Pueblos ibéricos de la Antigüedad

La misteriosa civilización de Tartessos

La civilización tartésica se desarrolló en el sur de la península Ibérica entre los siglos XII y V a.C. Su contacto con fenicios y griegos introdujo tecnologías, productos y animales desconocidos, y transformó el modo de vida de los pueblos ibéricos.

Tesoro de El Carambolo

Foto: José Luiz Bernardes Ribeiro / CC BY-SA 3.0

En el siglo IV a.C. el historiador griego Éforo de Cime escribió, entre otros muchos lugares, de “un mercado muy próspero, la llamada Tartessos, ciudad ilustre, regada por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre de Céltica”. Por aquel entonces no quedaba rastro de la civilización a la que se refería, que algunos identificaron con la legendaria Atlántida de Platón, y durante más de dos milenios se consideró uno de tantos mitos; hasta que bien entrado el siglo XX se descubrió un tesoro de la Edad del Hierro cerca de Sevilla, del modo en el que suelen descubrirse otros muchos tesoros: en el transcurso de unas obras.

Aquel hallazgo, bautizado como el tesoro de El Carambolo, fue la primera evidencia arqueológica de esta misteriosa civilización que tomó el nombre del río Guadalquivir, llamado antiguamente Tartessos, a cuyas orillas se desarrolló. Fue una de las más importantes culturas autóctonas de la península Iberica y, a través de su comercio con fenicios y griegos, protagonizó un cambio radical en el modo de vida de los pueblos ibéricos.

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¿Una cultura original?

Los orígenes de Tartessos son confusos y sigue abierto el debate acerca de si debe considerarse una cultura plenamente autóctona o el resultado de una transformación de una cultura previa a partir de su contacto con otros pueblos. Existe una evolución clara en el modo de vida de los habitantes del curso bajo del Guadalquivir antes y después del siglo IX a.C., cuando empezaron a tener contacto con los fenicios y griegos que se establecieron en la costa sur de la península.

Tartessos

Tartessos

En azul claro, área de influencia de la cultura tartésica.

Foto: CC Lanoyta

Con anterioridad a ese contacto, las comunidades se podían considerar preurbanas a todos los efectos: eran grupos reducidos, vivían en poblados pequeños y de construcción sencilla, la economía era simple -básicamente agricultura, recolección, ganadería y pesca- y no existía una gran especialización de las tareas ni una jerarquía social compleja. Pero las tierras en las que habitaban eran ricas en metales, incluyendo algunos que eran codiciados por los fenicios y griegos, como el oro y la plata.

La extracción y comercio de estos recursos fue el detonante de la transformación de los tartesios en una cultura urbana, de ahí que parte de los estudiosos planteen dudas sobre la originalidad de esta civilización y de si se habría desarrollado en ausencia de este incentivo. El hecho de que las fuentes que hablan de ellos sean posteriores a este encuentro arroja más dudas aún puesto que habla de una sociedad que ya estaba profundamente “contaminada” de elementos externos.

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La revolución venida de Oriente

Este periodo que empieza alrededor del año 700 es llamado orientalizante por un buen motivo: los tartesios absorbieron muchos elementos culturales de los fenicios, sus primeros grandes socios comerciales, como el alfabeto, la religión y prácticas culturales como la cremación de los difuntos. También la sociedad se orientalizó siguiendo el modelo de las metrópolis fenicias del Próximo Oriente: los poblados se transformaron en ciudades, las casas empezaron a construirse con habitaciones separadas destinadas a fines distintos, la población creció, las tareas se especializaron y la jerarquía se volvió más vertical con la aparición de una élite aristocrática.

La economía de los tartesios experimentó una auténtica revolución gracias a su contacto con los pueblos del Mediterráneo oriental. Los fenicios trajeron nuevos cultivos como la vid y animales deconocidos como los burros y las gallinas, haciendo mucho más productiva la agricultura y la ganadería. La gran aportación de los griegos fue, en cambio, el torno de alfarería, puesto que hasta entonces la cerámica se producía totalmente a mano: este invento permitió crear nuevos tipos de recipientes en los que almacenar los excedentes para periodos de escasez o para el comercio, tanto con los nuevos llegados como con otros pueblos ibéricos.

La economía de los tartesios experimentó una auténtica revolución gracias a su contacto con fenicios y griegos

El comercio de recursos minerales permitió a las élites enriquecerse y adoptar el concepto del lujo: a cambio de los metales preciosos podían obtener productos elaborados para el lucimiento personal, en vida pero también en la muerte, con la aparición de tumbas principescas. Los tartesios aprendieron ellos mismos la artesanía del metal para crear sus propios objetos de lujo, así como armas mejores fabricadas con hierro, una tecnología que desconocían.

Tesoro de La Aliseda

Tesoro de La Aliseda

El conjunto de piezas de oro hallado en La Aliseda (Cáceres), que tal vez fue el ajuar funerario de una dama de alcurnia, permite apreciar con claridad el influjo fenicio en el ámbito de Tartessos. Así sucede con el cinturón, que consta de más de sesenta piezas en las que se han representado temas orientales como grifos alados, palmetas y un hombre luchando con un león.

Foto: Prisma

El fin de los tartesios

Una ironía de la civilización tartésica es que desaparece de repente de la historia precisamente cuando parece estar en su momento de apogeo, a finales del siglo VI a.C. Esta época se corresponde con el reinado de Argantonio, el único de sus monarcas conocidos, y con dos hechos históricos de gran relevancia en la historia del Mediterráneo antiguo: a principios del siglo VI a.C. los babilonios conquistan las ciudades fenicias y en el año 535 a.C. los griegos, aliados de los tartesios, son derrotados por una coalición de cartagineses y etruscos en las aguas que separan Córcega y Cerdeña. A causa de esos dos acontecimientos, las colonias griegas y fenicias en el oeste del Mediterráneo quedaron aisladas de sus metrópolis.

Alrededor del año 500 a.C. deja de haber noticias de los tartesios, lo cual implica o bien su colapso o su destrucción o absorción por parte de los cartagineses

Esto por una parte interrumpía el comercio al que se dedicaban y, lo más preocupante, las dejaba desprotegidas frente a la nueva potencia del mar, Cartago. Es posible que esta quisiera hacer pagar a los tartesios su alianza con los griegos o que simplemente desearan apoderarse de las fuentes de riqueza que estos poseían. Sin embargo, no es descartable la teoría de un colapso económico, bien por la pérdida de sus socios comerciales, por el agotamiento de los recursos con los que comerciaban, o una combinación de ambos factores.

El único hecho seguro es que alrededor del año 500 a.C. deja de haber noticias de los tartesios, lo cual implica o bien su colapso o su destrucción o absorción por parte de los cartagineses. A partir de entonces la historia se mezcla con la leyenda, especialmente con el mito de Hércules, que habría viajado hasta aquellas tierras para realizar el décimo de sus trabajos, consistente en matar al gigante Gerión. Fue precisamente este héroe quien dio nombre al lugar que marcaba el extremo sur de los dominios de los tartesios: las Columnas de Hércules, las dos elevaciones -el peñón de Gibraltar en Europa y el monte Musa en África- que marcan el extremo occidental del Mediterráneo.