Religión romana

Los Flámines en la antigua Roma, la encarnación de los dioses en la tierra

En la antigua Roma, los flámines fueron los miembros de un arcaico cuerpo sacerdotal con misteriosas atribuciones. Estos sacerdotes estaban sujetos, tanto ellos como sus esposas, las flamínicas, a un gran número de prescripciones, algunas de ellas bastante curiosas.

Augusto ataviado como pontífice máximo. Museo Nacional Romano del Palacio Massimo alle Terme, Roma.

Augusto ataviado como pontífice máximo. Museo Nacional Romano del Palacio Massimo alle Terme, Roma.

Augusto ataviado como pontífice máximo. Museo Nacional Romano del Palacio Massimo alle Terme, Roma.

Foto: PD

A lo largo de mil años, desde el tiempo en que los etruscos dominaron Roma hasta el fin de la dinastía de los Severos, la religión romana se sirvió de un sacerdote consagrado al servicio de la divinidad, herencia de una Antigüedad llena de sombras mistéricas.

Su nombre, flamen, de la misma raíz inodoeuropea que el antiguo término indio brahman, hacía referencia al soplo (flatus, del verbo flare) con el que encendía el fuego sagrado del altar y pronunciaba las palabras mágicas y fórmulas expiatorias, cuya alteración podía atraer la mala fortuna.

Las privaciones del flamen

El flamen era considerado como la estatua viviente del dios al que consagraba su vida y como la encarnación de este en la tierra. Puesto que participaba de la esencia divina, estaba obligado a respetar numerosas limitaciones que evitaban la corrupción de su pureza.

El flamen era considerado como la estatua viviente del dios al que consagraba su vida.

Busto de un flamen. Museo del Louvre, París.

Busto de un flamen. Museo del Louvre, París.

Busto de un flamen. Museo del Louvre, París.

Foto: PD

La muerte, la guerra, todo lo que yacía más allá del pomerium, el límite sagrado de la ciudad, eran elementos contaminantes de los que el flamen debía mantenerse alejado: le estaba prohibido tocar a los muertos, presenciar un entierro o acudir a un luto, entrar en contacto con cualquiera de los animales asociados al otro mundo, como el perro, el caballo o el ciervo; no podía comer ningún alimento crudo ni probar las habas (legumbre de carácter fúnebre e infernal); no podía participar en ninguna guerra ni ausentarse más de una noche de la ciudad en a que se levantaba el altar de su dios. De hecho, el flamen untaba con barro las patas de su lecho para recordar que le estaba vedado alejarse de él durante las horas de reposo.

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Prisionero del dios

El carácter sagrado de su persona se manifestaba con una nutrida serie de símbolos y rituales de la vida cotidiana: por ejemplo, ningún anillo podía rodear sus dedos, ni podía haber en su cuerpo o en sus ropas nudo o lazo alguno. Tal grado de superstición existía en torno al nudo que el flamen no podía ni tocar ni nombrar la hiedra, ni acercarse a una vid, plantas nudosas; si un prisionero entraba encadenado en su casa, era liberado inmediatamente de sus cadenas, que, sacadas por el hueco del impluvium, se arrojaban a la calle desde el tejado.

El carácter sagrado del flamen se manifestaba con una nutrida serie de símbolos y rituales de la vida cotidiana.

Relieve en el que puede verse a Marco Aurelio ofreciendo un sacrificio asistido por el flamen dialis. Museos Capitolinos, Roma.

Relieve en el que puede verse a Marco Aurelio ofreciendo un sacrificio asistido por el flamen dialis. Museos Capitolinos, Roma.

Relieve en el que puede verse a Marco Aurelio ofreciendo un sacrificio asistido por el flamen dialis. Museos Capitolinos, Roma.

Foto: Matthias Kabel (CC BY-SA 3.0)

Las ataduras sociales y morales también podía acarrear la mala suerte, por lo que los flámines estaban exentos de todas las obligaciones que atan a los demás hombres, es decir, del trabajo, de la guerra o de los cargos públicos. Todos los días eran para ellos fasti o feriati, "festivos". Para su aseo personal solo podía utilizar instrumentos de bronce, material considerado sagrado por estar fabricados con él los utensilios sacrificiales. Los restos de sus uñas y el cabello que se cortaba se enterraban junto a un árbol protegido por los dioses, el arbor felix.

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Los privilegios del flamen

La flamínica, esposa del flamen, no estaba libre de las mencionadas prescripciones; es más, se le prohibía también que no subiera más arriba de un tercer escalón, para evitar que la más mínima parte de su cuerpo quedara a la vista, y debía ir siempre cubierta con un velo. La pareja de sacerdotes era el símbolo de la piedad conyugal, y ella, el ideal de matrona romana: casta, púdica, tejedora de la lana, univira (de un solo hombre) y unicuba (de un solo lecho). Era la encargada de tejer el purpúreo manto de lana (laena) que el flamen se ponía sobre la toga praetexta durante los sacrificios, y su propio manto, de color azafranado con el que las recién casadas entraban en su nueva casa.

La flamínica, esposa del flamen, tampoco estaba libre de prescripciones.

