El negocio de la superstición

Magia y brujería en la antigua Roma

Dentro de la vida cotidiana de los romanos no era extraño encontrarse con la brujería y la magia. Desde conjuros de amor hasta maldiciones mortales, existían una gran variedad de prácticas para satisfacer los deseos por vías poco ortodoxas.

Mosaico en la Villa de Cicerón, Pompeya

Mosaico en la Villa de Cicerón, Pompeya

Aurelia, hija adolescente de una familia patricia romana, le ha echado el ojo a Lucio, un joven con una prometedora carrera senatorial por delante. Siguiendo las instrucciones proporcionadas por una mujer de dudosa reputación, escribe en una tablilla de plomo un conjuro de amor para que Lucio corresponda a su amor y, en caso de no ser así, “que se le rompa el pene”. Al terminar, manda a una de sus esclavas de confianza a enterrarlo en un cruce de calles por el que él suele pasar a diario. Ahora solo queda esperar a que la brujería haga su efecto.

Esta podría ser una de los miles de tabillas de defixión (o de maldición) que los antiguos romanos solían usar para sus inconfesables prácticas de brujería. Aunque la magia formaba parte de la religión oficial y contaba con sus propios sacerdotes, a menudo la gente – independientemente de su estrato social – recurría a la brujería, que implicaba prácticas más directas y peligrosas que pedir amablemente un deseo a los dioses y sentarse a esperar que estuvieran de humor para concederlo. Por ese motivo, el estado desconfiaba y perseguía estas prácticas, aunque sin mucho éxito.

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Magia oficial y magia prohibida

La diferencia fundamental entre la magia oficial y la prohibida (aquella que llamaríamos brujería) estaba en el tipo de vínculo que se creaba con las fuerzas sobrenaturales. La primera formaba parte de las prácticas oficiadas por los sacerdotes del estado y era una forma de mediación con lo sobrenatural: en esta categoría podemos incluir la adivinación y las ofrendas a los dioses.

La adivinación, de raíces etruscas, era una forma de intentar prepararse para los acontecimientos conociéndolos por adelantado, y se realizaba mediante una variedad de ritos como observar el vuelo de los pájaros o las entrañas de un animal sacrificado. Las ofrendas consistían en pedir el favor de los dioses e intentar “comprarlos” mediante regalos o sacrificios, pero dichos dioses podían decidir no intervenir o, peor aún, hacerlo en su contra si no habían quedado satisfechos por las ofrendas. Otro tipo de magia que entraba dentro de lo permitido, aunque técnicamente debería haber sido considerada brujería, eran los amuletos, cuya función era ahuyentar el mal o proteger contra los conjuros malignos.

La diferencia fundamental entre la magia oficial y la prohibida (aquella que llamaríamos brujería) estaba en el tipo de vínculo que se creaba con las fuerzas sobrenaturales

Fascina galorromanos en el Museo de Saint-Remi (Reims, Francia)

Fascina galorromanos en el Museo de Saint-Remi (Reims, Francia)

Los fascina (plural de fascinum) eran amuletos en forma fálica, muy usados contra el mal de ojo.

Foto: Vassil (CC)

La brujería también invocaba fuerzas sobrenaturales, pero en este caso trataba de forzar el uso de sus poderes mediante conjuros y rituales; la diferencia era, pues, que quien los conjuraba supuestamente podía conseguir de forma directa que sus propósitos se cumplieran. Esto lo convertía en un individuo potencialmente peligroso, especialmente por el hecho de que este tipo de magia solía estar ligada a divinidades o entes infernales. Por ese motivo, y porque era un tipo de magia individual que escapaba al control del estado, las autoridades prohibían su uso y perseguían a quienes la empleaban, a pesar de lo cual nunca consiguieron erradicar su práctica.

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Para que un conjuro surtiera efecto, había que seguir un procedimiento concreto. Generalmente se acudía a las sagae, lo que llamaríamos hechiceras, que proporcionaban los ingredientes y las instrucciones necesarias o, si se trataba de una poción, la entregaban ya preparada. Las sagae eran muy mal vistas por la sociedad, aunque muchos hicieran uso de sus servicios, y solían vivir en barrios marginales y peligrosos; por lo que un romano o romana de bien enviaría a sus esclavos a encargarse del "recado".

