Esclavitud en la antigua Roma

Libertos romanos, la vida después de la esclavitud

En la antigua Roma, la mayoría de los esclavos tenían la posibilidad de recuperar la libertad si la compraban o si su amo se la concedía. Se convertían entonces en libertos, personas libres pero que no poseían los mismos derechos de quienes nunca habían caído en la esclavitud.

Busto funerario del liberto Caius Aurunceius Princeps. Museos Reales de Arte e Historia, Bruselas

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Foto: Xavier Caré (CC)

La antigua Roma no puede entenderse sin tener en cuenta la esclavitud. Los esclavos realizaban un gran número de tareas cotidianas para sus amos, desde los trabajos más pesados en el campo hasta la educación de los hijos de la nobleza. Dependiendo de cuáles fueran dichas tareas, los esclavos posiblemente estaban destinados a morir como tales; pero si sobrevivían lo suficiente y tenían algo de suerte, podían recuperar la libertad y convertirse en libertos.

Un liberto era un antiguo esclavo que había sido liberado de su servidumbre y se había convertido en un ciudadano libre. Aun así, no tenía el mismo estatus ni los mismos derechos que un ingenuo, es decir, alguien que nunca había caído en la esclavitud; y sería para siempre un antiguo esclavo. Pero eso no significaba que no pudiera llegar a ser alguien importante, al contrario: muchos libertos alcanzaron una posición social y una riqueza superiores incluso a los de la mayoría de plebeyos.

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Al fin, la libertad

Un esclavo generalmente tenía dos maneras de obtener o recuperar su libertad: comprarla o que esta le fuera concedida por su amo, con o sin condiciones. La excepción eran ciertas situaciones en las que un esclavo no podía ser liberado, como en el caso de que hubiese cometido un delito. La concesión de la libertad se conocía como manumisión, es decir, la renuncia al manus, la autoridad que el amo ejercía.

La manumisión podía realizarse por diversas modalidades. Las más comunes eran mediante un trámite oficial – inscribirlo en el censo como individuo libre, darle una carta de libertad o concedérsela en el testamento, por ejemplo – o de viva voz ante un magistrado u oficial. Existían también procedimientos ritualizados por los cuales el amo reconocía públicamente la libertad de sus esclavos, como en ocasión de ritos religiosos o invitándoles a comer a su misma mesa.

Una romana concede la libertad a su esclava mediante un documento firmado. Escultura en Villa Getty, Los Ángeles

Una romana concede la libertad a su esclava mediante un documento firmado. Escultura en Villa Getty, Los Ángeles

La manumisión podía realizarse de diversas maneras, pero de un modo u otro al final siempre había que hacerlo constar en el censo para que el estatus de liberto fuese efectivo.

Foto: CC

Con el tiempo y el debido ahorro, un esclavo tenía la posibilidad de “rescatarse” pagando el precio que su amo considerase adecuado. A pesar de ser considerados como propiedades, los esclavos solían recibir un pequeño salario por parte de sus amos. No era una obligación, pero sí una costumbre muy arraigada y el amo que no la respetaba era visto como un déspota, un tacaño o un miserable que no podía permitírselo. Amo y esclavo también podían pactar – por escrito o en presencia de testigos – condiciones determinadas para la manumisión, como la realización de ciertos trabajos: por ejemplo, en el caso de esclavos que ejercieran como preceptores de los hijos, la libertad cuando estos hubieran alcanzado la mayoría de edad.

El amo también podía realizar la manumisión sin condiciones. Más que un acto de generosidad o de aprecio – aunque pudiera haberlos – esto tenía un sentido práctico: podía llegar un momento en el que simplemente ya no necesitara al esclavo para el cometido por el cual lo había comprado. Otro caso, que debía ser relativamente frecuente puesto que aparece mencionado en muchas lápidas romanas, era que un amo quisiera tomar como esposa a una esclava, para lo cual esta debía ser previamente liberada; no obstante, hasta la época de Augusto, los libertos solo podían casarse entre ellos o con extranjeros, no con ciudadanos romanos. Los hijos de una esclava también lo eran, mientras que aquellos nacidos después de convertirse en liberta eran libres.

Incripción en la base de un monumento dedicado a Publius Aelius, liberto del emperador Adriano, en las Termas de Diocleciano

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Igual que los ciudadanos romanos, los libertos usaban las lápidas en tumbas y monumentos para presumir de sus logros en la vida. Publius Aelius se convirtió en procurador de la annona en Ostia, es decir, en el responsable de suministrar a Roma el grano que llegaba por barco.

