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Una bacanal romana.

Foto: Istock
Una bacanal romana.

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Curiosidades de la Historia: Episodio 60

Millonarios de la Antigua Roma

En el siglo I a.C., algunos romanos amasaron enormes fortunas con su actividad de prestamistas, promotores inmobiliarios o gobernadores de provincia.

En el siglo I a.C., algunos romanos amasaron enormes fortunas con su actividad de prestamistas, promotores inmobiliarios o gobernadores de provincia.

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TRANSCRIPCIÓN DEL PODCAST

En cualquier época, convertirse en millonario es un destino reservado a una pequeña minoría dotada de singulares aptitudes y escasos escrúpulos. Roma no fue una excepción. Es más, incluso se convirtió en el modelo de quienes han buscado posteriormente ese destino en nuestra cultura occidental. Las vías para hacerse rico en la antigua Roma eran diversas. Sin duda, la más rápida era la guerra, que podía proporcionar botines incalculables a los generales victoriosos. No menos provechoso resultaba obtener el gobierno de una provincia conquistada, que un procónsul o un propretor podían explotar de forma arbitraria para engrosar su fortuna personal. Hubo también quien se hizo inmensamente rico mediante el acaparamiento de propiedades agrarias, con los negocios derivados de las grandes contratas del Estado o, en fin, como banqueros o prestamistas a usura.

Entre saqueos, abusos de autoridad, prevaricaciones y usura, muchos romanos se enriquecieron a manos llenas. Algunos, simples bribones, no supieron administrar su patrimonio y perdieron capitales y dignidad, pero los más astutos aumentaron propiedades y fortuna con el préstamo, la inversión en inmuebles y el incremento de residencias y latifundios.

A finales de la República, en el siglo I a.C., hubo numerosos casos de enriquecimiento personal meteórico. No en vano, a ojos de muchos contemporáneos, ésa fue una época dominada por una irrefrenable pasión por el dinero, como reconoció el historiador Tito Livio: «Hoy, las riquezas han engendrado avaricia y los abundantes placeres, el deseo de lujo».

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El hombre más acaudalado de Roma en esos años fue Marco Licinio Craso (115-53 a.C.), apodado precisamente «el rico» (Dives). Según Plutarco, su patrimonio, que al comienzo de su carrera alcanzaba los 300 talentos, había ascendido hasta 7.100 antes de su muerte. Plinio, por su parte, aseguraba que poseía tierras por valor de 200 millones de sestercios. Craso estaba convencido de que nadie podía considerarse millonario si no era capaz de mantener un ejército a su costa. Si tenemos en cuenta que el mantenimiento de un par de legiones consulares costaba en torno a unos 2,5 millones de sestercios anuales, se entiende que aquel era un gasto fácilmente asumible por este potentado. Y en efecto, durante las luchas políticas en Roma, Craso no dudó en armar un ejército personal y en poner su fortuna y poder a disposición de terceros, tal como hizo con César, su aliado en el triunvirato que rigió Roma entre 60 y 53 a.C.

Aunque heredó de su familia una considerable fortuna, Craso la acrecentó enormemente por diversos medios. Así, se adjudicó a precios simbólicos los bienes que el dictador Sila confiscó a sus enemigos tras las proscripciones del año 81 a.C. Posteriormente creó una empresa inmobiliaria para adquirir por sumas irrisorias los apiñados edificios de viviendas baratas (insulae) que habían sido pasto de los frecuentes incendios o hundimientos en Roma. Compró hasta quinientos esclavos para trabajar como arquitectos y maestros de obras en la rehabilitación de los inmuebles y de este modo seguir disfrutando de sus rentas.
La mayor parte de los edificios de alquiler de la capital pasó a sus manos, con lo que Craso se convirtió en el mayor propietario en bienes inmobiliarios de Roma. El acaudalado triunviro murió víctima de su codicia, en el año 53 a.C., cuando al frente de su propio ejército emprendió una arriesgada ofensiva contra el Imperio parto. Derrotado en Carras (la actual Harrán, en Turquía), Craso fue capturado por los partos que lo asesinaron vertiendo en su garganta oro fundido, metáfora de la avaricia que le había caracterizado toda su vida.

