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El dios Anubis inclinado sobre una momia.

Foto: Cordon Press
El dios Anubis inclinado sobre una momia.

Foto: Cordon Press

Curiosidades de la Historia: Episodio 62

Momias, el arte secreto del Antiguo Egipto

La costumbre de la momificación en Egipto es probablemente un producto de las condiciones climáticas y geográficas del país. Te contamos los secretos de la momificación en Egipto.

La costumbre de la momificación en Egipto es probablemente un producto de las condiciones climáticas y geográficas del país. Te contamos los secretos de la momificación en Egipto.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST


La costumbre de la momificación en Egipto es probablemente un producto de las condiciones climáticas y geográficas del país. Las momias más antiguas datan de finales del IV milenio a.C. y eran lo que podrían denominarse momias naturales. Por entonces los cuerpos se enterraban en el desierto, donde la arena caliente actuaba como un poderoso agente desecante que eliminaba la humedad y, por tanto, frenaba la putrefacción del cuerpo. La momificación artificial surgió cuando los cadáveres pasaron a colocarse dentro de un ataúd y en una tumba, perdiéndose así el contacto con la tierra, lo que llevó a idear métodos para lograr la preservación de los cuerpos.
Este empeño guardaba relación con las creencias religiosas de los egipcios. Para ellos, el ser humano era una amalgama de elementos, unos materiales –el cuerpo, la sombra y el nombre– y otros asociados con el espíritu supraterrenal: el ka o energía cósmica que se recibía al nacer, el ankh o aliento vital y el ba, la personalidad o psique. La muerte significaba la separación de esos elementos, pero ésta era sólo momentánea, pues el individuo renacía en la vida de ultratumba reunificando sus primeros componentes. La momificación servía justamente para conservar el cuerpo en su sepulcro o «morada de eternidad», de modo que su ba pudiera acudir a él y reconocerlo.

La momificación estaba a cargo de unos profesionales altamente cualificados, los embalsamadores. Dado que éstos debían cumplir una serie de rituales, formaban parte de una clase social de sacerdotes y probablemente mantenían una estrecha asociación con los médicos. Diversos papiros nos informan de los personajes que participaban en la operación. Uno de los más destacados era el llamado «Señor de los Secretos» (hery sesheta), que ejecutaba los rituales llevando una máscara de Anubis, dios del embalsamamiento. Esta divinidad era quien dirigía el ritual y la que trataba la cabeza del difunto con sus propias manos. Asimismo, había sacerdotes lectores (hery heb) que pronunciaban las instrucciones del ritual así como las recitaciones mágicas a medida que se iban añadiendo las vendas. En cambio, los cortadores, que se encargaban de hacer la incisión en el cadáver y extraer las vísceras, tenían el estatus social más bajo, debido a la impureza asociada al ritual. De hecho, los testimonios de época griega cuentan que en ocasiones estos cortadores se veían obligados a huir de la tienda de embalsamamiento ante la lluvia de piedras que les arrojaban los compañeros.

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Durante los imperios Antiguo y Medio había tan sólo un equipo de embalsamadores reales, que se encargaba de la momificación de los miembros de la familia del faraón y de los cortesanos y oficiales a los que el monarca concedía ese privilegio. Al generalizarse la momificación aparecieron un gran número de talleres independientes, aunque la calidad de su trabajo era variable –cabe suponer que dependía del «presupuesto» de los clientes– y no podía compararse con la de los talleres reales.

Los embalsamadores realizaban su tarea durante el largo período que mediaba entre el fallecimiento y el entierro, normalmente unos setenta días, aunque hay referencias a casos de hasta 274 días (tumba de Meresankh en Gizeh,
de la dinastía IV). El historiador griego Heródoto contaba que después del duelo, el difunto era entregado a los embalsamadores, que «muestran a quienes lo han traído unos modelos de cadáveres en maderas, copiados del natural», unos más caros que otros. Una vez acordado el tipo de embalsamamiento y el precio, la familia volvía a su casa y daba inicio el trabajo del embalsamador.

La primera fase se desarrollaba con cierta rapidez, pues con el calor de Egipto la descomposición no tardaba en manifestarse. El primer paso era el ritual de purificación del difunto, el cual tenía lugar durante tres días en una estructura temporal llamada ibw, donde se procedía al lavado del cuerpo. Una vez que el cuerpo era purificado, se llevaba a la wabet («lugar puro») o per nefer («la casa bonita»), donde durante setenta días se llevaba a cabo la momificación propiamente dicha.

