Retratista de los papas

Lavinia Fontana, maestra del retrato

La boloñesa Lavinia Fontana fue una de las retratistas más importantes del tardo Renacimiento. El grado de detalle de sus retratos le valió la protección de la curia y la nobleza romanas, siendo una de las primeras mujeres pintoras que fue tratada a la par que sus colegas hombres.

Autorretrato en el estudio, Lavinia Fontana

Autorretrato en el estudio (1579), óleo sobre bronce.

Foto: Galleria degli Uffizi

Cuando pensamos en la pintura del Renacimiento seguramente nos vienen a la mente grandes obras como La última cena, El nacimiento de Venus o La escuela de Atenas; pero lo cierto es que la mayoría de artistas de aquella época vivían en buena parte de pintar retratos. Entre los nombres más famosos del tardo Renacimiento es obligado mencionar el de Lavinia Fontana, una pintora de Bolonia que destacó no solo por la calidad de sus retratos sino por ser una de las primeras mujeres pintoras que recibió grandes encargos públicos.

Famosa desde la juventud

Lavinia Fontana nació el 24 de agosto de 1552 en Bolonia, un cruce de caminos no solo mercantil sino también artístico. Era hija de Prospero Fontana, un pintor manierista del que aprendió desde joven. Gracias a él conoció a pintores de las diversas escuelas del norte de Italia, entre los cuales artistas tan importantes como el Veronés (Paolo Caliari) y, especialmente, la pintora de Cremona Sofonisba Anguissola, veinte años mayor que ella, cuyo estilo influyó fuertemente en el de la joven Fontana.

Se conservan muy pocas obras de su juventud, pero se sabe que desde el principio mostró una predilección por los retratos. Precisamente una de sus primeras obras célebres es el Autorretrato con espineta de 1577, en la que se retrata tocando la espineta -un instrumento de la familia del clavecín- con un caballete de fondo. La pintura era un regalo para el hermano de Giovan Paolo Zappi, un pintor perteneciente a una rica familia que le había propuesto matrimonio, y fue realizada con una finalidad muy concreta: en ella Lavinia se representa como una mujer culta, refinada y con un oficio (representado por el caballete) que le permitía ganarse la vida. Ese autorretrato era su carta de presentación y, de hecho, aceptó la propuesta de matrimonio con la condición expresa de que continuaría dedicándose a la pintura después de casarse.

Autorretrato con espineta, Lavinia Fontana

Autorretrato con espineta (1577), óleo sobre tela.

Foto: Accademia di Luca

Giovan Paolo Zappi no solo aceptó la condición sino que además dejó de lado parte de sus encargos para asistir a su esposa en los suyos. Esa situación, que generalmente se producía a la inversa, da una idea de hasta que punto eran apreciadas las obras de Lavinia ya a los 25 años, la edad que tenía en el momento del matrimonio. El hecho de que sus retratos fueran tan populares se debía en buena parte a la atención que daba a detalles como el vestuario -logrando incluso reproducir la textura de las telas- y los peinados, lo que la hacía especialmente apreciada entre las mujeres nobles. La familia Gozzadini, de 1584, es uno de los lienzos en los que mejor puede apreciarse ese nivel de detalle y, a pesar de que Lavinia tenía 34 años cuando la pintó, se considera una de sus mejores obras.

La familia Gozzadini, Lavinia Fontana

La familia Gozzadini (1584), óleo sobre tela.

Foto: Pinacoteca Nazionale di Bologna

Gran parte de la vida de Lavinia Fontana transcurrió con este tipo de encargos. Entre sus retratos más famosos se encuentra el de Antonieta Gonsalvus, también llamada Tognina: esta niña, al igual que sus familiares, padecía una rara enfermedad llamada hipertricosis, que le hacía crecer vello por todo el cuerpo. Se dice que un español llamado Pedro González, que también padecía esta condición, inspiró la popular historia de La bella y la bestia. También pintaba muchos retablos de arte sacro, que suponían junto con los retratos el grueso de sus encargos, y ocasionalmente también temas mitológicos.

Antonieta Gonsalvus, Lavinia Fontana

Antonieta Gonsalvus (1575), óleo sobre tela.

Foto: Musée du Chateau de Blois

Pintora pontificia

Cuando Lavinia Fontana tenía casi cincuenta años le llegó una gran oportunidad: tras realizar algunos trabajos por encargo del cardenal Girolamo Bernerio en ocasión del Jubileo de 1600, fue invitada a trasladarse a Roma para convertirse en retratista de la Santa Sede. Una oportunidad que, sin embargo, dudó en aprovechar -posiblemente porque en Bolonia ya tenía una fama consolidada- y que finalmente aceptó por insistencia de su marido.

El matrimonio se transfirió a Roma en 1603 y Lavinia pronto se hizo con una gran clientela entre los miembros de la curia, diplomáticos, nobles y sobre todo damas. Además de retratos, en esta etapa tuvo muchos encargos de arte sacro, incluyendo la decoración de capillas. Solo pasó en la Ciudad Eterna los últimos once años de su vida, pero fueron tan prolíficos que se la llamó “la pintora pontificia” y fue elegida miembro de la Academia Romana, un honor muy raro para una mujer.

Visita de la Reina de Saba al rey Salomón, Lavinia Fontana

Visita de la Reina de Saba al rey Salomón (ca. 1600).

Foto: National Gallery of Ireland
Cristo y la samaritana en el pozo, Lavinia Fontana

Cristo y la samaritana en el pozo (1607), óleo sobre lienzo.

Foto: Colección privada (desconocida)

Por desgracia, igual que en su etapa de juventud, muchas de sus obras se han perdido. De entre las supervivientes una de las más famosas es La visita de la reina de Saba a Salomón, realizada al poco de llegar a la ciudad o tal vez durante sus últimos años en Bolonia. En esta pintura se puede apreciar que a la autora no siempre le preocupaba la fidelidad en la representación, puesto que los personajes aparecen vestidos con ropa contemporánea y toman como modelo personas de la alta nobleza del momento. En cambio, destaca por la razón opuesta el lienzo Cristo y la samaritana en el pozo, de 1607: los personajes visten de forma muy sencilla y la composición no es nada recargada; aun así, la atención por el detalle de la autora se manifiesta todavía en los pliegues de la ropa.

Pero su suerte en el ámbito profesional no estuvo acompañada de una fortuna similar en lo personal: de los once hijos que dio a luz, ocho murieron prematuramente. Esto la llevó, al final de su vida, a retirarse en un monasterio capuchino junto con su marido y a los tres hijos que habían sobrevivido. Su última obra conocida antes de dejar los pinceles es Minerva vistiéndose, realizada en 1613 y que supone un retrato muy particular de la diosa romana de la guerra, puesto que la muestra desnuda y gentil, más parecida a una Venus que a la fiera Minerva: es posible que en ella reflejara la añoranza por su juventud lejana y su inocencia antes de que la muerte se ensañara con su prole. Tras terminarla se retiró al monasterio, donde murió el 11 de agosto del año siguiente, a punto de cumplir 63 años.

Minerva vistiéndose, Lavinia Fontana

Minerva vistiéndose (1613), óleo sobre tela.

Foto: Galleria Borghese

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