El Carnaval de la antigua Roma

Lupercales, la fiesta romana de la fertilidad

La fiesta romana de las Lupercales, que se celebraba del 13 al 15 de febrero, tenía características que en la era cristiana se dividieron entre el Carnaval y San Valentín. Sus orígenes y propósito están relacionados con la fecundidad de las mujeres y la naturaleza.

Lupercalia, Andrea Camassei

Foto: Museo del Prado

Según la leyenda, los gemelos Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba llamada Luperca, la cual se convirtió en el animal totémico de Roma. Del 13 al 15 de febrero se celebraban en su honor las fiestas llamadas Lupercales, que se suelen asociar a los orígenes de San Valentín pero que en realidad tenían mucho más en común con el Carnaval. Eran la celebración de la fertilidad, tanto de las mujeres como de la naturaleza misma, y su origen se remonta más allá del nacimiento de la propia Roma.

La imagen de las Lupercales es la de jóvenes hombres, casi desnudos y vestidos con pieles, que persiguen a las mujeres golpeándolas con tiras de piel de cabra para procurarles la fertilidad. Era una de las fiestas más desinhibidas de los romanos y, junto con las Saturnales -que tenían lugar en diciembre-, dieron origen al Carnaval.

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Orígenes legendarios

Los orígenes de las Lupercales, en realidad, no están nada claros y en ocasiones son contradictorios. Los textos más detallados que tenemos sobre estas fiestas datan de época imperial y provienen de tres autores: el historiador Dionisio de Halicarnaso y el poeta Ovidio, que vivieron durante el principado de Augusto; y el escritor Plutarco, casi un siglo posterior a ellos. Estos nos ofrecen dos versiones distintas sobre esta fiesta que se remontaba a los orígenes de la ciudad, es decir, entre 700 y 800 años atrás.

Según Dionisio y Plutarco, se trataba de un antiguo rito griego procedente de la región de Arcadia y dedicado al dios Pan Liceo, señor de la naturaleza y de los animales salvajes, en particular de los lobos y de las cabras. Según esta versión, originalmente consistía en una carrera en honor al dios para pedirle que mantuviera alejados a los lobos de los rebaños; de ahí que los participantes se vistieran con pieles de cabra y máscaras de lobos.

En cambio, según Ovidio, su origen se remontaría a los tiempos de Rómulo, el fundador de la ciudad. Según una leyenda, durante su reinado se produjo un episodio prolongado de esterilidad entre las mujeres romanas, por lo que estas realizaron un peregrinaje al bosque sagrado de Juno, la diosa del hogar. Esta les habría respondido que debían ser “penetradas por el sagrado macho cabrío”, en alusión al dios Fauno Luperco, divinidad de los rebaños y de los bosques. Un augur etrusco interpretó la profecía, sacrificó una cabra y con su piel golpeó la espalda de las mujeres; estas, al cabo de diez lunas (unos nueve meses solares) dieron a luz.

Rómulo y Remo

Rómulo y Remo

La leyenda sobre la fundación de Roma habla una loba llamada Luperca que amamantó a los gemelos durante su infancia, por lo que este animal se convirtió en el símbolo de la ciudad. Según una interpretación alegórica, la loba representaría a una prostituta, a las que se llamaba despectivamente “lobas”: esta alegoría simbolizaría el origen humilde de Roma.

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Dejando de lado su carácter legendario, esta segunda versión probablemente se acerca más a la verdad, ya que se tiene constancia de otros pueblos vecinos que celebraban ritos semejantes; en particular los sabinos, que se convirtieron en los primeros aliados de los romanos. Es posible que, tras la conquista de Grecia a finales de la era republicana, se adoptaran características del rito arcadio, ya que las Lupercales mezclan aspectos de ambas versiones.

En la interpretación romana, sin embargo, la loba no se consideraba un peligro a ahuyentar sino una encarnación de Fauno Luperco, que habría adoptado aquella forma para proteger a Rómulo y a Remo. Otra interpretación alegórica de la loba la asociaría en realidad a una prostituta. Juntando las piezas de este puzzle mitológico, es probable que los romanos hubieran hecho malabarismos interpretativos para conjugar en una misma figura a la prostituta/loba que representaba la fertilidad humana y al dios/macho cabrío que representaba la fertilidad de la naturaleza.

