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El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo

Foto: Istock
El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo

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Episodio 27

Maquiavelo, el padre de la Ciencia Política moderna

En los años que pasó al servicio de la República de Florencia, Maquiavelo conoció de primera mano cómo el crimen y la falta de escrúpulos eran la única vía para el éxito en política. A menudo acusado de cínico, fue un gran observador de la naturaleza humana y honesto al escribir no sobre cómo debería ser el ejercicio del poder, sino sobre cómo era en realidad.

En los años que pasó al servicio de la República de Florencia, Maquiavelo conoció de primera mano cómo el crimen y la falta de escrúpulos eran la única vía para el éxito en política. A menudo acusado de cínico, fue un gran observador de la naturaleza humana y honesto al escribir no sobre cómo debería ser el ejercicio del poder, sino sobre cómo era en realidad.

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Nicolás se detiene en el umbral al darse cuenta de lo que le espera. Observa el gancho del techo y la cuerda que cuelga de él, y entiende que está a punto de enfrentarse al instante más dramático de su vida. Llega a añorar los lúgubres momentos transcurridos en su celda, un agujero oscuro y maloliente, lleno de excrementos de rata, y espera que pronto lo lleven de nuevo allí. Sus torturadores le piden, una vez más, noticias de la conspiración contra los Médicis en la que se supone que está involucrado. Pero Nicolás no puede decirles nada, porque no sabe nada. No es culpa suya que a alguien se le haya ocurrido incluirlo en la lista de personas con las que habría que contactar para derrocar al gobierno. El problema es que él aún no sabe si es el tipo de hombre que diría cualquier cosa con tal de evitar el dolor. Cuando le obligan a poner las manos detrás de la espalda y le aprietan las muñecas con la cuerda, se da cuenta de que pronto descubrirá de qué pasta está hecho.

Ha tenido que lidiar muchas veces con grandes hombres que han hecho del valor y de la fuerza –física y anímica– su arma vencedora. Ha tratado con ellos de igual a igual, y ahora ha llegado el momento de descubrir si merece que le consideren a su altura. Empiezan a levantarlo, y los tendones de sus brazos se tensan tanto que parece que van a romperse. Lanza un grito de dolor. Querría no hacerlo; quizás un hombre como César Borgia, a quien tanto admiraba, no daría esa satisfacción a sus torturadores. Sus brazos parecen a punto de separarse del cuerpo. La cuerda los levanta en sentido contrario a los movimientos permitidos por las articulaciones. Tiene la sensación de que se los arrancan del busto. Las lágrimas le nublan la vista, y vuelven borrosas las siluetas de sus torturadores. Los estertores de su agonía convierten las preguntas en ruido de fondo. Ahora sus pies cuelgan a unos palmos del suelo. No, se siente como si estuviera pegado al techo. Sabe lo que sucederá y se concentra para soportar el impacto. Pero lo sueltan demasiado pronto y al caer al suelo el golpe es violento; quizá sus tobillos se hayan dislocado, como los hombros. Ni siquiera tiene tiempo de gemir: ya empiezan a levantarlo de nuevo. Y sabe que continuarán hasta que hable. O hasta que se den cuenta de que no sabe nada. Pero Nicolás sólo puede hacerse una pregunta. ¿Cómo ha podido acabar en una situación tan crítica? Una época turbulenta Lengua afilada, sin duda. Pluma mordaz como pocas, también. Pero prudente e incluso cambiante en su postura política.

