El vengador de César

Marco Antonio, el romano que no pudo reinar

Militar brillante y valiente, durante años fue el aliado más fiel de Julio César, y tras el asesinato de su mentor parecía destinado a convertirse en el nuevo hombre fuerte de Roma. Pero sus errores de gobierno, su desprecio hacia el futuro Augusto y su pasión por el lujo y por Cleopatra acabarían acarreándole la ruina.

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Foto: Sergey Sosnovskiy (cc)

Tal vez Marco Antonio, ya herido de muerte por su propia espada, rememorara aquellos tiempos de gloria y triunfo, cuando los destinos de Roma estuvieron en sus manos. Es posible que evocara también, aunque diluido en las brumas del tiempo, a su madre Julia o a su buen padre, que murió siendo él todavía un niño… O, aun, aquella época de su juventud, pasada con su inseparable amigo Cayo Escribonio Curión. Cuántas noches transcurrieron entre borracheras y francachelas, cuántos locales de mala fama recorrieron y cuántos acreedores los persiguieron para cobrar las altas sumas que les adeudaban… Todo ello en el ambiente cada vez más enrarecido de una Roma convulsa, sacudida por graves problemas sociales y agitada por un hervidero de luchas políticas. Luchas en las que él no tardaría demasiado en participar de la mano de quien sería su gran mentor, Cayo Julio César, el vencedor de las Galias. Pero eso sería más tarde, porque antes tuvo que labrarse un nombre, alcanzar una reputación que le permitiera abordar la escena política.

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Juventud disipada

Marco Antonio nació en Roma en enero del año 83 a.C. en el seno de una influyente familia plebeya. Su abuelo, gran orador que desempeñó los cargos de cónsul y censor, fue un destacado miembro del partido de Sila, ajusticiado por orden de Mario en el contexto de las luchas de poder entre optimates y populares a inicios del siglo I d.C. Hijo de un militar mediocre, quedó muy pronto huérfano de padre y durante su juventud llevó una vida disipada frecuentando la amistad con Curión, que "lo precipitó en el trato con rameras y en gastos desmedidos e insoportables, de resulta de lo cual contrajo la cuantiosa deudas", según Plutarco.

El foro romano, donde se desarrollaba la vida política y económica de la república.

El foro romano, donde se desarrollaba la vida política y económica de la república.

Foto: iStock

Fue Clodio, un conocido agitador y demagogo, quien introdujo a Marco Antonio en el ambiente de las intrigas y conjuras romanas. No obstante, los escándalos provocados por su vida licenciosa aconsejaron al joven cambiar de aires, quizá llevado del deseo de completar su formación y adquirir una experiencia que, sin duda, le haría falta para afrontar el despiadado mundo de la política republicana. Así, en 56 a.C. Antonio partió hacia Grecia, donde se dedicó al estudio de la oratoria y a frecuentar las palestras. Un año más tarde se integró en el ejército del procónsul Gabinio como comandante de caballería y fue así como recibió su bautismo de guerra en la campaña de Siria, en la que pronto destacó por su valor, temeridad y visión como estratega. Ganada la confianza de Gabinio, las legiones bajo su mando partieron a Egipto para reponer en su trono a Ptolomeo XIII Auletes.

Hombre de confianza de César

Esos tempranos éxitos militares le abrieron a Marco Antonio las puertas del regreso a Roma. Allí se reencontró con su amigo Curión, antiguo protegido y partidario de Cneo Pompeyo el Grande –árbitro de la política y famoso por sus éxitos militares– que se había pasado al bando contrario, al de los populares, a cuya cabeza estaba Julio César. Siguiendo los consejos de su viejo compañero de libertinaje, Antonio se dirigió hacia la Galia, donde participó en diversas operaciones militares bajo el mando de César. Éste, reconociendo su capacidad, lo envió de regreso a Roma, donde conseguiría escalar los peldaños inferiores del cursus honorum, que englobaba los cargos de la magistratura republicana. Desde este momento Antonio será uno de los hombres de confianza de César y uno de sus agentes políticos más activos, oponiéndose en lo posible a los planes de Pompeyo y de la clase nobiliaria representada en el Senado.

Marco Antonio se dirigió a la Galia para ponerse a las órdenes de Julio César, donde destacó en algunas operaciones militares a las órdenes del general, convirtiéndose más tarde en su hombre de confianza en Roma.

El 10 de diciembre de 50 a.C., Marco Antonio y Quinto Casio alcanzan el tribunado defendiendo las posturas de César ante el Senado e iniciando una amplia campaña a su favor entre la plebe. A inicios del año siguiente una discusión en el Senado sobre la disolución simultánea de los ejércitos de César y Pompeyo (defendida por los partidarios del primero y a la que se oponía el segundo y sus acólitos) acabó con la expulsión de la cámara de los tribunos de la plebe y la concesión a Pompeyo de todos los poderes para de defender la República, lo que supuso el enfrentamiento total entre los dos triunviros y dio inicio a la guerra civil.

