La primera gran dama del Imperio Romano

Livia Drusila, emperatriz de Roma

Esposa, madre, abuela, bisabuela y tatarabuela de emperadores, Livia Drusila fue durante más de 50 años una de las mujeres más poderosas de Roma sin dejar de encarnar el ideal de mujer romana.

Livia Drusila

Foto: Museo del Louvre (CC)

En la historia del Imperio Romano pocas mujeres proyectaron una sombra tan larga como Livia Drusila, la tercera y última mujer del emperador Augusto. No solo porque su familia dio a Roma otros cuatro emperadores –su hijo Tiberio, su nieto Claudio, su bisnieto Calígula y su tataranieto Nerón– sino por cómo influyó en varios de ellos y porque ostentó un enorme poder sin dejar de encarnar la imagen ideal de la mujer romana.

La esposa ideal

El futuro emperador Augusto -por aquel entonces llamado Cayo Julio César Octaviano- y Livia se conocieron en el año 39 a.C. en circunstancias poco cómodas: el padre de ella, Marco Livio Druso Claudiano, había combatido junto a los cesaricidas en contra de Octaviano, al igual que su marido, Tiberio Claudio Nerón. Consciente de la necesidad de rehacer lazos con los antiguos enemigos, Octaviano les propuso que se divorciaran y que Livia se casara de nuevo con él. Con este trato los tres salían ganando: Claudio Nerón salvaba la vida, las propiedades y su futuro político; Octaviano se emparentaba con la prestigiosa estirpe Claudia y estrechaba relaciones con sus rivales; y Livia se convertía en esposa de uno de los hombres más poderosos de Roma.

El matrimonio se celebró en enero del año siguiente y pronto fue patente el trato excepcional que Octaviano deparaba a su nueva esposa. Le concedió el derecho a gestionar sus propiedades y a tener su propia red clientelar, algo bastante inusual para una mujer en una sociedad tan patriarcal como la romana y que ella supo aprovechar para colocar a hombres de su confianza en el poder. Cuando hubo consolidado su posición como primer ciudadano de Roma incluso le erigió estatuas, que la representaban tanto en solitario como junto a él. Fue precisamente en la villa particular de Livia donde se encontró la estatua más famosa del emperador, conocida como Augusto de Prima Porta.

Augusto de Prima Porta

Augusto de Prima Porta

Copia en mármol del Augusto de Prima Porta. Siglo I a.C. Museos Vaticanos, Roma.

Foto: Scala

La influencia que ejercía sobre su marido queda muy clara en el plano político, puesto que consiguió que Augusto excluyera a sus propios herederos en favor de los hijos que Livia había concebido con su primer marido: Nerón Claudio Druso y Tiberio Claudio Nerón, al que Augusto adoptó como propio y que se convirtió en el segundo emperador de Roma. Varios autores romanos escribieron sobre la figura de Livia y el poder que ejercía: como Tácito, que en sus Anales escribe de ella que “tenía al viejo Augusto totalmente bajo su control, hasta el punto que este desterró a su único nieto sobreviviente”, Agripa Póstumo.

Un ejemplo para el pueblo

A pesar de ser la mujer más poderosa de Roma, Livia actuaba públicamente con bastante modestia: vestía de forma sencilla, no hacía ostentación de joyas costosas y se comportaba como correspondía a una perfecta matrona romana: se ocupaba de la casa y de las necesidades de su marido sin inmiscuirse públicamente en sus asuntos, aunque en privado Augusto tenía muy en cuenta sus consejos. El emperador era un hombre que daba mucha importancia a las apariencias y a las viejas costumbres, pero al mismo tiempo apreciaba rodearse de personas de confianza que le pudieran aconsejar bien, por lo que Livia era exactamente la esposa que necesitaba. A pesar de esto, la pareja nunca tuvo hijos propios en sus más de 50 años de convivencia.

