Epidemias

Miles de leprosos en Molokai, la isla del olvido

Desde 1866, la península de Kalaupapa en Hawái fue sede de un lazareto en el que se encerró a 8.000 leprosos para que murieran. Aunque varios religiosos intentaron mejorar su situación, no fue hasta mediados del siglo XX que se pudo erradicar la enfermedad y cerrar este triste episodio de la historia.

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Aislada por tierra y mar, la península se convirtió en un infierno donde los enfermos eran abandonados a su suerte.

Foto: Cordon Press

La enfermedad de Hansen, habitualmente llamada lepra era un mal desconocido en Hawái cuando llegaron los primeros marineros occidentales en 1778 al mando del capitán Cook. Con ellos los occidentales no solo trajeron sus ansias de riqueza y descubrimiento, sino que también introdujeron en las islas terribles enfermedades como la gripe, para las que los indígenas no tenían defensas.

Cronología

CIEN AÑOS DE HORROR

1866

El rey Kamehameha V envía a los leprosos a Kalaupapa.

1873

El padre Damián llega al campo.

1889

Tras la muerte del sacerdote se endurecen las condiciones.

1933

Los Estados Unidos construyen instalaciones para los enfermos.

1946

Un nuevo tratamiento consigue curar la lepra.

1969

Finalmente se acaba con el confinamiento.

UN CAMPO DE MUERTE

Debido a la creciente llegada de colonos americanos y chinos la situación se fue agravando gradualmente hasta que, en 1865, el número de enfermos de lepra era tan numeroso que llegó a amenazar la supervivencia de la población hawaiana. Determinado a salvar a sus súbitos al precio que fuese, el rey de Hawái Kamehameha V, autorizó la creación de un campamento en el que los afectados permanecerían encerrados hasta el fin de sus días, pues no existía cura para esta dolencia altamente contagiosa.

Kamehameha the Fifth

Kamehameha the Fifth

Kamehameha V fue el responsable de la creación del campo.

Foto: Wikimedia Commons

El destino de los leprosos

La península de Kalaupapa en la isla de Molokai fue elegida como lugar de destino de los leprosos, pues un imponente acantilado de 610 metros de altura la separaba del resto de la isla, y sus playas solo eran accesibles en los días de buen tiempo. Así pues el gobierno expropió el terreno, e inició la construcción de un campo en la aldea de Kalawao.

El 6 de enero de 1866 llegaban los primeros infectados a la isla, 9 hombres y 3 mujeres, pero se encontraron con que no habían casas para todos y que la entrega de alimentos era insuficiente. En octubre del mismo año ya se habían enviado a Kalaupapa 142 personas, que malvivían bajo la impasible mirada del supervisor del campo, cómodamente instalado en la cima del peñasco. A la falta de comida se añadía la escasez de agua, pues el sistema de canalizaciones instalado en la montaña era muy limitado y tendía a secarse cuando no llovía.

Las condiciones del campo en los primeros años eran abismales.

Las condiciones del campo en los primeros años eran abismales.

Foto: Wikimedia Commons

Los internos comunicaron esta dramática situación a sus familias a través de cartas, y estos hicieron correr la voz de que los enfermos eran enviados a la península para morirse de hambre. Aterrados por las malas noticias que salían del campo, muchos decidieron ocultar a sus parientes infectados para que no sufrieran este terrible destino, mientras que otros decidieron sacrificarse y acompañarlos a Kalawao para cuidarlos. El hecho de que no se permitieran visitas y mucho menos salir, significaba que ser enviado al campo era una sentencia de muerte en vida para aquellos desgraciados que eran capturados por la policía.

La piedad del padre Damián

Pese a la desidia de la administración hubo algunas almas caritativas que decidieron mejorar la calidad de vida de los reclusos. El primero de ellos fue el padre Damián De Veuster, un sacerdote belga que solicitó al obispo de Honolulu permiso para crear una misión en Kalaupapa. El religioso llegó al lazareto en 1873, e impulsó un programa de saneamiento y construcción que transformó radicalmente lo que antes era un lugar desolado y sin esperanza.

La obra de Damián fue esencial para mejorar la situación en Kalaupapa.

La obra de Damián fue esencial para mejorar la situación en Kalaupapa.

Foto: Wikimedia Commons

Empezó por levantar una iglesia a Santa Filomena, patrona de los enfermos y las causas imposibles, alrededor de la cual fue organizando un complejo para cuidar de los enfermos. Gracias a su iniciativa e influencia en la capital, el padre Damián consiguió que todos los enfermos pudieran guarecerse en casas, edificó hospitales, escuelas y carreteras, e incluso estableció un sistema de granjas para que no se pasara tanta hambre en el asentamiento.

Al tiempo que mejoraba su situación material, De Veuster se preocupaba por la salud espiritual de los habitantes de su pequeña comunidad, convenciéndolos de que se convirtieran al cristianismo afirmando que aunque el mundo los hubiera dejado de lado, “siempre serían preciosos a ojos de Dios”. Asimismo enterró a los muertos, abandonados en medio de la desidia generalizada, y estableció una organización interna con leyes propias que eran aplicadas por un grupo de superintendentes.

Damián consiguió que sacerdotes y voluntarios se arriesgaran a trabajar en el lazareto. Aquí lo vemos con los niños del campo, para quienes construyó un hospital.

