Antiguo Egipto

Mastabas, las suntuosas tumbas de los nobles egipcios

Durante el Reino antiguo, los nobles, sacerdotes y altos funcionarios egipcios construyeron junto a las pirámides de los faraones a quienes sirvieron en vida tumbas cada vez más grandes y suntuosas, conocidas con el nombre de mastabas, con el objetivo de acompañar al soberano en su viaje al más allá y disfrutar a su lado de una bien merecida eternidad.

Relieve pintado que muestra al sumo sacerdote Wahtye y su esposa representados en su tumba de Saqqara, descubierta en 2018.

Relieve pintado que muestra al sumo sacerdote Wahtye y su esposa representados en su tumba de Saqqara, descubierta en 2018.

Relieve pintado que muestra al sumo sacerdote Wahtye y su esposa representados en su tumba de Saqqara, descubierta en 2018.

Foto: Cordon Press

Gran parte de nuestros conocimientos sobre la antigua civilización egipcia se basan en los numerosos testimonios funerarios hallados en las tumbas de las grandes necrópolis que se establecieron a lo largo del valle del Nilo, en los límites de la zona cultivable y el desierto. Estos testimonios nos podrían inducir a creer que los egipcios tenían una preocupación obsesiva por la muerte más que por su propia existencia terrenal. Nada más lejos de la realidad: la muerte no era el final de la vida, sino un trámite necesario para conseguir la existencia eterna.

Los egipcios amaban la vida de tal manera que querían perpetuarla para toda la eternidad, por lo que su máxima aspiración, tras su transitorio paso por su amado Egipto, era conseguir la vida eterna en un lugar idealizado semejante al valle del Nilo. Por tal motivo, construyeron sus tumbas a modo de casas para la eternidad, empleando materiales perdurables como la piedra, en contraposición con las casas de los vivos, que estaban edificadas con ladrillos de adobe o materiales más perecederos.

La capilla funeraria

De acuerdo con sus creencias religiosas, los egipcios, además de proveerse de una bella tumba que asegurase la perfecta conservación de su cuerpo para siempre, debían procurar dotarla de un servicio sacerdotal y de una aportación de ofrendas permanente, a fin de garantizar el cumplimiento de los ritos funerarios necesarios para la pervivencia del difunto en el más allá. La tumba se componía de dos partes principales: un lugar para las ofrendas o capilla decorada, a nivel del suelo, donde se celebraba el culto a la memoria del propietario de la tumba; y una parte subterránea, donde el cuerpo del difunto era enterrado junto con sus pertenencias.

La tumba se componía de dos partes principales: un lugar para las ofrendas, a nivel del suelo, y una parte subterránea para el cuerpo del difunto y su ajuar.

Detalle de una estela de falsa puerta situada en la capilla funeraria de la mastaba donde aparecen el difunto y su esposa ante una mesa de ofrendas.

Foto: Cordon Press

Por lo general, la capilla funeraria era el único lugar decorado de la tumba, y allí los familiares y cualquier visitante de la sepultura podían pronunciar el nombre de la persona allí enterrada o recitar las fórmulas de ofrenda grabadas en paredes y estelas funerarias, para que su espíritu renaciera en el otro mundo. La capilla funeraria constituía, así, el nexo de unión o lugar de encuentro entre el mundo de los vivos y el de los muertos, y permitía que la memoria del difunto perdurase para siempre.

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Mirando al oeste

Los egipcios construyeron sus cementerios en la orilla oeste del Nilo, procurando orientar sus tumbas de manera que el lugar destinado a las ofrendas mirase siempre hacia poniente: ésa era la dirección en la que el Sol se ocultaba cada día, cuando concluía su tránsito por el firmamento (o moría, como creían los egipcios). Si, por alguna razón, las tumbas se tenían que construir en la orilla oriental, la organización interior de éstas cambiaba su disposición para seguir manteniendo la orientación de las ofrendas hacia el oeste.

El lugar destinado a las ofrendas debía mirar siempre hacia poniente: ésa era la dirección en la que el Sol se ocultaba cada día.

Mastaba de Meresankh III, junto a la Gran Pirámide de Keops, en la meseta de Giza.

