Una marcha mortal hacia la esclavitud

Los mercados de esclavos de África en la Edad Media y Moderna

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, África fue lugar de paso de numerosas rutas de comercio de esclavos. Estos debían afrontar un viaje potencialmente mortal hasta los mercados y, dependiendo de su valor, una esclavitud más o menos dura.

Esclavos en Berbería

Foto: William O. Blake (CC) / The New York Public Gallery

Argel, siglo XIV. La ciudad famosa por ser el mayor nido de piratas del sur del Mediterráneo recibe una caravana de mercaderes que acaban de atravesar las ardientes extensiones del Sahara desde la ciudad de Tombuctú, en el Imperio de Mali gobernado por Mansa Musa, el hombre más rico del mundo. Llevan todo tipo de mercancías que esperan vender a buen precio, especialmente una muy codiciada: esclavos. Al menos, los que han sobrevivido a la travesía, pues otros reposan para siempre en la arena del desierto; y solo Dios sabe cuáles son más desgraciados. Las mujeres se convertirán en sirvientas domésticas -y seguramente, también sexuales- mientras que a los hombres probablemente les espera una vida de trabajos pesados, excepto a los que sepan idiomas o posean algún talento especial.

En la Edad Media la esclavitud era habitual, como lo era la costumbre de tomar como esclavos a miembros de otros pueblos. Sin embargo, debido a una particularidad de la ley islámica -la prohibición de esclavizar a otros musulmanes-, estos reinos debían obtener constantemente a sus esclavos desde fuera de sus fronteras, lo cual a veces resultaba complicado si se encontraban rodeados de otros estados que practicaban la misma fe. Esto animó la importación de esclavos desde dos focos: el Mediterráneo, dominio de los piratas y corsarios berberiscos; y el África subsahariana, territorio de los tratantes de personas desde hacía siglos.

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Rutas de la muerte

Tras la conquista del norte de África en los siglos VII y VIII d.C., el Califato Omeya y posteriormente las dinastías locales se adueñaron de los centros de comercio que antiguamente habían controlado los romanos, convirtiéndose en los nuevos “compradores finales” de una red de comercio de esclavos que llevaba siglos activa. Esta seguía tres grandes rutas: de sur a norte del desierto del Sahara, desde África Occidental hasta la costa mediterránea atravesando la cordillera del Atlas; de oeste a este del mismo desierto, desde África Occidental hasta el Mar Rojo; y de sur a norte de la costa del Mar Rojo, desde el Cuerno de África hasta Egipto.

Esta última ruta era particular en varios aspectos por el hecho de que las tierras conquistadas tenían frontera directa con otros reinos de un cierto calibre. Según la ley religiosa, se debía ofrecer a sus gobernantes la opción de pagar un tributo de protección a un soberano musulmán -normalmente un sultán, equivalente a un rey-, el cual debía garantizar que no fueran atacados. En caso contrario, se les consideraba en guerra con el Islam y era lícito esclavizar a sus súbditos. La ley, sin embargo, no decía nada acerca de adquirir esclavos por otras vías, como la compra o el tributo: por ese motivo, parte de los esclavos que procedían de esta ruta eran obtenidos en calidad de regalo del estado vecino.

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Se trataba también de la ruta con menos mortalidad al poder hacerse en parte por vía marítima o fluvial, descendiendo el Nilo. Las rutas que atravesaban el desierto eran, en cambio, mucho más peligrosas; especialmente la que iba de oeste a este. Además del riesgo de morir a causa del implacable clima, el desierto era territorio de los bandidos y los propios tratantes corrían el riesgo de ser esclavizados a su vez. Incluso si llegaban sanos y salvos a su destino, podían haber perdido parte de los esclavos por el camino y el negocio podía ser menos fructífero de lo que esperaban.

Un gran negocio

Los esclavos eran solicitados sobre todo por la gente de clase alta para ocuparse de las tareas domésticas o ayudar en los negocios de sus amos. No todos eran tratados igual: mientras que unos eran empleados en tareas pesadas y tenían una vida muy dura, existían esclavos instruidos a los que sus amos valoraban por sus conocimientos -especialmente como intérpretes, si el amo era un comerciante- y gozaban de una vida mejor, con una buena alimentación y cuidados médicos, puede que incluso mejor que muchas personas libres. Estos tenían la posibilidad de llegar a comprar su libertad con el tiempo, un derecho que no podía ser negado a ningún esclavo.

