Personaje singular

Louisa May Alcott, la feminista que escribió "Mujercitas"

En 1867, Louisa May Alcott publicó una célebre novela protagonizada por cuatro jóvenes hermanas en la que dio cauce a su ideal de mujer fuerte e independiente.

La novelista Louisa May Alcott en una fotografía tomada en la década de 1880.

Foto: Bridgeman / ACI

En Nochebuena, en una velada triste por la partida de su padre al frente, cuatro hermanas se confían las amarguras causadas por la pobreza, las privaciones y la guerra, pero después se animan unas a otras, se alegran y al final se abandonan a la «atmósfera de paz hogareña que lo impregnaba todo». Con esta escena comienza Little Women (Mujercitas), de Louisa May Alcott, una novela que marcó a varias generaciones. ¿Quién que la haya leído no ha empatizado, desde la infancia, con la juiciosa Meg, la rebelde Jo, la dulce Beth o la frívola Amy?

Cronología

Escritora de éxito y militante

1832

Nace Louisa May Alcott en Germantown, hija del pastor calvinista Amos Bronson Alcott y la activista Abigail May.

1862

Durante la guerra de Secesión, Louisa sirve como enfermera en el Union Hospital de Georgetown.

1868

El editor Thomas Niles convence a Louisa para que escriba Mujercitas a cambio de publicar un libro filosófico de su padre.

1875

Louisa May Alcott asiste al Congreso de la Mujer en Syracuse (Nueva York) y allí lucha a favor del voto femenino.

1888

Muere a causa del mercurio con el que trató el tifus contraído mientras trabajaba en el hospital de Georgetown.

El nacimiento de la novela

El destino del libro quedó marcado en el otoño de 1867, cuando el director de la editorial Roberts Brothers, Thomas Niles, pidió a Louisa May Alcott, de 35 años, una escritora talentosa, pero aún no muy conocida, que dejara de lado sus cuentos de hadas para niños y creara una novela dirigida a las jóvenes. Alcott se tomó su tiempo, porque no se sentía a la altura de aquella tarea. De pequeña era una niña poco femenina a la que le encantaba inventar historias, correr y trepar a los árboles, y muy pronto tuvo que trabajar para ayudar a su familia. Nunca conoció, en parte por decisión propia, la ligereza de la adolescencia, los bailes de sociedad ni las aspiraciones de las mujeres de la época de convertirse en «perfectas» esposas y madres.

Meses más tarde, en mayo de 1868, Niles prometió a Louisa que, si escribía la novela, publicaría un manuscrito filosófico de su padre, el pastor calvinista Amos Bronson Alcott. Preocupada por la felicidad de su familia, Louisa accedió y comenzó a buscar inspiración. ¿Dónde podía hallar a las protagonistas de su libro? La respuesta era simple: en su propia casa. Su familia se convertiría en la familia March, y las cuatro hermanas asumirían en parte el carácter de las cuatro hermanas Alcott. Aunque Mujercitas no era un texto autobiográfico, algunos episodios de la vida personal de la autora acabaron impregnando la historia de Meg, Jo, Beth y Amy.

Así quedó lista la columna vertebral de Mujercitas. La novela seguía durante un año las aventuras de las hermanas entre el amor, los descubrimientos y los sueños. La novela fue la primera de una saga, en la cual Beth muere prematuramente y las otras tres jóvenes toman caminos distintos: Meg se dedica a la familia, Jo a la escritura y la educación, y Amy al arte. Pero ¿cómo se entrelaza la vida de Louisa con la ficción?

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Las hermanas Alcott

Nacida en 1832 en Germantown, cerca de Filadelfia, Louisa May Alcott era la segunda de las cuatro hijas del pastor Bronson Alcott y de Abigail May, una abolicionista y activista por los derechos de las mujeres que fue un modelo para sus hijas. La primogénita, Anna, fue la única que siguió un camino tradicional y se casó con el actor aficionado John Pratt; de hecho, algunos episodios de su boda recuerdan mucho las nupcias de Meg March. La tercera, Elizabeth, murió de escarlatina con trece años, y la última, Abigail May, se convirtió en una conocida pintora, aunque quedó eclipsada por la fama de su hermana mayor. Abigail May viajaba a menudo de Estados Unidos a Europa, donde conoció a un rico hombre de negocios suizo con el que se casó en 1878 y del cual poco después tuvo una hija, Louisa May Nieriker, apodada «Lulu». Tras la temprana muerte de su madre a causa de las fiebres puerperales, la niña se fue a vivir con sus dos tías a Concord, en Massachusetts. Y fue a su querida Lulu a quien una Louisa ya famosa, aunque siempre tímida, dedicó sus últimas historias.

Thomas Niles prometió a Louisa publicar un libro de su padre si ella escribía Mujercitas

Louisa se retrató a sí misma –y a sus aspiraciones– en Josephine, Jo, la hermana más testaruda de su novela. Del mismo modo que Louisa, Jo cultiva el sueño de consolidarse como escritora. Todo lo que Alcott anotó en su diario en 1846 podría referirse perfectamente a la protagonista de Mujercitas: «La gente piensa que soy extraña y salvaje [...]. No he hablado con nadie de mis proyectos futuros, pero tendrán éxito». Jo se enamora del rico Laurie Laurence, y pese a que éste la corresponde ella prefiere evitar un vínculo convencional para perseguir sus ambiciones en Nueva York. Una vez más, el diario de Louisa ayuda a reconstruir las decisiones de Jo: «Me gusta la sensación de ser independiente y, aunque mi vida no sea fácil, es libre y me gusta». En Nueva York, Jo conoce al profesor Friedrich Bhaer, con quien se casa y funda un centro escolar en Plumfield, la finca que le había dejado como herencia una tía adinerada.