Relieves del exterior del Ara Pacis de Augusto que muestran procesiones de sacerdotes y de miembros de la familia imperial.

Relieves del exterior del Ara Pacis de Augusto que muestran procesiones de sacerdotes y de miembros de la familia imperial.

Relieves del exterior del Ara Pacis de Augusto que muestran procesiones de sacerdotes y de miembros de la familia imperial.

Foto: Miguel Hermoso Cuesta (CC BY SA 3 0)

A estas prendas se añadía el atributo que diferenciaba al flamen del resto de los sacerdotes: una mitra coronada con una rama de olivo envuelta en lana, para el flamen, y una rama de granado sobre un peinado puntiagudo (tutulus), para la flamínica. El sacerdote debía ir siempre con la cabeza cubierta y, si durante un sacrificio se le caía el gorro, era expulsado inmediatamente de su cargo.

En compensación por el cumplimiento de tantos preceptos, el flamen gozaba de ciertos privilegios públicos, como recorrer Roma en carro durante los días solemnes, en los que estaba prohibido ocupar la silla curul, suspender la ejecución de los condenados, ir acompañado por un lictor o tener reservados los mejores asientos en el teatro.

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¿Quiénes eran los flámines?

La dignidad de flamen, el flamonium, la concedía el pontífice máximo, quien elegía a uno entre una terna de patricios y lo convertía, mediante un rito que simulaba una captura, en propiedad del Estado. El comicio romano, tras consultar los augurios y constatar el beneplácito de los dioses, inauguraba al nuevo flamen tal como se hacía con templos y estatuas. Su esposa, con la que debía haberse casado según el más sagrado rito romano, la confarreatio, se convertía en sacerdotisa del mismo dios. El flamonium concluía con la muerte de uno de los cónyuges.

El comicio romano, tras consultar los augurios y constatar el beneplácito de los dioses, inauguraba al nuevo flamen.

Relieve del lado oeste del Ara Pacis. En él se aprecia una procesión de flámines, tocados con su característico gorro.

Relieve del lado oeste del Ara Pacis. En él se aprecia una procesión de flámines, tocados con su característico gorro.

Relieve del lado oeste del Ara Pacis. En él se aprecia una procesión de flámines, tocados con su característico gorro.

Foto: Wolfgang Rieger (CC BY SA 3 0)

Existieron en Roma quince flámines: tres mayores, patricios consagrados a los genios protectores de las tres tribus fundacionales, Júpiter, Marte y Quirino, y doce menores, sacerdotes plebeyos de dioses del mundo rural, protectores de la tierra, de los ríos y de la vegetación. 

El cargo más prestigioso era el flamen de Júpiter, ministro supremo de las funciones religiosas del Estado. Presidía las fiestas Lupercales, participaba en las festividades de expiación de febrero, establecía el comienzo de la vendimia, cuyas primicias ofrecía al dios, junto con un joven carnero, y, en los idus de cada mes, sacrificaba en el Capitolio una oveja que recorría la Vía Sacra acompañada de un solemne cortejo.

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Una religión de Estado

La institución del flamen nació ligada a los poderes del rey Numa Pompilio, y estuvo a punto de desaparecer durante la República. Pero, desde la reforma religiosa de Augusto, se restauró adaptada a los intereses de la política imperial. El flamen pasó a ser un sacerdote al servicio del Estado, encargado de hacer sacrificios al genio tutelar de la ciudad, que no era otro que el emperador. Ya el mismo año en que Julio César fue declarado divus (divino), Marco Antonio ocupaba el flaminado de Júpiter.

La institución del flamen nació ligada a los poderes del rey Numa Pompilio, y estuvo a punto de desaparecer durante la República.

Relieve que representa una suovetaurilia, uno de los ritos más sagrados donde se sacrificaban animales en honor al dios Marte.

Relieve que representa una suovetaurilia, uno de los ritos más sagrados donde se sacrificaban animales en honor al dios Marte.

Relieve que representa una suovetaurilia, uno de los ritos más sagrados donde se sacrificaban animales en honor al dios Marte.

Foto: PD

Más adelante, Augusto, padre de la patria, patrón de municipios y fundador de colonias, fue honrado como genio protector y héroe fundador de ciudades, y el flaminado se convirtió más en un gesto de adulación al príncipe que en un homenaje a los dioses patrios. El cargo quedaba reservado a ricos aristócratas ya que para acceder al mismo era necesario entregar de dos mil a doce mil sestercios, bien en moneda, bien sufragando la erección de nuevos edificios o la celebración de banquetes y juegos escénicos.

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En las provincias, el flamen ejercía sus funciones sacerdotales durante un solo año (el flamen romano lo era a perpetuidad), cumplido el cual cesaba en su ejercicio, aunque conservaba de por vida los privilegios adquiridos: ser miembro del Senado y de las asambleas provinciales y tener erigida una estatua en el templo imperial. Con el paso del tiempo, el culto a Roma, al emperador reinante y a todos los anteriores que habían sido divinizados se concentró en un único flamen, que ya solo realizaba sacrificios en las festividades relacionadas con el poder. El antiguo culto a los dioses y a los genios tutelares acabó, así, por convertirse en un culto abstracto e impersonal al Estado.

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