Religión romana

Los cultos domésticos en la antigua Roma

Manes, lares, penates y todo tipo de dioses para cada circunstancia y situación eran adorados en todos los hogares romanos, donde se practicaba una religiosidad privada, familiar y totalmente libre, dirigida por el pater familias.

Larario en un termopolio de Pompeya.

Larario en un termopolio de Pompeya.

Larario en un termopolio de Pompeya.

Foto: iStock

La familia y la vida familiar ocupaban un espacio privilegiado en la sociedad y en el sistema de valores romano. Este espacio era protegido por un conjunto de potencias divinas de carácter muy original y por rituales que se ejecutaban en el ámbito estrictamente privado, bajo el control del cabeza de familia, o pater familias. Estos cultos constituyen uno de los rasgos más originales de la religión romana. Rasgo común a la mayoría de las divinidades citadas era su carácter de espíritu y la ausencia de una personalidad individual, reflejada en un nombre, una figura antropomorfa y unos mitos, tal y como muestran la religión griega o los dioses romanos helenizados de la Roma republicana e imperial.

Estas divinidades se invocaban exclusivamente para funciones muy concretas, como protectoras, y se consideraban como inmanentes a la casa que salvaguardaban: toda familia tenía sus propios dioses. Cada lugar de la casa era preservado por una divinidad: el hogar por Vesta, la puerta y el umbral por Jano, el almacén o penus por los penates. A ellos se añadían los dos lares, como protectores de la casa y de sus residentes, y los manes, venerados como antepasados muertos de la familia. Además, cada varón contaba con su propio protector personal o genio, un espíritu inseparable del individuo que personificaba la continuidad de la familia; generalmente se representaba como una serpiente o como un hombre vestido con toga. 

Fresco en el que aparece la diosa Juno, patrona del matrimonio, descubierto en Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Fresco en el que aparece la diosa Juno, patrona del matrimonio, descubierto en Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Fresco en el que aparece la diosa Juno, patrona del matrimonio, descubierto en Pompeya. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Foto: ArchiOptix (CC BY SA 4 0)

Una deidad para cada ocasión

Las imágenes de lares, penates, Vesta y los genios se situaron en el atrio de la casa, y más tarde en el interior de un altar: el larario. Las divinidades familiares eran objeto de culto regular. Cada día, al amanecer y en las comidas, la familia dirigía plegarias a los penates, a Vesta y a Jano. Los lares recibían culto los días festivos y en tres ocasiones del mes. La fiesta de los genios se celebraba en el aniversario del pater familias. También las situaciones más importantes de la vida cotidiana, desde el nacimiento a la muerte, contaban con la tutela de divinidades particulares. Durante el nacimiento de un niño, la madre era defendida de Silvano, dios de los bosques, por tres hombres que velaban la puerta de la casa. Para su protección se invocaba a Juno y a dos dioses, Picumnus y Pilumnus, que solo se conocen en esta situación de la vida cotidiana.

Las imágenes de lares, penates, Vesta y los genios se situaron en el atrio de la casa, y más tarde en el interior de un altar: el larario.

Vesta, diosa del hogar, representada en un larario de Pompeya.

Vesta, diosa del hogar, representada en un larario de Pompeya.

Vesta, diosa del hogar, representada en un larario de Pompeya.

Foto: PD

Por otra parte, la aceptación del recién nacido en la familia venía marcada por un sacrificio en el altar doméstico y por su encomendación a los dioses que más protegían a la juventud: Apolo, Diana y las ninfas. Durante su infancia, el niño era protegido por diosas muy especializadas: Potina le daba de beber, Educa le hacía comer, Abeona le conducía a la escuela y Adeona protegía su retorno. Además, el niño llevaba al cuello una cajita, la bulla, que contenía talismanes contra los maleficios. Otra ceremonia significativa era la del paso de la infancia a la juventud. En el caso del varón, hacia los 17 años, el individuo adoptaba la denominada toga virilis, una vestimenta sin ornamentos; dedicaba la bulla de su infancia a los lares de su hogar, y realizaba un sacrificio a Juventus, la diosa de la juventud.

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La religiosidad en el matrimonio

El matrimonio era una situación aún más importante y suponía, a la vez, un acto jurídico y religioso. Mediante el primero, se aseguraba el futuro nacimiento legítimo de un niño, en tanto que descendiente de padres ciudadanos que habían contraído una unión legítima. El acto religioso era tanto o más significativo, y que separaba a la novia de los cultos de su familia de origen. Las fases más importantes de la ceremonia se acompañaban de plegarias: en el momento en que se unían las manos de los esposos se recitaba a Juno Pronuba y a otras divinidades. A la entrada de su nueva casa, la desposada debía realizar una ofrenda en el altar doméstico. 

