Una vida desdichada

Los momentos más trágicos en la vida de la emperatriz Sissi

Isabel de Baviera, más conocida como Sissi, es una de las reinas (o emperatrices) más famosas de la historia, pero también una de las que tuvo una vida más desgraciada. La muerte trágica de muchos de sus seres queridos, la mala relación con su suegra y lo estricto de la corte imperial la llevaron a una existencia desgraciada y depresiva.

Sissi

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La emperatriz Sissi fotografiada en la década de 1870.

Foto: Ludwig Angerer (CC)

La vida de la emperatriz Sissi estuvo muy lejos de ser un cuento de hadas. Isabel de Baviera no estaba hecha para una corte extremadamente conservadora como la del Imperio Austríaco: desde su llegada se sintió vigilada y juzgada, especialmente por su suegra, la estricta archiduquesa Sofía. La muerte de varios de sus familiares más cercanos, incluyendo su hija primogénita y su hijo, no hizo más que agravar este sentimiento de soledad y la sumió en una profunda depresión. Estos fueron algunos factores que marcaron la vida de una de las emperatrices más famosas y desgraciadas de la historia moderna europea.

Una corte asfixiante

Acostumbrada al ambiente de relativa libertad en el que había sido criada, la estricta corte de Viena, organizada según un riguroso protocolo, y especialmente la enemistad con la archiduquesa Sofía fueron una carga demasiado pesada para ella. Desde el principio Isabel no fue de su agrado: la candidata que ella había elegido para casarse con su hijo Francisco José era Elena, la hermana mayor de Sissi. Sin embargo, cuando se conocieron en un encuentro organizado por la archiduquesa, el heredero prefirió a Isabel. El hecho de que su hijo le llevase la contraria en algo tan importante como la consorte imperial la predispuso en contra de su nuera desde el principio.

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De hecho, a la propia Sissi no le hacía especial ilusión este matrimonio porque le suponía separarse de su familia, de su amada Baviera y cargar con todo el peso de ser la reina consorte de una de las naciones más poderosas de Europa. Pero precisamente por eso, no podía permitirse rechazar al emperador y enemistar a su linaje con el Imperio Austríaco, por lo que accedió a prometerse con él. Empezó a padecer una creciente ansiedad, que se agravó con su llegada a Viena. El protocolo y la vigilancia constante de su suegra la asfixiaban y su marido, que al principio se había mostrado tan enamorado de ella como para llevar la contraria a su influyente madre, estaba ausente ocupándose de los asuntos de gobierno.

Isabel intentaba escapar como podía de esta situación, descargando su malestar con un ejercicio intenso. Era conocida por su comportamiento “excéntrico” e impropio de una emperatriz: hacía largas caminatas, montaba a caballo e incluso montó su propio gimnasio en palacio. Padecía depresión (especialmente desde la muerte de su hija) y en su botiquín llevaba siempre una jeringuilla con cocaína, que por aquel entonces se usaba como sedante. Probablemente sufría también anorexia, puesto que comía muy poco y se obsesionaba con su peso aunque este ya era muy bajo (cincuenta kilos para una mujer que medía algo más de metro setenta); y seguía una dieta proteica que a veces se limitaba a exprimir el jugo de la carne.

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Muertes trágicas

La muerte acompañó siempre a Sissi. Varios de sus seres queridos murieron de forma inesperada, trágica y a veces extraña. Entre su familia bávara le marcaron especialmente dos muertes: la primera fue la de su querido padre, el duque Maximiliano de Baviera, en 1888, aunque fue por causas naturales. En 1897 le siguió Sofía Carlota, la hermana menor de los duques y aquella con la que Isabel tenía una relación más estrecha: murió durante un incendio en París, donde participaba en un mercado solidario. Desde entonces el carácter de Sissi se volvió aún más melancólico.

Pero la emperatriz ya llevaba décadas sumida en una espiral de desgracia. En 1855 nació su hija primogénita, Sofía Federica, que inmediatamente fue apartada de su lado por orden de la archiduquesa Sofía, quien consideraba a Isabel incapaz de criarla: solamente podía ver a su hija con el permiso de su suegra y siempre estando ella presente. Tras rogar a su marido que intercediera por ella, la archiduquesa cedió y le permitió tener a la niña con ella, pero esto daría lugar a una tragedia inesperada: en 1857, durante un viaje a Budapest, la pequeña Sofía y su hermana menor Gisela enfermaron; Gisela se recuperó, pero Sofía murió. Esta tragedia marcó profundamente a Sissi, especialmente por el hecho de que había sido ella quien insistió para llevarse a las niñas en el viaje.

Las muertes de su primogénita Sofía y del príncipe heredero Rodolfo sumieron a la emperatriz Sissi en una profunda depresión

La muerte de un hijo volvió a caer sobre ella en 1889: en este caso fue Rodolfo, el único varón que tuvo la pareja imperial y sucesor al trono. Lo encontraron muerto en un pabellón de caza de Mayerling junto con su amante, la baronesa María Vetsera. El caso se trató como un suicidio pactado, aunque es probable que se tratase de un asesinato: los cuerpos mostraban signos de violencia y eran conocidas las antipatías que el príncipe despertaba entre la aristocracia por sus ideas liberales. En cualquiera de los casos, su muerte marcó profundamente a Isabel, que nunca se había recuperado del todo de la muerte de la pequeña Sofía; desde entonces se retiró de la vida de la corte y llevó un luto riguroso.

Rodoldo de Habsburgo

Rodoldo de Habsburgo

El príncipe Rodolfo de Habsburgo, fotografiado en 1887.

Foto: George Grantham Bain Collection, Library of Congress

Tampoco su cuñado, el hermano menor de Francisco José, se salvó de la desgracia. Maximilano de Habsburgo era virrey del Reino Lombardo-Véneto, entonces en manos del Imperio Austríaco pero donde se agitaba desde hacía tiempo la lucha de los italianos por su independencia. Maximiliano intentó adoptar una posición conciliadora, contrariamente a la postura de Francisco José y la corte de Viena, que abogaban por aplastar la rebelión. Finalmente el virrey tuvo que dimitir y exiliarse a México, aunque pareció que la fortuna le volvía a sonreír cuando Napoleón III lo propuso como candidato a la corona imperial de México: sin embargo este fue un regalo envenenado, ya que en 1867 una revuelta liberal lo derrocó y lo condenó a muerte.

Finalmente la muerte alcanzó a la propia emperatriz en 1898, durante un viaje a Suiza. Un anarquista italiano, Luigi Lucheni, fingió tropezarse con ella y le clavo un estilete en el pecho; al principio la emperatriz no fue consciente de lo sucedido y atribuyó el dolor a un simple golpe, pero poco después se desmayó: el arma le había provocado una herida discreta pero fatal, que causó un taponamiento cardíaco y la mató en pocas horas.

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