"La venta de los cautivos" (siglo XVII), autor desconocido

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San Pedro Nolasco fundó en el siglo XIII la Orden de la Merced, que reunía fondos para la liberación de cristianos cautivos, incluso a costa de entregarse ellos mismos como sustitutos si no alcanzaban a pagar el precio exigido.

Foto: CC

Como era habitual en el comercio de personas, las mujeres eran consideradas “mercancía de lujo” como concubinas. Su valor era tal que por sí solo motivaba expediciones con el único fin de conseguir esclavas de una determinada procedencia, hasta lugares tan lejanos como Irlanda o Polonia. Este tipo de trata era un mercado en sí mismo, tan importante que los asaltantes incluso se permitían matar a los hombres para poder llevarse a más mujeres.

Las propias rutas de comercio eran a la vez mercados. En las poblaciones situadas a lo largo del camino los mercaderes solían vender los esclavos de menos valor económico o que no vieran en condiciones de afrontar el camino: mejor obtener algo por ellos que arriesgarse a que murieran y perder la inversión que habían hecho. Por el contrario, los que podían ser vendidos por un mejor precio -mujeres de rasgos exóticos como rubias o pelirrojas, hombres fornidos o con conocimientos de idiomas- eran por norma general vendidos en el destino final, donde podían aparecer compradores dispuestos a pagar grandes sumas. Como el riesgo de muerte durante el viaje era alto, un tratante experimentado debía saber a cuáles priorizar y darles un mejor trato.

"Escogiendo a la favorita" (fecha desconocida), Giulio Rosati, óleo sobre tela

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Los gobernantes y nobles podían pagar auténticas fortunas para adquirir nuevas concubinas, por lo que los tratantes ponían especial cuidado en su salud antes de presentarlas a un posible comprador.

Foto: CC

Las grandes ocasiones

Como en todo negocio, había momentos propicios para el comercio de esclavos, lo que se podría llamar las grandes ocasiones. La más importante y recurrente era sin duda el hajj, la peregrinación anual a La Meca, que movilizaba a millones de personas: según el historiador egipcio Al-Maqrizi (1364-1442), a lo largo de la ruta era habitual la venta de esclavos y especialmente de esclavas; algunos, que raramente tenían ocasión de viajar, aprovechaban la ocasión para hacerse con mujeres exóticas que normalmente no eran vendidas en sus lugares de origen.

Mientras que para los más humildes el hajj era una obligación religiosa, para muchos era también un negocio y, para los más poderosos, una ocasión propagandística ideal para exhibir su importancia: el ya mencionado Munsa Musa hizo su peregrinación acompañado de miles de esclavos vestidos con ropas de lujo. Sin llegar a tales extremos, la compra de esclavos formaba parte de las preparaciones logísticas para el viaje, puesto que había que cargar con equipaje y provisiones.

Le Petit Parisien, portada del 2 de junio de 1907: "El mercado de esclavos de Marrakech"

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El comercio de esclavos empezó a decaer a medida que el abolicionismo ganaba fuerza y la industrialización sustituía la mano de obra esclava. Sin embargo, en el siglo XX existían todavía mercados de esclavos: Mauritania fue el último país en abolir la esclavitud, en 1981.

Foto: CC

Otro momento propicio para el comercio de esclavos era la coronación de un nuevo soberano puesto que, para congraciarse con él, quienes aspiraban a ocupar cargos o a mantener los suyos podían hacerle un regalo especial, como una exótica concubina -que en ocasiones podía convertise en una favorita, como fue el caso de Roxelana, a quien el sultán otomano convirtió en esposa legítima- o un esclavo instruido en artes. Y no solo los reyes eran agasajados: visitantes ilustres podían recibir un esclavo como muestra de hospitalidad, como fue el caso del famoso viajero Ibn Battuta, a quien el rey de Mali obsequió con un muchacho. Que, claro está, aceptó: en aquella época habría sido muy descortés -y seguramente peligroso- por parte de Ibn Battuta no valorar la “cortesía” del rey.