Mitología griega

Medea: bruja, "bárbara" y mujer

Hay varias versiones del mito de Medea, y muchas de ellas se centran en la gran culpa de la hechicera: haber matado a sus propios hijos. Para Eurípides, Medea cometió el crimen por venganza; para Pausanias, en cambio, es inocente. Pero la historia de Medea es también el espejo de la sociedad griega que temía y rechazaba al "diferente"

Medea

Foto: Cordon Press.

Medea, la bruja rabiosa, la mujer dispuesta a matar a sus propios hijos para vengarse de su marido. Jasón, el aclamado héroe de los argonautas, audaz, benévolo y hábil orador. Así, la tradición literaria, desde Eurípides, consagra estas dos figuras: una negativa, la otra positiva. Pero, ¿estamos tan seguros de que Medea es sólo eso, una hechicera que posee poderes ancestrales y que, a su antojo, utiliza horribles males?

Hija de la ninfa del océano Idia y de Aeta, rey de Cólquida, a su vez hijo del dios del sol Helio, Medea crece en una patria exótica, envuelta en el misterio. El suyo es un mundo arcaico que responde a leyes primitivas, una tierra lejana y desconocida de Asia Menor. Es aquí donde los argonautas, liderados por Jasón, van por orden de Pelias, el tío del héroe. Había usurpado el trono de su hermano Esón, antiguo rey de Iolco y padre de Jasón, y había pedido a su sobrino que se enfrentara al terrible dragón y conquistara el vellocino de oro para ser readmitido en su patria.

'Lady Hamilton como Medea'

'Lady Hamilton como Medea'. George Romney. Óleo sobre lienzo. 1786

Foto: Dominio Público

La compañía de los argonautas, tachonada de desafíos, parecería imposible, pero en ayuda de los jóvenes aqueos se precipita justo Medea que, según Apolonio de Rodas, fue alcanzada con la flecha de Eros por culpa de Afrodita. Medea vacila y titubea, como recuerda Ovidio en su Metamorfosis. Se debate entre el amor por un extranjero y el amor por su patria, pero al final elige a Jason. Movida por la llama de la pasión, le ayuda con pociones y hechizos, le asiste y le guía en todas las pruebas para que pueda eliminar al dragón y luego robar el vellocino de oro. A cambio, se convierte en su novia y se va con él. Según algunas versiones, entre ellas la de Apolodoro, Medea va mucho más allá: por amor a Jasón mata a su hermano pequeño Apsirto y esparce sus pedazos en el mar. Su padre Aeta, al mando de la flota que los persigue, se detiene para recomponer los restos de su hijo, y la nave Argo, en la que viajan Medea y los argonautas, se marcha sin ser molestada.

Un "bárbaro" en Grecia

Por amor a Jasón, Medea abandona Cólquida; renuncia a su familia, a la tierra donde creció, a sus comodidades y a su reputación de joven princesa virgen; se despoja de todas sus ropas para convertirse en una esposa fiel. Lo único que le queda es su magia, que la une a su tía Circe, hermana de Eeta, y su inteligencia, la misma que hizo que Hesíodo la describiera como una mujer "de ojos brillantes".

Jasón y Medea.

Jasón y Medea. John William Waterhouse. Óleo sobre lienzo. 1907

Foto: Dominio Público

De vuelta a Grecia, Medea acude de nuevo en ayuda de su marido Jasón: rejuvenece al moribundo Esón y engaña a las hijas del usurpador Pelias para que cometan un parricidio. Para tener éxito, la mujer trama, engaña y prepara filtros. Salva y mata, cura y hace el mal. Sin embargo, cada hechizo tiene siempre un único propósito: permitir a Jason liberarse de sus potenciales rivales.

Sin embargo, a los ojos de los griegos, sigue siendo una extranjera, una "bárbara", una inferior. Sin embargo, por el momento, sus sacrificios y su condición de extranjera en el mundo civilizado aqueo no constituyen un impedimento. Sólo se convertirán en un elemento disuasorio cuando Jasón decida repudiarla y pida la mano de Creusa (o Glauce, según las reescrituras), hija del rey de Corinto, Creonte. Sólo entonces Medea se convierte en una mujer salvaje e irracional, que antepone su instinto de venganza contra Jasón a su amor por los dos hijos que éste le ha dado. Fuera de sí, hace una locura y los sacrifica. La crueldad del crimen transmitido por la versión más famosa del mito, ha llevado a algunos psicólogos modernos a bautizar el síndrome de las madres infanticidas como el síndrome de Medea.

A los ojos de los griegos, sigue siendo una extranjera, una "bárbara", una inferior.

