Epidemias del siglo XIX

El letal brote de cólera que asoló Londres en 1854

A finales de agosto de 1854, el Soho londinense se vio asolado por un brote de cólera de gran intensidad que costó la vida a más de 700 personas en tan solo diez días. Para intentar atajar la epidemia, John Snow, un reputado médico anestesista, investigó el origen del brote y descubrió que la muerte de todas aquellas personas se debía al agua de una fuente contaminada de la que bebían todos los vecinos del barrio.

Alegoría de la muerte en el río Támesis, caricatura aparecida en la revista Punch el 10 de julio de 1858.

Foto: PD

A mediados del siglo XIX, Londres era una metrópolis rica e importante, y con sus más de dos millones de habitantes también era la más poblada del planeta. Con tal concentración de seres humanos, la mayoría viviendo en unas condiciones higiénicas que dejaban muchísimo que desear, la capital había acabado convirtiéndose en un auténtico vertedero. Aquella ciudad, en la que las élites vivían encerradas en una especie de urna de cristal, había relegado a las clases más bajas a los trabajos más inmundos: gente que trabajaba en las cloacas, limpiadores de excrementos humanos, personas que hurgaban en el río en busca de algo que poder vender... La vida de estos hombres y mujeres transcurría a diario entre la inmundicia, los excrementos y la muerte.

La situación era tan sumamente deplorable que algunos escritores contemporáneos no pudieron evitar hacer referencia en sus obras a la tremenda situación en la que vivían los pobres de Londres. Como el filósofo alemán Friedrich Engels o el escritor Charles Dickens, dos hombres con personalidades e ideas muy distintas, pero que coincidían en el horror que producía contemplar la enorme acumulación de cadáveres que se agolpaba en el centro de la ciudad. En su novela Casa desolada, el propio Dickens narraba "cómo la civilización y la barbarie invadieron esta soberbia isla".

El terrible hedor que inundaba Londres

Las aguas del Támesis, las cloacas y los cadáveres mal enterrados en los cementerios que proliferaban en el centro de Londres envolvían la capital británica en un insoportable y perpetuo hedor. En el cementerio de Islington, que tenía una capacidad para unos 3.000 fallecidos, se amontonaban más de 80.000. La gente veía sobresalir restos mal enterrados que se corrompían a la intemperie. En estas condiciones, cuando se declararon los primeros brotes de una mortífera enfermedad, que nadie sabía cómo se transmitía, todo el mundo creyó que era consecuencia del hedor que se extendía por la ciudad. Prácticamente no había duda al respecto. Era algo que pensaba desde la reina Victoria, pasando por los editores de la revista científica The Lancet hasta la clase política.

Las aguas del Támesis, las cloacas y los cadáveres mal enterrados en los cementerios del centro de Londres envolvían la capital en un insoportable y perpetuo hedor.

Ilustración satírica de John Leech aparecida en la revista Punch en 1852.

Foto: Cordon Press

Grabado que representa al río Támesis introduciendo sus "hijos" (cólera, escrófula y difteria) en la ciudad de Londres. 1858.

Foto: Cordon Press

En realidad, a causa de estas condiciones de insalubridad extrema, las bacterias se acumulaban en los lugares más infectos de la ciudad, invisibles, claro está, para los limpiadores de letrinas y excrementos. En años anteriores ya se habían producido algunos brotes de cólera que habían causado miles de muertos, pero el 28 de agosto de 1854, en el barrio del Soho, en el West End londinense, se desató uno mucho más virulento. Una niña de apenas seis meses, que vivía hacinada con sus padres junto a veinte inquilinos más, empezó vomitar y a defecar "heces aguadas de color verdoso que desprendían un olor acre", como explica El mapa fantasma, la novela del divulgador científico norteamericano Steven Berlin Johnson que trata sobre esta terrible epidemia. La madre de la pequeña lavaba una y otra vez los pañales en un cuenco de agua tibia. Cuando la niña por fin se dormía, la mujer aprovechaba para bajar a tirar el agua sucia al pozo negro situado frente al sótano de la casa. "Y así es como empezó todo", cuenta Johnson.

