guerra civil española

La multitudinaria fuga del Fuerte de San Cristóbal

Considerada una de las mayores evasiones carcelarias de Europa, el 22 de mayo de 1938 un nutrido grupo de republicanos presos en el Fuerte de San Cristóbal logró escapar del temido penal. Tan solo tres llegaron a la frontera con Francia, y las consecuencias para el resto fueron devastadoras.

Pasillo de entrada al Fuerte de San Cristóbal, también conocido como el Fuerte de Alfonso XII. 

Foto: CC

El 22 de mayo de 1938, y al grito de "¡Sois libres!, ¡A Francia!", daba inicio una de las fugas más multitudinarias de la historia y quizás una de las más desconocidas. Setecientos noventa y cinco presos republicanos se daban a la fuga del Fuerte de San Cristóbal, una fortaleza con funciones de penal situada al norte de Pamplona, aprovechando que era domingo y que la mayoría de los carceleros se encontraba cenando. Veamos cómo ocurrió.

Presos en el infierno

El fuerte de San Cristóbal se alza en la cima del monte Ezkaba, al norte de la ciudad de Pamplona. El lugar, que tardó cuarenta años en levantarse, fue construido como una fortaleza durante las guerras carlistas. En 1934 fue reconvertido en prisión, y durante la guerra civil albergó a presos de todo tipo, la mayoría de ellos republicanos (un total de 2.497). El fuerte de San Cristóbal estaba considerado uno de los centros penitenciarios más duros de la Península. En una entrevista concedida a la Agencia Efe, el vocal de La Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra, Ángel Urío, narraba la dureza de las condiciones de vida en el penal, que eran extremadamente difíciles, ya que los presos sufrían una "mala alimentación, enfermedades, mucha humedad, frío y un hacinamiento espantoso".

Las condiciones de vida en el penal eran extremadamente difíciles, ya que los presos sufrían una 'mala alimentación, enfermedades, mucha humedad, frío y un hacinamiento espantoso', según Ángel Urío.

Ese domingo 22 de mayo había muy pocos militares en el fuerte, y los pocos que había se hallaban desarmados y se disponían a cenar. Fue entonces cuando una treintena de presos (que usaban el esperanto para comunicarse) aprovecharon para intentar huir. Consiguieron desarmar a muchos de los guardias y hacerse con sus armas; durante la refriega, solo uno de los guardias opuso resistencia y perdió la vida. Pero recelando de lo fácil que estaba resultando todo, muchos de los presos, que vieron las puertas de sus celdas abiertas, pensaron que era una trampa de los funcionarios para matarlos una vez las cruzasen. En un artículo del diario El País publicado el 21 de octubre de 2007 se recoge el testimonio de varios de los presos de San Cristóbal. Uno de ellos, Ernesto Carratalá, que en 2007 tenía 89 años, dijo lo siguiente: "El desconcierto era total. Había rumores, pero nunca pensamos que la fuga fuera a llevarse a cabo. Cada uno tiró por su lado; algunos, que incluso pensaron que se había terminado la guerra, fueron directos a la estación de tren de Pamplona y trataron inocentemente de comprar un billete con los vales de la prisión. Naturalmente, los detuvieron enseguida. Yo calculo que estuve unos 15 minutos corriendo desorientado por el monte hasta que oí claramente el toque de trompeta de las fuerzas que venían de refuerzo desde Pamplona, así que decidí regresar a la prisión. Para cuando llegaron los refuerzos militares de Pamplona, yo estaba en mi sitio de siempre".

Un profundo foso rodeaba los límites del Fuerte de San Cristobal, dificultado tanto el acceso como la huída.

Un profundo foso rodeaba los límites del Fuerte de San Cristobal, dificultado tanto el acceso como la huída.

Foto: CC

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Una cacería humana

Tras la fuga, las noticias llegaron a Pamplona y las autoridades franquistas enviaron enseguida refuerzos al penal con la intención de dar caza a los fugados. Varios camiones militares equipados con reflectores consiguieron abortar parte de la fuga y capturar a un gran número de evadidos. De inmediato empezaron las batidas para detener al resto de huidos, unos 795, que se lanzaron desesperadamente hacía la montaña, descalzos y mal vestidos, en dirección a la frontera francesa. Los presos eran perseguidos sin tregua y abatidos uno a uno, aunque algunos fueron detenidos de nuevo y pudieron salvar la vida. En el mismo artículo del diario El País, otro de los antiguos presos, Félix Álvarez, recordaba: "Las tropas nos perseguían a tiros por el monte, nos iban matando como a conejos, al que veían lo mataban, así que nos fuimos dividiendo y dividiendo, y al final íbamos dos gallegos y yo, que soy de León, juntos. No sabíamos dónde estaba Francia. Por la noche avanzábamos y por el día permanecíamos agazapados, hasta que ya no aguantamos más el hambre y nos arriesgamos de día. Llegamos a un pueblo, Gascue-Odieta, y una mujer avisó a los militares. Vinieron a por nosotros, pero, antes de devolvernos al fuerte, la señora nos dio el mejor manjar que he probado en mi vida, un plato de sopa, ¡con fideos!".

