Un monarca atormentado

La locura de Felipe V, el rey melancólico

Desde su adolescencia, el primer Borbón de España sufrió fuertes depresiones que desembocaron en graves trastornos de personalidad.

Frío, triste, solitario...

Foto. Museo Del Prado / Joseph Martin / Album

La llegada de los Borbones a España en 1700 suele verse como un cambio de era, el inicio de una transformación profunda del país siguiendo el modelo de la Francia de Luis XIV. Pero hubo una cosa que no cambió: tanto Carlos II, último rey Habsburgo, como Felipe V, el primer Borbón, fueron reyes enfermos. El primero por malformaciones físicas que lo martirizaron durante sus apenas 39 años de vida; el segundo por una enfermedad mental que arrastró igualmente toda su vida y que estuvo cerca de incapacitarlo. Los contemporáneos llamaron «melancolía» a lo que hoy algunos consideran como una depresión crónica o un trastorno bipolar, dado que se caracterizaba por la alternancia de fases de normalidad e incluso de hiperactividad con otras de absoluta postración.

Palacio de Versalles

El futuro Felipe V nació en el Palacio de Versalles el 19 de diciembre de 1683. En la imagen, el patio de mármol.

Foto: Stéphane Lemaire / Gtres

Cronología

De Versalles a Madrid

1683

Nace en Versalles Felipe de Francia, duque de Anjou, segundo hijo del Gran Delfín de Francia y de la princesa Ana de Baviera.

1700

Luis XIV acepta la designación de su nieto el duque de Anjou como nuevo rey de España en el testamento de Carlos II.

1714

A la muerte de María Luisa Gabriela de Saboya, Felipe V contrae nuevo matrimonio con la princesa Isabel de Farnesio.

1724

El rey abdica del trono de España en beneficio de su primogénito, Luis I. Éste fallece en el mismo año y Felipe recupera la corona.

1729-1733

Felipe V se traslada con su corte a Andalucía. Reside en Sevilla y hace visitas a Granada, Jaén y El Puerto de Santa María.

1735

El cantante italiano Farinelli entra al servicio de Felipe V para apaciguar sus nervios.

1746

Felipe V fallece de forma repentina y es enterrado en el palacio de San Ildefonso. Le sucede en el trono su hijo Fernando VI.

Luis XIV, rey de Francia. Busto por François Girardon. Hacia 1690. Museo de Bellas Artes, Troyes.

Luis XIV, rey de Francia. Busto por François Girardon. Hacia 1690. Museo de Bellas Artes, Troyes.

Foto: AKG/A

Felipe, duque de Anjou, nació en 1683. Su padre era el hijo y heredero de Luis XIV, y creció en el ambiente refinado pero a la vez estrecho y artificial de la corte de Versalles, sometido como todos los demás cortesanos a la voluntad absoluta del Rey Sol. Al entrar en la adolescencia se mostraba como un joven apuesto, vigoroso y elegante, pero también extremadamente retraído y solitario.

Madame de Maintenon, la esposa «secreta» de Luis XIV, destacaba de él «su carácter particular e incierto, la desconfianza exagerada que tenía de sí mismo, su tono desagradable y su lentitud de palabra». Se volvió también muy religioso, exageradamente al decir de algunos. «Su piedad no era más que costumbres, escrúpulos, temores y pequeñas observancias», escribió el duque de Saint-Simon.

Árbol genealógico de la familia de Luis XIV.

Árbol genealógico de la familia de Luis XIV.

Foto: Elaboración propia

Un nuevo país

Ese joven tímido y apocado se convirtió en rey de España a los 17 años, en 1700, cuando Carlos II lo designó sucesor en su testamento en virtud de los derechos de la primera esposa de Luis XIV, su abuela María Teresa de Austria. Aquel era un desafío mayúsculo en todos los órdenes. Primero, en términos de adaptación a su nuevo país. Felipe no hablaba castellano, y aunque lógicamente lo aprendió prefirió siempre expresarse en francés.

