato

dama de ampato

La dama de Ampato. Museo Santuarios Andinos, Arequipa.

Foto: Alamy / ACI

La dama de Ampato

Conocida también como momia Juanita, el cadáver de esta joven de unos 15 años, perfectamente conservado, fue descubierto en 1995 por Johan Reinhard y Miguel Zárate durante una expedición al volcán peruano Ampato. A su alrededor se había dispuesto un ajuar funerario compuesto por estatuillas de oro, conchas de spondylus y varios tipos de plantas.

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Ceremonia inca

Ceremonia inca

Ceremonia inca. Grabado en color por H. M Herget.

Foto: H. M. Herget / National Geographic Image Collection

La fiesta del Sol

Un cronista de origen inca, Felipe Guamán Poma de Ayala, recordaba que los incas hacían en junio la fiesta del Sol (Inti Raymi) «y se gastaba mucho en ello y sacrificaban al Sol. Y enterraba al sacrificio llamado capac ocha, que enterraban a los niños inocentes quinientos y mucho oro y plata y mullo [concha]». En otra fiesta celebrada en diciembre se sacrificaban otros 500 niños y niñas.

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Niño del Cerro del Plomo

Niño del Cerro del Plomo

Niño del Cerro del Plomo. Museo Nacional de Historia Natural, Santiago de Chile.

Foto: Museo Nacional de Historia Natural de Chile

El Niño del Cerro de Plomo

En 1954, se halló en el Cerro del Plomo (Chile), a 5.400 metros de altitud, la momia de un niño de 8 años sacrificado en una capacocha. Se aprecia el rostro pintado de rojo y ocre, y su peinado, con más de 200 trenzas (también llevaba un tocado de lana rematado con plumas de cóndor). Entre su ajuar se encontraron pequeñas bolsas de cuero que contenían cabellos y uñas.

Este artículo pertenece al número 199 de la revista Historia National Geographic.