El esplendor de Florencia en el Renacimiento

Lorenzo el Magnífico, un príncipe sin corona

Fue el miembro más ilustre de la dinastía Medici, llamado con justicia "el Magnífico": hábil político, gran mecenas y humanista, encarnó como nadie el ideal de hombre del Renacimiento y llevó a Florencia a uno de sus mayores periodos de esplendor.

Lorenzo de Medici

Agnolo Bronzino, Galleria degli Uffizi / CC

Lorenzo de Medici es seguramente el más conocido y admirado de su dinastía, y no es para menos: hábil político y gobernante, humanista y filósofo, amante del arte y artista a su vez, el Magnífico reunía en su persona las virtudes del hombre renacentista, como una encarnación del propio ideal de una época. Fue un príncipe sin corona que logró afirmar para su familia y su ciudad un rol central en la convulsa Italia del Renacimiento, en la que las alianzas podían cambiar de la noche a la mañana y las conjuras y traiciones estaban a la orden del día.

El ascenso de una dinastía

Lorenzo vino al mundo el día de Año Nuevo de 1449, un momento en el que su familia estaba en pleno ascenso político. Su abuelo Cosimo el Viejo, patriarca de los Medici, había jugado hábilmente sus cartas para garantizarse simultáneamente el apoyo de numerosos políticos y de los gremios del comercio y artesanado, erigiéndose en defensor de los intereses de los ciudadanos comunes y la burguesía frente a las familias aristocráticas. Las instituciones florentinas eran formalmente republicanas, pero en la práctica la oligarquía dictaba la política y la influencia de cada familia era determinada por su patrimonio y las alianzas que lograra establecer tanto en la propia Florencia como en las otras grandes ciudades.

Las instituciones florentinas eran formalmente republicanas, pero en la práctica las familias con mayor patrimonio y mejores alianzas dictaban la política.

Cosimo había fortalecido la banca Medici fundada por su padre, creando filiales en varias ciudades de Europa y convirtiéndose en el principal prestamista del Papado. Esta influencia permitió a la familia liderar de facto la facción popular de las instituciones florentinas. Pero el primogénito de Cosimo y padre de Lorenzo, Piero, no tuvo tanta suerte: llamado “el Gotoso” a causa de la enfermedad que sufría, solo llevó las riendas de la familia durante cinco años, en los que tuvo que hacer frente a la creciente oposición de la nobleza florentina, que no veía con buenos ojos el ascenso de la burguesía.

Ya al final de su vida, el viejo Cosimo veía a su nieto Lorenzo como el futuro de la familia y el propio Piero, consciente de su precario estado de salud, empezó a confiar a su hijo los aspectos diplomáticos de la banca desde los dieciséis años. Entre 1465 y 1466 viajó a Milán, Venecia, Nápoles y Roma, principalmente para ocuparse de asuntos financieros, pero también para entrar en contacto con los gobernantes con quienes Florencia tenía alianzas o aspiraba a tenerlas. Esa previsión se demostró muy oportuna pues, consumido por la enfermedad, Piero moriría tres años después, dejando a la cabeza de la familia a sus hijos Lorenzo y Giuliano, de veinte y dieciséis años respectivamente.

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Mujeres magníficas

En la vida de Lorenzo jugaron un papel importante las mujeres. Si de la rama paterna Lorenzo heredó riqueza, poder e influencia, de la materna recibió una espléndida formación y una gran pasión por el humanismo y las artes. Su madre, Lucrezia Tornabuoni, era una mujer muy culta y respetada: escribía poesía, patrocinaba a artistas y escritores y gracias a ella Lorenzo creció junto a personajes de la talla de Botticelli, Poliziano y Pico della Mirandola. Se ocupaba asimismo de los asuntos de la banca, siendo un apoyo fundamental para Lorenzo durante toda su vida.

Las mujeres jugaron un papel clave en la vida de Lorenzo, especialmente su madre Lucrezia, que le dio una espléndida formación humanística.

También fue su madre quien le eligió esposa: Clarisa Orsini, una joven perteneciente a la nobleza romana. El suyo fue un matrimonio de conveniencia -los Medici lograban prestigio y los Orsini riqueza- que al principio no parecía destinado a la felicidad: Clarisa había recibido una educación religiosa que contrastaba con la vida disoluta de Lorenzo, quien tenía un romance con una mujer casada, Lucrezia Donati, a la que dedicó muchos sonetos. Sin embargo, con el tiempo les unió un sentimiento de afecto y respeto, reforzado por las dotes diplomáticas y los contactos de Clarisa en Roma, que fueron fundamentales en varias ocasiones.

