Príncipe y mecenas

Lorenzo de Médici, el gobernante que cambió la historia del arte en el Renacimiento

Sin ser un rey, Lorenzo de Médicis supo hacer de Florencia la corte más brillante de Europa en el siglo XV. Gracias a su mecenazgo, poetas, pintores, escultores y arquitectos llevaron las artes del Renacimiento a su cumbre.

Lorenzo fue además de señor de Florencia un importante patrón de las artes que contrató entre otros a Miguel Ángel y a Da Vinci.

Foto: Cordon Press

Pocos hombres consiguen cumplir los sueños de su generación. El florentino Lorenzo de Médici (1449-1492) fue uno de ellos. Llamado «el Magnífico» por sus contemporáneos, completó en su propia persona el ideal del hombre del Renacimiento. Astuto diplomático y príncipe de Florencia, supo aprovechar hábilmente el poder para alcanzar sus ambiciones políticas. Poeta, filósofo y mecenas reconocido, Lorenzo cultivó desde joven el arte de la palabra con maestría y propició con su mecenazgo el lanzamiento al estrellato de algunos de los más grandes artistas de su tiempo.

Joven dulce y refinado, de tez blanca y mirada astuta, con buen porte y talle, elegantemente vestido a lomos de un caballo blanco: así dibujó el pintor Benozzo Gozzoli a un joven Lorenzo en un espléndido fresco de la capilla de los Magos del palacio Medici-Riccardi, la residencia de la familia en su ciudad, Florencia. La obra representa la comitiva de los tres reyes magos. Gozzoli utilizó este tema como pretexto para encarnar en el papel de reyes al patriarca de la familia, Cosme de Médici, a su primogénito Pedro y al nieto preferido de Cosme: Lorenzo, llamado a continuar la grandeza del linaje.

La educación de un príncipe

Lorenzo vivió desde su más tierna infancia rodeado de cultura y esplendor. La gran fortuna familiar, amasada por su abuelo Cosme en las mesas de cambio de media Europa, no sólo abrió a los Médici los resortes del poder en la ciudad florentina, sino que también les permitió convertirse en afamados coleccionistas y extraordinarios mecenas. Cosme de Médici tuvo bajo su protección a numerosos artistas, como Fra Angelico, Donatello o Paolo Uccello, al tiempo que cultivó la amistad y compañía de humanistas de la talla de Niccolò Niccoli, Poggio Bracciolini o Marsilio Ficino. A este último, Cosme le encargó en 1459 la fundación, en la villa medicea de Careggi, de una academia a imagen y semejanza de la antigua Academia de Platón en Atenas. Florencia se convirtió en el más importante cenáculo de artistas, filólogos e intelectuales del humanismo italiano, y el joven Lorenzo no desaprovechó este legado.

Una de las facetas menos conocidas de Lorenzo el Magnífico es su obra literaria, que abarca temas tan dispares como los poemas de amor, la filosofía, la comedia e incluso algunas reflexiones sobre lo divino. Retrato por Girolamo Macchietti.

Foto: Wikimedia Commons

Bajo el pupilaje de su estimado preceptor, Gentile Becchi, Lorenzo recibió una educación humanística que encauzó sus habilidades e intereses. Siguiendo los preceptos de los «estudios de humanidad» típicos del Renacimiento, el joven Lorenzo se adentró en el estudio de los clásicos, de la retórica y de la dialéctica, así como en las enseñanzas de la historia y de la filosofía. Completaron su formación cortesana lecciones de baile y de música. En esta última disciplina lo adiestró Antonio Squarcialupi, organista de Santa María del Fiore y uno de los músicos más reconocidos de su tiempo, que consiguió desarrollar en el joven Médici el gusto por distintos instrumentos –especialmente el laúd, que tocaba con soltura– e incluso por el canto, aunque su voz demasiado ronca no era precisamente la más adecuada para esta disciplina, como reconocían los contemporáneos. El estudio de las bellas artes no impidió a Lorenzo disfrutar de los placeres que le deparaba la ciudad, como los bailes de Carnaval o los torneos caballerescos, que eran particularmente de su agrado y en los que participó victorioso en más de una ocasión.