Diferentes versiones del mito

La realidad, si es que se puede hablar de realidad en un mito, es quizás bastante diferente. Medea no es sólo, o no del todo, la asesina de sus hijos. Es sin duda Eurípides quien contribuye a dicha versión, en la que una mujer desesperada elimina a su descendencia para cortar cualquier vínculo simbólico con su marido infiel. Incluso en la famosa obra del trágico ateniense, representada en el 431 a.C., Medea sigue siendo una figura atormentada. Por un lado, es la voz de la visión misógina griega cuando afirma que las mujeres son "incapaces, por naturaleza, de hacer el bien, pero muy expertas en todo tipo de maldad". Por otro, protagoniza intensos monólogos en los que condena la existencia femenina, sometida a la voluntad de los hombres, y se conmueve al pensar en la muerte de sus hijos, demostrando su fuerte instinto maternal. Sin embargo, sufre el rechazo de Jasón, que la ataca con un discurso vil y lleno de retórica, y también el destierro de Creonte de Corinto.

Medea y sus hijos muertos

Medea, con sus hijos muertos, huye de Corinto en un carro tirado por dragones. Germán D. Hernández Amores. Óleo sobre lienzo. 1887

Foto: Dominio Público

Acosada y acorralada, Medea encuentra en el asesinato de la joven prometida de Jasón, Creusa, y de su padre, Creonte, y luego en la masacre de sus hijos, la única venganza por un terrible agravio sufrido por el frívolo Jasón, que quiere ascender al trono de Corinto. La culpa de la mujer consiste en confiar en las promesas de un hombre, y su dolor de eros roto, de gamos -o matrimonio- engañado, es imposible de curar. Es Ovidio de nuevo, en las Eroides, quien le da voz, quien la hace llorar por un amor roto.

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Pero cuidado: la de Eurípides, Séneca y otros escritores no es la única versión del mito, que cambia y evoluciona cada vez porque se modela según la sensibilidad de los artistas; se transforma con el cambio de épocas, sociedades o instancias. Y una reinterpretación, aunque esté consagrada por la fama, no es más fiable que otra, porque el mito se alimenta de la historia presente en cada uno de nosotros.

Según otros tratamientos, como el de Pausanias, Medea no habría matado a sus hijos, sino que habrían sido los corintios quienes lo hicieron, porque los niños habían llevado a Creusa los regalos incendiarios de su madre, es decir, una corona y un peplos envenenado. Y no sólo eso. Detrás de los movimientos de los corintios se esconderían otras razones, fundamentales en la comprensión de la leyenda de Medea: el rechazo a la diversidad.

Medea

Medea. Anselm Feuerbach. 1870

Foto: Dominio Público

Mujer y diferente

Medea no nació en la Grecia civilizada. Es una "bárbara", una exiliada, y contra ella se lanzan los prejuicios, los miedos y las hipocresías de una cultura que, en el fondo, no admite lo diferente. Según Claudio Eliano (siglos II-III d.C.), un antiguo testimonio afirmaba que, a cambio de un fastuoso pago, Eurípides había inventado el infanticidio a petición de los corintios, sólo para exonerarlos del terrible crimen. Medea sería así un chivo expiatorio, una terrible asesina capaz de cualquier gesto, como la tradición quiso entonces presentárnosla.

No fue hasta el siglo XX cuando nuevas interpretaciones del mito rehabilitaron esta figura, convirtiéndola a menudo en portavoz de la denuncia del racismo y la xenofobia. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1949, el calabrés Corrado Alvaro imagina en La lunga notte di Medea (La larga noche de Medea) a una campesina, extranjera asediada por los habitantes de su pueblo de adopción, que realiza una locura para salvar a sus queridos hijos de las garras de sus nuevos compatriotas.

Medea

Medea. Alphonse Maria Mucha. 1898

Foto: Dominio Público

En la estela del feminismo y las reivindicaciones poscoloniales, la hechicera de Colchis tendrá cada vez más éxito, gracias también a maravillosas reescrituras como la de Christa Wolf. El escritor de la antigua República Democrática Alemana ofrece una interpretación política y en parte autobiográfica de Medea tras la caída del Muro de Berlín. En Medea, Voces (1996) defiende a la mujer, rechazada por los racistas corintios que, tras el suicidio de Creusa, atacan a los hijos de Medea. A este último no le queda más que el exilio. Porque Medea, desde Eurípides, es en todo caso una mujer huida, incomprendida, temida por sus increíbles dotes de encantadora y buscadora de la verdad, más allá del sabio pero a menudo hipócrita mundo griego.

En el carro de fuego de su abuelo Elio volará a Tebas y luego a Atenas, casándose con su rey Egeo. Seguirá tramando, sufriendo, lamentando los tiempos inocentes de su misteriosa y primitiva Colchis, que Pier Paolo Pasolini evoca con nostalgia en una reinterpretación cinematográfica en 1969, donde confía el papel de la hechicera a María Callas. Y, quién sabe, tal vez siga viendo en sueños el rostro sereno de sus hijos, para besar sus pequeñas manos y admirar sus dulces rasgos desfigurados para siempre.

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