El crimen de Boabdil

La matanza de los Abencerrajes en la Alhambra nazarí

Un sultán nazarí ordena dar muerte, en el corazón de la Alhambra, a los miembros del prominente linaje de los Abencerrajes. La estancia da al patio de los Leones; su bóveda descansa en ocho trompas de mocárabes (adornos en forma de prisma) donde se lee: «No hay más ayuda que la que viene de Dios, el clemente y misericordioso».

La matanza de los Abencerrajes. Óleo inacabado de Mariano Fortuny, conservado en el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Foto: Wikimedia Commons

La leyenda de la matanza perpetrada en la Alhambra contra varios caballeros del bando de los Abencerrajes por orden de Abu Abd Allah Muhammad, el rey Boabdil, envuelve la historia de Granada en el siglo XV. Está descrita en la primera parte de las Guerras civiles de Granada, novela de Ginés Pérez de Hita publicada en 1595, en un escenario literario de trasfondo verosímil: un tiempo convulso, donde las disputas de los linajes granadinos se entrelazan con las luchas entre cristianos y musulmanes, cuando falta poco para que Granada caiga en manos castellanas. El magnicidio impactó a los lectores que se acercaron a la obra de Perez de Hita para conocer la época y acabaron atrapados en la fascinación de sus escenas. En el capítulo trece se cuenta «la gran traición que los Zegríes y Gomeles levantaron a la reina mora y a los caballeros Abencerrajes, y muerte de ellos».

La conjuración

Al inicio de la novela se describen los preparativos del ataque a la plaza cristiana de Jaén, adonde se dirigen el Rey Chico –como se conocía a Boabdil– y su hermano Muza junto a miembros de varios bandos o linajes, entre ellos «ciento sesenta caballeros Abencerrajes, y otros tantos Alabeces; caballeros muy escogidos, y con ellos todos los Venegas», además de «caballeros Zegríes, y Gomeles, y Mazas».

En la batalla que sigue, los musulmanes son derrotados y sólo «el valor de los caballeros Abencerrajes y Alabeces» evita que sean «vencidos de todo punto», es decir, completamente aplastados. Tras la batalla, el sultán decide retirarse «un día a holgar a una casa de placer que llamaban los Alixares, y con él fue poca gente, y ésta eran Zegríes y Gomeles». Entonces la traición se pone en marcha.

PATIO DE LOS LEONES. En los versos de Ibn Zamraq grabados en la pila se lee: «¿No es el agua en verdad [...] igual que las mercedes que el califa dispensa a los leones de la guerra?».

Foto: Wikimedia Commons

Cierto día, el rey recuerda el combate de Jaén y un caballero zegrí –cuyo bando está enemistado con los Abencerrajes– dice que los cristianos ganadores en la batalla eran más valerosos que los Abencerrajes. Boabdil defiende a estos últimos, pero el zegrí responde que son traidores a la corona y le recomienda desconfiar de ellos: «Sabrás, poderoso rey, que todos los caballeros Abencerrajes están conjurados contra ti para matarte a fin de quitarte el reino. Y este atrevimiento ha salido de ellos porque mi señora la reina tiene amores con el Abencerraje llamado Albinhamad, que es uno de los más ricos y poderosos caballeros de Granada». Consumada la traición, el zegrí insiste en las maquinaciones de los Abencerrajes: «cada Abencerraje es un rey, es un señor, es un príncipe: no hay en Granada gente que no los adore: más preferidos son que vuestra majestad».

Tras verificar la acusación, el Rey Chico decide que «han de morir los Abencerrajes y la Reina ha de morir en fuego». Escuchadas las propuestas de prudencia y astucia en el tratamiento de tan delicado asunto, se decide llamar a los Abencerrajes al patio de los Leones de la Alhambra, el palacio que acoge a los reyes nazaríes y su corte, para degollarlos uno a uno, con objeto de no despertar suspicacias e impedir que reciban auxilio de su bando.

EL ADIÓS DE BOABDIL. El último rey de Granada se vuelve para despedirse de su ciudad. Óleo por Alfred Dehodencq. Siglo XIX. Museo de Orsay, París.

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La matanza

Tras una noche en vela, el rey se dirige al patio de los Leones, donde lo esperan el zegrí, treinta caballeros afines y un verdugo. Un paje llama a Abencarrax, alguacil mayor del reino, que rápidamente es degollado «en una taza de alabastro muy grande» que pertenecía a una fuente. Y así, «sin que nadie lo supiera», mueren 36 Abencerrajes, incluido el presunto amante de la reina. Pero no todos sucumben: un «pajecillo», con la ayuda de ilustres miembros de otros linajes, logra salvar la vida de más de doscientos Abencerrajes.

SALA DE LOS ABENCERRAJES. La bóveda se genera a partir de triángulos que sobresalen de los muros y que componen una estrella de ocho puntas; está iluminada por 16 ventanas.

