Los orígenes de una superpotencia

El nacimiento del Imperio Otomano

La historia está repleta de giros inesperados, pero pocos resultan tan sorprendentes como el de un pequeño principado de Anatolia que se convirtió en una de las mayores potencias del mundo y logró hazañas como la de conquistar la casi inexpugnable Constantinopla: el Imperio Otomano.

Santa Sofía

Santa Sofía

Foto: Dennis Jarvis (CC)

A pesar de ser uno de los mayores y más duraderos imperios islámicos de la historia, los orígenes del Imperio Otomano fueron humildes y oscuros. La pregunta de cómo un pequeño estado tribal sobrevivió a vecinos mucho más poderosos y finalmente logró derrotarlos es algo que ha intrigado a los historiadores durante décadas, especialmente porque casi toda la información que poseemos sobre sus orígenes forman parte del mito nacional construido cuando este ya era un imperio transcontinental.

La emergencia de la que sería la principal potencia del mundo musulmán durante la Edad Moderna no se puede atribuir a un único factor, sino a la suma de ellos: la debilidad de sus vecinos y unas políticas más tolerantes que otras potencias, entre otros, además de la suerte de verse favorecidos por desgracias ajenas.

Osman I, primer sultán otomano

Osman I, primer sultán otomano

Foto: CC

Pequeños supervivientes

Los orígenes del estado otomano pueden situarse a finales del siglo XIII, en un momento de inflexión en el que las dos potencias que se disputaban el control de Anatolia se encontraban muy debilitadas: a occidente, el Imperio Bizantino apenas empezaba a recuperarse de la conquista veneciana durante la Cuarta Cruzada; y a oriente, el sultanato selyúcida de Rum había concentrado su ejército en la frontera este para resistir a la expansión mongola. La coincidencia de estos dos momentos creó un vacío de poder en Anatolia que fue ocupado por diversos líderes tribales, en teoría vasallos de los sultanes selyúcidas, que con el título de beys les otorgaban una amplia autonomía sobre sus territorios.

Uno de estos territorios estaba dominado por un líder de nombre Osman, de cuyo nombre en árabe -Uthman- tomaría nombre su dinastía, los otomanos. Siguiendo una política de prudencia, mantuvo nominalmente su lealtad al sultán mientras conducía ataques contra los beys vecinos, apoderándose de sus fortalezas y ligando sus tribus a él sin llegar a proclamar su soberanía directa. El sultanato de Rum, en sus últimos estertores, nada podía hacer para impedirlo y cayó definitivamente ante las hordas tártaras y mongolas. Osman había aprovechado esta agonía para proclamarse sultán en 1299, reclamando de forma oficial el liderazgo que ya tenía de facto sobre Anatolia. Empezaba así la historia del Imperio Otomano, que duraría más de seis siglos.

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Un ascenso inesperado

Aun teniendo en cuenta la debilidad de sus vecinos, el ascenso otomano resulta sorprendente, especialmente en sus inicios, cuando no era más que un reino de base tribal. Desentrañar las razones de su éxito resulta complicado sobre todo porque carecemos de fuentes directas: los otomanos solo empezaron a dejar por escrito su historia a partir del siglo XV, cuando ya eran una gran potencia, y es probable que las crónicas fueran embellecidas para dar una pátina mítica a los orígenes del imperio.

Varios factores pudieron haber facilitado a Osman alcanzar el primado sobre los beys vecinos y especialmente sobre los territorios disputados a los bizantinos. Aunque ninguno lo explica totalmente, hay tres motivos que seguramente tuvieron un peso importante. El primero es que aplicaba una presión fiscal relativamente baja, lo que habría facilitado que los territorios en disputa prefiriesen estar bajo su mandato que el de los bizantinos o los venecianos. El segundo tiene que ver con la religión: por lo general, los otomanos eran bastante permisivos con los pueblos conquistados y los dhimmis-súbditos no musulmanes- no solo eran tolerados sino que podían alcanzar puestos de poder en la administración y en el ejército. El tercer factor fue el fuerte impacto de la Peste Negra en Europa, que ahondó la crisis económica y militar del Imperio Bizantino y le hizo imposible restablecer el control sobre Anatolia.

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Sin embargo, no todo es atribuible a la fortuna. Alcanzado el poder, los sultanes otomanos se aseguraron de mantenerlo. Para ello implantaron una administración semejante a la de los khanes mongoles, que a su vez la habían adoptado de China, para transformar lo que era una confederación de tribus en un verdadero imperio. Reforzaron también su control sobre el ejército creando una guardia personal, los jenízaros, que respondían directamente ante el soberano, aunque con el tiempo terminarían por controlarlo.

Durante el siglo XIV, el naciente imperio empezó a dibujarse en el panorama europeo como el temible rival que sería durante los siglos siguientes. Las primeras victorias en Europa del Este contra Hungría y sus vasallos fueron un preludio a la caída de Constantinopla en 1453, momento en que el mundo debió aceptar que el Imperio Otomano había llegado para quedarse durante mucho tiempo.

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