Foto: Carole Raddato (CC)

Libres hasta cierto punto

Aunque su amo les concediera la libertad, los libertos no quedaban libres de toda vinculación, sino que el amo se convertía en patrón (patronus, es decir protector) de sus libertos y estos en sus clientes. Esta era una vinculación legal que exigía a cada parte ciertas obligaciones respecto a la otra: si el liberto no las cumplía corría el riesgo de convertirse en esclavo de nuevo; y si era el amo quien fallaba, perdía sus derechos como patrón.

El antiguo amo tenía la obligación de asistir a su liberto, procurándole alimentos básicos y muchas veces también una pensión; de defender sus intereses en caso de que este tuviera que ir a juicio, ya fuera él mismo o pagándole un abogado; y de brindarle su apoyo en los negocios que pudiera emprender; podía también, aunque no era obligatorio, concederle ciertos honores como un lugar en su tumba o la asistencia a actos familiares.

Lápida de un liberto con su esposa y su propio liberto en el Museo Arqueológico de Milán

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Los libertos eran considerados parte de la "familia amplia" de su patrón y como tales podían reposar en la tumba familiar. Esta lápida representa a una pareja de libertos (izquierda y centro) que tuvieron su propio esclavo, el cual a su vez se convirtió en liberto (derecha).

Foto: Giovanni dall'Orto (CC)

A cambio, el liberto tenía tres obligaciones ante su patrón: operae, es decir, una cantidad estipulada de trabajos, que podían ser directos o en especie, entregándole una parte de los bienes que produjera si tenía un negocio; bona, un abanico de obligaciones ligadas a su condición de "familia extendida" del patrón, como regalos en caso de matrimonio y derecho a heredar sus bienes si el liberto moría sin herederos; y obsequium, una serie de honores de carácter inmaterial, como oraciones y ofrendas a los dioses en su honor.

Muchos libertos, de hecho, elegían permanecer en la casa de su patrón, a menudo dedicándose a las mismas tareas que ejercían como esclavos pero ahora como hombres o mujeres libres: esta era una opción más segura que empezar desde cero, especialmente porque no tenían la misma consideración social que alguien que nunca hubiera perdido la libertad. La vinculación con el antiguo amo también se manifestaba de forma visible en su nombre: al convertirse en liberto, el individuo adoptaba el nombre familiar (nomen) de su patrón, junto con el nombre propio (praenomen) que este le asignara; su antiguo nombre se convertía en su cognomen, que en ciudadanos libres identificaba su rama familiar.

En busca del honor

Si bien los libertos eran hombres y mujeres libres, no tenían los mismos derechos que los ingenuos, es decir, quienes nunca habían sido esclavos. Así, por ejemplo, estaban excluidos de la annona, el reparto de grano entre los más pobres, al que solo tenían derecho los ciudadanos romanos. Inicialmente tampoco podían contraer matrimonio con ciudadanos de pleno derecho, un veto que fue eliminado por el emperador Augusto como parte de sus políticas para estimular la natalidad.

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Pero la limitación más importante era que no podían tener cargos políticos ni religiosos a excepción del servirato, una magistratura municipal cuyas responsabilidades consistían principalmente en la organización de espectáculos. Augusto introdujo una nueva categoría, el servirato augustal, que se ocupaba del culto a los emperadores divinizados. Estas magistraturas eran casi la única manera en que los libertos podían ganar prestigio personal, porque en Roma este dependía de la carrera política, militar o religiosa; pero debían costearlos de su propio bolsillo. Otra manera era financiar obras públicas, especialmente casas de baños, muy apreciadas por los romanos.

Este dispendio no suponía para ellos ningún problema, ya que muchos libertos llegaron a amasar grandes fortunas, más aún que sus antiguos amos. Debido a las limitaciones que tenían en cuanto al ascenso social por la vía de las magistraturas, la mayoría de libertos solían dedicarse enteramente a los negocios, bien como productores o como comerciantes. A pesar de haber padecido la esclavitud en sus carnes, no solían tener muchos reparos en adquirir sus propios esclavos: por cruel que pueda parecer, era otra manera de decir que estaban al mismo nivel que cualquier romano.

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