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El surtidor causante de la epidemia

El libro de Johnson está repleto de advertencias estremecedoras, y más aún si pensamos en la conmoción que ha provocado, y sigue provocando, la pandemia de covid-19 en la que la humanidad aún sigue inmersa. "Vivir en medio del cólera de 1854 era como vivir en un mundo donde tragedias humanas de esa magnitud sucedían semana tras semana, año tras año", afirma el autor. Pero ¿cómo llegó a saberse que el cólera se transmitía por el agua y no por el aire envenenado, como creía casi todo el mundo? En este punto del libro aparece el nombre de dos hombres muy distintos: el reverendo Henry Whitehead y el popular médico anestesista John Snow, el cual había asistido a la reina Victoria en el parto de su octavo hijo, el príncipe Leopold, y había empleado cloroformo para que la soberana pariera sin dolor. El empeño de ambos, en especial de Snow, por descubrir qué causaba aquella terrible enfermedad fue tan grande que ambos están considerados los padres de la moderna epidemiología.

El libro de Johnson está repleto de advertencias estremecedoras, y más aún si pensamos en la conmoción que ha provocado, y sigue provocando, la pandemia de covid-19.

Fotografía del doctor John Snow tomada en 1887.

Foto: PD

Fotografía del reverendo Henry Whitehead tomada en 1898.

Foto: PD

A la muerte de aquella primera niña el 28 de agosto de 1854 le siguieron decenas de muertes más de vecinos de los alrededores, causando en en el barrio del Soho escenas dantescas. En vista de cómo se iban desarrollando los acontecimientos, Snow estaba seguro, a diferencia del resto de sus colegas, de que el cólera era una enfermedad que se transmitía por la ingestión de agua contaminada con las heces de los contagiados. Pero era el único que lo pensaba. El médico tuvo que soportar el desprecio de sus colegas de profesión, que seguían convencidos de que el origen de la enfermedad estaba los malos olores que inundaban la ciudad (algo que, por otra parte, también sostuvo el propio reverendo Whitehead en un principio). Así, para demostrar la veracidad de su teoría, Snow decidió llevar a cabo un experimento: entrevistó a los vecinos del Soho y analizó el agua que suministraban las diferentes compañías distribuidoras. Tras una ardua investigación logró encontrar el foco de la propagación: el surtidor de agua de Broad Street, del cual, curiosamente, se decía que proporcionaba el agua menos contaminada de la zona.

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Una muerte rápida y cruel

Snow lo tenía muy claro: en menos de dos semanas, alrededor de 700 personas que residían a pocos metros del surtidor de Broad Street habían muerto. En epidemias anteriores de cólera, el balance de víctimas había sido superior, pero ninguna había matado a tanta gente de manera tan rápida y de forma tan devastadora. Así, y a pesar del recelo que levantaba la teoría del médico, las autoridades londinenses al final decidieron clausurar el surtidor, una decisión que enfureció enormemente a mucha gente, incluido el reverendo Whitehead, aun incrédulo ante la teoría de Snow. Pero su opinión cambió radicalmente cuando se demostró que, en efecto, tal como afirmaba Snow, el agua del surtidor de Broad Street tenía filtraciones que procedían de un pozo negro cercano, justamente en el que la madre de la primera niña fallecida arrojaba el agua con la que lavaba sus pañales.

A pesar del recelo que levantaba la teoría de Snow, las autoridades londinenses al final decidieron dar el permiso para clausurar el surtidor de Broad Street.

Mapa realizado por John Snow en 1854. Los casos están marcados en negro y muestran los grupos de casos de cólera (indicados por rectángulos apilados) en la epidemia de Londres de 1854.

Foto: PD

Réplica de la fuente de Broad Street causante de la epidemia de cólera de 1854.

Foto: CC

Snow pudo demostrar además sobre un mapa del barrio que los fallecidos vivían en las inmediaciones del surtidor de Broad Street. La conclusión era tan irrebatible como sus descubrimientos sobre el agua contaminada. De este modo, ese crucial hallazgo y el consiguiente sellado del mortífero surtidor acabaría salvando muchas vidas. Pero John Snow no viviría mucho más tras su trascendental descubrimiento. Murió a causa de un derrame cerebral en 1858. Tras su muerte, el reverendo Whitehead, ahora uno de los más firmes seguidores de las teorías del fallecido médico, se encargó de continuar con las investigaciones para obtener evidencias definitivas. Steven Johnson afirma en su libro que Snow y Whitehead "resolvieron un misterio local que acabó conduciendo a una serie de soluciones globales, soluciones que transformaron la vida metropolitana en una realidad sostenible y que la apartaron del camino de muerte colectiva en que amenazaba con convertirse".