Una fiesta polémica

Según la descripción detallada de Plutarco, las fiestas se iniciaban con el sacrificio de una cabra y de un perro en la gruta Lupercal, situada en el monte Palatino, donde según la leyenda habían sido amamantados Rómulo y Remo por la loba. La ceremonia era oficiada por los Lupercos, jóvenes sacedotes dedicados específicamente a este culto, y al final de esta se iniciaba a dos nuevos miembros del sacerdocio, escogidos entre los hijos de las familias patricias.

Los dos nuevos Lupercos se impregnaban la frente con la sangre de los animales sacrificados y con leche de cabra, se ataban sus pieles a modo de taparrabos -por lo demás iban desnudos- y, disfrazados con máscaras de lobos -o según otras versiones, con la cara cubierta de barro- se lanzaban a correr alrededor del Palatino, golpeando en su camino a las mujeres que encontraban con las pieles de los sacrificios. El espectáculo debía de ser bastante obsceno puesto que Augusto, famoso por su preocupación por la moral, transfirió el papel de los Lupercos a los hijos de la orden ecuestre, vetándolo a los patricios por considerarlo poco digno.

Los sacerdotes Lupercos golpeaban a las mujeres con las pieles de los animales sacrificados para propiciar la fertilidad.

Este rito que a nuestros ojos puede parecer macabro tenía un significado simbólico representado por el doble “disfraz” de lobo y de cabra: como dioses lobo reafirmaban su dominio sobre la naturaleza circundante, y como dioses cabríos propiciaban la fertilidad de las mujeres. Ante la proximidad de la primavera, el sacrificio de la cabra tenía también la función de aplacar simbólicamente el hambre de los lobos ofreciendo una víctima ritual a su divinidad protectora. Para los primeros romanos, que eran básicamente una comunidad de pastores, procurarse el favor de los dioses de la naturaleza era una preocupación de primer orden.

César en las Lupercales

César en las Lupercales

Uno de los episodios más famosos de las Lupercales se produjo en el año 44 a.C. cuando Marco Antonio, que oficiaba como Luperco, quiso coronar simbólicamente a Julio César. Tres veces le ofreció la corona y tres veces la rechazó César, para desmentir los rumores de que quería proclamarse rey.

Ilustración de la Historia del Mundo (1894) por John Clark Ridpath.

Foto: CC

Quienes sí se mostraron muy preocupados por aquel espectáculo fueron los sacerdotes cristianos, especialmente porque el sacrificio de animales era un reducto de paganismo: el papa Gelasio I afirmó que solo "la vil chusma" participaría en un festival semejante. A pesar de ello las Lupercales sobrevivieron hasta finales del siglo V, siendo una de las últimas fiestas romanas en ser sustituida por celebraciones cristianas. La Iglesia intentó reemplazarla por diversas festividades como la de San Valentín, un santo del siglo III que según la leyenda fue ejecutado el 14 de febrero, o la de la Purificación de la Virgen, el día 2 del mismo mes.

Sin embargo, el carácter de las Lupercales encontró una nueva vía de expresión en el Carnaval, una fiesta popular nacida de los cultos dionisíacos y con un fuerte componente sexual, por lo que casaba muy bien con la idea de propiciar la fertilidad. Los disfraces clásicos, con máscara y elaboradas ropas, tenían el propósito de proteger la identidad de quienes los llevaban y distaban mucho de la imagen de las Lupercales, por lo que la Iglesia finalmente tuvo que aceptar -si bien a regañadientes- esa fiesta como un “periodo de licencia” previo al inicio de la Cuaresma, una época de abstención de los deseos carnales antes de la Pascua.

San Valentín por su parte se convirtió en el día de los enamorados, alejándose del carácter religioso que había querido darle el cristianismo. Al final, la gente demostró preferir a la vieja Luperca que a la virgen o al devoto santo, que les ofrecían la salvación en la otra vida pero menos alegrías en esta.

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