Castilla en pie de guerra

María Pacheco, la última comunera

La revuelta de las Comunidades no terminó en la batalla de Villalar, en 1521. María Pacheco, viuda de Juan de Padilla, uno de los líderes de la revuelta, mantuvo en Toledo una resistencia desesperada que impresionó a sus contemporáneos.

Doña María Pacheco después de Villalar. Óleo por Vicente Borrás y Mompó. 1881. Museo del Prado, Madrid.

Doña María Pacheco después de Villalar. Óleo por Vicente Borrás y Mompó. 1881. Museo del Prado, Madrid.

Doña María Pacheco después de Villalar. Óleo por Vicente Borrás y Mompó. 1881. Museo del Prado, Madrid.

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Descendiente de dos ilustres linajes de la nobleza castellano-andaluza, los Mendoza y los Pacheco, María Pacheco se crió en un ambiente culto, típico del Renacimiento: aprendió latín, rudimentos de griego, letras e historia, y adquirió, como era habitual, un buen bagaje de conocimientos religiosos.

Por su cuna parecía destinada a lucir en una corte señorial o incluso en la de los reyes, pero a los 13 años se acordó su matrimonio con un joven y apuesto caballero toledano, Juan de Padilla, de estirpe menos encumbrada que la suya. Sin duda, Padilla tenía otras prendas a su favor.

El suegro le mostró predilección ("lo quiero más que a los otros", decía) y todo hace suponer que María aceptó a su marido con agrado. El matrimonio trajo consigo otro cambio: nacida y educada en Granada, María se trasladó primero a Porcuna (Jaén) y tres años más tarde a Toledo, donde Padilla sucedió a su padre como capitán de gentes de armas. 

Revolución en Castilla

Por entonces, el germen de la revuelta comunera se extiende ya por las ciudades de la Castilla central, entre ellas Toledo, donde se critica agriamente el reparto de prebendas y cargos entre los extranjeros que acompañan al nuevo y joven rey, Carlos I, llegado a la Península en 1517.

Juan de Padilla, igual que María Pacheco, impulsa las ideas que cristalizarán en el levantamiento de las Comunidades. Ella se deja arrastrar por la vertiginosa corriente popular, en contra de la posición de sus linajes paterno y materno, partidarios del rey.

El nombramiento del flamenco Guillermo Jacobo de Croy como cardenal primado de Toledo agrava la excitación y el descontento social en la ciudad, del que Padilla se hace portavoz

A partir de junio de 1520, la revuelta comunera es un hecho, y en ella Padilla tendrá un papel protagonista. Con las milicias de Toledo acude en auxilio de Segovia, amenazada por las tropas reales, y poco después, en la Junta constituida por los comuneros en Ávila, es nombrado capitán general de las tropas rebeldes.

En febrero de 1521 toma la fortaleza de Torrelobatón. Pero ese éxito es breve. Perseguido por el ejército real, y mientras se repliega a Toro, sus adversarios le dan alcance en Villalar, donde el 23 de abril las tropas comuneras son derrotadas sin paliativos.

Padilla acude en auxilio de Segovia y es nombrado capitán general de las tropas rebeldes.

Ejecución de los comuneros de Castilla. Óleo por Antonio Gisbert. 1860. Congreso de los Diputados, Madrid.

Ejecución de los comuneros de Castilla. Óleo por Antonio Gisbert. 1860. Congreso de los Diputados, Madrid.

Ejecución de los comuneros de Castilla. Óleo por Antonio Gisbert. 1860. Congreso de los Diputados, Madrid.

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Los jefes populares, Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, son apresados y ejecutados inmediatamente. La serenidad y honradez de Padilla se manifiestan en la carta que supuestamente escribió, antes de ser ejecutado, a su mujer, María Pacheco: "Vos, señora, como cuerda, llorad vuestra desdicha, y no mi muerte que, siendo ella tan justa, de nadie debe ser llorada". En sus notas, María se responde a sí misma, vertiendo su desespero: "Me recojo al abismo de mi soledad y amargura".

La ejecución de Padilla remueve los resortes íntimos de la comunera. Su personalidad se convulsiona con la noticia, sus emociones se desbordan. La ciudad de Toledo mira sobrecogida a María, como si ésta fuera su última esperanza y aceptara instintivamente su caudillaje.

Animada por una multitud que la sigue y vitorea, se instala en el alcázar, en un gesto de desafío. Vestida de luto, lleva a su hijo en brazos y se hace trasladar en andas. A su lado, reconfortándola, está el obispo de Zamora, Antonio Acuña. Consciente de la situación, inteligente y audaz, María no cree en una victoria comunera, pero está determinada a obtener unas condiciones de paz honrosas para Toledo. 

La viuda toma el relevo

Sin embargo, no todos ven con agrado el poder que acapara María. Pedro de Alcocer, historiador toledano de la época, nos ofrece de ella un retrato poco favorable: "Un fuerte llamamiento de amor propio y la insaciable sed de la codicia lleváronla por el ancho campo de la ambición soberbia, arrastrándola al precipicio con cuantos seducidos o de buena voluntad la oían como a un oráculo". Curiosamente, es el mismo autor que para Juan de Padilla solo tiene palabras de elogio. 

Para acabar con la resistencia toledana, el ejército real (al mando del prior de San Juan, Antonio de Zúñiga, y del hermano de Juan de Padilla, Gutierre López de Padilla) asedia férreamente la ciudad.

