Conquistadores

La muerte de Athaualpa, el último soberano Inca

Su captura por Francisco Pizarro tras la batalla de Cajamarca supuso el fin del Imperio Inca

Tras ejecutar al emperador Inca los conquistadores le dieron un entierro cristiano, pues se había bautizado para escapar de la hoguera. Óleo por Luís Montero, 1867, Museo de Arte de Lima.

Foto: Wikimedia Commons

El 26 de julio de 1533 el dominico Vicente de Valverde entraba en la celda de Atahualpa, el soberano del Imperio inca, para anunciarle, a través del intérprete, su próxima muerte. Los españoles, dispuestos a terminar la conquista del Perú, le acusaban de idolatría y rebelión y lo habían sentenciado a ser quemado vivo en la hoguera, aunque si abrazaba la fe de Cristo se le ejecutaría mediante el garrote. Atahualpa pidió ver a Francisco Pizarro, el gobernador nombrado por el rey de España, para rogarle que cuidara de sus deudos, pero aquel no quiso verle. Su suerte estaba echada.

La serie de acontecimientos que llevaron a ese trágico desenlace se había iniciado ocho meses antes. Por entonces Pizarro, llegado de Panamá al frente de una reducida fuerza de 180 hombres, llevaba más de un año recorriendo la costa de Ecuador y Perú. Durante ese tiempo le habían llegado noticias sobre la guerra que desde hacía años desangraba al Tahuantinsuyo, el Imperio inca. En efecto, tras la muerte de Huayna Cápac en 1527, su hijo Atahualpa se había alzado contra el sucesor legítimo, su hermano Huáscar, a quien tras cruentos enfrentamientos había logrado apresar en Cuzco. En busca de un encuentro decisivo con el Inca triunfante, en septiembre de 1532 Pizarro y sus hombres emprendieron la marcha hacia Cajamarca, en cuyos alrededores se había concentrado el ejército de Atahualpa, compuesto al menos por 30.000 hombres.

El 15 de noviembre de 1532 Pizarro entraba en la ciudad, prácticamente desierta, y enviaba acto seguido al campamento de Atahualpa una embajada compuesta por Hernando Pizarro y Hernando de Soto, que solicitaron al Inca una audiencia con Francisco Pizarro. Atahualpa, infravalorando la fuerza de los españoles, aceptó, y el encuentro tuvo lugar al día siguiente.

LA ENCERRONA DE CAJAMARCA

Des de la plaza de Cajamarca, los españoles vieron avanzar la impresionante comitiva inca, de radiante colorido. Pizarro se afanaba en descubrir las armas de los escuadrones de guerreros que actuaban como escolta del Inca, en apariencia desarmados; por su parte, él también había ordenado que sus soldados se ocultaran. Por fin vislumbró la litera real, sostenida por 80 hombres. En su interior Atahualpa ceñía sobre su cabeza la mascapaicha, la borla roja engarzada en oro que pendía del llauto, una cinta de lana que formaba el tocado real; sobre su pecho lucía un espléndido collar de esmeraldas. Los rayos del sol refulgían sobre el oro y la plata que recubrían el trono.

Cuando al atardecer, tras alguna demora, Atahualpa hizo su aparición en la gran plaza de la ciudad, ninguno de los capitanes de Pizarro le esperaba para darle la bienvenida que la calidad de su persona exigía. Tan sólo estaba allí el capellán, Vicente de Valverde. Armado con una cruz y una Biblia, habló al Inca de la necesidad de reconocer al emperador Carlos V y al único Dios.

Cuando Atahualpa quiso saber dónde estaba la palabra de Dios, el fraile señaló la Biblia. Los incas, como todos los pueblos andinos, ignoraban la escritura y, en cambio, estaban habituados a los oráculos, de modo que Atahualpa pidió al capellán el libro y, cuando vio que de él no salía ninguna palabra, lo arrojó al suelo diciendo que a él «no le decía nada».

Pizarro capturando a Atahualpa según John Everett Millai, Londres, Museo de Victoria y Alberto, 1845.

Foto: Wikimedia Commons

El capellán se retiró mientras Atahualpa profería amenazadoras exclamaciones. Pizarro dio entonces la señal para la emboscada que le había preparado al Inca. Pedro de Candía disparó el falconete y la caballería y la infantería española se lanzaron contra los incas, pasándolos a todos a espada. En el fragor de la batalla Atahualpa se vio rodeado en su litera por los españoles, que lo apresaron y trasladaron a empujones al interior del palacio de la ciudad.