Sin haber salido nunca de Francia, ahora debía acomodarse a un ambiente extranjero en el que todo era distinto: la comida, el vestido, el modo de vivir y comportarse… No es extraño que a los pocos meses de llegar a Madrid expresara su deseo de volver a Francia con su familia: «Preferiría volver a ser duque de Anjou; no puedo aguantar España», diría.

El otro problema era su falta de preparación para las responsabilidades de gobierno, que agravaban su natural timidez. En los primeros compases del reinado se sentía abrumado por la carga del gobierno e incluso rehuía las reuniones con los ministros, o bien prefería escucharlos detrás de una cortina, algo «triste de ver», según su tutor el marqués de Louville. Los españoles se quejaban de tener un «rey mudo», y Luis XIV le reprendía: «Hace dos años que reináis y aún no habéis hablado como señor, por exceso de desconfianza de vos mismo; no os habéis podido deshacer de esa timidez».

La familia de Felipe V

Este óleo de 1723, obra de Jean Ranc, muestra al monarca Felipe V y su esposa, sentados, y a sus cuatro hijos de pie. El heredero, Luis I, está entre los reyes. Museo del Prado, Madrid.

Foto: Album

A ello se sumaron las primeras manifestaciones de su enfermedad psíquica. Un testigo explicaba que ya al partir de Francia «cayó en una profunda melancolía», término que indicaba una fuerte depresión. Fue un anticipo de las recurrentes crisis que el rey empezó a sufrir pronto, en las que quedaba postrado durante varios días, con dolores de cabeza y rechazando todo contacto con los demás. Los que le rodeaban empezaron a hablar de los «vapores» del rey.

Durante la gira que hizo en 1701-1702 por los dominios italianos de la Corona española sufrió al menos dos crisis profundas, una de ellas en Milán: «En medio de los testimonios de alegría general –escribía Louville–, no hablaba a nadie, y no quería ver sino a aquellos a quienes estaba habituado. Sin cesar enviaba a buscar a su médico o a su confesor; se creía siempre próximo a la muerte; decía que su cabeza estaba vacía, que iba a caérsele, y este pensamiento le perseguía a todas partes».

Los mejores años

Pese a ello, puede decirse que los primeros años de reinado fueron los mejores de la vida de Felipe V. La guerra de Sucesión lo reveló como un jefe enérgico, capaz de exponerse en el campo de batalla y de defender con uñas y dientes su reino incluso frente a su todopoderoso abuelo. Cuando éste le instó en 1709 a renunciar a la Corona española tal como exigían los rivales de Francia, Felipe le respondió: «Nunca abandonaré España mientras tenga vida, antes bien perecería luchando por cada trozo de su suelo, a la cabeza de mis tropas».

Para entonces se había identificado con su nuevo país e incluso veía afinidades entre su forma de ser y la de los españoles: «Aunque nacido en Francia, mi genio, más tendente al retiro que al alboroto, parecía acomodarse mejor a los usos de los españoles que a los de los franceses, y creía que alcanzaría mejor la salvación en España». Lograr la salvación de su alma sería una obsesión toda su vida.

María Luisa Gabriela de Saboya. Óleo por Miguel Jacinto Meléndez. Museo Cerralbo.

María Luisa Gabriela de Saboya. Óleo por Miguel Jacinto Meléndez. Museo Cerralbo.

Foto: Oronoz / Album

Además, en 1701 se casó con María Luisa de Saboya, una princesa que, además de su belleza juvenil, mostró aptitudes de gobierno y se hizo enseguida muy popular, supliendo así las insuficiencias de Felipe en el trato con los demás. María Luisa murió de tuberculosis en 1714, con sólo 26 años, pero el monarca encontró enseguida un nuevo apoyo femenino en la italiana Isabel de Farnesio. También de carácter fuerte, Isabel se ganó la plena confianza del rey y asumió el difícil rol de atender al monarca.