La tercera mujer clave en la vida del Magnífico, para bien y para mal, fue su hermana mayor Bianca. Su marido pertenecía a la familia Pazzi, que lideraba la facción aristocrática en contra de los Medici: el suyo había sido un matrimonio por amor, en contra de la voluntad de ambas familias, y aunque en un primer momento pudo ayudar a acercarlas, fue el desencadenante de la mayor tragedia en la vida del Magnífico.

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La era de los artistas

Lorenzo fue desde joven un amante de las artes. Había crecido rodeado del círculo de intelectuales protegidos por su madre y aprendió retórica, poesía y música entre otras disciplinas. Durante toda su vida la poesía fue su gran pasión, especialmente los sonetos románticos y la lírica bucólica. Sus obras están impregnadas por su convicción acerca de la fragilidad de la vida y de la necesidad de disfrutarla, como refleja en sus versos más famosos, los Cantos Carnavalescos: “Qué hermosa la juventud, / que se escapa, sin embargo! / Quien quiera ser feliz, lo sea: / del mañana no hay certeza”.

Lorenzo fue desde joven un amante de las artes. Bajo su protección desarrollaron su talento genios como Sandro Botticelli, Miguel Ángel o Leonardo da Vinci.

Desde su llegada al poder, Lorenzo continuó la obra de mecenazgo de sus progenitores. Bajo su protección desarrollaron su talento genios como Sandro Botticelli, Miguel Ángel o Leonardo da Vinci -de quien a veces se ha dicho que Lorenzo no supo apreciar todo el talento artístico, fijándose más en su faceta de inventor-. Su gran proyecto fue la creación de una academia de arte en el Jardín de San Marcos, donde fueron acogidos algunos de los artistas más prometedores de la ciudad, en particular un joven Miguel Ángel que se ganó la admiración y la estima personal de Lorenzo.

Además de su amor genuino por el arte, el mecenazgo del Magnífico tenía una función política muy importante: por una parte, su intención era la de convertir Florencia en el referente de las ciudades italianas; y por otra, dando trabajo a los gremios de las artes, oficios y comercio, se aseguraba el apoyo del pueblo, ya que sus representantes intervenían en la política municipal y suponían el principal apoyo del sector popular frente al bando aristocrático.

Capella dei Magi Palazzo Medici Riccardi

El fresco de la Capilla de los Magos, en el Palacio Medici Riccardi de Florencia, retrata a varios personajes de la familia Medici -como el propio Lorenzo, en el detalle de la imagen- y a sus aliados. El arte tenía una función propagandística muy importante: en este caso reflejaba el papel de los Medici como mediadores entre los grandes líderes de los estados italianos.

Benozzo Gozzoli / Palazzo Medici Riccardi / CordonPress

La conjura de los Pazzi

El episodio más funesto en la vida de Lorenzo fue sin duda la conjura de los Pazzi. Esta familia era la principal rival de los Medici en la política y en los negocios, pues al igual que ellos dirigían un banco. Ya desde los tiempos de Cosimo el Viejo los políticos de la facción aristocrática habían mirado con preocupación el ascenso de los Medici y el carisma de Lorenzo no hizo sino alimentar esa aversión.

La chispa que desencadenó el conflicto fue la intención del papa Sixto IV de extender su poder por la zona de la Romaña, un área crucial para el control de las rutas comerciales del norte, en especial del alumbre, un recurso muy valioso en varias artesanías y en particular la joyería. Los Medici habían forjado con mucha dificultad una alianza entre Milán, Florencia y Venecia por el control de esa ruta, que ahora podía quedar interrumpida por el Estado Pontificio, y le negaron al papa algunos préstamos para la compra de la estratégica ciudad de Imola. Los Pazzi vieron su oportunidad de quitarles el lugar como prestamistas de la Santa Sede, lo que desencadenó una guerra política y bancaria entre ambas familias.

El 26 de abril de 1478, Lorenzo y su hermano Giuliano fueron víctimas de una conjura liderada por Jacopo de Pazzi.

Finalmente Jacopo de Pazzi, el patriarca de la familia, optó por desembarazarse de Lorenzo y su hermano Giuliano. En el plan también estaba involucrado indirectamente el papa, ya que entre los conspiradores estaban su propio sobrino, Girolamo Riario -capitán del ejército pontificio- y el arzobispo de Pisa, Francesco Salviati -consejero de Sixto IV-. El plan inicial era el de envenenar a los Medici durante un banquete, pero no pudo ser llevado a cabo ya que Giuliano no se presentó. Se preparó un plan alternativo a toda prisa, ya que los Pazzi habían introducido mercenarios en la ciudad que no tardarían en ser descubiertos si la situación se prolongaba.

