Conflicto obrero en el siglo XIX

Luditas, la gran rebelión contra las máquinas del siglo XIX

Entre 1811 y 1816, miles de soldados ingleses combatieron a los luditas, que destruían la maquinaria textil como protesta por la degradación de sus condiciones de trabajo y de vida

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FOTO: Mary Evans / AGE Fotostock

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Ludditas, los hombres contra las máquinas

A inicios del siglo XIX, los trabajadores vieron empeorar sus condiciones laborales y de vida debido al uso de maquinaria en las tareas agrícolas e industriales, lo que implantó jornadas laborales más largas y duras, redujo la demanda de mano de obra e impuso salarios más bajos. La respuesta que dio el movimento ludita fue la destrucción de la maquinaria de las fábricas. El grabado sobre estas líneas representa a dos luditas destruyendo un telar, fue publicado en el Penny Magazine, en 1844.

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El asesinato del patrón

Los luditas acusaron a los patronos de usar las máquinas para producir componentes de mala calidad y degradar las condiciones laborales de sus trabajadores. El gobierno movilizó a miles de soldados para combatirlos y los enfrentamientos armados se multiplicaron. En 1812, el empresario William Horsfall, que había prometido que la sangre de los luditas llegaría a su silla de montar, fue emboscado por un grupo de obreros que lo tirotearon mientras paseaba a caballo. Este grabado recrea el momento y fue publicado en The Cronicles of Crime en 1887.

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Ned Ludd, el caudillo imaginario

En 1811, los empresarios comenzaron a recibir cartas amenazadoras firmadas por un tal General Ludd, un personaje imaginario que al parecer evoca el nombre de un aprendiz de tejedor, Ned Luddlam, que rompió a martillazos el telar de su maestro en 1779. Sobre estas líneas, Ludd en un grabado coloreado de autor desconocido, publicado en 1812.

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Industrias modernas

Cromford Mill fue la primera factoría textil impulsada por energía hidráulica. Dedicada al hilado de algodón, la fundó Richard Arkwright en 1771.

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Tejedores, un gremio afectado

Esta caja de música de mediados del siglo XIX representa a un maestro tejedor ejerciendo su oficio. Los trabajadores de la industria textil fueron los primeros en sufrirlas consecuencias de la entrada de máquinas en sus fábricas.

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Guerra abierta

La actividad de los luditas provocó pánico entre los terratenientes y grandes empresarios ingleses, que veían al movimiento como un verdadero peligro para sus empresas y sus beneficios. En la imagen, un cartel que ofrece generosas recompensas por cualquier información sobre ataques a telares publicado en 1808.

El formidable aumento de la actividad agrícola que Gran Bretaña experimentó en el siglo XVIII proporcionó a algunas familias la prosperidad que necesitaban para disponer de una máquina de hilar en casa y completar con ella sus precarios ingresos. Pero las innovaciones técnicas que habían permitido ese crecimiento de la producción también hicieron que sobraran muchos brazos en el campo, y quienes perdieron sus medios de vida emigraron hacia unas ciudades en continuo crecimiento. Allí, los oficiales y aprendices que trabajaban en talleres y comercios urbanos vieron cómo una avalancha de campesinos desahuciados y en busca de trabajo llenaba los suburbios.

En estas zonas urbanas se devoraban los libros de radicales como Thomas Paine y se mostraba simpatía hacia los jacobinos que entonces tomaban el mando de la Revolución francesa. En 1794, el aumento de la tensión política y social llevó al Gobierno a suspender el hábeas corpus, la garantía jurídica fundamental para los detenidos. Cinco años más tarde, las Anti-Combination Acts prohibieron la asociación de trabajadores, lo que hizo imposible la negociación colectiva. No tardaría en estallar el conflicto entre los obreros y los patronos, apoyados por un Estado que temía la unión de radicalismo político y reivindicaciones laborales.

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El ritmo de las máquinas

Algunos artesanos y campesinos que habían podido comprar una máquina llegaron a acumular pequeños excedentes de capital y los invirtieron en la incipiente industria, adquiriendo nuevas máquinas. La competencia entre estos primeros industriales exigía mejoras técnicas que permitieran fabricar más rápido y barato. Esa demanda provocó una cascada de inventos que multiplicó la capacidad productiva, destacando especialmente el uso de la máquina de vapor en aquellas primeras fábricas, que despertó la hostilidad de hiladores y tejedores porque reducía la mano de obra necesaria. Ya en 1778 se había producido en la región de Lancashire algún episodio de destrucción de las máquinas hiladoras más grandes, las que abarataban sueldos y desmerecían la cualificación de los artesanos que conocían bien el oficio; estos últimos veían como el conocimiento de su profesión, laboriosamente adquirido, no servía de nada a la hora de competir con máquinas que multiplicaban la producción. Los nuevos obreros aún tenían presente la vieja concepción del trabajo propia de los campesinos y los artesanos de los gremios, que mantenían su propio y distendido ritmo de trabajo, algo imposible para operarios que se hacinaban en la fábrica bajo la atormentadora voluntad del capataz, sometidos a duros reglamentos, a severas penalizaciones por contravenirlos, al control del tiempo que marcaba la sirena de la fábrica, al ritmo ruidoso de la máquina.