Livia Drusila encarnaba todas las virtudes que la sociedad romana valoraba en una mujer y también algunas de las que apreciaba en un hombre

La influencia que ejercía Livia entre el pueblo era tanta como la que ejercía sobre su marido. Los Claudios eran uno de los linajes patricios más antiguos de Roma y ella, a través de su ejemplo, promovía las virtudes romanas tradicionales. En algunos lugares del imperio la gente incluso la trataba como una diosa viviente, mencionando su nombre al hacer un juramento o firmando documentos legales en presencia de una estatua suya.

Gracias a la libertad económica que le dio Augusto, pudo dedicarse a la que era la mejor manera de ganarse al pueblo romano: la construcción y reparación de edificios públicos, con especial dedicación a los templos. El historiador Dión Casio destacó su disposición a ayudar a quien lo necesitase y a mejorar las condiciones de vida de los habitantes de Roma. Livia Drusila, en definitiva, encarnaba todas las virtudes que la sociedad romana valoraba en una mujer y también algunas de las que apreciaba en un hombre.

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La larga sombra de la emperatriz

La muerte de Augusto en el año 14 d.C. no disminuyó el poder de Livia, sino más bien al contrario: en su testamento, el emperador había adoptado como hija a su propia mujer, un gesto que puede parecer muy extraño pero que tenía la finalidad de garantizar su estatus como heredera. Pero ella no se contentó con esto, sino que cuando Tiberio se convirtió en el nuevo emperador, quiso seguir ejerciendo su influencia a través de él.

Al principio pareció que iba a ser así, ya que su hijo confirmó su estatus y le prodigó honores públicos. Sin embargo, con el tiempo Tiberio empezó a cansarse de la excesiva intromisión de su madre en sus decisiones, así como de su carácter: Livia no cesaba de recordarle que se había convertido en emperador gracias a que ella había convencido a Augusto para que lo adoptara, algo de lo que él incluso habría preferido prescindir, puesto que era un soldado y se sentía más cómodo entre militares que entre políticos. Posiblemente también le guardaba rencor desde que Augusto le había ordenado divorciarse de su primera mujer, a la que amaba, para obligarlo a un matrimonio político: Tiberio intuía en este gesto la mano de su madre, y posiblemente tuviera razón; tal era su resentimiento que, cuando en el año 29 d.C. la emperatriz madre de Roma murió, su hijo rechazó acudir a su lado en su lecho de muerte e incluso asistir a su funeral, delegando en el bisnieto Calígula la responsabilidad de pronunciar su elogio fúnebre.

Livia Drusila era ciertamente una persona de carácter fuerte y que ejercía una gran autoridad en la familia

Algunos historiadores romanos vieron en Livia a una mujer sin escrúpulos que utilizó su poder para deshacerse de todos aquellos que suponían un obstáculo para sus planes. Tácito, uno de sus mayores detractores, afirmó que ella estaba detrás de las muertes de los herederos naturales de Augusto (una acusación que podía permitirse gracias a la suerte de haber nacido tras la caída de la dinastía Julio-Claudia, pero que ciertamente no se habría atrevido a hacer en vida de ella). Otros, en mayor o menor grado, la acusaron de ser una conspiradora que utilizó su influencia sobre su marido y su hijo para favorecer a sus amigos y clientes, yendo en contra de las virtudes romanas que aparentaba en público.

Fueran ciertas o no las acusaciones, Livia Drusila era ciertamente una persona de carácter fuerte y que ejercía una gran autoridad en la familia: su nieto Claudio y su bisnieto Calígula vivieron durante un tiempo con ella y recordaban bien este rasgo de su personalidad; especialmente Claudio, al que su abuela trataba con mucha dureza, reprochándole su debilidad de carácter y su tartamudez. A pesar de ello fue precisamente Claudio quien, tras convertirse en emperador, le tributó los honores que Tiberio y Calígula le habían negado: la divinizó, hizo erigir una estatua en la que se la representaba como la diosa Ceres y organizó carreras de carros en su honor. Es probable que Livia no hubiera sido tan loable como pretendía en vida, pero como solía suceder en Roma, lo importante era que los romanos pensaran que lo había sido.

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