Damián consiguió que sacerdotes y voluntarios se arriesgaran a trabajar en el lazareto. Aquí lo vemos con los niños del campo, para quienes construyó un hospital.

Foto: Wikimedia Commons
La iglesia de San José fue la segunda que levantó el misionero.

La iglesia de San José fue la segunda que levantó el misionero.

La iglesia de San José fue la segunda que levantó el misionero.

Foto: Wikimedia Commons

El trabajo de Damián tuvo su recompensa cuando recibió la prestigiosa orden de Kalakaua, que le fue entregada por la princesa heredera de Hawái. Aunque el padre nunca se colgó una medalla que provenía del mismo gobierno responsable de la vergonzosa situación de su comunidad, la concesión lo hizo célebre en el extranjero, y pronto llegaron donaciones de Estados Unidos y la Iglesia de Inglaterra con las que pudo aliviar en parte el sufrimiento de los enfermos.

Su ejemplo motivó a algunos voluntarios indígenas y occidentales a unírsele, y con la llegada de siete hermanas de la Orden de San Francisco lideradas por la madre Marianne Cope en 1888, la misión pasó a contar con personal suficiente para atender debidamente a los leprosos. Sin embargo el tiempo pasado en el campo terminó por pasar factura al sacerdote, pues falleció de lepra en abril del año siguiente.

Tras 16 años cuidando de los leprosos, el sacerdote cayó víctima de la enfermedad.

Tras 16 años cuidando de los leprosos, el sacerdote cayó víctima de la enfermedad.

Foto: Wikimedia Commons

Encerrados en el paraíso

La hermana Cope tomó el relevo tras su muerte e impulsó la creación de un hospital solo para mujeres junto con una casa para los niños. Pese a estos cambios positivos, el recrudecimiento de la persecución a los leprosos tras un cambio de gobierno llenó la península de enfermos, que llegaron a sumar 1.200 a finales de siglo. La situación de los prisioneros se agravó con la aprobación de una ley que los obligaba a entregar a los hijos sanos que hubieran concebido, que eran enviados con su familia o en su ausencia a un orfanato estatal.

Marianne Cope y sus hermanas se esforzaron por aliviar los sufrimientos de la comunidad en los años finales del siglo XIX,

Marianne Cope y sus hermanas se esforzaron por aliviar los sufrimientos de la comunidad en los años finales del siglo XIX,

Foto: Wikimedia Commons
Con la anexión de Hawái a Estados Unidos la situación mejoró un poco, pues se construyeron numerosos barracones e instalaciones.

Con la anexión de Hawái a Estados Unidos la situación mejoró un poco, pues se construyeron numerosos barracones e instalaciones.

Foto: Wikimedia Commons

No obstante la situación del campo mejoró sustancialmente a partir de 1900 gracias al trabajo de la Junta de Sanidad, que trajo 1.000 cabezas de ganado a la península y convirtió la mayor parte de su superficie en tierra de cultivo. Además se amplió el sistema de abastecimiento de agua, con lo que al fin se terminó con el problema de las sequías. De este modo se mantenía ocupados a los enfermos, que no tenían que depender tanto de los impredecibles envíos de comida.

A principios del siglo XX, el campo era un extenso complejo de 374 edificios, los prisioneros eran acogidos primero en un hospital con capacidad para 200 personas, tras lo que se les distribuía en alguno de los 350 barracones que poblaban la península. Dos iglesias católicas y una protestante proporcionaban solaz espiritual a los enfermos, mientras que una tienda y 12 hospitales atendían a sus necesidades materiales. Con el tiempo la vida se fue normalizando dentro de lo posible, y la colonia contó desde 1933 con gasolinera, juzgado, oficina de correos e incluso un bar.

El fin de la pesadilla

Pese a estas mejoras, el campo seguía siendo un centro de internamiento permanente, pues el gobierno no deseaba soltar a los leprosos hasta que no existiera una cura. Afortunadamente un nuevo tratamiento a base de sulfona (un compuesto químico derivado del azufre) consiguió acabar con la enfermedad en 1946.

Aunque todavía estaban encerrados, los leprosos contaban con algunos servicios que daban a su vida una apariencia de normalidad como la gasolinera.

Aunque todavía estaban encerrados, los leprosos contaban con algunos servicios que daban a su vida una apariencia de normalidad como la gasolinera.

Foto: Library of Congress
En 1910 se levantó un faro en la península, cuyo personal vivía aislado de la colonia.

En 1910 se levantó un faro en la península, cuyo personal vivía aislado de la colonia.

Foto: Wikimedia Commons

A partir de 1947 ya se permitió a los leprosos salir temporalmente del campo, pues ya no podían infectar a otros, y en 1969 el Departamento de Salud abolió el confinamiento. Ya en libertad, algunos de los internos decidieron quedarse, pues el campo se había convertido en su hogar, un lugar en el que no eran rechazados por sus deformidades ni por el estigma que acarreaba su dolencia.

Hoy Kalaupapa es un lugar tranquilo en el que viven unos pocos enfermos y sus descendientes, los antiguos hospitales se han convertido en ruinas y la vida transcurre de manera tranquila en una península que fue durante más de cien años una prisión sin salida para 8.000 seres humanos.

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