Los príncipes del Renacimiento solían aparecen en las obras que encargaban para decorar palacios e iglesias, aquí Lorenzo aparece en la confirmación de la regla franciscana por Inocencio III, pintada por Domenico Ghirlandaio en la iglesia de la Santísima Trinidad de Florencia.

Foto: Wikimedia Commons

Asimismo, desde muy temprana edad cultivó con maestría la literatura en italiano, o más bien en toscano, pues el dialecto florentino, afinado por autores de la talla de Dante o Pretarca, se convirtió durante el Renacimiento en modelo de la lengua literaria en toda Italia. En 1465, a los quince años, un Lorenzo claramente inspirado en Petrarca ya había escrito su primera obra poética en lengua vernácula: Corinto, un conjunto de rimas sobre el amor platónico del pastor Corinto por la ninfa Galatea. De esta época también datan sus primeras novelas cortas –La Ginevra (1468) e Il Giacoppo (1469)– y su mejor obra en verso, La Nencia da Barberino (1468), una divertida sátira del amor cortés en la que el rudo campesino Vallera busca infructuosamente los favores de la dulce pastorcilla Nencia. Eran obras de tono desenfadado y de erotismo a flor de piel. Il Giacoppo, en concreto, contaba una historia burlesca de amores licenciosos escrita al estilo de los versos vulgares del poeta florentino Luigi Pulci. Éste, entonces protegido de la madre de Lorenzo, Lucrecia, ejerció una enorme influencia sobre el joven, que no tardó en incorporarlo a su fiel círculo de amigos.

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También desde muy joven, Lorenzo compuso sonetos y canciones al estilo de su admirado Petrarca, elección que no era demasiado habitual entre los poetas de su tiempo. Como Petrarca, que cantó a Laura, también Lorenzo tuvo una amada ideal: Lucrecia Donati, dama de excepcional belleza a la que cortejó tanto en sus poesías como en las numerosas fiestas y bailes que organizaba, pese a que ella estaba casada y él muy pronto contraería un enlace de conveniencia con Clarisa Orsini, una noble romana. Al parecer, este amor no pasó de lo cortés, a diferencia de sus múltiples devaneos con cortesanas florentinas, que le valieron las censuras de su preceptor y de muchos otros.

Clarisa es la protagonista de este óleo de Domenico Ghirlandaio pintado en 1490.

Foto: Wikimedia Commons

El joven y precoz Lorenzo también participó tempranamente en los debates filosóficos y literarios de los académicos en Villa Careggi. El contexto cultural era propicio. En 1453, cuando Lorenzo contaba cuatro años, los turcos conquistaron Constantinopla, la capital del Imperio bizantino. Este hecho convirtió los territorios italianos en un hervidero intelectual. Estudiosos bizantinos exiliados en la bella y rica Florencia, como el filósofo Georgios Gemistos, trajeron consigo sus amplios conocimientos, lo que permitió la consulta y estudio de las fuentes griegas originales. Bajo el mecenazgo de los Médici y la influencia de Gemistos, Marsilio Ficino tradujo al latín la obra entera de Platón y de otros filósofos griegos posteriores, como Plotino, Porfirio o Proclo. Todo ello convirtió la nueva Academia de Florencia en cuna moderna del neoplatonismo, esto es, en heredera filosófica de Platón y de las interpretaciones posteriores que de él hicieron Plotino y su escuela de seguidores.