La revuelta

A los duros cambios en el entorno laboral y a la restricción de las libertades políticas se sumó en 1806 el bloqueo del comercio entre los puertos británicos y europeos ordenado por Napoleón, en guerra con Gran Bretaña, lo que privó a los ingleses de muchos mercados, dejó a muchos obreros sin trabajo y obligó a muchos empresarios –desprovistos de buenas materias primas por el bloqueo– a producir mercancías de menor calidad.

Entonces explotó todo. Sucedió en Arnold, un pueblo cerca de Nottingham, la principal ciudad manufacturera del centro de Inglaterra. El 11 de marzo de 1811, en la plaza del mercado, los soldados del rey dispersaron una reunión de obreros en paro. Aquella misma noche, casi un centenar de máquinas fueron destruidas a golpe de maza en fábricas donde se habían bajado los salarios.

Se trataba de reacciones colectivas espontáneas y dispersas, pero que no tardaron en adquirir cierta coherencia. En noviembre, en el cercano pueblo de Bulwell, hombres enmascarados que blandían mazas, martillos y hachas destruyeron varios telares del fabricante Edward Hollingsworth. En el transcurso del ataque se produjo un tiroteo que acabó con la vida de un tejedor. La presencia de fuerzas militares evitó que la región se incendiara, pero el ambiente se podía cortar.

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Fue entonces cuando los fabricantes empezaron a recibir misteriosas misivas firmadas por un imaginario General Ludd. Este personaje dio nombre a un movimiento de protesta que no estaba centralizado, pero sí era el fruto de esfuerzos coordinados, quizá sugeridos por antiguos soldados, que –además de cartas anónimas intimidatorias y pasquines llamando a la insurrección– prepararon expediciones punitivas nocturnas.

El 12 de abril de 1811 se produjo la primera destrucción de una instalación industrial, cuando trescientos obreros atacaron la fábrica de hilados de William Cartwright en Nottinghamshire y destruyeron sus telares a mazazos. La pequeña guarnición encargada de defender el edificio hirió a dos jóvenes guarnicioneros, John Booth y Samuel Hartley, que fueron capturados y fallecieron sin revelar los nombres de sus compañeros.

¡Pena de muerte!

En febrero de 1812, el Parlamento aprobó la Framebreaking Bill, que castigaba con la pena de muerte la destrucción de un telar. La oposición fue mínima. Lord Byron, en el único discurso que pronunció durante toda su vida en la cámara de los Lores, preguntó: "¿Es que no hay ya suficiente sangre en vuestro código penal?".

La represión siguió adelante: hubo 14 ejecuciones y 13 personas fueron deportadas a Australia. Sin embargo, la mano dura no detuvo a los luditas, hasta el punto de que para perseguirlos se armó un ejército de doce mil hombres, en un momento en que apenas diez mil ingleses luchaban contra Napoleón en el continente. Este hecho no sólo demuestra el terror que los luditas despertaron entre las clases dominantes, también habla de las dimensiones de aquella especie de guerra civil que enfrentaba el capitalismo ascendente –basado en la fábrica, la disciplina laboral y la libre competencia– con los luditas, que reivindicaban el precio justo, el salario adecuado y la calidad del trabajo.

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Al denunciar el aumento del ritmo de trabajo que los encadenaba a la máquina, los luditas ponían de manifiesto la otra cara de la tecnología. Cuestionaban el progreso técnico desde un punto de vista moral, defendiendo la cooperación frente a la competencia, la ética frente al beneficio. No es que en su ignorante resistencia a las novedades renegaran de toda tecnología, sino sólo de aquélla que agredía a la comunidad. Por eso sus ataques eran precisos: rompían las máquinas que pertenecían a patronos que producían objetos de mala calidad, a bajo precio y con peores salarios. Vistos así, podría verse en los luditas a activistas de un movimiento crítico que reclamaba una aplicación de la tecnología de acuerdo con las necesidades humanas.

La represión gubernamental culminó en un aparatoso proceso celebrado en York y la ejecución de 17 luditas en enero de 1813. Meses antes, una serie de procesos en Lancaster había terminado con ocho ahorcados y 17 deportados a Tasmania. Los durísimos castigos y la recuperación económica que llegó tras las guerras napoleónicas pusieron fin al movimiento ludita en 1816, pero su tragedia encierra una pregunta inquietante: ¿Hasta dónde nos debe llevar el progreso?

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La cólera de Ludd. Julius van Daal. Pepitas de calabaza, Logroño, 2015.

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