La decisión de Jo y su marido también parece responder a un episodio autobiográfico de la autora. En efecto, en 1834, cuando Louisa aún era una niña, su padre se mudó con su familia a Boston para abrir la Temple School, un centro basado en la libre expresión y en la asunción de responsabilidades por parte de los alumnos. Allí, el pastor puso en práctica los preceptos del trascendentalismo americano, un movimiento filosófico y literario según el cual el individualismo, entendido como la constante mejora de uno mismo, se combina con la conciencia de una hermandad universal y de la unión con la naturaleza. Estos principios, unidos a la aspiración a un bien superior predicada por el calvinismo, guían a las cuatro hermanas de Mujercitas y se hallan entre las enseñanzas de la escuela de Jo. Y, según los estudiosos, también dieron forma al camino de Louisa.

Lucha por la emancipación

La escritora había alternado constantemente su trabajo como gobernanta e institutriz con el cuidado de la familia y la escritura de numerosas historias educativas para niños y jóvenes, a menudo publicadas con el seudónimo de A. M. Barnard. Su vida, marcada por un intenso trabajo y por las estrecheces económicas, mejoró gracias al éxito inmediato de Mujercitas, que en su diario definió como «el primer huevo de oro del patito feo», y del resto de novelas sobre las hermanas March. Tras lograr cierta estabilidad financiera, Louisa se implicó más en cuestiones sociales y comenzó a colaborar con el importante periódico feminista The Woman’s Journal. También asistió al Congreso de la Mujer en Syracuse (Nueva York), en 1875, y luchó por el derecho al voto femenino, que logró hacer efectivo en Concord por primera vez en la elección de un consejo escolar local.

Orchard House, la casa familiar de Louisa May Alcott, donde la novelista escribió Mujercitas, en una fotografía no datada.

Orchard House, la casa familiar de Louisa May Alcott, donde la novelista escribió Mujercitas, en una fotografía no datada.

Foto: Bridgeman / ACI

En una carta del 4 de septiembre de 1873, Louisa afirmó: «Me gusta ayudar a las mujeres a ser ellas mismas, y esta es, en mi opinión, la mejor manera de resolver la cuestión femenina. Es nuestro deber hacer cualquier cosa, y hacerla bien, y no creo que nadie pueda negárnoslo». En sus obras, Alcott permitió a otras mujeres imaginar alternativas, perseguir sus sueños, preferir un amor sincero antes que el matrimonio para acceder a un estatus social más alto. Sus heroínas contraen matrimonios no convencionales, como el de Jo y el profesor Bhaer, escriben, viajan libremente y fundan escuelas, siempre con el objetivo de ser mejores personas. Pero sin olvidar nunca al prójimo, sobre todo en tiempos de dificultades, como en la guerra de Secesión norteamericana.

Louisa conocía muy bien esta realidad porque durante algunos meses, desde 1862, había prestado servicio como enfermera en el Union Hospital de Georgetown. Allí contrajo el tifus, enfermedad que entonces se trataba con un medicamento a base de mercurio, metal que la intoxicó y la condujo a un final prematuro, en 1888, con sólo 55 años. La sobrevivieron Jo, Meg, Beth y Amy, destinadas a dejar una huella indeleble en la historia de la literatura y de las mujeres.

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Jo corta su pelo. Grabado del artista Harold Copping. 1868.

Jo corta su pelo. Grabado del artista Harold Copping. 1868.

Foto: Bridgeman / ACI

Un pequeño sacrificio

En la novela de Alcott, la familia March pasa grandes estrecheces a causa de la guerra de Secesión. En una ocasión, a fin de que su madre pueda ir a visitar a su padre, Jo decide sacrificar su único tesoro, su cabello, haciendo que se lo corten para luego venderlo (en la época, el cabello natural se usaba para hacer postizos). Su hermana Meg le pregunta: «¿No te dio pena cuando comenzó a cortar?». Y Jo responde: «No. Nunca me aflijo por pequeñeces; pero debo confesar que tuve una sensación extraña cuando vi mi querido cabello extendido en la mesa [...]. Me pareció haber perdido un brazo o una pierna».

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Cartel de la primera versión de Mujercitas, de 1933.

Cartel de la primera versión de Mujercitas, de 1933.

Foto: Alamy / ACI

Mujercitas en el cine

Mujercitas se ha llevado varias veces a la gran pantalla. En 1933, George Cukor escogió a Katharine Hepburn para el papel de Jo. En el film se incidía en el optimismo y las tranquilas renuncias de las jóvenes. En la versión de 1949, de Le Roy, se pone énfasis en el servicio militar. Y la visión feminista se hace más patente en las de 1994 y 2019.

Este artículo pertenece al número 206 de la revista Historia National Geographic.