La fe de los pueblos del norte

El mundo sobrenatural de los vikingos

Las ideas sobre la mitología nórdica están a menudo influidas por el prisma del cristianismo. Para los vikingos el mundo de los dioses y otros seres sobrenaturales no era algo ajeno a su propio mundo, sino una parte invisible de la realidad.

Ängsälvor - Nils Blommér

Ängsälvor - Nils Blommér

Foto: CC

Los mitos nórdicos se cuentan entre los que despiertan mayor fascinación y deseo de imitación. Desde el rico mundo de la Tierra Media nacido en la mente de J.R.R. Tolkien o la gran saga operística de WagnerEl anillo del nibelungo hasta la cultura popular actual -cómics, cine, videojuegos y un largo etcétera-, la mitología nórdica es una fuente inagotable de inspiración por su variedad y por una cierta sensación de proximidad que produce: dioses, criaturas sobrenaturales y magia son parte integral de esos mundos en vez de algo separado de ellos como ocurre en el concepto occidental de la religión.

Así era también para el pueblo que más asociamos a estos mitos, los vikingos. Parte del imaginario que tenemos sobre su mitología está influida por la visión de los misionerios cristianos, quienes la interpretaron en base al patrón de la tradición grecorromana con la que estaban familiarizados. Pero al contrario que estos, para los pueblos nórdicos su relación con los seres intangibles fue de conveniencia más que de supeditación.

Parte del imaginario que tenemos sobre la mitología nórdica está influida por la visión de los misionerios cristianos, quienes la interpretaron en base al patrón de la tradición grecorromana

Tampoco existía una palabra en el antiguo idioma nórdico que significara “religión”: los vikingos se referían a su corpus de creencias como forn siđr, “las viejas costumbres”, un término que en sí mismo denota lo opuesto a las “nuevas costumbres”, es decir, a la fe traída por los misioneros cristianos. Pero el mundo sobrenatural nórdico era algo orgánico e integrado en su propia realidad, si bien de una forma invisible que no podían ver pero con la que sí creían que se podía interactuar.

El mundo invisible

Los vikingos consideraban que los diversos seres sobrenaturales en los que creían -no solo dioses sino también elfos, gigantes y otros muchos- habitaban mundos que los humanos no percibían y con los que raramente podían interactuar, pero cuyos destinos estaban ligados al suyo. A este conjunto de seres sobrenaturales se les atribuían diferentes poderes que podían resultar beneficiosos o perjudiciales para los humanos, pero había que convencerlos para que los usaran como uno quería, por medio de rituales y ofrendas.

Odín

Odín

Odín, llamado también Wotan ("el furor"), era el señor de los aesir y una de las figuras principales de la mitología nórdica. Ilustración de un manuscrito islandés del siglo XVIII.

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Los dioses eran considerados seres poderosos con los que convenía congraciarse, pero no necesariamente adorar: esta concepción es distinta a la de otros pueblos, principalmente del Mediterráneo antiguo, que consideraban a sus divinidades como entes a los que debían respeto y obediencia. Los vikingos en cambio creían que los dioses se ocupaban de sus propios asuntos, así como los humanos se ocupaban de los suyos.

De hecho, la propia concepción de estos seres como dioses está influida por la idea de los panteones mediterráneos y mete en una misma categoría entidades que los vikingos consideraban distintas: los aesir, asociados a la guerra, como Odín; y los vanir, asociados a la prosperidad, como Freya. Hay criaturas de gran poder pero que no son consideradas divinidades como los jotun o gigantes, mientras que otros personajes tan conocidos como Loki tampoco son seres divinos aunque vivan entre ellos.

El criterio para clasificar a estos entes sobrenaturales parece haber sido a cuál de los Nueve Mundos -en los que la cosmología nórdica dividía el universo- pertenecían. Estos mundos pendían del árbol Yggdrasil, un inmenso fresno en cuyas ramas y raíces vivían todas las criaturas del universo. En el mundo de los humanos o Midgard habitaban los humanos, mientras que los otros ocho estaban poblados por los aesir y los vanir (los que llamaríamos dioses), los elfos, los gigantes, los enanos y unos seres infernales que podríamos equiparar a demonios: los múspellsmegir y los rjúfendr.

Asgard

Asgard

Asgard era uno de los Nueve Mundos surgidos del fresno Yggdrasil; hogar de los aesir, en él se encontraba el Valhalla gobernado por Odín. Representación de Otto Schenk basada en las óperas de Wagner.

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Puertas entre mundos

La relación de los humanos con estos seres debería considerarse más de negociación que de veneración. Para convencerlos de que actuaran a favor de uno o en contra de sus enemigos había que “sobornarlos”, con presentes como objetos de metal -la mayoría de ofrendas encontradas son de metal, como armas o anillos-, bienes de lujo como barcos o, en algunos casos, sacrificios tanto de animales como de personas. La naturaleza de estos regalos variaba según el tipo de criatura, por lo que las ofrendas encontradas pueden dar pistas sobre a quién estaban destinadas.

No solo las divinidades eran adoradas. Se sabe que una parte del culto era doméstico e iba dirigido a criaturas sobrenaturales próximas a la vida cotidiana, como los elfos, a los que había que contentar para que brindaran prosperidad al hogar. Una particularidad es que se veneraba también a criaturas que se consideraban en cierto grado malvadas o problemáticas, para contentarlas y que no provocaran desgracias. Especialmente reverenciadas eran las nornas Urd, Verdandi y Skuld, que vivían en las raíces del Yggdrasil y tejían en tapices los destinos de todos los seres.

Freyr

Freyr

Freyr era el señor de los álfr o elfos de luz, adorado como divinidad de la lluvia y la fertilidad y por lo tanto una figura principal del culto doméstico. Iba acompañado por Gullinbursti, un jabalí de oro regalo de los enanos que tiraba de su carro e iluminaba la noche con su resplandor. Ilustración de Johannes Gehrts.

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Los vikingos no tenían una figura que se pueda equiparar a un sacerdote, como los druidas en la cultura celta. Lo más próximo sería lo que hoy llamaríamos hechiceros o brujos: personas con un don especial para comunicarse con el mundo oculto, pero sin un cargo oficial dado por la comunidad, y que intercedían con las criaturas sobrenaturales por encargo y a cambio de dinero. Existían “especialistas” entre ellos, como profetas, adivinos o magos; y a juzgar por la imagen que nos dan los textos literarios no parece que fueran especialmente apreciados por la comunidad, al contrario, más bien aparecen a menudo como una especie de parias.

Aunque no había espacios cerrados que pudieran ser considerados como templos, en las excavaciones de residencias de la élite vikinga se han encontrado zonas con una considerable densidad de ofrendas enterradas, lo que hace pensar en áreas dedicadas específicamente al culto que podrían considerarse una especie de capillas privadas. En espacios al aire libre las zonas de culto aparecen como plataformas de piedra rodeadas por una especie de cercas, lo que hace pensar que recreaban un espacio sagrado donde pudiera tener lugar el contacto con los otros mundos.

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Separado pues de la lente del cristianismo, el particular mundo nórdico de lo sobrenatural aparece tal y como lo entendían quienes creían en él: una parte invisible de la realidad cuya existencia se podía tan solo rozar. Y tal vez, considerando que sus “dioses” tenían la fea costumbre de engañarse entre ellos, a menudo con terribles consecuencias, era mejor dejarles que se ocuparan de sus propios asuntos.