Julio César (izquierda) y Pompeyo Máximo. Bustos del siglo I a.C.

Julio César (izquierda) y Pompeyo Máximo. Bustos del siglo I a.C.

Foto: Cordon Press

La noticia del paso de César por el río Rubicón junto a Antonio y sus legiones fue recibida con espanto en una Roma que inmediatamente fue evacuada por Pompeyo. En seis meses, César se hizo con el control de Italia, entrando en la capital sin encontrar resistencia. Perdonó a los adversarios que se habían quedado en la ciudad y se apoderó del tesoro del Estado. Seguidamente distribuyó los puestos de importancia entre sus más estrechos colaboradores. Entre ellos figuraban Marco Emilio Lépido, quien recibió el encargo de velar por Roma, y Marco Antonio, que quedó al mando de las tropas de Italia. Seguidamente, César marchó a Hispania a someter los ejércitos de Pompeyo.

La derrota de Pompeyo

En ausencia de César, Antonio cometió todo tipo de arbitrariedades en la gestión económica y en la administración de la justicia, compensando esta actitud con el trato fácil y la camaradería con los soldados. Sin embargo, pronto hubo de acudir en ayuda de su valedor, cercado en las proximidades de Dirraquio (la actual Durrës, en Albania) en una posición poco favorecida. En condiciones meteorológicas adversas, con un mar embravecido, Antonio demostró su arrojo embarcando ochocientos caballos y veinte mil hombres, y llegando a tiempo para socorrer a César. Éste decidió luego internarse en Macedonia, donde, en 48 a.C., en la llanura de Farsalia, libró la batalla decisiva contra Pompeyo. Brillaron aquí el genio de César como estratega y el arrojo de Antonio al mando del ala izquierda del ejército, contribuyendo a una victoria completa que provocó la huida de Pompeyo a Egipto, donde sería asesinado por orden del último de los Ptolomeos.

Antonio regresó a Roma con buena parte de las tropas. Nombrado magister equitum, quedaba como lugarteniente de César. De esta manera logró convertirse en dueño y señor de los asuntos de Roma. Pero su fama militar resultaba ensombrecida por su mal gobierno, próximo al despotismo. La imagen de moderación que César quería ofrecer a sus conciudadanos quedaba en entredicho por el ejemplo de un Antonio cuya vida privada era el escándalo de la ciudad: frecuentaba la compañía de comediantes y prostitutas, ofrecía banquetes de lujo inaudito que concluían en vergonzosas borracheras… Además, en sus viajes por Italia se hacía acompañar por un séquito de la peor ralea, vejando a los ciudadanos de las localidades por donde pasaban.

La vida privada de Marco Antonio era el escándalo de la ciudad, ofreciendo banquetes de un lujo inaudito, que culminaban en vergonzosas borracheras, lejos de la imagen de moderación que César quería ofrecer a sus conciudadanos.

La vuelta de César de sus campañas orientales puso las cosas en su sitio. Al conocer los escándalos privados y públicos de su lugarteniente, lo sancionó con la privación del consulado al que aspiraba. En su lugar fue elegido Lépido, formando pareja con el propio César. Éste, arreglados sus asuntos y tomadas las medidas sociales y económicas apropiadas, marchó a África a combatir a los hijos y partidarios de Pompeyo. La advertencia no cayó en saco roto y, aparentemente, Antonio moderó desde entonces sus costumbres. Se casó con Fulvia, la viuda de Curión, y para alojarla compró la suntuosa casa de Pompeyo en Roma, despojándola de sus tesoros, lo que le valdrá la crítica de Cicerón.

Tras la decisiva victoria de Munda sobre los pompeyanos (45 a.C.), con la que se ponía el punto final a la guerra civil, César regresó a la capital para emprender la tarea de reorganizar el Estado y dar a Roma la magnificencia de las ciudades orientales. Sobre su persona se acumulaban privilegios, honores y magistraturas como nadie antes había tenido, lo que provocó un malestar creciente entre determinados sectores de la nobleza. En 44 a.C., César tomó a Antonio como colega en el consulado. En febrero de ese mismo año, durante la fiesta de las Lupercales, ambos protagonizaron un episodio que dio mucho que hablar: a la vista de todo el mundo, Antonio coronó a César con la diadema real, que el ya dictador perpetuo rechazó por tres veces. Pero la oposición no se dejó convencer por ese gesto teatral. Además, entre los planes inmediatos de César estaba la campaña contra los partos: una victoria en la misma, al menos a ojos de los conjurados, allanaría la coronación de César como monarca absoluto, sin que nada ni nadie pudiera impedirlo. Por ello, reafirmaron su propósito de asesinarlo.