Según Heródoto, los embalsamadores empezaban su trabajo vaciando la cabeza del cadáver. Para los antiguos egipcios, el cerebro carecía de importancia como sede de la razón y el pensamiento, y por ello no hacían esfuerzo alguno por preservarlo. Según el historiador griego, en el cráneo ya vacío se vertía un líquido resinoso que al enfriarse se solidificaba.
A continuación se extraían los órganos internos a través de una incisión lateral que, según los estudios realizados, casi siempre se hacía en el lado izquierdo del abdomen. El corazón, sede de la sabiduría, era deliberadamente dejado en su sitio: las recitaciones 27, 28 y 29 del Libro de los muertos expresan la importancia de mantener este órgano unido al cuerpo, motivo por el que el difunto se defiende de quien quiera desposeerlo de él: «¡No me quitéis mi corazón, no critiquéis la víscera de mi corazón! Que mi corazón no dé lugar a reprimendas, porque es mi corazón».

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Un paso decisivo en el proceso de embalsamamiento era la eliminación de la humedad del cuerpo, por lo que se hacía necesario un agente deshidratador que lo secara y que, a la vez, lo dejara flexible. El material elegido fue el natrón en estado sólido, una sustancia natural de carbonato de sodio y bicarbonato sódico que, al igual que la arena caliente, era un poderoso desecante. El cuerpo se cubría con este producto de pies a cabeza. Según las fuentes, tenía que estar en contacto directo con estas sales durante unos cuarenta días.
Un buen baño de natrón
Los estudios certifican que el cuerpo se deshidrataba tanto exterior como interiormente. Existen evidencias de que después de la extracción de las vísceras, la cavidad torácica se rellenaba con pequeños sacos de natrón para que el cuerpo se secara también por dentro. La cantidad de natrón empleada multiplicaba varias veces el volumen del cuerpo. En el experimento realizado con un cadáver humano por los egiptólogos Bob Brier y Ronald Wade en 1994 se comprobó que hacían falta 264 kilos de natrón para cubrirlo enteramente y así poder desecarlo sin margen de error.

Tras la deshidratación, para que el cuerpo recuperara su elasticidad se procedía a ungirlo con diversos aceites y resina líquida, que tal vez contribuyeran a prevenir o retrasar el ataque de insectos y encubrir los malos olores de la descomposición que se podían haber producido durante la momificación. Diodoro Sículo describe así el proceso: «En conjunto dan al cadáver un cuidado escrupuloso durante más de treinta días, primero con aceite de cedro y otros productos, después con mirra, canela y productos que pueden aportar no sólo una conservación prolongada, sino también buen olor».

El vendado de la momia tenía gran relevancia religiosa, por lo que estaba establecido con detalle. Mientras que en la mayoría de casos los difuntos se amortajaban con lino corriente, los de la realeza se cubrían con tejidos de lino especial de gran calidad. Los embalsamadores necesitaban unos quince días para el vendado, en el que cada acto era minuciosamente prescrito y se acompañaba de la apropiada recitación mágica.

Las diferentes partes del cuerpo se envolvían por separado y por último todo el cuerpo era cubierto de una manera compacta. El número de telas usadas suele variar de una momia a otra. Muchas veces eran propiedad del muerto y se marcaban con su nombre para diferenciarlas de las pertenecientes al taller de momificación. El gran coste de las telas era la causa principal de que en muchas ocasiones el difunto fuera vestido con prendas y telas desechadas, que se cortaban en tiras. Para proporcionar una mayor protección se colocaban amuletos de diferentes tipos, además de papiros con recitaciones y textos mágicos sobre la momia y entre las vendas.

Una vez concluido el trabajo de los embalsamadores, se llevaba a cabo el funeral. Si se trataba de un miembro de la élite, la momia se cubría con una máscara y se colocaba en un suntuoso ataúd que a su vez se encajonaba en un sarcófago. Una procesión fúnebre formada por familiares, amigos y sirvientes llevaba el sarcófago al sepulcro, la «casa de eternidad», donde el difunto renacería para gozar de una eterna bienaventuranza.

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