La estrecha unión que el rey mostró con sus dos esposas le valió críticas malévolas. «Mientras tenga a la reina, será solamente un niño de seis años y jamás un hombre», se dijo respecto a María Luisa. Henry Kamen, biógrafo de Felipe V, ha destacado el componente misógino de estas burlas y el importante papel político que en realidad desempeñaron ambas soberanas.

Recipiente de vidrio de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, creada por Felipe V en 1727.

Recipiente de vidrio de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, creada por Felipe V en 1727.

Foto: Oronoz / Album

En 1721, cuando el duque de Saint-Simon visitó la corte española –acompañando a la princesa francesa que debía casarse con el primogénito de Felipe V–, la situación parecía bajo control. El embajador francés constataba que el rey de España a menudo se mostraba huraño o esquivo, pero sus capacidades estaban intactas: «Varias veces le he oído hablar y razonar bien, aunque cuando había gente por lo general sólo me hacía una pregunta breve o algo parecido y no entraba nunca en ninguna conversación». Su rutina diaria era la de cualquier corte a la francesa, con las ceremonias del lever y el coucher y, entre medio, horas fijas para las audiencias, la misa, el almuerzo, el paseo en carroza o la caza, el trabajo de despacho y la cena.

Sin embargo, el rey había seguido sufriendo «vapores», fases en las que padecía alteración de sueño, desórdenes en la alimentación, un abatimiento general e incluso pensamientos suicidas. El ministro Giulio Alberoni explicaba en 1717 que «su imaginación le induce a creer que está destinado a morir de inmediato, se figura que le atacan todo tipo de enfermedades» y añadía que el soberano tenía extrañas visiones, como que el sol le golpeaba en el hombro y penetraba en su cuerpo.

La Granja

Frente a la fachada del palacio de la Granja de San Ildefonso se extiende un parterre seguido por una cascada de diez gradas que conduce a un cenador octogonal. Ésta fue una de las primeras áreas acondicionadas de los jardines diseñados por Carlier para Felipe V.

Foto: Patrimonio Nacional
San Luis de los Franceses

Iniciada en 1699, la iglesia sevillana de San Luis de los Franceses perteneciente a la Compañía de Jesús fue inaugurada en 1731, durante la estancia de Felipe V en la capital andaluza.

Foto: Felipe Rodríguez / AGE Fotostock

Retirarse del mundo

Podría pensarse que una consecuencia de esta inestabilidad mental fue la sorprendente decisión de abdicar la Corona. Felipe V la tomó en 1720, aunque no la llevó a la práctica hasta 1724, cuando su primogénito Luis había cumplido 17 años. Sin embargo, la medida se explica más bien por los escrúpulos religiosos que atenazaban al rey desde su adolescencia. Como él mismo declaró, él e Isabel habían decidido «retirarnos del mundo para pensar sólo en nuestra salvación y servir a Dios». Comoquiera que fuese, Luis I falleció apenas siete meses después de subir al trono, víctima de la viruela, y Felipe retomó la Corona. La reina y los ministros de confianza tuvieron que emplear varias semanas para convencerlo de que no cometería pecado mortal por desdecirse del juramento de abdicación («no quiero ir al infierno», declaraba a su confesor).

Luis, príncipe de Asturias. Retrato por Michel-Ange Houasse. 1717. Museo del Prado, Madrid.

Luis, príncipe de Asturias. Retrato por Michel-Ange Houasse. 1717. Museo del Prado, Madrid.

Foto: Album

En esos años, Felipe V pasaba largas temporadas en un nuevo palacio que empezó a construir cerca de Segovia, La Granja de San Ildefonso, donde pensaba retirarse tras abdicar. El lugar no entusiasmaba a nadie, ni a su esposa, que lo calificaba de «desierto», ni a visitantes extranjeros como el embajador francés Tessé, quien decía que era «tal vez el lugar más bárbaro y más incómodo del mundo». Pero justamente su apartamiento y soledad hicieron de San Ildefonso el lugar preferido para el rey.