Foto: iStock

Si el difunto era alguien de posición social o política relevante, su tumba se emplazaba en el cementerio real, cerca de la del soberano al que había servido en vida. Este hecho le aseguraba los beneficios de la proximidad de un ser divino, puesto que así era considerado el faraón. En otros casos –sobre todo cuando el funcionario residía o desarrollaba su actividad en un nomo (provincia) lejos de la capital–, normalmente se hacía enterrar en un hipogeo, una tumba excavada en la parte alta de las colinas próximas a su residencia.

A la sombra del faraón

Desde los inicios del Reino Antiguo se utilizaron para los enterramientos privados tres tipos de tumbas: unas excavadas en la roca a modo de hipogeos; otras construidas con bloques de piedra tallada, denominadas mastabas; y un tercer tipo que combinaba las dos modalidades. El primer tipo se desarrolló rápidamente en el Alto Egipto debido, sobre todo, a la topografía de la región, siendo la mastaba el tipo de tumba característica del Bajo Egipto. La palabra "mastaba", que en árabe significa "banco", fue acuñada por los trabajadores de Auguste Mariette –director del Servicio de Antigüedades de Egipto de 1858 a 1881– para designar este tipo de tumbas exentas, debido a su similitud con los bancos que hay en el exterior de las típicas casas de campo egipcias.

La palabra "mastaba", que en árabe significa "banco", fue acuñada por los trabajadores de Auguste Mariette para designar este tipo de tumbas exentas.

Mastaba M17 en la necrópolis de Meidum.

Foto: iStock

Durante el Reino Antiguo, los cementerios reales se construyeron en el Bajo Egipto, cerca de la ciudad de Menfis, que era la capital y sede administrativa del país unificado, en un área que comprende más de 40 kilómetros en la orilla occidental del Nilo, desde Abu Rawash, al norte, hasta Meidum, al sur. En esta vasta necrópolis se erigieron las grandes pirámides reales con sus complejos funerarios rodeados de centenares de mastabas y tumbas pertenecientes a miembros de la familia real y altos funcionarios del floreciente Reino Antiguo.

Tan sólo transcurrieron cien años entre la construcción de la pirámide escalonada del faraón Djoser, en Saqqara (la primera realizada totalmente en piedra tallada), en tiempos de la dinastía III, y la erección de la Gran Pirámide de Gizeh en tiempos del rey Keops, de la dinastía IV. Ello demuestra el gran dominio que alcanzaron en poco tiempo los obreros egipcios en la talla y manipulación de este "nuevo" material: la piedra. Si bien desde el inicio del Reino Antiguo las tumbas privadas se edificaban con adobes y en algunos casos se utilizaban elementos de piedra, a partir del reinado de Keops y sus sucesores se generalizó el uso de la piedra para la construcción de mastabas.

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Los campos de mastabas

La meseta de Gizeh es el lugar donde se puede percibir con mayor claridad el diseño intencionado de la necrópolis privada que rodea a las tres grandes pirámides pertenecientes a los reyes Keops, Kefrén y Micerino, de la dinastía IV. Cuando los sacerdotes y arquitectos de Keops eligieron Gizeh como lugar para levantar la última morada del faraón, también diseñaron un amplio cementerio que debía albergar las sepulturas de los principales miembros de su familia y de los servidores más prominentes de la corte.

Estas tumbas, en forma de mastaba, fueron construidas al este y al oeste de la pirámide. Están dispuestas de un modo regular y con unas dimensiones parecidas, y quedaban separadas unas de otras por calles, que formaban una especie de cuadrícula, formando los llamados "campos de mastabas". A lo largo de todo el Reino Antiguo se fueron construyendo más y más tumbas que ocuparon todos los espacios libres de la meseta, al mismo tiempo que el diseño original de la propia mastaba iba evolucionando.

Las tumbas están dispuestas de un modo regular y con unas dimensiones parecidas, y quedaban separadas unas de otras por calles, que formaban una especie de cuadrícula.

Dibujo que recrea las tres grandes pirámides de Giza y los cementerios de mastabas de altos funcionarios y nobles que las rodean.