Llegada la noche, Pizarro invitó a Atahualpa a cenar con él y sus generales. Ya en la mesa, se dirigió al Inca y le repitió parte del discurso del dominico, insistiendo en que el único Dios apoyaba a su emperador, el gran señor al que representaba. A cambio de su amistad, Atahualpa debía poner a su servicio todo su Imperio, cuya extensión todavía no alcanzaba a imaginar.

Atahualpa no tardó en habituarse a la vida en cautividad. A través de intérpretes conversaba largo tiempo con Pizarro y, sobre todo, con el hermano de éste, Hernando, de quien se hizo amigo. Hacía toda clase de preguntas a los españoles y compartía sus entretenimientos, como el juego de damas.

UNA HABITACIÓN LLENA DE ORO

Pero no por ello renunció a recobrar la libertad. Ante la codicia que mostraban los españoles, Atahualpa decidió jugar sus cartas. Describió a Pizarro las grandezas de su Imperio y, a cambio de respetar su vida, le prometió entregarle a Huáscar y un enorme botín. Levantando el brazo afirmó: «Llenaré para vosotros, para que lo repartáis entre todos cuantos os encontráis ahora en esta ciudad, esta estancia con piezas de oro y con granos de oro sacados de las minas de mi tierra, y dos veces más la llenaré con piezas y lingotes de plata».

La inaudita promesa del Inca le sirvió para ganar tiempo. Durante los meses siguientes, con el pretexto de reunir el inmenso rescate prometido, Atahualpa mantuvo contactos con sus seguidores. Su principal objetivo era impedir que Huáscar contactara con Pizarro, ya que temía que hiciera valer su legitimidad y se ganara el favor del gobernador español; para ello la solución más efectiva era eliminarlo físicamente.

Huáscar es asesinado por los incas y arrojado al río Yanamayo.

Foto: Wikimedia Commons

Tomó la precaución de comunicar a Pizarro la muerte de Huáscar antes de que ocurriera, para desmentirla en caso de que su captor montase en cólera. Pero Pizarro, que tan sólo quería que llegara el oro prometido, aceptó las explicaciones que exculpaban a Atahualpa. Éste ordenó entonces a su general Challcuchima, que tenía el encargo de trasladar a Huáscar a Cajamarca, que le diera muerte y luego se dirigiera a Quito, donde aguardaba Rumiñahui, otro de sus capitanes, para desde allí intentar liberarle por las armas.

Mientras tanto, la situación de Atahualpa en Cajamarca se complicaba. Los correos del Inca con el oro del rescate llegaban con demasiada lentitud. También entraron en Cajamarca más españoles al mando de Diego de Almagro, reforzando la posición del gobernador. Además, Hernando Pizarro consiguió capturar mediante un engaño a Challcuchima, quien, tras ser torturado, reveló los planes de Atahualpa. Esto hizo que el trato que Pizarro dispensaba a Atahualpa, hasta entonces deferente, cambiara de forma radical.

Atahualpa no vio otra salida para conservar la vida que proponer a Hernando Pizarro que le llevara a España para negociar con su igual, el emperador Carlos V. Hernando apoyaba esta petición, pero sus diferencias con Almagro hicieron que el 12 de junio partiera a España con el quinto real.

Atahualpa es llevado a la plaza de Cajamarca para su ejecución, grabado de 1851.

 

Foto: Wikimedia Commons

Justo un día después llegó el grueso del oro de Cuzco: 200 cargas de oro y 20 de plata, que Pizarro procedió a repartir entre sus compañeros de expedición. De esta forma se cumplía la promesa que meses antes había hecho Atahualpa, y el gobernador, en nombre del rey, debía devolverle lo que tan generosamente había comprado: su libertad. Pero Pizarro no tenía intención de cumplir el pacto; él y sus consejeros sabían que hacerlo significaría poner en peligro la conquista española del Imperio inca. Además, seguían circulando rumores de que Atahualpa organizaba movimientos de tropas contra los españoles y que preparaba una sublevación.

El Inca también tenía sus defensores entre los españoles, como Hernando de Soto, que se presentó voluntario para batir la sierra en torno a Cajamarca y así disipar los temores sobre la supuesta rebelión de los simpatizantes del Inca. Pero, precisamente durante la ausencia de Soto, Pizarro instituyó un tribunal para juzgar a Atahualpa, compuesto por funcionarios y capitanes españoles. Su sentencia estaba escrita de antemano. El 26 de julio de 1533 el Inca fue conducido a un cadalso en la plaza de Cajamarca, donde, después de recibir el viático y la extramaunción, fue ejecutado en el garrote.

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