Durante el «segundo reinado» de Felipe V los testimonios sobre su comportamiento anormal se multiplicaron. No era sólo que se negara a pronunciar ni una palabra en la audiencia de un embajador, obligando a la reina a hablar por él. A veces se presentaba a una recepción vestido sólo con un camisón, sin pantalones ni zapatos, o bien luciendo una barba de varios días y descalzo. Un día, los guardias tuvieron que frenarlo a las cinco de la mañana cuando trataba de huir de palacio.

Estaba obsesionado por supuestas conspiraciones, e insistía a su esposa en su deseo de abdicar de nuevo. A veces se imaginaba que era una rana o que estaba muerto. Tendido en la cama durante jornadas enteras, se ponía a cantar o gritar o se mordía. Por las noches era incapaz de conciliar el sueño. Podían pasar semanas sin que viera a sus ministros, aunque luego retornaba a una cierta normalidad y se dedicaba de nuevo al trabajo.

Palacio Real de Madrid

Tras el incendio que destruyó casi por completo el viejo Alcázar de Madrid en 1734, Felipe V ordenó construir un nuevo palacio real de estilo francés: el Palacio Real de Madrid.

Foto: Alamy / ACI

En 1729, Isabel de Farnesio planeó un viaje a Andalucía, una especie de gira real como hacían los monarcas de la Edad Media. Debía ser una estancia corta, pero al final se prolongó más de cuatro años, en los que Sevilla fue la capital virtual del reino. Si la reina confiaba en que el cambio contribuiría a mejorar la salud de su esposo, pronto hubo de desengañarse. Felipe se paseaba de noche por el Alcázar de Sevilla espetando a todo aquel con el que se encontraba Je suis le maître, «Soy el amo».

Se pasaba toda la noche despierto y era entonces cuando recibía a ministros y embajadores. Su estado físico empeoraba. Pese a ello, en las fases de normalidad el monarca seguía cumpliendo sus deberes políticos. Prueba de ello es la firma del tratado de Sevilla (1729), que instauró una efímera alianza entre España, Francia y Gran Bretaña.

Demonios en palacio

Al volver de Andalucía, la corte tuvo que acostumbrarse a las dramáticas alteraciones del comportamiento del monarca. En circunstancias normales el rey se encontraba «en perfecta salud y sumamente inactivo», como escribía el embajador británico Benjamin Keene en 1737. Pero en otros momentos la apatía daba paso a escenas casi delirantes. El mismo embajador escribía un año más tarde que el monarca está «trastornado de la cabeza» y contaba que en una ocasión «estuvo aullando desde la medianoche hasta pasadas las dos de la madrugada».

El sepulcro de Felipe V

El monumento funerario de Felipe V e Isabel de Farnesio, obra de Sempronio Subissati, se halla en la colegiata del palacio de La Granja.  

Foto: Oronoz / Album

Para entonces, Felipe V había tomado totalmente la costumbre de vivir de noche. Tras despertarse a mediodía, se vestía, oía misa, recibía algunas visitas escogidas y almorzaba bien entrada la tarde. Luego se entretenía de alguna manera, leyendo o haciéndose leer o, simplemente, mirando por la ventana. A medianoche había alguna diversión cortesana, generalmente un recital de arias cantadas por Farinelli, el célebre castrato al que Isabel de Farnesio contrató en 1737 esperando que su música sacaría a su marido de su ensimismamiento. A las dos de la madrugada, el rey se reunía con sus ministros, cenaba a las cinco y se iba a dormir a las siete. «Y en esta manera el tiempo hacía su círculo, habiendo entrado en este género de vida desde el año de 1733 que de Sevilla se vino a Madrid», escribía el autor de un Epítome de la vida de Felipe V publicado a su muerte.