Se trataba en su mayoría de mujeres extranjeras, generalmente griegas, egipcias o del Levante mediterráneo. Empezaron a ser habituales en Roma a finales de la época republicana y su número aumentó considerablemente bajo el Imperio. Las autoridades las veían con extrema desconfianza, ya que incluso los romanos de clase alta eran muy supersticiosos y temían que sus enemigos usaran sus poderes contra ellos: los dos dictadores del siglo I a.C., Sila y Julio César, promulgaron leyes que castigaban con la muerte a quien practicara magia para causar daño a otros; y varios emperadores persiguieron cualquier actividad sospechosa de brujería.

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Pociones, conjuros y vudú

La brujería comprendía tres tipos de conjuros: las pociones, que incluían cosas tan variadas como pócimas de amor, afrodisíacos y venenos; las tablillas de defixión, en las que se escribía una fórmula para pedir un resultado concreto; y las maldiciones, que se realizaban de forma similar a lo que llamaríamos vudú con unas figuras llamadas kolossoi en griego.

Kolossoi griego en el Museo del Louvre

Kolossoi griego en el Museo del Louvre

Foto: CC

Las pociones se encontraban en una línea difusa entre la medicina y la magia: los médicos preparaban remedios que supuestamente podían mejorar la potencia sexual o despertar el deseo; incluso Plinio el Viejo, uno de los grandes naturalistas de la antigua Roma, los menciona, aunque señalando la gran carga de superstición que hay al respecto. Las recetas eran cuanto menos exóticas, con ingredientes como pelo de mula o caballitos de mar. Otras eran venenos, algunos de los cuales resultaban fulminantes y otros eran de acción lenta para hacerlos pasar por enfermedades.

Las tablillas de defixión eran un soporte para escribir conjuros. Se podían fabricar con muchos materiales, pero los preferidos eran la cera por la facilidad de escribir en ella y el plomo por ser un metal ligado al inframundo. En estas había que escribir una fórmula que constaba de tres partes: la invocación a las fuerzas sobrenaturales, la petición de un deseo y las consecuencias en caso de que este no se cumpla. Las más habituales tienen que ver con obtener el amor de otra persona y ofrecen una visión inquietante del deseo humano, ya que a menudo terminan augurando un destino horrible a la persona supuestamente amada si esta no les corresponde, como “que su esposa muera en la noche de la boda”, “que se le rompa el pene” o “que los perros la violen”. También se usaban mucho para lanzar maldiciones. Una vez terminadas, las tablillas debían ser enterradas en lugares considerados de fuerte poder mágico, como los cruces de caminos o junto a un pozo o una cueva, por su conexión con el mundo subterráneo.

Las tablillas debían ser enterradas en lugares considerados de fuerte poder mágico, como los cruces de caminos o junto a un pozo o una cueva

Tablilla de maldición de Bath

Tablilla de maldición de Bath

En esta localidad inglesa se han encontrado unas 130 tablillas de defixión, muchas referentes a robos producidos en las termas. Las víctimas desean al culpable cosas como "que sea maldecida su sangre y ojos y cada miembro, y sus intestinos sean carcomidos si ha robado mi anillo o ha estado al tanto del robo".

Foto: Mike Peel (CC)

Los kolossoi eran estatuillas con forma humana fabricadas generalmente con barro, cera o metal. Procedentes del mundo griego, se empleaban para maldecir a alguien, perforándolas con agujas o clavos, pero podían ser usadas de varias maneras: por ejemplo, se podían enterrar junto con las tablillas de defixión, si el propósito de estas era maldecir a alguien, para potenciar su efecto; o como protección en la entrada de la casa, para que la desgracia cayera sobre los ladrones. Si su efecto iba dirigido a una persona en concreto, se pintaban sus iniciales y se mezclaba con el material de la figura algo que perteneciera a la víctima, como cabellos o un trozo de ropa.

Estas actividades persistieron mucho tiempo después de la introducción del cristianismo, para desesperación de la Iglesia, que las condenaba como prácticas del Diablo. Entre la población, la creencia en la magia siguió arraigada y, he hecho, a menudo las denuncias de brujería no procedían de las autoridades sino de la gente corriente, a raíz de hechos inexplicables como una epidemia o la muerte del ganado. Y ni siquiera el clero estaba libre de esas antiguas creencias: al fin y al cabo, ¿qué eran las reliquias, si no una versión cristianizada de los amuletos romanos?

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