Durante más de seis meses, María Pacheco se encontrará al frente de las operaciones de resistencia y de las negociaciones de paz. Solo ella consigue mantener a duras penas el orden en Toledo y sostener una oposición armada cada vez más débil. A veces se vale de su condición de viuda y víctima de la guerra: "Iba enlutada por la calle, llevaba a su hijo en una mula para mover a compasión". El padre fray José de Miniada afirma sobre aquellos momentos: "Todos tenían en ella puestos los ojos; a ella solo respetaban; y, finalmente, ella sola sostenía la guerra".

María Pacheco se encontrará al frente de las operaciones de resistencia y de las negociaciones de paz.

Panorámica de la ciudad de Toledo desde el Mirador del Valle.

Panorámica de la ciudad de Toledo desde el Mirador del Valle.

Panorámica de la ciudad de Toledo desde el Mirador del Valle.

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María no cree en los mensajes del bando imperial, ni en las promesas de paz que proclaman. Y se muestra intransigente con sus propios parientes que intentan mediar y ofrecen a los toledanos paz y perdón. También toma medidas rigurosas. Para pagar a los soldados permite que se confisquen la plata del sagrario y otras riquezas de la catedral.

Dos hermanos que se han quedado con los caudales destinados al ejército comunero, descubiertos y traídos de vuelta a Toledo, son linchados y precipitados desde las murallas, sin permitirles hablar en su descargo; es este un gesto terrible de María, si fue responsable de los hechos o los toleró. A cambio, conmovida por su arrojo, salva a un hijo del duque de Medina-Sidonia detenido por los comuneros; libera a muchos prisioneros, renuncia a las rentas de las alcabalas y hasta vende sus joyas para sostener la causa.  

Por un momento, la invasión francesa del reino de Navarra (incorporado nueve años antes por Fernando el Católico a la corona de Castilla) parece aliviar a los comuneros toledanos. De hecho, María será acusada de haber mantenido contactos con los franceses. Pero la situación de la ciudad se hace cada vez más desesperada.

Finalmente, el 25 de octubre de 1521 se firman unas capitulaciones en el monasterio de Sisla entre los comuneros toledanos y el ejército sitiador; este podrá entrar en la ciudad y hacerse con el gobierno, pero a cambio se evitan condenas y represalias. María abandona el alcázar y retorna a su casa en actitud pacífica, satisfecha por el levantamiento del embargo que pesaba sobre los bienes de su esposo. Pero las heridas de la revuelta distan mucho de haberse cerrado.

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En enero de 1522, mientras en Toledo se celebra la elección de un nuevo papa, Adriano I, un niño grita espontáneamente "¡Viva Padilla!". Los soldados lo cogen para azotarlo, y cuando el padre acude en su auxilio, apresan a este y mandan ahorcarlo. El episodio desgarra la frágil paz social existente en la ciudad. La casa de María Pacheco, que había tratado en vano de salvar al acusado, se convierte entonces en un reducto revolucionario.

Pero ahora las fuerzas imperiales controlan la situación. Para evitar la prisión y acaso la muerte, a la comunera no le queda más opción que la huida. A la mañana siguiente, pálida, sin fuerzas, disfrazada de aldeana, sale con una pequeña comitiva por la calle de Santa Leocadia y escapa luego por la puerta de Cambrón. Ya nunca más retornará a Toledo.

Para evitar la prisión y acaso la muerte, a la comunera no le queda más opción que la huida.

María Pacheco huye disfrazada a Portugal. Grabado.

María Pacheco huye disfrazada a Portugal. Grabado.

María Pacheco huye disfrazada a Portugal. Grabado.

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En su huida se detiene en el castillo de Escalona, en busca del apoyo del marqués de Villena, su tío, sin conseguirlo. Prosigue su marcha hasta La Puebla de Montalbán, donde la acoge momentáneamente otro de sus tíos, Alonso Téllez, señor del lugar. Luego sigue hasta Portugal, donde espera encontrar asilo; en Braga tiene que vender las joyas que le quedan para subsistir. 

El retorno de Carlos V a España en el verano de 1522, tras su elección como emperador, sirve a la pacificación del país, igual que el perdón general que otorga en octubre. Pero esa gracia no alcanza a la comunera; al contrario, por real cédula de enero de 1523, expedida en Valladolid, María es condenada a muerte, y todos sus bienes y derechos son confiscados.

Retrato de un joven rey Carlos I de España. Bernard van Orley. 1515-1516.  

Retrato de un joven rey Carlos I de España. Bernard van Orley. 1515-1516.

Retrato de un joven rey Carlos I de España. Bernard van Orley. 1515-1516.  

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La sentencia se pregona en la plaza de Zocodover, el corazón de Toledo. La casa de María es demolida y arado el suelo donde se levantaba. El emperador intentará, incluso, que el rey Juan III de Portugal le entregue a María Pacheco y a los demás comuneros refugiados en su reino; al final, aceptará que sea confinada en Oporto. Es allí donde fallece María, en mayo de 1531, cuando tiene apenas 35 años. Su último deseo, el de que sus restos reposen junto a los de su amado esposo, no se verá cumplido. Con María Pacheco desaparece el último símbolo de la causa comunera, pero su figura perdurará durante siglos en la memoria colectiva de Castilla.