El magnicidio de César

A la cabeza de la conspiración estaban Cayo Casio y su cuñado Marco Junio Bruto, quienes agruparon a su alrededor a no menos de sesenta personajes ilustres, muchos de ellos antiguos colaboradores y amigos del dictador, deseosos de devolver las libertades a la República. La Curia de Pompeyo, en la importante reunión del Senado que se iba a celebrar en los idus de marzo, pocos días antes de la marcha a Oriente de César, fue el lugar elegido para el magnicidio. Presagios, advertencias y precauciones fueron desatendidos por el dictador, mientras que, a su llegada a la Curia, Antonio era retenido en la entrada con un asunto banal. Cuando oyó los gritos de su mentor y quiso reaccionar ya era tarde: Julio César había caído asesinado bajo la estatua de Pompeyo.

El asesinato de Julio César recreado por Vincenzo Camuccini.

El asesinato de Julio César recreado por Vincenzo Camuccini.

Foto: Cordon Press

Aterrado ante el nuevo panorama que se abría, Antonio decidió esconderse. Sin embargo, cuando se enteró de la situación de los conjurados, refugiados en el Capitolio, tomó las riendas del poder, como correspondía a la magistratura que ostentaba, y reunió al Senado, que aprobó conceder una amnistía a los conjurados, además de mantener las disposiciones de César y abolir la dictadura, volviendo a la legalidad republicana. Después, ante el pueblo, pronunció el elogio fúnebre de César, mostrando su toga ensangrentada y las generosas donaciones a Roma de su testamento, con lo que logró despertar la ira de una plebe que, tras quemar el cadáver, se lanzó contra los asesinos para vengar al dictador.

Ya sin César, Antonio se hizo dueño de Roma. En los meses siguientes su poder creció sobre las disposiciones del dictador, las Acta Caesaris, de las que se había apropiado, manipulándolas a su antojo, vendiendo exenciones y privilegios que provocaron nuevos escándalos y un creciente malestar. Pero cuando pretendió modificar la distribución de las provincias a su favor entró en conflicto con el gobernador de la Galia Cisalpina, Décimo Bruto, por lo que se dispuso a luchar contra él.

A la muerte de César, Antonio se hizo dueño de Roma, pero su desempeño en el poder provocó nuevos escándalos y malestar contra él.

Octaviano entra en escena

Es en esos momentos cuando aparece en escena el joven Cayo Octavio, hijo de una sobrina de César, al que este había adoptado haciéndole su heredero. Volvía de Apolonia, donde su tío lo había mandado a estudiar y a familiarizarse con el ejército. Ahora reclamaba su herencia, pero Antonio, viéndolo joven e inexperto, lo menospreció sin atender sus peticiones. Octavio tomó entonces el nombre de Cayo Julio César Octaviano, reunió dinero de su propia fortuna y consiguió ganarse el apoyo del pueblo. Así, mientras Antonio partía para Módena, donde se había refugiado Décimo Bruto, Octaviano se acercó a los miembros más influyentes del Senado, en especial a Cicerón. Es entonces cuando el gran orador pronuncia las Filípicas, en las que denuncia todos los hechos negativos de Antonio.

Así las cosas, Octaviano logró del Senado el cargo de propretor y el permiso para acompañar a los nuevos cónsules, Aulo Hircio y Cayo Pansa, a combatir a Antonio, declarado enemigo público. Derrotado, Antonio huyó a la Galia en busca de Lépido, mientras Octaviano obtienía el consulado y lograba que se persiguiera a los asesinos de su padre adoptivo. Para asegurar su situación aceptó reunirse con Antonio y Lépido en Bolonia, donde constituirá el segundo triunvirato. El objetivo del mismo es triple: castigar a los asesinos de César, repartirse las provincias y eliminar a sus enemigos políticos con las proscripciones. El primero de ellos, Cicerón.

El Senado declaró a Marco Antonio enemigo público y envió a los cónsules a combatirlo acompañados del sobrino de César, Octaviano, el futuro Augusto.

Unidas, las legiones de Antonio y Octaviano buscaron a las de Bruto y Casio, trabando batalla en Filipos (Macedonia) el 23 de noviembre del 42 a.C. La victoria de los primeros es completa gracias a la mayor experiencia militar de Antonio. En el reparto de provincias que sigue, Hispania le corresponde a Octaviano, África a Lépido y Oriente a Antonio.