Su descuido personal fue en aumento. Engordó a causa de la falta de ejercicio, pues había dejado de salir de caza. «Apenas puede mantenerse en pie y andar», escribía en 1746 el embajador francés Noailles, quien sin embargo opinaba que se mantenía totalmente lúcido: «Cuando le hablan de negocios públicos y quiere tomarse la molestia de responder, contesta con mucha exactitud». Ese mismo año, el 9 de julio, falleció repentinamente, a las dos de la tarde, poco después de despertarse de su sueño diario. Cuando fueron a lavar el cadáver vieron que la ropa estaba adherida a la piel y debieron dejarlo sucio, por lo que se decidió embalsamarlo. Tras el solemne funeral, fue enterrado en su querido palacio de San Ildefonso.

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Renuncia al trono

Felipe V renuncia a sus derechos sobre la corona de Francia. Grabado.

Felipe V renuncia a sus derechos sobre la corona de Francia. Grabado.

Foto: Oronoz / Album

Al final de la guerra de Sucesión, los rivales de Francia exigieron garantías de que las Coronas francesa y española nunca quedarían unidas bajo un mismo soberano. En 1712, Felipe V aceptó jurar sobre los Evangelios, en su cámara del Palacio Real de Madrid, que su «rama» dinástica quedaba separada del «tallo real de Francia» y que él «deseaba vivir y morir con mis amados y caros españoles».

Dependiente de sus esposas

Isabel de Farnesio. Anónimo. Finales del siglo XVIII. Ayuntamiento de Sevilla.

Isabel de Farnesio. Anónimo. Finales del siglo XVIII. Ayuntamiento de Sevilla.

Foto: Casa Consistorial. Salón Colón, Sevilla / Album

En una carta al historiador Elías Tormo, Gregorio Marañón, médico y también historiador, aventuró un diagnóstico sobre la enfermedad de Felipe V. En su opinión, se trataba de una «melancolía constitucional», que «tiene fases de agudización, alternando con otras de alivio. […]. Es muy común que estos melancólicos propendan a la soledad y, a la vez, la teman. De aquí su facilidad para dejarse dominar por una persona que es el mínimo de la humanidad, pero a la cual se entregan. El ideal para esta compañía necesaria y próxima a la soledad es la conyugal. De aquí el que los melancólicos sean espejo de monógamos; y que sus mujeres les lleven por las narices. […]. Al final de su vida fue un verdadero demente, cual suele ocurrir en no pocos de estos casos».

La familia real en Sevilla

La familia real en Sevilla

Sevilla en 1729.

Foto: Oronoz / Album

Para los sevillanos, la entrada de Felipe V en su ciudad el 3 de febrero de 1729 fue todo un espectáculo. La multitud que se agolpó a las afueras de la urbe, en el barrio de Triana, vio desfilar casi 500 coches y calesas y 750 caballos. Este grabado contemporáneo muestra la carroza de los reyes seguida de la de los príncipes, escoltadas ambas por guardias de corps. Al fondo se ven la catedral y el convento del Pópulo, hoy desaparecido, y a la derecha la Torre del Oro.

Los pasatiempos de rey

Felipe V y los infantes en una montería en la Moraleja. 1730.

Felipe V y los infantes en una montería en la Moraleja. 1730.

Foto: Oronoz / Album

En la primera parte de su reinado, Felipe V había sido un asiduo cazador; prácticamente a diario salía por la tarde en una partida. Pero tras la estancia en Andalucía perdió interés por esta actividad hasta abandonarla casi por completo. Ocupaba el tiempo libre cuidando sus relojes, de los que tenía una gran colección, o leyendo algún libro.

Para saber más

El Madrid del siglo XVIII casa por casa

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Este artículo pertenece al número 200 de la revista Historia National Geographic.

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