Foto: iStock

Por lo general, era el propio faraón quien asignaba el lugar donde debía edificarse la tumba del pariente o del funcionario al que quería favorecer, y éste corría con los gastos de construcción, decoración y aprovisionamiento de la sepultura. Algunas veces, el mismo soberano honraba a sus servidores con alguna aportación directa procedente de algunas de las dependencias del palacio o de los templos, ya fuese a modo de provisiones para la tumba –en forma de telas de lino, panes o cerveza– o incluso con una estela funeraria labrada en alguno de los talleres reales.

Tipologías variadas

Las mastabas de Gizeh son construcciones macizas de forma rectangular, con los muros ligeramente inclinados hacia el interior y presentan principalmente dos tipos de fábrica: mientras unas están compuestas enteramente por bloques de piedra calcárea tallada y cuidadosamente aparejada, otras están formadas por un muro rectangular de bloques que delimita un espacio relleno con arena y cascotes; éstos probablemente procedían de la propia talla de las piedras que se utilizaban en la construcción de la pirámide.

En la parte superior de la mastaba se abría un pozo de sección cuadrada que atravesaba verticalmente toda la estructura y penetraba a varios metros de profundidad en el subsuelo rocoso. Al final del pozo, y en dirección sur, comenzaba un pequeño pasadizo horizontal que daba acceso a la cámara funeraria, donde se colocaba el sarcófago que contendría el cuerpo del difunto.

En la parte superior de la mastaba se abría un pozo de sección cuadrada que atravesaba verticalmente toda la estructura y penetraba a varios metros de profundidad en el subsuelo rocoso.

Representación de ganado en una mastaba.

Foto: iStock

Inicialmente, estas mastabas no presentaban ningún tipo de decoración; únicamente hacia el sur, y adosada al muro oriental, se construía una pequeña capilla destinada al culto y en la que se depositaban las ofrendas.Hecha con ladrillos de adobe, sus muros se encalaban y contaba con una pequeña estela rectangular de piedra grabada en relieve y pintada con la imagen del difunto sentado frente a una mesa de ofrendas, con su nombre y títulos junto con una lista de ofrendas funerarias.

Algunas de estas estelas, por su belleza y cuidada realización, constituyen verdaderas obras maestras del arte egipcio. En la actualidad, conocemos no menos de quince estelas de este tipo halladas todas ellas en las mastabas más antiguas del cementerio occidental de Gizeh; casi con total seguridad, se puede afirmar que provenían de los talleres reales y habían sido regaladas por el propio faraón para celebrar las ceremonias funerarias.

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Tumbas más grandes y suntuosas

Poco a poco fue cambiando el diseño inicial de estas mastabas, en las que se sustituyó la capilla de adobe por otra realizada en piedra y en la que se incluyó una estela de falsa puerta, por donde el espíritu del difunto podía pasar del mundo de los muertos al mundo de los vivos. Esta capilla de piedra anexa pronto se incluyó en el interior macizo de la propia mastaba, bien desmontando parte de su primitiva estructura para crear este espacio de culto en el interior, bien ampliando el perímetro de la mastaba. Asimismo, en muchas de ellas se excavó desde el techo un segundo pozo con su correspondiente cámara funeraria para un segundo enterramiento, destinado a la esposa del difunto o a un pariente cercano.

En muchas mastabas se excavó desde el techo un segundo pozo con su correspondiente cámara funeraria para un segundo enterramiento.

Estela de falsa puerta procedente de la tumba del visir Ptah-Wash Isi, en Saqqara.

Foto: Cordon Press

Entre finales del reinado de Kefrén y principios del reinado de Micerino hizo su aparición –mientras se seguían construyendo las mastabas– el tipo de tumba excavada directamente en la roca que aprovechaba las paredes rocosas de las canteras donde se había extraído la piedra para la construcción de las pirámides. Modificando y adecuando estas antiguas excavaciones, se tallaron las distintas cámaras para las ofrendas y en su interior se excavó un pozo por el que, como sucedía en las mastabas, se accedía a la cámara funeraria. Un rasgo especial de este tipo de sepulturas es la inclusión de varias estatuas que representan al difunto y, en ocasiones, a alguno de sus parientes más próximos; estas imágenes se esculpían directamente en las paredes rocosas de la capilla, a tamaño natural o algo más pequeñas.