El matrimonio era una situación aún más importante y suponía, a la vez, un acto jurídico y religioso.

Fresco que representa la dios Priapo encontrado en la Casa de los Vettii, Pompeya.

Fresco que representa la dios Priapo encontrado en la Casa de los Vettii, Pompeya.

Fresco que representa la dios Priapo encontrado en la Casa de los Vettii, Pompeya.

Foto: iStock

Ya durante la noche de bodas, la novia debía orar junto al lecho nupcial, sentándose sobre mutunus tutunus, una imagen de un falo que simbolizaba a Príapo, quien también era un dios guardián de los jardines, de los huertos y, en general, un dios de la fertilidad. Al día siguiente, en que tenía lugar un banquete de los parientes, la esposa hacía una ofrenda a los lares y penates de su nuevo hogar.

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Recordar a los difuntos

La muerte suponía una situación muy delicada, que imponía la purificación de los vivos y el alejamiento de los difuntos, convertidos en esencias divinas (manes), a fin de que no pudieran perjudicar a los primeros. La primera obligación consistía en asegurar un entierro regular y purificar a la familia con una ofrenda a la diosa Ceres. El peligro que podían suponer los difuntos era conjurado a través de su culto. Aunque de carácter privado, estos cultos se recogían en el calendario romano.

La muerte suponía una situación muy delicada, que imponía la purificación de los vivos y el alejamiento de los difuntos.

Escena de la Eneida en la que los penates llaman a Eneas para que abandone Creta.

Escena de la Eneida en la que los penates llaman a Eneas para que abandone Creta.

Escena de la Eneida en la que los penates llaman a Eneas para que abandone Creta.

Foto: PD

Un conjunto de fiestas importante era el formado por las parentalias (entre el 13 y el 21 de febrero) o días de los antepasados, en los cuales se debían visitar las tumbas y realizar ofrendas. Se completaban con las feralias (el 21 de febrero), cuando se cerraban los templos, y las caristias (22 de febrero), en que se celebraba un banquete familiar. Una nueva ocasión de recordar a los difuntos eran las lemurias (9, 11 y 13 de mayo), cuando el pater familias se levantaba de noche, solo, y arrojando habas negras a su espalda repetía la fórmula "marchad, manes de los ancestros". Finalmente, se consideraba que los días 24 de agosto, 5 de octubre y 8 de noviembre se establecía una comunicación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.

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Una religiosidad patriarcal

El pater familias era el responsable absoluto de la organización del culto doméstico, que dirigía como sacerdote y máxima autoridad, del mismo modo que controlaba el patrimonio y la vida de todos los miembros de la familia. Él asumía la custodia de la tradición recibida de los antepasados y aseguraba su transmisión a los descendientes. En las ocasiones normales el pater familias era asistido por sus hijos; en las ceremonias especiales (por ejemplo, en la celebración del matrimonio o en el caso de un sacrificio) era ayudado por sacerdotes, encargados de sacrificar a los animales y, especialmente, por adivinos. Toda la familia participaba en los cultos domésticos, incluidos los esclavos.

El pater familias era el responsable absoluto de la organización del culto doméstico, que dirigía como sacerdote y máxima autoridad.

Lar romano procedente de Lora del Ri´o, Sevilla. Museo Arqueolo´gico Nacional, Madrid.

Lar romano procedente de Lora del Ri´o, Sevilla. Museo Arqueolo´gico Nacional, Madrid.

Lar romano procedente de Lora del Ri´o, Sevilla. Museo Arqueolo´gico Nacional, Madrid.

Foto: Luis Garcia (Zaqarbal) (CC BY SA 3 0)

Los rituales domésticos eran muy variados. Los más simples consistían en arrojar al fuego unas gotas de la bebida que había de tomarse; los más complejos suponían verdaderas ofrendas realizadas con un ceremonial precios, para cuya ejecución el pater familias se vestía con una toga blanca. También existía la costumbre de recoger los restos de alimentos caídos de la mesa y quemarlos en el hogar tras la comida. En las ocasiones más importantes, se embellecía el larario con guirnaldas de flores.

Estatuilla de bronce de un genio representado como un pater familias.

Estatuilla de bronce de un genio representado como un pater familias.

Estatuilla de bronce de un genio representado como un pater familias.

Foto: Luis Garcia (Zaqarbal) (CC BY-SA 3.0)

A diferencia de otros ámbitos de la religión pagana, como el culto al emperador o a los dioses oficiales del Estado, los cultos domésticos mantuvieron su vitalidad durante toda la época imperial. Los emperadores cristianos de finales del siglo IV e inicios del siglo V d.C. tuvieron que promulgar disposiciones específicas amenazando con castigos severos a quienes siguieran estas prácticas, con el fin de desarraigarlas. 

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