La trayectoria de Julio César también muestra la imbricación entre dinero y política que se daba en la antigua Roma. César pertenecía a una familia romana de antiguo abolengo pero escasa fortuna, lo que lo obligó a endeudarse para financiar su carrera política. Según Apiano, antes de cumplir 40 años César arrastraba deudas por un importe de 25 millones de sestercios, y cuando fue elegido propretor de la Hispania Ulterior sus acreedores le amenazaron con embargar los fondos con los que el Estado le proveía si no cancelaba los préstamos. Fue Craso quien acudió en su ayuda actuando como fiador ante los prestamistas, lo que permitió a César marchar como propretor a Hispania y utilizar sus ganancias en el cargo para saldar sus deudas. Posteriormente, el botín obtenido en la guerra de las Galias (58-51 a.C.) le convirtió en el millonario que siempre quiso ser. La gloria militar y el enriquecimiento personal eran imprescindibles en Roma para conseguir éxito político y liderazgo institucional, y César fue el estadista que mejor supo ver y aplicar la inevitable necesidad de dinero para alcanzar el poder.

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También Gayo Salustio Crispo (86-34 a.C.), historiador y devoto partidario de César, se enriqueció gracias a las extorsiones que llevó a cabo como propretor de la provincia de África Nova. Con el producto del saqueo se hizo construir en Roma el fabuloso complejo conocido como Horti Sallustiani, los «jardines de Salustio», una opulenta villa suburbana dotada de espléndidos jardines, templos, pabellones porticados, termas, criptopórticos, estatuas, fuentes y ninfeos. La villa ocupaba una vasta área situada entre las colinas del Viminal, el Quirinal y el Campo de Marte, terrenos que anteriormente habían pertenecido a César y que años más tarde pasarían a manos de los emperadores.

En una tipología de ricos de la antigua Roma no pueden faltar los banqueros. Llamado en latín argentarius o nummularius, el banquero romano desarrollaba diversas funciones: cambio de moneda, depósito de fondos, intermediario en las subastas y, naturalmente, prestamista. Los intereses de los préstamos eran muy elevados,
y aunque una ley de mediados del siglo I a.C. los limitó al doce por ciento, a veces se exigía más, una práctica usuraria que los tribunales no pudieron erradicar y que ejercían notables miembros del Senado, latifundistas y acaparadores de tierras estatales.

A través del político y orador Cicerón nos podemos hacer una idea del gran poder que tenían los prestamistas en la Roma del siglo I a.C. Cuando se hallaba en el punto más alto de su carrera, Cicerón decidió irse a vivir al Palatino, la zona exclusiva de las clases dirigentes, pero como carecía de genealogía aristocrática y amplia fortuna familiar tuvo que recurrir a las tretas legales y a la usura.

En el año 62 a.C. recibió la donación de un cliente para comprar la casa que había pertenecido a Craso en la colina Palatina, algo por lo que fue muy criticado ya que la ley impedía que los abogados recibieran compensaciones económicas de sus clientes. Para pagar el inmueble Cicerón tuvo que recurrir a un préstamo de usura. A finales de ese año, se lamentaba en una carta al amigo que le recomendó la adquisición: «He adquirido la mansión [de Craso] por tres millones y medio de sestercios tras tu nota entusiasta para que la comprara. El caso es que ahora estoy tan endeudado que no dudaría en participar en una conspiración si alguien me acogiese». Unos días después, Cicerón confesó a su amigo Pomponio Ático que seguía buscando crédito entre algunos senadores usureros, tratando de encontrar una tasa de interés que no sobrepasase el máximo del doce por ciento legal.

Muchos de los prestamistas que hacían negocios lucrativos a costa de las necesidades de dinero de personajes como Cicerón pertenecían a un grupo social que tuvo gran poder económico: los libertos, antiguos esclavos emancipados. Muchos de ellos prosperaron en la corte de Augusto y sus sucesores. Hábiles administradores, aprovecharon su privilegiada situación para amasar fortunas extraordinarias, mucho mayores que la de Craso el Rico, según Plinio. Así sucedió con Calixto, liberto de Calígula; con Narciso, liberto del emperador Claudio y encargado de su correspondencia imperial, posteriormente condenado a muerte por Nerón, o con Palas, quien con Agripina, la esposa de Claudio, dirigió el Imperio romano durante un tiempo y acabó envenenado, también por orden de Nerón.

Más allá del ámbito de la corte, los libertos fueron uno de los grupos más dinámicos de la economía romana y destacaron por su papel como banqueros. A este propósito cabe recordar a uno de los personajes del Satiricón de Petronio, Trimalción, el liberto que organiza en su casa un espléndido banquete en el que él mismo se comporta con la vulgaridad de un nuevo rico. En la novela se explica cómo Trimalción se enriqueció gracias a una inversión que le procuró un beneficio de diez millones de sestercios, lo que le permitió dedicarse desde entonces a la actividad de prestamista. Pero no había que ser un antiguo esclavo para ejercer de usurero.

El hombre más acaudalado de Roma en esa época fue el filósofo Séneca, servidor de confianza tanto de Claudio como de Nerón, quien acumuló un capital superior a los trescientos millones de sestercios gracias a la usura.

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