Así era Nicolás Maquiavelo, siempre dispuesto, en una época de frecuentes cambios de régimen, a dejar una puerta abierta a quien no ocupase el poder, pero quizá pudiese hacerlo al cabo de poco. Por eso, lo que le sucedió en 1513 debió de resultarle completamente inesperado. Lo encarcelaron acusado de haber participado en una conspiración contra el régimen de los Médicis, que habían vuelto a Florencia el año anterior, después del paréntesis republicano iniciado en 1494, cuando fueron expulsados de la ciudad. La época de Maquiavelo no es sólo la del auge del Renacimiento, sino también la de las guerras de Italia, el momento en el que fueron más intensas las luchas por el dominio de la Península, que implicaron a las principales potencias surgidas de la fragmentación medieval, es decir, Florencia, la República de Venecia, el reino de Nápoles, el ducado de Milán, un papado que, con la familia Borgia, había hecho más manifiestas aún sus ambiciones terrenales, y potencias extranjeras como Francia, España y el Sacro Imperio, todas dispuestas a expandir su área de influencia. Este convulso período comenzó en 1492 con la muerte de Lorenzo el Magnífico, el señor de Florencia que, con su carisma, había logrado mantener el equilibrio entre los estados italianos. Y fue entonces cuando Maquiavelo dejó de ser espectador de la política italiana para convertirse en uno de sus actores. Sucedió en 1498, el día después de la ejecución de Girolamo Savonarola. Tras la caída de los Médicis, este dominico, envuelto en un aura profética, había instaurado una república teocrática, pero su enfrentamiento con el papado provocó su excomunión, que precipitó su caída. Entonces dieron comienzo los catorce años de existencia de la República florentina, ahora laica. Maquiavelo fue elegido secretario de la Segunda Cancillería de Florencia y de los Diez de Libertad y Paz, que se ocupaban de la política exterior y de los asuntos militares. En calidad de embajador, tendría ocasión de relacionarse con muchos de los personajes más ilustres de la época.

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La resuelta dama de Forlì.

En julio de 1499, Maquiavelo tuvo la oportunidad de tratar con un peso pesado del calibre de Catalina Sforza, señora de Imola de Forlì. Florencia esperaba que Octavio Riario, hijo de Catalina, siguiera luchando como mercenario en la guerra que la ciudad mantenía contra Pisa, pero cobrando menos de lo que ella pedía. En un primer momento, Maquiavelo pareció haber convencido a Catalina de aceptar el acuerdo, pero más tarde la señora cambió de idea; lo hizo después de que Maquiavelo hubiera informado a la República de su éxito, lo que puso al secretario en una situación muy embarazosa. Debido a esta disputa, Florencia dejó de apoyar a Catalina, y ello expuso sus dominios a las ambiciones de César Borgia, el hijo natural del papa Alejandro VI. César, que estaba construyendo su propio estado en Italia central, no perdió el tie mpo: tomó Forlì y capturó a su señora. Por su parte, Maquiavelo, resentido por el cambio de opinión de Catalina, se vengó de ella en sus Discursos describiéndola como una mujer insensible y despiadada con ocasión de la muerte de su marido, Girolamo Riario, asesinado por unos conspiradores de Forlì, que más tarde la hicieron prisionera junto con sus hijos. Los conjurados querían apoderarse de la fortaleza de Ravaldino: «Y como el guardián de la fortaleza no se la quería entregar, la señora Catalina prometió a los conspiradores que, si la dejaban entrar, haría que se la entregaran a ellos, y les dijo que retuvieran a sus hijos como rehenes. Bajo esta promesa, la dejaron entrar; ella, una vez dentro, desde las murallas les recriminó la muerte de su marido, y los amenazó con todo tipo de venganzas. Y para demostrar que sus hijos [que había dejado como rehenes] no le preocupaban, les mostró sus genitales, diciendo que aún podía tener más hijos». Justo un año después, el secretario se reunía nada menos que con Luis XII, el nuevo rey de Francia, para intentar convencerlo de que cancelara la deuda contraída por la ciudad a causa de la ayuda (en realidad, sólo teórica) que el soberano había prestado a Florencia en la reconquista de Pisa. Fue un nuevo fracaso, así que Maquiavelo fue retirado y sustituido por otro embajador.