Foto: Wikimedia Commons

La noticia del sangriento complot se extiende por Granada y estalla una sublevación popular al grito de «Traición, traición, que el rey ha muerto los caballeros Abencerrajes. Muera el rey, muera el rey; no queremos rey traidor». En ese momento entra en escena el rey Muley Hacén, padre de Boabdil, con el apoyo de la población favorable al partido abencerraje; y también Muza, hermano de Boabdil, cuya actitud diplomática consigue calmar los ánimos de la población enfurecida.

Veracidad histórica del crimen

Los Abencerrajes no son una invención histórica. Su nombre, castellanización del árabe Ibn al-Sarray, se identifica con un linaje privilegiado cuyos miembros más notables ejercieron de visires y embajadores al servicio de los reyes nazaríes. Para algunos especialistas, los Abencerrajes fueron los principales instigadores de las intrigas políticas de su tiempo. Así, para el historiador y arabista Luis Seco de Lucena los Abencerrajes ejercían el liderazgo en la vida política de la Granada nazarí, que estaría marcada por las luchas de bandos nobiliarios.

En opinión de la historiadora francesa Rachel Arié, estudiosa de al-Andalus, sus actividades políticas arruinaron el emirato granadino. Según el historiador Francisco Vidal Castro, con la llegada al poder de Muhammad IX, candidato de los Abencerrajes, comienzó «una etapa de continuos derrocamientos, sublevaciones, asesinatos, encarcelamientos de sultanes e inestabilidad política que sumió a Granada en una permanente crisis de gobierno».

PATIO DE LOS ARRAYANES. Su centro lo ocupa un estanque de 34 m de largo y siete de ancho. En torno a este patio se organizaba el palacio de Comares, residencia oficial de los soberanos nazaríes. La torre de Comares preside el conjunto.

Foto: Wikimedia Commons

Así, pues, los Abencerrajes no consiguen librarse de su responsabilidad en la ruina del reino nazarí, en parte debido a su presencia en varios hechos históricos asociados a los soberanos nazaríes. En el contexto de inestabilidad política de finales del período nazarí, ciertos hechos pudieron servir de base a la invención literaria de Pérez de Hita; se trata de los mismos acontecimientos que se han usado para ver en su obra y en otros relatos similares el reflejo de una realidad más o menos acorde con la historia conocida, pero sin poder confirmar la veracidad de la masacre alhambreña.

Uno de estos hechos acaeció en el año 1462, en el curso de las disputas entre Abu-’l-Ha- san Ali (Muley Hacén para los cronistas castellanos) y su padre el emir Sa’d. Éste mandó ejecutar en julio al visir Mufarriy junto con Yusuf ibn al-Sarray, dos Abencerrajes, por evadir impuestos y no ayudar a defender el reino. Pero otros supuestos traidores consiguieron huir a Málaga; según el cronista contemporáneo Pedro de Escavias, entre los fugitivos se contaban varios Abencerrajes: «Maomaz Avencerraxe y Ali Avencerraxe y el Valenci y el Cabzani y el Alatar y otros cavalleros». En septiembre, Muley Hacén destronó a su padre con la ayuda, entre otros, de los visires Abencerrajes, que, según algunos historiadores, prestaron su apoyo al nuevo sultán en clara venganza por el episodio anterior.

Manchas rojas

La leyenda de la matanza en la Alhambra quedó fijada en la imaginación colectiva, tanto como los presuntos restos de sangre de la taza de la sala de los Abencerrajes, prueba indeleble del magnicidio. De ellos hablaba una guía de Granada publicada en 1764, trescientos años después de los hechos: «Aquí vienen hombres y mujeres a ver este palacio, llegan a este sitio, clavan los ojos en las paredes, miran con atencion el suelo, advierten la taza de la fuente, en las paredes ven pintadas las sombras de aquellos infelices caballeros, en el suelo ven tirados sus cadáveres, en la taza ven aún las manchas de su inocente sangre».

Sala de los Abencerrajes, grabado del siglo XIX conservado en el Museo Británico.

Foto: Wikimedia Commons

Que la leyenda del crimen perviviera hasta el siglo XX se debe al gran peso de Pérez de Hita en la reconstrucción de la historia nazarí. Su estilo verosímil discurre en paralelo a las novelas y comedias llamadas «moriscas» del Siglo de Oro, cuyos autores –muchos de los cuales pertenecían a familias andalusíes convertidas al catolicismo– idealizaban el pasado hispanoárabe para ensalzar la noción del «buen musulmán». Y en esto se convirtieron los Abencerrajes, en una figura modélica que reunía virtudes de carácter caballeresco: galante, liberal, bravo, gentil y leal, en definitiva el buen moro que comparte virtudes con el buen cristiano.

Las novelas moriscas tuvieron gran difusión entre los lectores europeos deseosos de mitificaciones, sobre todo entre el público francés, hasta llegar a la imagen más universal de la Granada musulmana bajo el filtro de los viajeros en época del Romanticismo, surgiendo de esta forma el estereotipo granadino de lo moro. Más allá del conflicto entre realidad y ficción, la figura de los Abencerrajes amalgama elementos sugerentes de especial atractivo histórico y literario, hasta convertirse en el mejor embajador de la Granada nazarí.

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