Escenas para la eternidad

A partir de la construcción de las capillas de piedra dentro de las mastabas se empezó a decorar sus muros con relieves consistentes en imágenes a gran tamaño del difunto y su familia, junto con sus nombres y títulos, además de representaciones de servidores portando ofrendas. Desde mediados de la dinastía IV hasta finales del Reino Antiguo, y dependiendo de la importancia o del poder económico de su propietario, se fueron añadiendo más y más habitaciones en el interior de las mastabas, con lo que se ganó más espacio para plasmar nuevos relieves sobre los muros.

Desde mediados de la dinastía IV hasta finales del Reino Antiguo se fueron añadiendo más y más habitaciones en el interior de las mastabas.

En poco tiempo se pasó de la simple mastaba maciza a una verdadera casa de eternidad semejante a las casas de los vivos, como es el caso de la gran mastaba de Mereruka en Saqqara. La tumba de este visir del rey Teti, de la dinastía VI, dispone de un total de treinta y dos habitaciones, de las cuales seis están dedicadas a su esposa y cinco a su hijo.

Relieve policromado que recrea a un hombre tocando un instrumento musical. Escena procedente de una mastaba de la dinastía III.

Foto: Cordon Press

Hasta nosotros han llegado numerosísimos relieves que decoraron los cientos de mastabas del Reino Antiguo aún conservadas, y que constituyen una fuente muy valiosa para el estudio de esta remota época. Los temas que las ilustran son similares en todas las mastabas y –más allá de su calidad artística– ofrecen una infinidad de detalles que los hacen únicos. En sus muros, dispuestas en varios registros horizontales y agrupadas por temas, se nos muestran las escenas más típicas de la vida cotidiana a orillas del Nilo en tiempos de las pirámides: los cultivos, la ganadería, la pesca y la caza, la música y la danza, los juegos, la navegación...; los hombres aparecen practicando sus oficios: desde molineros, cerveceros y panaderos, hasta carniceros, alfareros, carpinteros, escultores, orfebres o escribas.

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Ocio, trabajo y actividades funerarias

Toda esta actividad se desarrolla bajo la atenta mirada del propietario de la tumba, que, representado siempre a mayor tamaño que las demás figuras, puede aparecer solo o bien acompañado de su esposa e hijos, supervisando ciertas tareas o participando directamente en otras actividades. Tal es el caso de la caza de pájaros, en la que se lo muestra a bordo de una barca de papiro desde la que arroja un bastón lanzador (mal llamado a veces bumerán) o bien escondido tras unos matorrales, dando las órdenes pertinentes para que sus servidores tiren de las cuerdas de una red hexagonal, dispuesta en el suelo, que servirá para atrapar al mayor número posible de aves salvajes.

El propietario de la tumba siempre se representa a mayor tamaño que las demás figuras, y puede aparecer solo o acompañado de su esposa e hijos.

Relieve que muestra a Nyankhnesut sentado en una silla con patas de león y portando un largo bastón procedente de su mastaba en Saqqara. Dinastía VI.

Foto: Cordon Press

En ocasiones, el propietario de la tumba, sentado y acompañado de sus escribas, registra rebaños de bueyes, antílopes y aves dispuestos en hileras para su recuento. Otras veces, cuando debe inspeccionar dominios lejanos, le vemos desplazarse mediante una silla gestatoria que transportan a hombros varios servidores, uno de los cuales le sigue sosteniendo un parasol para protegerlo del implacable sol de Egipto.

Además de estas escenas de la vida cotidiana, se representan escenas de carácter religioso-funerario como el transporte de estatuas hacia el serdab, una habitación donde se guardaban las estatuas del difunto, comunicada con el exterior a través de una pequeña abertura. Las escenas muestran, asimismo, a numerosos portadores de ofrendas que se dirigen hacia el interior de la tumba con víveres para el difunto. Éste, representado en la estela de falsa puerta, está sentado frente a una mesa repleta de comida proveniente de los dominios o fundaciones funerarias que se le habían asignado, a fin de que pudiera alimentarse durante toda la eternidad.