Así pues, en Villa Careggi, Lorenzo coincidió con figuras de la talla del filósofo Pico della Mirandola, del polifacético humanista Leon Battista Alberti o del poeta Angelo Poliziano, a quien acogió en su casa y convirtió en su secretario personal, y luego en preceptor de su primogénito. Rodeado de estímulos y ávido de conocimiento, el Magnífico no dudaba en entablar discusiones con todos ellos. Éste es el caso de las controversias filosóficas con el propio Ficino, que tanto influyeron en su gusto artístico. El ascendente del filósofo sobre Lorenzo es notorio en alguna de las obras que éste escribió, como De summo bono (1473), en la que se reproduce una discusión entre ambos sobre el peso de la razón y de la voluntad en la consecución del bien absoluto. El influjo de Ficino sobre el joven Médici llegó incluso a repercutir en las primeras decisiones políticas y personales que tomó, como la expulsión de Florencia de su antiguo amigo el poeta Luigi Pulci, a quien Ficino consideraba un licencioso perturbador de la moral pública.

El ascenso al poder

La muerte de su padre Pedro de Médici, en diciembre de 1469, trastocó repentinamente la vida hasta entonces despreocupada del joven heredero. Con apenas veinte años, tuvo que ponerse al frente de los Médici y proteger los intereses y posición de su familia, que tenía no pocos enemigos entre la nobleza de Florencia. Éstos incluso intentaron impedir la sucesión de Lorenzo con el pretexto de que había que restablecer la libertad de la República. Pero los partidarios de los Médici convocaron una gran asamblea en la plaza frente al palacio de la Señoría, circundada por 3.000 hombres armados a cuyo frente iba el propio Lorenzo, a caballo y armado con una coraza, profiriendo gritos de «¡Viva el pueblo!», pues los Médicis siempre se habían presentado como protectores de las clases bajas de la ciudad. Sus rivales fueron condenados al exilio, aunque su amenaza no desaparecería en ningún momento.

Para convertir a Florencia en el centro cultural de Italia Lorenzo invitó a los artistas más importantes del renacimiento. En este fresco del Palazzo Pitti Miguel Ángel le muestra un busto de fauno.

Foto: Wikimedia Commons

Lorenzo buscó primero el consejo de los que lo rodeaban, como Ficino, pero rápidamente demostró su valía como gobernante y aprendió a dominar las riendas del poder por él mismo. En más de una ocasión consiguió escapar de las conjuras que organizaron sus enemigos y supo aprovechar el giro de los acontecimientos para su propia causa, aplicando guante de seda o puño de hierro. En 1478, por ejemplo, Lorenzo consiguió convencer de un modo espectacular a Fernando I, rey de Nápoles, para que retirara su declaración de guerra contra los florentinos. Partió de Florencia para Nápoles de improviso, solo y desarmado, con el peligro de ser descubierto por sus enemigos. Logró alcanzar al príncipe napolitano, convencerlo y lograr la paz entre ambos territorios. También ese mismo año pudo escapar de la conspiración organizada por el papa Sixto IV y la familia florentina de los Pazzi para asesinarlo a puñaladas. Dos años después, en 1480, sus informadores consiguieron descubrir y capturar a un supuesto eremita que tenía por objetivo asesinarlo. Lo mismo sucedió en 1481 cuando las autoridades florentinas arrestaron, juzgaron y ejecutaron a tres destacados ciudadanos de la República florentina, enemigos acérrimos de Lorenzo, que, según los autos del juicio, pretendían asesinarlo.

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Pese a esas preocupaciones, Lorenzo mantuvo su gusto cortesano y humanista por las bellas artes. Desde su posición privilegiada al frente de la familia más rica y poderosa de la República florentina, el Magnífico se convirtió en gran protector de las artes, el mecenas por antonomasia del Renacimiento. Mostró un particular interés por la literatura en lengua toscana. Hasta el final de su vida siguió componiendo poesías que reunió en un Cancionero, al modo de su admirado Petrarca, por lo que el historiador florentino Guicciardini no dudó en calificarlo de «poeta universalísimo». Además, en 1476 impulsó una recopilación de obras de los más grandes poetas en lengua toscana desde el siglo XIII, la denominada Raccolta aragonese, entre las que hizo que se incluyeran algunas propias. Su intención era reivindicar la importancia del toscano en el campo universal de la poesía y, por extensión, el papel principal de Florencia y su región en los territorios italianos.

En su villa de Careggi el Magnífico se rodeaba de artistas con quienes celebraba ocasiones especiales como el aniversario de Platón (en la imagen).