El día siguiente, 26 de abril de 1478, los Medici y los Pazzi asistieron como de costumbre a la misa del domingo en la catedral de Santa Maria del Fiore. A una señal, los conjurados se abalanzaron puñal en mano sobre Giuliano y Lorenzo, hiriendo de muerte al primero y obligando a Lorenzo, su madre y su esposa a refugiarse en la sacristía. Mientras tanto, Jacopo de Pazzi se presentó con los mercenarios en el Palazzo Vecchio, sede del gobierno, para anunciar que la ciudad había sido “liberada de la tiranía de los Medici”. Si esperaba ser aclamado como un liberador, la reacción del pueblo fue justamente la opuesta: la gente cargó contra los conspiradores, que además habían cometido el sacrilegio de derramar sangre en la catedral, obligándoles a huir. En pocos días casi todos fueron capturados.

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La respuesta de Lorenzo fue contundente: Jacopo de Pazzi, su sobrino Francesco -autor material del atentado- y el arzobispo Salviati fueron ahorcados en público desde las ventanas del Palazzo Vecchio; los bienes de la familia fueron destruidos o confiscados; y aun los miembros de la familia Pazzi que eran ajenos a la conjura fueron desterrados de Florencia, como el marido de Bianca de Medici, que decidió seguirlo en el exilio. Giuliano fue enterrado en la basílica de San Lorenzo, pero la pérdida de su hermano marcó para siempre el carácter y las decisiones del Magnífico.

Como resultado de la conjura, Lorenzo concentró cada vez más el poder político en sus manos, asegurándose de que los cargos fueran asignados a personas de su confianza y derivando hacia un gobierno con tintes autocráticos. A ello contribuyó también la guerra declarada por el papa como castigo por la ejecución del arzobispo Salviati: los ejércitos pontificios asediaron Florencia durante casi tres años, poniéndola al borde de la rendición. Lorenzo consiguió poderes extraordinarios y en una arriesgada misión a Nápoles logró convencer al rey Fernando I para que disolviera la alianza con el Vaticano, que finalmente retiró sus tropas.

Tras la conjura de los Pazzi, Lorenzo concentró cada vez más el poder político en sus manos, segurándose de que los cargos fueran asignados a personas de su confianza.

El ocaso del Magnífico

Lorenzo, cuyo poder había pendido de un hilo, salió reforzado de la situación, especialmente cuando Sixto IV murió en 1484. Con la desaparición de su gran enemigo y la alianza con Nápoles, Florencia se convirtió en la mediadora entre las grandes potencias de la península itálica. Todo parecía predispuesto para mayor éxito de Lorenzo, pero en pocos años sufrió dos duros golpes emocionales: la pérdida de su madre en 1482 y de su esposa en 1488, que desde la muerte de Giuliano habían sido su gran apoyo. Por si fuera poco, empezó a mostrar síntomas de la misma enfermedad que había acabado con su padre, la gota.

Los últimos años de vida fueron amargos para él: había perdido a sus familiares más allegados, las críticas a su gestión individualista del poder se hacían más intensas -especialmente por el gran déficit derivado de la guerra contra Sixto IV- y su salud empeoraba cada vez más. El golpe definitivo a su reputación lo asestó el fraile dominico Girolamo Savonarola, un predicador muy crítico con la ostentación de la riqueza por parte de los nobles y la Iglesia, que logró poner a las clases populares en contra de la nobleza y la burguesía.

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Su último éxito llegó un mes antes de su muerte cuando su segundo hijo, Giovanni, fue nombrado cardenal. Esto aseguraba para los Medici el tan necesario poder en la curia vaticana, especialmente cuando en 1513 Giovanni se convirtió en el papa León X. El primogénito, Piero, no tendría tanta suerte: poco después de la muerte de Lorenzo, Florencia cayó en manos de Savonarola y los Medici tuvieron que huir de la ciudad hasta 1512.

El 8 de abril de 1492, con sólo 43 años y después de largo tiempo de sufrimiento a causa de su enfermedad, Lorenzo de Medici, aquel que fue llamado el Magnífico por sus contemporáneos y por las generaciones futuras, y que hoy es recordado como uno de los más grandes políticos y mecenas del Renacimiento italiano, moría en su lecho rodeado de un reducido grupo de familiares y amigos. La estrella que había guiado el destino de Italia durante más de dos décadas se apagaba en un momento muy delicado en el que las viejas alianzas se tambaleaban: en las décadas siguientes, la península se convertiría en un campo de batalla en el que las grandes potencias italianas y extranjeras se disputarían la supremacía sobre Europa.

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