El célebre encuentro entre Marco Antonio y Cleopatra recreado por sir Lawrwnce Alma-Tadema.

El célebre encuentro entre Marco Antonio y Cleopatra recreado por sir Lawrwnce Alma-Tadema.

Foto: Sotheby's New York

Desde Éfeso, este último recorre Asia Menor ordenando el territorio hasta llegar a Tarso, a donde emplaza a ir a Cleopatra, reina de Egipto, para pedirle explicaciones por las ayudas prestadas a Casio. Ella llegará en un espléndido bajel con las velas de púrpura tendidas al viento, vestida como Venus y haciendo gala de todo su poder de seducción, de tal manera que cautiva al romano, que la sigue a Alejandría, donde, en medio de suntuosas fiestas, olvida sus obligaciones como militar y gobernante.

La unión con Cleopatra

Al año siguiente, Antonio acude a Brindisi, donde renueva el triunvirato con sus otros colegas, contrayendo matrimonio con Octavia, hermana de Octaviano, para reforzar el pacto. Se establece entonces en Atenas, dirigiendo desde allí la política oriental, especialmente la guerra contra los partos. El pacto se renovará en Tarento en 37 a.C., con la promesa por parte de Octaviano de enviarle a Oriente veinte mil hombres para la lucha con los partos, a cambio de 120 navíos. Pero Antonio, con el pretexto de la guerra, envía a su esposa a Roma y, llegado a Antioquía, contrae matrimonio con Cleopatra.

Tras constituir un triunvirato junto a Octaviano y Lépido, Marco Antonio queda encargado de la conquista y pacificación de los territorios del Mediterráneo oriental.

La guerra contra los partos se salda con un rotundo fracaso, y cuando Antonio logra llegar a Siria con el ejército que ha logrado salvar comprueba que Octaviano no ha cumplido su promesa de enviarle refuerzos, lo que le aboca a un callejón sin salida. La ruptura entre ambos es ya definitiva. De regreso a Alejandría, Antonio amplía el reino de Egipto mediante donaciones de territorios vecinos que otorga a Cleopatra y sus hijos, lo que será aprovechado por Octaviano para levantar una feroz campaña de desprestigio contra su rival y le brindará la excusa perfecta para declarar la guerra a Egipto por apropiación de territorios pertenecientes al pueblo romano

El enfrentamiento es inevitable y Antonio y Cleopatra concentran sus tropas en Éfeso, desde donde marchan a Grecia, tomando posiciones en el golfo de Ambracia frente al ejército de Octaviano. Pero es en la desembocadura del golfo, junto a Actium, donde el día 2 de septiembre de 31 a.C. se libra una decisiva batalla naval, en la que la escuadra romano-egipcia será derrotada.

La batalla de Accio. Grabado del siglo XIX.

La batalla de Accio. Grabado del siglo XIX.

Foto: Cordon Press

El final

A pesar de ello, Antonio y Cleopatra deciden resistir en Egipto, al tiempo que envían embajadas a Octaviano para negociar. Es inútil. Al frente de un cuerpo de caballería, Antonio se lanza de nuevo al combate y vence a la vanguardia de Octaviano; mas pocos días después su infantería es derrotada y los pocos soldados que le quedan se pasan al enemigo. En esta situación desesperada le llega la noticia, falsa, de que la reina se ha suicidado. Haciendo honor a su temple de romano, que prefiere la muerte antes que caer en manos del enemigo, Antonio se atraviesa con su espada. No mucho después, las tropas romanas ocupan Alejandría.

Tras obtener permiso para embalsamar el cuerpo de Antonio, Cleopatra permanece unos días junto al cadáver en el mausoleo instalado en Alejandría, hasta que una orden de Octaviano la obliga a regresar a palacio. El nuevo dueño de Roma tiene la intención de llevarla a la capital y exhibirla en su desfile triunfal. Sospechándolo, la reina mantiene una entrevista con él para intentar salvar, al menos, a sus hijos. Cleopatra despliega todos sus encantos, mas sin efecto; Octaviano se mantiene frío y distante, pese a tratarla con cortesía. Ante este fracaso, la reina se suicida, según la tradición, mediante la mordedura de un áspid que acerca a su seno. Octaviano ordena que Antonio y Cleopatra sean enterrados juntos, pero también manda dar muerte al joven Antonio, el mayor de los hijos que aquel tuvo con Fulvia, y a Cesarión, hijo de César y Cleopatra. Curiosamente, Octaviano entregó a su hermana Octavia, la segunda esposa de Antonio, la tutela de los hijos de Antonio y Cleopatra. Éste fue el destino del hombre que hubiera podido ser el primer emperador de Roma, y el de sus descendientes.