Foto: Wikimedia Commons

Además de destacado escritor y literato, Lorenzo fue también un afamado coleccionista. El dinero de los negocios familiares le permitió amasar una colección extraordinaria de códices y libros antiguos, que años después se incorporaron a la Biblioteca Medicea Laurenziana, y de piedras preciosas, colgantes, camafeos, vasijas y otras piezas decorativas y escultóricas. Mediante intermediarios que operaban en la Roma natal de su esposa, Lorenzo adquirió una ingente colección de esculturas clásicas que hizo exhibir al aire libre, en el jardín de San Marcos, en una suerte de museo. Al lado del jardín, Lorenzo mandó construir el edificio de lo que sería la primera academia de bellas artes de toda Europa. Entre sus paredes convivieron grandes figuras del Renacimiento italiano que aprendieron a estudiar y a copiar los modelos clásicos. De los estudiantes más destacados que allí concurrieron sobresale Miguel Ángel, que cautivó rápidamente el interés de su protector, y a quien años después se le encargaría la realización de las esculturas de la capilla de los Médici en la sacristía Nueva de la basílica florentina de San Lorenzo.

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Un círculo selecto

El patronazgo de Lorenzo se ejerció sobre muchos de los artistas que protagonizaron la fase de plenitud del Renacimiento italiano: Andrea del Verrocchio, Antonio Pollaiuolo, Filipino Lippi, Domenico Ghirlandaio, Giuliano Sangallo, Sandro Botticelli... A todos ellos los trataba no como a criados, sino con «la afectuosa familiaridad que permite a un protegido permanecer en pie al lado de su protector, de hombre a hombre». Su verdadera ambición era que Florencia se convirtiera en capital de «todas las artes y de la virtud».

Uno de los artistas que se benefició de la protección de Lorenzo fue Leonardo da Vinci. En la década de 1470, cuando tenía poco más de veinte años y estaba empleado en el taller del escultor Verrocchio, fue introducido en la corte de Lorenzo, para quien se dice que tocaba la lira y cantaba. Cuando en 1476 fue denunciado por homosexualidad, seguramente por algún enemigo de los Médici que envidiaba a aquel atildado y presuntuoso joven, fue Lorenzo quien intervino para que los jueces rechazaran los cargos.

Miguel Ángel fue el encargado de construir la tumba del Magnífico en la capilla Medici de la basílica de San Lorenzo.

Foto: Wikimedia Commons

Sin embargo, cabe pensar que Leonardo no acababa de encajar en el ambiente de la corte medicea. No sabía latín ni griego y sus intereses se dirigían en gran medida a cuestiones científicas y técnicas que no eran apreciadas por los gobernantes florentinos. Quizá por eso, cuando en 1482 el Magnífico lo envió a Milán para que hiciera entrega al duque Ludovico Sforza de una lira de plata con cabeza de caballo realizada por el mismo artista, Leonardo decidió instalarse en la ciudad del norte para no volver a Florencia hasta diecisiete años más tarde. Un hecho que le ha valido a Lorenzo el reproche, sin duda excesivo, de no haber sabido reconocer el genio de Leonardo e incluso de rodearse sólo de mediocridades.

Hacia 1490 parecía que Lorenzo había conseguido culminar todas sus ambiciones. El esplendor intelectual y artístico de Florencia nunca había rayado tan alto y, tras años de guerra y confabulaciones, la paz parecía haber vuelto a la ciudad del Arno. Pero fue entonces cuando diversos predicadores empezaron a soliviantar al pueblo criticando el lujo y la ostentación de los Médici. Al frente de ellos, el dominico Girolamo Savonarola encauzó la indignación contra quienes, a su juicio, encarnaban la completa corrupción de las costumbres y el mal gobierno. A comienzos de 1492, Lorenzo decidió desplazarse a su querida villa de Careggi en busca de sosiego. Y en ese apacible retiro, lejos de las prédicas y diatribas de Savonarola, le sobrevino la muerte el 8 de abril de 1492.

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