Unos 795 presos se lanzaron desesperadamente hacía la montaña, descalzos y mal vestidos, en dirección a la frontera francesa. Eran perseguidos sin tregua y abatidos uno a uno, aunque algunos fueron detenidos de nuevo y pudieron salvar la vida.

De los 795 hombres que lograron fugarse de San Cristóbal, solo tres pudieron llegar a la frontera francesa; el resto, 585, fueron apresados de nuevo, y los demás fueron abatidos en el monte o fusilados posteriormente. Algunos fugados fueron muy difíciles de capturar. Por ejemplo el último de ellos, que recibió el apodo de "Tarzán", ya que sobrevivió durante un tiempo alimentándose a base de ranas y cangrejos de rio. Los prisioneros muertos fueron enterrados en poblaciones vecinas, en fosas comunes, pero el flujo de cadáveres era tal, que sus habitantes al final se negaron a recibir más cuerpos. Entonces las autoridades habilitaron cerca del fuerte un cementerio conocido como "el cementerio de las botellas", ya que cuando un preso era enterrado el sacerdote o bien el enterrador le colocaba una botella entre las piernas con su nombre, apellidos y procedencia. En ese cementerio fueron enterrados 131 presos.

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Muertos por la libertad

La multitudinaria fuga cogió por sorpresa al por entonces jefe de la guarnición, el alférez Manuel Cabeza, que había decidido pasar una tarde que en principio se preveía muy aburrida en Pamplona. Su negligencia le costó cara: veinte meses de cárcel. Pero, al final, fue sometido a un Consejo de Guerra en enero de 1945 y absuelto de todos los cargos. Las autoridades justificaron la elevada cifra de muertos alegando "su resistencia a ser capturados, por desobedecer las intimidaciones de la fuerza pública o hacer armas contra ella. La temeridad de la intentona y la fatalidad de los hechos producto de los combates entablados durante su busca y captura". Catorce de los diecisiete impulsores de la fuga fueron fusilados en pleno centro de Pamplona. Uno de los procesados que se libró de la pena capital apareció descrito en el sumario de la causa como un "psicópata inadaptado a la sociedad civil, débil mental". Este joven se llamaba Gregorio Morata Gómez, tenía diecinueve años y era deficiente mental.

En el monte Ezcaba, cerca del antiguo fuerte de San Cristóbal, se yergue este monumento que recuerda las víctimas de la desastrosa fuga. En la losa puede leerse: 'Por la libertad y por la República dieron la vida'.

En el monte Ezcaba, cerca del antiguo fuerte de San Cristóbal, se yergue este monumento que recuerda las víctimas de la desastrosa fuga. En la losa puede leerse: 'Por la libertad y por la República dieron la vida'.

Foto: CC

Uno de los procesados que se libró de la pena capital apareció descrito en el sumario de la causa como un 'psicópata inadaptado a la sociedad civil, débil mental'. Este joven se llamaba Gregorio Morata Gómez, tenía diecinueve años y era deficiente mental.

Al final, solo fueron tres los presos que consiguieron llegar a Francia, y de ellos solo se ha podido seguir la pista de uno, José Marinero Sanz, que murió en México, donde se casó y tuvo tres hijas. De los otros dos fugados que lograron cruzar la frontera nunca más se supo. El desenlance fue tan trágico que algunos de los huidos, como dijo Félix Álvarez en el artículo de El País, se arrepintieron amargamente: "No nos teníamos que haber fugado. Salimos sin provisiones, muy débiles, sin conocer la zona. Fue un error, pero nos estaban matando de hambre y de frío". El malhadado penal fue clausurado en el año 1945, siendo abandonado definitivamente por el ejército en 1987. A día de hoy sigue cerrado y es propiedad del Ministerio de Defensa. En 1988, cincuenta años después de la fuga, se erigió un monumento en una de las laderas donde se recuerda a todos aquellos presos que cayeron en busca de su libertad.