Pero no sería la última misión de Maquiavelo ante el soberano galo: la presencia francesa en el norte de Italia suponía un contrapeso al interés del papado por ampliar los dominios de la Iglesia, vecinos a los de Florencia –lo que suponía una clara amenaza para los florentinos–, y a la República le convenía estar a bien con unos y con otros. César Borgia Justamente, el siguiente encargo de Maquiavelo lo llevó ante el hijo del pontífice Alejandro VI: César Borgia, el personaje más carismático de la época. Acababa de someter a su yugo a la Romaña y parecía que su próximo objetivo era precisamente Florencia, a la que había quitado algunos territorios. Esta vez, la labor de Maquiavelo tuvo éxito, en parte gracias a la presión de la corte de Francia, contraria a una mayor expansión del duque. Maquiavelo también fue testigo de uno de los crímenes más atroces de Borgia: la «matanza de Senigallia», una trampa a la que el duque atrajo a los lugartenientes conjurados contra él, para asesinarlos tras fingir que quería negociar la paz. La narración de este cruento episodio, considerado como el primer relato político de Maquiavelo, resulta aleccionadora tanto sobre la naturaleza humana como sobre los medios necesarios para conservar el poder. Unas líneas bastan como muestra: «Cuando cayó la noche y cesaron los tumultos, el duque decidió hacer matar a Vitellozzo y Oliverotto; y, llevándolos juntos a un lugar, hizo que los estrangularan. Allí ninguno de ellos empleó palabras dignas de su vida pasada, ya que Vitellozzo rogó que suplicaran al papa que le diera indulgencia plenaria por sus pecados, y Oliverotto, llorando, echaba a Vitellozzo toda la culpa de las injurias cometidas contra el duque».

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Pero Borgia no renunció a sus ambiciones sobre Florencia, y a partir de entonces él y Maquiavelo tuvieron otras ocasiones de encontrarse y convertirse en buenos amigos, hasta el rápido declive del primero. El escenario, entonces, fue ocupado por el personaje que más había intervenido en la caída de Borgia: el papa guerrero Julio II –que, como cardenal, había sido enemigo acérrimo del papa Alejandro VI–. Precisamente la actividad militar y política de Julio II, que pretendía convertir el papado en la primera potencia de Italia, afectó de lleno a Florencia y acabó por trastocar la vida de Maquiavelo cuando, en 1511, el pontífice se alió con España para conseguir sus propósitos y minar la hegemonía francesa en el norte de Italia. Al año siguiente, las tropas españolas al servicio del papa derrotaron a las florentinas en Prato, asaltaron esta ciudad y permitieron el retorno de los Médicis. En una carta a Isabel d’Este, marquesa de Mantua, escrita poco después de los hechos, anota: «Murieron más de cuatro mil hombres, y el resto cayeron presos y fueron sometidos a todo tipo de abusos para liberarse; no perdonaron ni vírgenes escondidas ni lugares sagrados, los cuales se llenaron de violaciones y sacrilegios». Salida del escenario Al año siguiente, Maquiavelo fue acusado de conspiración contra los Médicis y torturado. Al parecer, su única culpa había sido conocer a algunos de los personajes implicados en la conjura, de modo que su nombre aparecía a menudo en las reuniones que celebraban. Entre los participantes se encontraba su amigo Pietro Paolo Boscoli, noble florentino que acabó perdiendo un papelito con una veintena de nombres anotados, entre los cuales se hallaba el de Nicolás.

El 18 de febrero de 1513, ese papel fue descubierto por un orador sienés, Bernardino Cocci, que informó de ello a Juliano de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico y regente de Florencia. Se produjeron arrestos inmediatos, que llevaron en sólo cinco días a la condena a muerte por decapitación del propio Boscoli y de Agostino Capponi. Probablemente la conspiración tenía mayores dimensiones, pero el régimen prefirió no ensañarse. Maquiavelo, por su parte, hizo lo posible para congraciarse con el regente de Florencia, dedicándole un soneto en el que narraba cómo lo habían despertado los rezos de los dos condenados a muerte. Pero habría permanecido en la cárcel sin la amnistía que siguió a la elección de un Médicis como pontífice, con el nombre de León X. Aunque libre, estaba políticamente acabado. Aparte de un encargo como canciller de los Procuradores de las Murallas (esto es, responsable de la defensa de la ciudad), se retiró a la vida privada y escribió obras que lo harían mucho más famoso que sus gestas, y en las que, como hizo en El príncipe, vertió su conocimiento de los oscuros entresijos de la política del Renacimiento, que tan íntimamente conoció.

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